|
Por Tatiana Herce
Jessica Robinson.
Quince años. Entró en prisión a los trece. La acusaron de
un delito de robo con violencia en el domicilio de sus abuelos
y de intento de secuestro. Tuvo una defensa inadecuada en
el juicio y fue inducida por el fiscal a reconocer su culpa,
aun cuando las víctimas negaran el comportamiento agresivo
de la acusada. Recuperará la libertad el 20 de junio del 2006.
John Dewberry. Veinte años. Lleva tres en el corredor
de la muerte. Le acusaron de asesinato. Si no consigue los
dólares suficientes para costearse un abogado que le ayude
a presentar la apelación, nadie podrá impedir que sea ejecutado.
Christopher Peterman. Diecisiete años. Lo multaron
con setenta y cuatro dólares por exceso de velocidad. No tenía
dinero para pagar la infracción de tráfico, pues sólo reunió
treinta. Fue arrestado y conducido a la prisión de adultos.
Cuatro días más tarde lo encontraron muerto en su celda. Había
sido torturado hasta la muerte por otros presos.
Pese al endurecimiento de las penas por delincuencia juvenil
las estadísticas son rotundas. La represión no sirve como
método disuasorio. En los últimos veinticinco años, ciento
setenta niños han sido condenados a muerte en Estados Unidos.
Los asesinos menores de edad son cada vez más numerosos y
más jóvenes en este país. Hoy, 3.700 menores se encuentran
en cárceles de adultos —las cifras difieren según la fuente—;
de esos adolescentes, setenta fueron condenados a muerte por
crímenes cometidos antes de cumplir los dieciocho años. Pero
la irresistible ascensión de la violencia entre los jóvenes
estadounidenses no es un hecho aislado. Aunque en Europa la
agresividad no ha llegado a las cotas americanas, las cifras
ascienden vertiginosamente. Basta repasar el calendario de
la pasada primavera para darse cuenta de la trascendencia
de este problema mundial.
El 20 de abril de 1999 doce alumnos y un profesor fueron asesinados
por otros dos estudiantes en Denver (Colorado); ocho días
más tarde, un adolescente la emprendía a tiros contra sus
compañeros —mató a uno e hirió de gravedad a otro— en una
escuela de Alberta (Canadá); el 29 del mismo mes, en Gloucester
(Inglaterra), otro menor efectuaba tres disparos en plena
aula, aunque esta vez la suerte quiso que no hubiera heridos;
y el 13 de julio la Policía Nacional española detuvo a un
joven del Llobregat, miembro de un grupo neonazi barcelonés,
que anunciaba a través de Internet que planeaba perpetrar
una matanza en un colegio de la capital catalana similar a
la que tuvo lugar en Denver.
Al abrir el baúl de la delincuencia juvenil, se descubren
muchos factores que conducen al comportamiento turbulento
de los adolescentes. El consumo de droga y de alcohol guarda
proporción directa con los crímenes, cuyo número aumenta durante
los fines de semana. Pero las drogas no son el único detonante
de la violencia, al igual que no existe un único tipo de delincuente.
En opinión de Javier Bringué, pedagogo y profesor de
Psicología de la Universidad de Navarra, la mayor parte de
estas manifestaciones puede encuadrarse en tres apartados,
que guardan relación entre sí: la violencia cuyo origen se
encuentra en la pobreza, el aumento de seguidores de las ideologías
fundamentalistas y el sentimiento de frustración de muchos
menores.
Marginación e injusticia social
La violencia que proviene de situaciones de marginación y
de injusticia social se da, principalmente, en los barrios
más desfavorecidos. Los suburbios de Chicago reflejan bien
esta realidad, en donde las diferentes bandas urbanas intercambian
tiroteos a diario ante la impotencia de la Policía. Se trata
de zonas donde la tasa de paro y de inmigración es muy alta.
