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Por Leo Strauss
La educación liberal (1) es educación
en la cultura o hacia la cultura. El producto terminado de
una educación liberal es un ser humano cultivado. «Cultura»
(del latín, cultura) significa primariamente agricultura:
el cultivo del suelo y sus productos, cuidar el suelo, mejorar
el suelo de acuerdo a su naturaleza. «Cultura» significa,
en forma derivada, hoy en día, principalmente el cultivo de
la mente, el cuidado y la mejora de las facultades nativas
de la mente de acuerdo con la naturaleza de la mente.
Maestros y discípulos
Así como el suelo necesita quienes lo cultiven, así la mente
necesita maestros. Pero no es tan fácil encontrar maestros
como encontrar agricultores. Los maestros mismos son, a su
vez, discípulos y deben ser discípulos. Pero no puede haber
un regreso hasta el infinito: debe haber finalmente maestros
que no sean a su vez discípulos.
Aquellos maestros que no son a su vez discípulos son los grandes
talentos o, para evitar cualquier ambigüedad en materia tan
importante, los más grandes talentos. Tales hombres son extremadamente
raros. No es probable que nos encontremos alguno de ellos
en ningún salón de clases. Es una gran suerte si hay uno de
ellos vivo en la misma época que nosotros. En la práctica,
los discípulos, cualquiera que sea su grado de conocimientos,
tienen acceso a los maestros que no son a su vez discípulos,
a los más grandes talentos, sólo a través de los libros más
importantes, de las obras fundamentales. La educación liberal
consistirá, entonces, en estudiar con el debido cuidado las
obras fundamentales que los más grandes talentos han dejado
tras de sí; estudio en el cual los discípulos más experimentados
ayudan a los menos experimentados, incluso a los que comienzan.
Esta tarea no es fácil, como podemos advertir si consideramos
la fórmula que acabo de mencionar. Esa fórmula requiere un
largo comentario. Se han invertido muchas vidas en escribir
tales comentarios y aún podrían invertirse muchas más. Por
ejemplo, ¿qué quiere decir la afirmación de que las obras
fundamentales deben ser estudiadas «con el debido cuidado»?
Al presente mencionaré sólo una dificultad, obvia a todos
ustedes: los más grandes talentos no nos dicen las mismas
cosas en relación con los temas más importantes; la comunidad
de los grandes talentos está dividida por la discordia, e
incluso por diversas clases de discordia.
Aparte de otras consecuencias que esto implica, de ello se
desprende ciertamente que la educación liberal no puede ser
simplemente información. Mencionaré aún otra dificultad. «Educación
liberal es educación en la cultura». ¿En qué cultura? Nuestra
respuesta es: cultura en el sentido de la tradición occidental.
Sin embargo, la cultura occidental es sólo una entre muchas
culturas. Al limitarnos a la cultura occidental, ¿no estamos
condenando la educación liberal a una cierta estrechez pueblerina?
y ¿no es acaso el espíritu pueblerino incompatible con el
liberalismo, la generosidad y la amplitud de mente de la educación
liberal? Nuestra noción de educación liberal no parece ajustarse
a una época consciente del hecho de que no existe la
cultura de la mente humana, sino una variedad de culturas.
Obviamente si «cultura» es susceptible de ser usada en plural,
no es la misma cosa que la «cultura» que es singulare tantum,
que sólo puede ser usada en singular. Hoy día la cultura no
es ya, como dice la gente, un absoluto, sino que se ha vuelto
relativa. No es fácil decir qué significa la «cultura» en
cuanto susceptible de ser usada en plural. Como consecuencia
de esta oscuridad, algunos han sugerido, explícita o implícitamente,
que cultura es cualquier patrón de comportamiento común a
cualquier grupo humano. De ahí que no vacilemos en hablar
de cultura de las urbanizaciones o de las culturas de los
grupos juveniles, tanto delincuentes como no delincuentes.
En otras palabras, cada ser humano que no esté en un manicomio
es un ser humano cultivado, porque participa de una cultura.
