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Por María Merino
¿Qué nos está pasando? La violencia contra
las mujeres sigue en aumento, a pesar de las medidas que van
tomando las autoridades políticas: el Ministerio de Interior
ha dispuesto a quinientos policías para proteger a las víctimas,
los jueces han dictado medidas cautelares para más de un millar
de casos en el primer mes de vigencia de la Orden de Protección
Judicial, se multiplican las campañas de sensibilización,
etc. Sin embargo falta, como señalaba con certeza un periódico
de la ciudad, un diagnóstico preciso sobre el caldo de cultivo
desde donde arrancan estas actuaciones de violencia. Pienso
que cualquier profano en sociología o en sicología de la sociedad
podría aventurarse a dar pistas sobre los síntomas de la enfermedad
que corrompe a la sociedad: demasiada violencia, demasiado
sexo desvinculado de proyectos, demasiada inestabilidad emocional,
demasiado consumismo, demasiado falta de ideales y demasiada
falta de valores.
¿Qué podemos hacer? Tenemos que despertar un debate social
y tomar las riendas para crear un entorno humano ecológico
desde los medios de comunicación.
• Quizás haya que acabar con la gallina de los huevos de oro,
es decir, el modo en el que se nos está ofreciendo el ocio,
donde los contenidos violentos reinan: en las programaciones
de cines, televisiones, videosjuegos y, hasta en las series
infantiles.
• Junto a la violencia, la mezcla explosiva de la exaltación
de la práctica del sexo desvinculándolo del amor, del
proyecto en común y del respeto a la persona, frivolizando
con él como si se tratara de un mero roce epidérmico, proponiendo
la relación de pareja como un mero entretenimiento. Se nos
proponen modelos de mujer calcados de mentalidades machistas
y contrarios a los avances de pensamiento que hemos realizado:
igual dignidad, iguales derechos. Se nos habla de una mujer
que sobredimensiona su sexualidad por encima de su propia
personalidad y de sus particulares sentimientos.
• Sin saberlo, se cava su propia fosa y sustituye los proyectos
de vida por emociones incipientes iniciando andaduras en parejas
que rápidamente se derrumban, en cuanto desaparece el efímero
romanticismo, el breve placer y aparece la realidad de las
primeras horas de vida en común. Entonces, el macho decide
que ese cuerpo es sólo para él y le usa y de él abusa.
Hasta perder la razón –que quizás siempre tuvo perdida– y
agredirle, sin ver en él ya un rostro, sino sólo un cuerpo.
En otros temas estamos siendo capaces de cambiar mentalidades
y conductas erróneas: se nos avisa dramáticamente que el tabaco
puede producir la muerte; ya está mal visto cualquier acción
que no sea ecológica,... ¿por qué no vamos a ser capaces de
mentalizarnos contra este modo de ofrecernos el ocio?
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