Muchos países de la parte central y meridional de América
sufren el mismo problema. El caso brasileño, con los meninos
da rúa, ilustra esta desoladora realidad. En Brasil viven
cincuenta y siete millones de menores de edad; de ellos, unos
treinta millones lo hacen en condiciones de abandono y de
miseria; y, de esos treinta, aproximadamente diecisiete millones
forman el grupo denominado meninos da rúa, niños para
quienes la calle es su único “hogar”. Carecen de todo, lo
que les provoca un profundo trauma interno y una inestabilidad
emocional que les lleva a sentir indefensión ante todo cuanto
les rodea. Por este motivo, buscan la protección del grupo
y se introducen en bandas organizadas. Empiezan a convivir
en un entorno de delincuencia, donde todo vale con tal de
sobrevivir. Trabajan, en el mejor de los casos, como lavacoches,
limpiabotas o vendedores de cualquier cosa. Pero los menos
afortunados se prostituyen o se convierten en carteristas
e incluso en narcotraficantes.
Para estos chicos, matar es un precio no demasiado alto porque
viven en una sociedad en donde el asesinato de niños resulta
habitual: todos los días mueren cuatro a
manos de los llamados “escuadrones de la muerte”.
Ideologías fundamentalistas
Para Javier Bringué, la segunda causa del aumento de
la violencia juvenil radica en la adopción de ideologías fundamentalistas
por parte de los adolescentes. En una época en la que prima
lo moderado, el centro, ellos defienden las posturas más radicales
y extremas. Esto explica el comportamiento antideportivo de
algunos aficionados de muchos deportes, las acciones de grupos
de jóvenes de la izquierda radical o el rápido incremento
de grupos neonazis en toda Europa. En España, por ejemplo,
se calcula que el número de “cabezas rapadas” oscila entre
los 10.400 y los 20.800, según recoge el Informe Raxen
sobre racismo y xenofobia presentado en agosto por la
ONG Jóvenes contra la Intolerancia. Esto significa que en
menos de cuatro años la cifra de adolescentes de ideología
nazi se ha multiplicado por cinco en nuestro país.
Estas bandas hacen apología del odio y reclutan en las puertas
de los colegios a chavales cada vez más jóvenes, de trece
y catorce años, para ir “a la caza” de travestis, mendigos
o inmigrantes. Generalmente, se apoyan en chicos con bajas
calificaciones que buscan destacar en otros ámbitos.
Alimentan su “cabeza” con atractivas revistas a todo color
como Respuesta sonora y con grupos que declaran abiertamente
hacer rock neonazi, también conocido como “música del odio”.
Este fenómeno está cobrando gran importancia en Inglaterra,
Francia y Alemania, donde las formaciones musicales xenófobas
cuentan cada vez con más adeptos.
Sentimientos de frustración
Por último, Bringué destaca el sentimiento de frustración
que padecen muchos adolescentes como principal causa de la
agresividad infantil. Según este pedagogo, “la sociedad está
enseñando a los menores a exigir derechos más que a cumplir
deberes, de ahí que la mayoría de los niños no esté acostumbrado
a que se le nieguen sus deseos”.
Fernando Sarráis, psiquiatra de la Clínica Universitaria
de Navarra, defiende también esta idea cuando señala que “los
adolescentes soportan peor la frustración. No son capaces
de superar los baches de la vida, porque están acostumbrados
a una excesiva protección familiar. No han sufrido negativas
ni contrariedades ambientales. Su frustración engendra ira,
y ésta se canaliza a través de la agresividad”.
Según este psiquiatra, la frustración existencial de muchos
jóvenes se debe a que durante la infancia les ha faltado la
compañía de sus padres. “Sus progenitores les han dado todo,
porque no han podido ofrecerles lo que más necesitaban: el
cariño. Por eso buscan afecto en las bandas urbanas, aunque
tengan que someterse a normas y deban renunciar a sus principios”,
indica.
Para Sarráis, la solución debe pasar por una infancia
en la que los pequeños se sientan queridos: “Un niño que ha
recibido afecto y al que se le ha enseñado a alcanzar sus
objetivos mediante esfuerzo, es capaz de tolerar la frustracion,
porque ya la ha experimentado durante la infancia y sabe que
puede salir del bache”.