En las fronteras de la investigación, se alza la pregunta
de si no existe también una cultura de los locos en el manicomio.
Contrastar el uso actual de la palabra «cultura» con su significado
original, es como decir que el cultivo de un jardín consiste
en que sea ensuciado con latas, botellas de whisky vacías,
y papeles sucios de diversas clases tirados en él al azar.
Habiendo llegado a este punto, nos damos cuenta de que, de
alguna forma, hemos perdido el camino. Comencemos, entonces,
de nuevo, haciéndonos la pregunta: ¿Qué puede querer decir,
aquí y ahora, educación liberal?
Alfabetización y democracia moderna
La educación liberal es una cierta clase de educación literaria:
educación en las letras o por las letras. No hay necesidad
de argüir en favor de la alfabetización; cada votante sabe
que la democracia moderna se mantiene o cae gracias al grado
de alfabetización. En orden a entender esta necesidad, debemos
reflexionar sobre la democracia moderna. ¿Qué es la democracia
moderna? Una vez se dijo que la democracia es un régimen que
se mantiene o cae por la virtud: una democracia es un régimen
en el cual todos o la mayoría de los adultos son hombres virtuosos,
y puesto que la virtud parece requerir sabiduría, un régimen
en el cual todos o la mayoría de los adultos han desarrollado
su razón hasta un alto grado, o la sociedad racional.
En una palabra, la democracia debe ser una aristocracia que
se ha ensanchado hasta llegar a ser una aristocracia universal.
Antes de que surgiese la democracia moderna hubo algunas dudas
acerca de si la democracia así entendida era posible. Así
lo expresaba uno de los dos más grandes talentos entre los
teóricos de la democracia: «Si hubiera un pueblo de dioses,
se gobernaría a sí mismo democráticamente. Un gobierno de
tal perfección no se ajusta a seres humanos». Esta voz suave
y apagada se ha convertido, hoy por hoy, en una robusta voz
transmitida por un altoparlante de gran potencia.
Hay una ciencia completa —ésa que yo, entre otros miles, me
dedico a enseñar, la ciencia política— que, por así decirlo,
no tiene otro tema que el contraste entre la concepción originaria
de la democracia, o lo que uno puede llamar el ideal de la
democracia, y la democracia tal como es. De acuerdo a un punto
de vista extremo, que es el predominante en la profesión,
el ideal de la democracia era una pura ilusión, y la única
cosa relevante es el comportamiento de las democracias y el
comportamiento de los hombres en las democracias.
La democracia moderna, lejos de ser una aristocracia universal,
sería un gobierno de la masa, sino fuera por el hecho de que
la masa no puede gobernar, sino que es gobernada por élites,
es decir, grupos de hombres que, por la razón que sea, se
hallan en la cumbre o tienen una buena oportunidad de llegar
a la cumbre; se dice que una de las virtudes más importantes
que se requieren para el suave funcionamiento de la democracia
es la apatía electoral, esto es, la falta de espíritu cívico;
esos ciudadanos que no leen nada, con excepción de las secciones
deportiva y cómica del periódico, no son ciertamente la sal
de la tierra, pero sí la sal de la democracia moderna. La
democracia no es, entonces, gobierno de la masa, sino cultura
de la masa. Una cultura de masas es una cultura que puede
ser adquirida por los talentos más mediocres, sin ningún esfuerzo
intelectual o moral, y a muy bajo precio. Pero incluso una
cultura de masas, y precisamente por serlo, requiere un constante
suministro de las que suelen llamarse «nuevas ideas», que
son producidas por los «talentos creadores»: hasta los anuncios
comerciales pierden su atractivo si no se los varía de tiempo
en tiempo.
Pero la democracia, incluso si se la considera sólo como la
dura concha que protege la blanda cultura de masas, requiere,
a la larga, cualidades de muy distinta clase: cualidades de
dedicación, de concentración, de amplitud y de profundidad.
