EDUCAR EN SOBRIEDAD
P or José Luis Olaizola (*)
Un caso curioso fue el de un amigo mío
que se dejó olvidada a su mujer en la cola del cine.
Llegaron a la taquilla, había una cola moderada y mi
amigo rogó a su esposa que aguardara en ella mientras
él aprovechaba para tomarse un café en el bar
más cercano. En el bar se encontró con un viejo
amigo de la infancia, se pusieron a charlar, y se olvidó
de su mujer. ¿Qué hizo la mujer? Sacó
las entradas; esperó; dejó una de ellas al portero,
con el apellido de su marido; a media función no aguantó
más y salió del cine... Y cuando llegó
a su casa dispuesta a llamar a la comisaría, se encontró
a su marido esperándola. Es decir, fue un olvido relativo,
porque acabaron encontrándose e, incluso, pudieron
llegar a las manos.
Más bien estaba pensando en olvidos
de objetos importantes, que en su día tuvieron dueño
y que, de repente, parecen convertirse en bienes mostrencos.
Por ejemplo, el otro día apareció en el jardín
de mi casa un balón de reglamento, pero no un balón
cualquiera, de esos de imitación, sino un balón
de legítimo cuero inglés, con su marca impresa,
hinchado, satinado y apto para jugar con él una final
de la Copa del Mundo. Pregunté a mis hijos, a mis nietos:
«¿De quién puede ser este balón?»
Se limitaron a mirarlo de reojo, diciendo lacónicamente:
«Se lo habrá dejado olvidado algún chaval.»
Supongo que se referirían a alguno de los chavales,
amigos suyos, que de vez en cuando honran con su presencia
el jardín de mi casa. Lo curioso es que han pasado
las semanas, los meses, y nadie reclama un balón que
hubiera hecho la felicidad de los muchachos de cualquier generación
que no fuera esta.
Porque a esta generación de adolescentes
le pasan cosas muy raras con eso del consumo. El más
notable, a mi entender, fue el caso de Boni Martín,
seudónimo con el que disimulo el verdadero nombre de
un muchacho que residía en una urbanización
de lujo en la zona noroeste de Madrid. Este llegó a
olvidarse de dónde había dejado la moto. Salía
de casa en moto y volvía sin ella porque no se acordaba
dónde la había dejado. Bien es cierto que era
hijo único y disponía de varias motos; como
no tenía la edad para conducirlas por vías públicas,
le llevaban al colegio en coche con chófer, y un remolque
transportaba dos o tres motos, que prestaba a sus amigos para
echar carreras durante el recreo.
Tanto me impresionó aquel caso
que escribí una novela, titulada La leyenda de Boni
Martín, en la que mi buen amigo el doctor Vallejo-Nágera
consigue curar al chico por un procedimiento un tanto rocambolesco
que no viene al caso. Pero lo que sí viene al caso
es que la novela estaba destinada, de acuerdo con la problemática
del protagonista, a un público adolescente, y editada,
por tanto, en una colección para jóvenes. Cuál
será mi sorpresa cuando me entero de que en un determinado
colegio habían calificado dicho libro como de recomendada
lectura no para los chicos, ¡sino para los padres! La
razón que me dio el director del centro fue que la
culpa de lo que consumen los hijos la suelen tener, por regla
general, los padres.
Más me sorprendió que en
un colegio al que fui invitado a participar en un libro-fórum
sobre libros míos, me encontré que el seleccionado
había sido, precisamente, La leyenda de Boni Martín.
Me sorprendí porque entendía que el problema
que en él se reflejaba era consecuencia de un mundo
de ricos caprichosos, y aquel colegio estaba situado en un
barrio periférico, humilde, de clase honrada y trabajadora.
Lo comenté con la profesora encargada del coloquio,
quien me replicó contundente: «El problema es
el mismo; a otro nivel, pero el mismo. Los padres les dan
más de lo que pueden y los chicos no se cansan de pedir
y acaban por apreciar poco todo lo que tienen.»
El caso es que por mi casa, como consecuencia
de nuestra estructura de familia numerosa, pasa mucha gente
(a veces pienso que demasiada), y es asombroso ver las cosas
tan valiosas que se olvidan en ella, sin que nadie las reclame.
O que pasen meses sin acordarse de que fue allí donde
se dejaron un chaquetón de piel que haría las
delicias de un minero de Alaska.
Se olvidan de las cosas porque se olvidan
de lo bueno que es tener, sólo, lo justo y lo necesario.
José Luis Olaizola es escritor, Premio
Planeta, colaborador de Arvo. |