Sospechosos habituales
Algún medio de comunicación ya los ha calificado de “sospechosos
habituales”. Cada vez que los adolescentes cometen actos violentos,
la sociedad les apunta con el dedo. Da igual cuáles sean las
circunstancias en las que se haya cometido el delito, ni siquiera
importa el perfil del delincuente. Sea lo que sea, la televisión,
Internet, los videojuegos, la música o el cine aparecen como
los “sospechosos” número uno. Tanto es así que el Gobierno
de EEUU ha declarado culpable a la industria del entretenimiento.
En opinión de una buena parte del Congreso, “estas industrias
deberían tener dolorosos cargos de conciencia por los mensajes
violentos que distribuyen y que influyen decisivamente en
el subconsciente de los más jóvenes”. Bill Clinton,
en un encuentro en la Casa Blanca poco después de la matanza
de Denver, reprimió públicamente a Hollywood y solicitó que
se iniciara una investigación acerca de la cultura popular
norteamericana.
Las opiniones son muy diversas. Hay quien acusa al entertainment
del comportamiento turbulento de los jóvenes del mundo; otros,
en cambio, estiman que se trata de pura demagogia, ya que
estas películas, programas y músicas también las escuchan
otros adolescentes que se comportan de forma pacífica.
—Hollywood: basta dar un paseo por el videoclub más
cercano para encontrar una larga lista de títulos en los que
la violencia es gratuita. Aunque la violencia siempre ha estado
en las películas, parece que los valores que transmiten los
protagonistas han cambiado.
“Antes las películas ofrecían modelos valiosos: John Wayne,
Spencer Tracy o James Stewart. El espectador
veía que estos personajes eran caballerosos, recios, valientes.
Ahora, en cambio, no está claro cuál es el modelo que plantea
el protagonista. Los niños no pueden identificarse con Rambo
o Superman porque son irreales e inaccesibles. Si quieren
ser Batman, se frustrarán”, explica el doctor b>Sarráis.
La situación ha llegado a tal punto, que muchos de estos violentos
superhéroes han tenido que presentarse ante la Justicia. En
Tejas, un chico de catorce años fue acusado de mutilar a una
niña de trece y la responsabilidad se atribuyó al filme Asesinos
natos, de Oliver Stone. En Luisiana, un adolescente
dejó tetrapléjico al encargado de una tienda; según la policía,
el joven había imitado una escena de la misma película. Hay
más casos: hace unos meses, dos primos de dieciséis y diecisiete
años mataron a puñaladas a la madre de uno de ellos en Los
Ángeles. Según confesaron, el parricidio tuvo su origen en
Scream.
—Internet: se trata de un problema nuevo al que no
se sabe muy bien cómo hacer frente. Al penetrar en la Red,
uno puede adentrarse en lugares que exhiben manifestaciones
supremas de degeneración y de odio. No sólo hay pornografía;
también mensajes xenófobos, apología del terrorismo...
El encanto de la libertad plena en Internet choca frontalmente
con el temor al uso incorrecto de dicha libertad. En EEUU,
llevan años queriendo solventar esta contradicción entre la
Primera Enmienda y la preocupación de los padres por controlar
los webs que visitan sus hijos. Se ha intentado bloquear
el acceso a algunas páginas cuyo contenido podía influir negativamente
en los adolescentes; sin embargo, la amplia extensión de la
Red hace casi imposible esta tarea. Internautas y miembros
de la industria coinciden en que la solución debe ser tecnológica;
es decir, ofrecer a los padres mecanismos que veten ciertos
accesos a sus hijos. De todos modos, la solución no es fácil.
—Videojuegos: “Mata a tus amigos sin cargo de conciencia”,
“Entra en contacto con tu lado de frío y asesino”... son algunos
de los anuncios que algunas empresas de videojuegos insertan
en revistas juveniles. El contenido de algunos juegos virtuales
es tan variado como macabro. Doom, Quake o Mortal
Kombat son títulos que se han hecho familiares a partir
de los recientes tiroteos escolares. La industria se defiende
alegando que “los niños son capaces de distinguir la realidad
de la ficción”; sin embargo, se ha comprobado que muchos de
los asesinos juveniles pasaban largas horas delante de sus
consolas jugando a convertirse en verdaderos criminales.