Así entendemos más fácilmente lo que educación liberal quiere
decir hoy y ahora. La educación liberal es el antídoto de
la cultura de masas, de los efectos corrosivos de la cultura
de masas, de su inherente tendencia a no producir nada sino
«especialistas sin espíritu o visión y gentes sensuales sin
corazón». La educación liberal es la escalera por la cual
tratamos de ascender de la democracia de masas a la democracia
como se la entendió originariamente. La educación liberal
es el esfuerzo necesario para fundar una aristocracia dentro
de los límites de la democrática sociedad de masas.
La educación liberal recuerda la grandeza humana a aquellos
miembros de una democracia de masas que tienen oídos para
oír.
Los libros y el diálogo
Alguien podría decir que esta noción de la educación liberal
es puramente política y que asume dogmáticamente la bondad
de la democracia moderna. ¿Acaso no podemos retornar a la
naturaleza, a la vida de las tribus sin escritura? ¿No estamos,
acaso, aplastados, asqueados, degradados por la masa de papel
impreso, cementerio de tantos bellos y majestuosos bosques?
No es suficiente responder que esto es mero romanticismo,
que hoy ya no podemos retornar a la naturaleza, porque ¿acaso
no puede ocurrir que las generaciones venideras, después de
un cataclismo causado por el hombre, se vean obligadas a vivir
en tribus analfabetas? ¿No afectarán tales perspectivas a
nuestra opinión acerca de las guerras termonucleares? Es cierto
que los horrores de la cultura de masas (que incluye giras
turísticas a la naturaleza cuantificada) hacen comprensible
el deseo de un retorno a la naturaleza. Una sociedad analfabeta,
en el mejor de los casos, es una sociedad gobernada por antiguas
costumbres, que se remontan hasta los fundadores originarios,
dioses, hijos de dioses o discípulos de dioses; puesto que
no hay escritura en tal sociedad, los más recientes herederos
no pueden estar en contacto directo con los fundadores; no
pueden saber si sus padres o abuelos no se habrían desviado
de lo que los fundadores originarios quisieron decir, o si
no habrían configurado el mensaje divino con adiciones o sustracciones
meramente humanas; por lo tanto una sociedad analfabeta no
puede actuar consistentemente sobre la base de su propio principio
de que lo mejor es lo más antiguo. Solamente escritos que
hayan sido transmitidos desde los fundadores pueden hacer
posible que los fundadores hablen directamente a sus más recientes
herederos. Por ello, es contradictorio desear retornar al
analfabetismo. Estamos obligados a vivir con libros. Pero
la vida es demasiado corta para rodearla de libros que no
sean los más importantes, las obras fundamentales. En este
respecto, como en otros, haríamos bien en tomar como nuestro
modelo a aquel que, por su sentido común, es el mediador entre
nosotros y los grandes talentos. Sócrates nunca escribió un
libro, pero sí los leyó. Permítanme citar una frase de Sócrates,
que dice casi todo lo que puede decirse sobre nuestro tema,
con la noble simplicidad y la serena grandeza de los antiguos:
«Así como otros se complacen en tener un buen caballo, o un
perro, o un pájaro, yo me complazco en mayor medida aún en
tener buenos amigos... y despliego y recorro junto con mis
amigos los tesoros que los sabios de la antigüedad han dejado
tras de sí gracias a que los escribieron en libros; si encontramos
algo bueno, lo recogemos, considerando como gran ganancia
el habernos sido útiles unos a otros de esta forma». El que
nos transcribe esta frase añade el comentario: «Cuando oí
esto, me pareció que Sócrates era bienaventurado, y a la vez
que estaba conduciendo a aquellos que le escuchaban hacia
la perfecta nobleza». Este recuento es defectuoso puesto que
no nos dice nada acerca de lo que Sócrates solía hacer en
relación con aquellos pasajes de los libros de los sabios
de la antigüedad que no supo si eran buenos o no. En otra
narración leemos que Eurípides le dio una vez a Sócrates los
escritos de Heráclito y entonces le preguntó su opinión sobre
ellos. Sócrates dijo: «Lo que yo he entendido es grande y
noble; y creo que también lo es aquello que no he entendido;
pero, ciertamente, para entender tales escritos se necesita
algún adivino especial».
