| Por
Mons. Carlo Caffarra (*)
A veces procedemos con justicia y a veces no lo hacemos, pero
si nos preguntan: “¿Y cómo te gustaría
ser tratado, algunas veces con justicia y otras injustamente
o siempre con justicia?”, estoy seguro de que la respuesta
es “Siempre en forma justa”. Nadie desea ser tratado
injustamente, ni siquiera a veces.
Decimos la verdad y no engañamos
al prójimo, pero a veces puede ocurrir que mintamos
y lo engañemos. No obstante, si alguien nos preguntara
“¿Y tú deseas ser engañado a veces?”,
estoy seguro de que nadie respondería seriamente que
le gusta ser engañado o lo desea. Podría proseguirse
con estos ejemplos. Estos son suficientes para llegar a hacer
un extraordinario descubrimiento sobre nosotros mismos. Cada
uno de nosotros sabe distinguir entre “actuar con justicia
y actuar con injusticia”, entre “estar en la verdad
y ser engañados”. Además de eso, cada
uno de nosotros desea la justicia, la verdad. El ser humano
posee la admirable capacidad de distinguir entre justicia
e injusticia o verdad y error y desear una de las dos cosas,
prefiriéndola a la otra.
En todo caso, el descubrimiento no se
detiene en este punto: aun cuando deseemos la justicia, podemos
querer tratar a otro con injusticia; aun cuando deseemos la
verdad, podemos decidir engañar a otro. Así,
puede producirse una “grieta” en nuestro interior
entre lo que conocemos y deseamos y aquello que de hecho llevamos
a cabo.
Esta “grieta” no es producto
del azar, sino producto de cada uno de nosotros, es obra nuestra.
El conocimiento-deseo (la justicia, la verdad...) piden a
nuestra persona realizarse concretamente. Recurren a “algo”
que está en nosotros. Este algo tiene un nombre y se
llama libertad. Ésta se nos presenta, por consiguiente,
como la capacidad de satisfacer o no el “deseo”
que reside dentro de nuestra persona.
A partir de estos sencillos ejemplos
tomados de nuestra experiencia cotidiana, descubrimos quiénes
somos: somos un gran “deseo” (de justicia, de
verdad, de amor...) cuya realización es encomendada
a nuestra “libertad”. Podemos decir lo mismo de
la siguiente manera: somos peregrinos hacia la beatitud movidos
por nuestra libertad.
Con todo, siento que alguien se preguntará qué
relación tiene todo esto con la educación. Así
es: veremos en seguida que el ser humano necesita, pide ser
educado, precisamente porque es “peregrino-mendigo de
la beatitud”, en un peregrinaje que debe ser llevado
a cabo por su libertad.
Podemos comprender esto partiendo de
una de las páginas más “sugerentes”
de todo el Evangelio: el encuentro de María e Isabel
(cfr. Lc 1, 39-45).
Entre los millones de seres humanos que
poblaban la tierra, había llegado uno que era Único,
esperado por milenios: el Hijo de Dios que vino a habitar
entre nosotros. Nadie había sentido su presencia: sólo
su madre. Las dos mujeres se encuentran. ¿Y qué
ocurre? Ese ser humano que estaba en el vientre de Isabel
“exultó” porque en ese momento sintió
la presencia de Dios mismo en el mundo: junto a él.
También Juan, ese niño
que entró al mundo seis meses antes, había iniciado
su “peregrinación hacia la beatitud”, como
todo ser humano. ¿Qué le sucedió? Experimentó
una Presencia que introdujo en su corazón un “sobresalto
de alegría”. Y Juan nunca olvidó ese “sobresalto
de alegría”. Convertido en adulto, morirá
a causa de la justicia y la santidad del amor conyugal.
Intentemos ahora agrupar los elementos
fundamentales de esta extraordinaria situación.
Una persona está entrando en el
mundo, y hemos visto de qué “equipaje”
está dotada. Y más bien quién es: un
peregrino-mendigo de beatitud, confiado a su libertad. En
este mundo, descubre una Presencia, la Presencia de Alguien.
El descubrimiento genera en él un sobresalto de alegría:
la certeza de no ser defraudado en su deseo, de que su peregrinaje
no es hacia la nada. Ha podido descubrir esta Presencia porque
una mujer se la ha hecho “sentir próxima”.
Ahora bien, éstos son los elementos fundamentales de
la “comunicación educativa”.
Una persona humana que entrando al mundo
inicia su peregrinaje hacia la beatitud, pide ser “ayudada”
y encuentra a otras personas.
Éstas lo hacen sentir o no lo
hacen sentir una Presencia. Y en esta “comunicación”,
la nueva persona consigue o bien no consigue la plena libertad
de caminar.