—Música: tras el análisis de diversos asesinatos perpetrados
por menores, se ha comprobado que el tipo de música que éstos
escuchaban era muy similar. Dylan Klebold y Eric
Harris, los dos asesinos de Columbine, eran fans
de Marilyn Manson, un auténtico Satanás para la América
conservadora. Muchos ciudadanos piensan que canciones de grupos
como N.W.A, Eminem, Do Rammstein o KMFDM inducen al suicidio
y a volar la cabeza del prójimo. “Cada niño que tiene un disco
mío tiene también una Biblia en casa. Además, tiene padres
con los que poder hablar”, se defiende Manson.
Las letras de estos grupos resultan muy ilustrativas. Basta
un ejemplo de Eminem para hacerse a la idea: “Te estrangularé
hasta la muerte y te golpearé otra vez, y te romperé tus jodidas
piernas hasta que los huesos te salgan por la piel”. En España
han aumentado notablemente las formaciones musicales que hacen
apología de la violencia y el terror. Esta corriente surgió
en los años ochenta, pero se ha consolidado en los noventa
con la aparición del grupo División 250 Clan.
Asistimos a un fenómeno que está dejando huella en numerosos
países. En Inglaterra, por ejemplo, se contabilizan trece
bandas que componen canciones xenófobas y existe un movimiento
neonazi llamado RAC, creado por el histórico grupo Brutal
Attack. Y en Francia son ya quince los grupos activos de esta
índole.
—Televisión: es el protagonista más antiguo en todo
este asunto. Se calcula que antes de terminar sus estudios
de Primaria, un niño de un país desarrollado contemplará unos
ocho mil asesinatos y cien mil actos violentos en televisión.
Muchos encuentran en estas cifras el origen de los comportamientos
violentos; sin embargo, algunos expertos afirman que la violencia
televisiva, por lo general, no afecta a los chicos, sino que
es el tiempo que pasan ante la pantalla lo que realmente les
deja huella.
El doctor Luis Rojas Marcos, presidente del sistema
de Salud Pública de Nueva York, defiende que “los niños siempre
han crecido fascinados por las historias violentas. Caperucita,
Los tres cerditos... la mayoría de los cuentos infantiles
está cargado de situaciones agresivas y esto no quiere decir
que estos chavales sean violentos. La violencia en la tele
no les afecta tanto, porque se tienen que dar otros factores
para desembocar en actuaciones agresivas. Lo que realmente
les impacta es el tiempo que pierden y que les impide desarrollar
otras actividades más socializantes”.
Para el profesor Bringué, el hecho de que el niño vea,
violencia es nocivo, “pero más aún cuando son sus padres quienes
la observan con él, ya que parecen aprobarla”. Al igual que
Rojas Marcos, apoya la idea de que los medios no tienen
la culpa, ya que “simplemente, ofrecen a los menores esa atención
que sus padres les niegan”.
No existen respuestas simples a problemas tan complejos. Por
este motivo, pese al esfuerzo por encontrar una solución para
combatir esta epidemia de violencia, nadie ha dado con la
fórmula mágica. Sin embargo, entre las opciones tomadas por
diversas naciones, se observan —además de la basada en la
represión como modo de castigar a los culpables y ejemplificar
al resto de la sociedad— dos líneas principales: la reeducación
y la reinserción social de los delincuentes. Dentro de la
primera se encuentran Francia o España, mientras que en la
segunda destacan Gran Bretaña y EEUU.
Soluciones complejas
En Francia se ha apostado por la prevención. Por ese motivo,
desde 1996 se llevan a cabo ciento treinta y cinco propuestas
para la prevención y tratamiento de la delincuencia de menores.
Se busca sancionar a los padres que se desentiendan de la
conducta de sus hijos, hacer que las escuelas recurran menos
a la expulsión de los alumnos conflictivos, crear redes de
atención psiquiátrica para adolescentes, dar más asignaciones
presupuestarias a los jueces de menores o instaurar programas
personales socio-educativos para cada menor encarcelado.