Educación para la perfecta nobleza, para la excelencia humana,
la educación liberal consiste en recordarse a uno mismo la
excelencia humana, la grandeza humana. ¿De qué manera nos
hace recordar la excelencia humana la educación liberal? Es
imposible excederse al pensar en la educación liberal. Hemos
oído la sugerencia de Platón de que la educación en su sentido
más elevado es filosofía. Filosofía es la búsqueda de la sabiduría
o la búsqueda del saber acerca de lo más importante, lo más
elevado, o lo más universal; tal saber, sugirió, es virtud
y felicidad. Pero la sabiduría es inaccesible al hombre, y
por tanto la virtud y la felicidad serán siempre imperfectas.
A pesar de ello, Platón afirma que el filósofo, quien,
como tal, no es sabio, es el único verdadero rey; declara
que posee todas las excelencias de las que es capaz la mente
humana, en su grado más elevado. De todo esto podemos sacar
la conclusión de que nosotros no podemos ser filósofos; que
nosotros no podemos adquirir la forma más elevada de educación.
No debemos dejarnos engañar por el hecho de que encontramos
muchas personas que dicen ser filósofos. Porque tales personas
emplean una expresión vaga, necesaria quizás por conveniencias
administrativas. A menudo lo que quieren decir es que son
miembros de las escuelas de filosofía. Y es tan absurdo esperar
que los miembros de las escuelas de filosofía sean filósofos,
como lo sería esperar que los miembros de las escuelas de
arte fueran artistas. Nosotros no podemos ser filósofos, pero
podemos amar la filosofía; podemos tratar de filosofar. En
cualquier caso, este filosofar consistirá primaria y, en cierto
sentido, principalmente, en escuchar la conversación entre
los grandes filósofos o —expresado en forma más general y
más cautelosa—, entre los más grandes talentos, y, por tanto,
consistirá en estudiar las obras fundamentales. Los más grandes
talentos a quienes deberíamos escuchar no son sólo, de ninguna
manera, los del occidente. Es sólo un hecho desafortunado
el que nos impide escuchar a los más grandes talentos de la
India o China: nosotros no entendemos sus idiomas, y tampoco
somos capaces de aprender todos los idiomas.
Por tanto, la educación liberal consiste en escuchar la conversación
de los grandes talentos. Pero aquí advertimos la abrumadora
dificultad de que esta conversación no se lleva a cabo sin
nuestra ayuda; que, de hecho, somos nosotros quienes tenemos
que realizarla. Los más grandes talentos monologan. Nosotros
tenemos que transformar sus monólogos en un diálogo, su «cada
uno por su lado» en un «juntos». Los más grandes talentos
monologan, incluso cuando escriben diálogos. Cuando vemos
los diálogos platónicos, observamos que no hay nunca un diálogo
entre talentos del más alto orden: todos los diálogos platónicos
son diálogos entre un hombre superior y otros inferiores a
él. Al parecer Platón pensó que no se podía escribir un diálogo
entre dos hombres del rango más alto. A nosotros nos corresponde
la tarea de hacer algo que los grandes talentos nunca hicieron.
Encaremos esta dificultad que parece condenar como absurda
la educación liberal. Puesto que los más grandes talentos
se contradicen unos a otros en las cuestiones más importantes,
nos obligan a juzgar sus monólogos; no podemos confiar en
lo que uno de ellos dice. Por otra parte, no podemos olvidar
que tampoco somos jueces competentes.