El “punto esencial” de este
acontecimiento, que es la educación, consiste en comprender
debidamente qué significan las palabras “personas
que lo hacen sentir/no sentir una Presencia”. Éste
es, en realidad, el “corazón” de la relación
educativa. Intentaré una vez más explicarme
con algún ejemplo.
Todos saben que uno de los momentos más
difíciles de toda nuestra vida han sido los primeros
días de la misma. La dificultad consistía en
encontrarse dentro de una realidad totalmente distinta a aquella
en la cual vivíamos en el cuerpo materno. En una palabra:
la dificultad del contacto con la realidad.
Detengámonos un momento para reflexionar
en lo que significa “contacto con la realidad”,
partiendo siempre de experiencias muy comunes.
Si accidentalmente pongo mi mano sobre
una plancha caliente, siento un terrible dolor y de inmediato
retiro la mano. He tenido un contacto con la realidad, un
contacto puramente físico. El hecho está conducido,
más bien dominado por el principio del placer/dolor.
¿Es el único contacto posible con la realidad?
Consideremos otro ejemplo. Nos encontramos
con muchas personas. A algunas de ellas ni siquiera las conocemos
y a otras las conocemos; pero en un momento dado, una de estas
personas nos parece “distinta a todas las demás”
y entre mil conocidos, “única e insustituible”.
¿Qué ha ocurrido? Hemos visto en esa persona
“algo” que no habíamos visto en ninguna
otra y nos ha hecho exclamar “¡Qué maravilla
que existas!” y en definitiva “¡Qué
lindo es vivir! Es la experiencia de una Presencia dentro
de la realidad concreta, que nos ha hecho “sobresaltarnos
de alegría”. ¿Qué significa entonces
“la persona necesita-pide ser educada”? Significa:
necesita-pide entrar en contacto con la realidad para sentir
en la misma una Presencia que la haga “sobresaltarse
de alegría”, que le dé la certeza de que
vale la pena vivir, precisamente debido a esta Presencia.
Educar significa introducir a la persona en la realidad de
tal manera que se sienta como acogida por un Destino bueno.
De lo dicho se desprende que la educación
puede ocurrir únicamente en el interior de una relación
entre personas, en el interior de una “comunicación
indirecta” que circula de “persona a persona”.
Existe una comunicación directa
entre las personas. Cuando un profesor quiere enseñar
a dividir, entrega al niño algunas reglas. Si es un
buen profesor, si el niño presta atención y
es algo inteligente, comprende esas reglas y ha aprendido
a dividir. Ha habido una comunicación (de un saber,
en este caso) y ha sido directa, en el sentido de que se han
aprendido ciertos conocimientos mediante ciertos razonamientos
simples. Veamos otro ejemplo.
Un joven se da cuenta muy pronto de que
en su corazón tiene un profundo deseo de justicia y
en el mundo muchas personas actúan injustamente, por
lo cual tarde o temprano puede encontrarse en una situación
en la cual debe elegir entre soportar una injusticia o cometerla
para no ser víctima de ella. Y se pregunta si es mejor
soportar una injusticia o cometerla, si es preferible ser
engañados o engañar.
¿Cómo se puede convencer
a ese joven muchacho de que es mejor soportar una injusticia
que cometerla, es decir, que ser justos y estar en la verdad
es, entre lo que existe, lo más precioso, bello y digno
de buscarse y desearse?
Opera únicamente la confianza
otorgada a la persona que lo educa y por consiguiente le entrega
la propuesta según la cual en la vida es mejor dar
que recibir. Es una comunicación indirecta.
Es éste el motivo por el cual
el primer lugar de origen de la educación de la persona
es la familia. De hecho, la misma está constituida
por la relación interpersonal padres-hijos. Es una
relación en la cual el hijo es acogido por sí
mismo, puesto que en la familia la nueva persona es acogida
en su valor puro y simple. Y así, recíprocamente,
la nueva persona toma contacto con la realidad no como algo
hostil, sino como acogida.
“La madre se encuentra en el principio del mundo del
niño, mundo en el cual éste vive una relación
simbiótica en que ni siquiera tiene conciencia de la
diferencia entre él y el mundo.
“Durante toda la vida, el niño
vivirá el ser de acuerdo con la temperatura emotiva
originaria con la cual vivió su relación con
la madre.
“El ser, el otro, el mundo se reconocerá
como residencia acogedora, cargada positivamente, originaria
y fundamentalmente benévola. Si no se ha otorgado esta
experiencia, hay un obstáculo para la persona humana
en la percepción de la verdad fundamental metafísica
según la cual el ser es bien” (H.U. von Balthasar).
Nada ni nadie jamás podrán sustituir esta relación
“de persona a persona” en la educación.
Nos encontramos hoy, sin embargo, en
una situación que yo llamaría de “desierto
educativo”.