Para la reinserción social de delincuentes menores funcionan,
desde setiembre de 1996, las Unidades de Seguimiento Educativo
Reforzado (UEER). Cada una cuenta con un proyecto educativo
propio, acoge sólo a cuatro o cinco adolescentes —durante
un máximo de tres meses— para que tengan un seguimiento individualizado
por parte de otros adultos. Ya han pasado por estas instituciones
ciento sesenta jóvenes de dieciséis y diecisiete años, de
los que un tercio procedía de la cárcel y el resto de diferentes
centros especiales. Tras su estancia en las UEER, el 10% vuelve
a vivir sin problemas con su familia, pero el 13% es encarcelado
de nuevo.
En 1998, la ministra de Justicia, Elisabeth Guigou,
paralizó la apertura de nuevas UEER y las sustituyó por los
Dispositivos Educativos de Refuerzo (DER). Hoy existen trece
y se espera alcanzar rápidamente los cincuenta.
En España, con la Ley de Responsabilidad Penal del Menor,
que entrará en vigor en febrero del 2000, se podrá privar
de libertad a los menores de trece años, pero se impedirá
que los jóvenes de entre dieciséis y dieciocho vayan a la
cárcel.
Política anglosajona
En Gran Bretaña, en cambio, se aplica una política cada vez
más severa. Las autoridades piensan que los jóvenes delincuentes
de hoy serán los criminales de mañana si no se actúa con contundencia
y se les enfrenta a sus responsabilidades. Así, a pesar de
la polémica, el pasado abril se inauguró en Medway (Kent)
un reformatorio con medidas de alta seguridad que acogerá
a cuarenta adolescentes de entre doce y catorce años con antecedentes
penales y reincidentes —casi siempre en el robo—. El Ministerio
del Interior insiste en que no es una cárcel sino “una institución
educativa donde cada adolescente contará con ayuda individualizada
mediante la cual se les inculcará nociones de responsabilidad”.
El reformatorio de Medway y otras cuatro instituciones semejantes
tienen una capacidad de doscientas plazas. Pero aún no se
han llenado.
En marzo de 1998 entró en vigor una nueva legislación para
los menores de entre doce y catorce años. Conforme al nuevo
tipo penal, los jueces pueden condenar a los menores que cometan
tres delitos a un máximo de dos años de reclusión y a ser
reeducados en centros de seguridad como el citado anteriormente.
Hasta hace poco, la reeducación de menores británicos, salvo
en caso de homicidio, se confiaba a las Unidades Municipales
de Seguridad, donde los jóvenes eran recluidos para seguir
un programa especial. Ese sistema permitía a las familias
estar más cerca de los condenados, algo que no sucede con
los actuales reformatorios.
La estrategia dura contra los delincuentes juveniles podría
complementarse otorgando “nuevos poderes” tanto a la policía
como a los tribunales para combatir el absentismo escolar.
Si se llevan a la práctica estas propuestas, que no pocos
consideran inviables y contraproducentes, los menores que
falten alegremente a clase y se nieguen a volver podrán ser
arrestados y conducidos ante la autoridad educativa local.
Algunos padres se verán obligados a llevar personalmente a
sus hijos al colegio o a contratar a una persona para que
lo haga en su lugar. Stephen Byers, director de Calidad
Educativa en el Ministerio de Educación, defiende que “el
absentismo escolar no sólo perjudica a los niños, sino también
a la sociedad, porque genera desempleo y crimen”. Por esta
misma razón, los colegios demasiado propensos a expulsar a
los alumnos conflictivos tendrán que someterse a inspecciones
y justificar con detalle cada expulsión.
Con este sistema “se acabaron las excusas”, afirma el ministro
británico de Interior. A la primera reincidencia anotada por
la policía, los culpables y su familia irán ante los tribunales.
La justicia será rápida y los culpables deberán responder
de sus actos mediante la reparación directa a la víctima o
con la realización de trabajos de interés social.
También en Estados Unidos la operación Night Light
ha cosechado buenos resultados en gran parte de los Estados
en los que se ha implantado. Pero el caso de Norteamérica
es una historia aparte.
Publicado
en el nº 544 de Nuestro Tiempo
Edición autorizada de arvo.net |