Liberación de la vulgaridad
Un conjunto de ilusiones fáciles nos ocultan este estado de
cosas. En cierta forma creemos que nuestro punto de vista
es superior, más elevado que los de los más grandes talentos,
bien porque nuestro punto de vista es el de nuestra época,
y puede presumirse que nuestro tiempo, siendo posterior al
de los más grandes talentos, es superior al de ellos; bien
porque pensamos que cada uno de los más grandes talentos estaba
en lo cierto desde su punto de vista, pero no —como ellos
pretenden— totalmente en lo cierto: nosotros sabemos que no
puede existir la verdad, sino simplemente una verdad
formal; que la verdad formal consiste en la comprensión (2)
de que toda interpretación universal es relativa a una perspectiva
específica, o de que todas las interpretaciones universales
son mutuamente excluyentes y que ninguna puede ser totalmente
verdadera. Las ilusiones fáciles que nos ocultan nuestra verdadera
situación se reducen a esto: que nosotros somos, o podemos
ser, más sabios que los sabios mayores del pasado. Así nos
vemos inducidos a actuar no como oyentes atentos y dóciles,
sino como empresarios de época o domadores de leones. Más
aún, tenemos que encarar esta terrible situación, creada por
la necesidad de querer ser algo más que atentos y dóciles
escuchas, a saber, jueces que, sin embargo, no tienen capacidad
para serlo. La causa de esta situación —a mi parecer— está
en que hemos perdido toda tradición de autoridad en la que
confiar —el nomos que nos guía con autoridad— porque
nuestros maestros y los maestros de nuestros maestros creyeron
en la posibilidad de una sociedad puramente racional. Cada
uno de nosotros se halla aquí obligado a encontrar sus fundamentos
por sus propias fuerzas, a pesar de lo flacas que éstas sean.
Nosotros no tenemos otro solaz que el que esta actividad trae
consigo. La filosofía —hemos aprendido— debe estar en guardia
contra el deseo de ser edificante; la filosofía no puede ser
edificante, sino sólo intrínsecamente. No podemos ejercitar
nuestra inteligencia sin entender, de cuando en cuando, algo
de importancia; y este acto de entender puede verse acompañado
por la consciencia de nuestro entender, por el entender —noésis
noéseos— y ésta es una experiencia tan elevada, tan pura
y tan noble que Aristóteles pudo adscribirla a su Dios. Esta
experiencia es enteramente independiente de que lo que entendemos
en primer término sea agradable o desagradable, hermoso o
feo. Nos conduce a damos cuenta de que todos los males son
en cierto sentido necesarios, si ha de haber entendimiento.
Nos capacita para aceptar todo los males que nos acaecen y
que bien pudieran hacer desfallecer nuestros corazones imbuidos
del espíritu de buenos ciudadanos de la ciudad de Dios. Dándonos
cuenta de la dignidad de la inteligencia, llegamos a darnos
cuenta del verdadero fundamento de la dignidad del hombre
y, con ello, de la bondad del mundo —tanto si lo entendemos
como creado o como increado—, que es la casa del hombre porque
es la casa de la inteligencia humana.
La educación liberal, que consiste en un constante trato con
los más grandes talentos, es un entrenamiento en la más alta
forma de modestia, por no decir de humildad. Es al mismo tiempo
un entrenamiento en firmeza: nos exige romper completamente
con el ruido, la prisa, el atolondramiento, la baratura de
la feria de vanidad (3) de los intelectuales así como de sus
enemigos. Nos exige firmeza para tomar la resolución de considerar
las teorías en boga como meras opiniones, y las opiniones
generalizadas como opiniones que probablemente son extremas
y, por lo menos, tan erróneas como las opiniones más extrañas
o impopulares. La educación liberal es una liberación de la
vulgaridad. Los griegos tenían una bella palabra para expresar
«vulgaridad», ellos la llamaron apeirokalia, falta
de experiencia en las cosas bellas. La educación liberal nos
proporciona experiencia de las cosas bellas (*).
(Traducción:Miguel Angel González y Rafael Tomás Caldera.)
NOTAS
1. Ver al respecto, Pedro Grases, «Gremio de Discretos», capítulos
«Liberal, voz hispánica» y «Algo más sobre liberal», págs.
57-63 y 63-67. (N. del T.)
2. Insight. (N. del T.)
3. Vanity Fair. (El autor usa aquí el título de una
novela de Thackeray). (N. del T.)
(*) Este ensayo ha sido tomado del libro La formación intelectual,
Caracas, 1971.El ensayo original de Strauss está incluido
en Liberalism. Ancient and Modern. (N. de la R.)
Publicado en el nº 12 de la revista Atlántida.
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