Hemos dicho que cada uno de nosotros
es “un gran deseo (de justicia, de verdad, de amor...)
cuya realización se encomienda a nuestra libertad”.
Tiene sentido hablar de educación precisamente porque
este deseo es el hombre.
¿Y si se apaga el deseo en el
corazón del hombre? ¿Qué sucede? ¿Qué
ocurre con la libertad? Apagar el deseo en el hombre es algo
que sucede cuando se introduce en el corazón del hombre
la sospecha de que aquello que se desea no existe: que su
deseo no tiene sentido porque carece de contenido. Eso ocurre
cuando se afirma, cuando se enseña que no existe una
verdadera distinción entre justicia e injusticia (y
se actúa como si no existiera), porque puramente existen
la utilidad y el interés. Eso ocurre cuando se afirma
que no existe la verdad, sino únicamente opiniones.
Eso ocurre cuando se afirma que no es posible amarse verdaderamente
y la relación entre las personas sólo puede
configurarse como coexistencia regulada por egoísmos
en oposición. En este punto, el hombre se sumerge en
el más puro relativismo.
¿Y qué ocurre entonces
en su corazón? Se extingue o al menos se entorpece
el deseo. ¿De qué es peregrino el hombre? Peregrino
de la nada. Educar resulta imposible.
Las consecuencias en la libertad pueden explicarse con un
ejemplo muy sencillo. Imaginemos que al coser olvidamos hacer
el nudo en el hilo. ¿Qué sucede? Seguimos cosiendo...
sin jamás coser.
Así, una libertad desarraigada
de los verdaderos deseos del hombre, de sus “naturales
inclinaciones” (Santo Tomás), es una libertad
que ya no sabe hacia adónde moverse, hacia adónde
ir, es decir, ya no sabe por qué elige lo que elige.
Por lo tanto, todo y lo contrario merecen ser elegidos y al
mismo tiempo nada merece ser elegido. La libertad se reduce
a mera espontaneidad.
A esto he llamado “desierto educativo”.
El desierto es el lugar donde ya no hay agua y donde ya no
hay caminos.
La ayuda que debe el pastor a los padres
A la luz de la anterior reflexión, es fácil
comprender ahora qué debe dar un pastor de la Iglesia
a los padres como ayuda en su tarea educativa: es una ayuda
que se sitúa en dos niveles.
Primero
Apoyar su autoridad educativa. No hay
educación donde no existe autoridad educativa. ¿Qué
entiendo por autoridad educativa? Educar significa introducir
a una persona en la realidad. Introducir a una persona en
la realidad significa ofrecerle una hipótesis para
interpretar la realidad misma (el mapa geográfico que
le permite moverse en la “región del ser”).
Nadie ofrece lo que no tiene. Por consiguiente, no se puede
educar sin estar en posesión profunda y vivida de una
interpretación de la realidad, considerada la única
verdadera también sobre la base de la propia experiencia.
Autoridad educativa significa posesión segura y vivida
de una propuesta de interpretación de lo real, que
se ofrece-propone para la verificación existencial
de quien es educado.
Para los padres cristianos, la única
verdadera “hipótesis” interpretativa es
la fe cristiana: la educación cristiana es la forma
más elevada del testimonio cristiano, porque en la
misma (educación) la fe se convierte en un don hecho
al otro para que dicho testimonio sea generado.
La cooperación principal y fundamental
que los pastores de la Iglesia deben ofrecer a los padres
es la enseñanza de la verdad de la fe como clave para
la interpretación de la totalidad de la vida humana.
Esta cooperación es hoy día
aún más necesaria debido al “desierto
educativo” sobre el cual hablaba anteriormente: los
educadores inseguros parten habiendo fracasado.
Segundo
Apoyar su libertad educativa. De acuerdo
con la visión cristiana, la libertad es la capacidad
de hacer lo que deseo haciendo lo que debo. Libertad educativa
significa capacidad de educar, educando en la fe.
Entendida de esta manera, la capacidad
es acechada tanto desde el interior como desde el exterior
de la persona del educador.
Desde el interior: existe también
en los padres la tentación permanente de rendirse ante
las dificultades educativas, de carácter intrínseco
en el acto educativo mismo. El pastor debe proporcionar a
los padres la ayuda espiritual requerida para que sepan hacer
obrar el don recibido en el sacramento del matrimonio.
Desde el exterior: la libertad
educativa a menudo es desconocida o negada por la sociedad.
El pastor debe defender también públicamente
este derecho fundamental de la familia.
“Te amonesto que hagas revivir
la gracia de Dios que hay en ti por la imposición de
mis manos” (II Tim 1,6): así escribía
Pablo a su discípulo Timoteo. Esto es substancialmente
aquello que los padres tienen derecho a recibir de los pastores:
ser ayudados permanentemente a reavivar en sí mismos
ese don de Dios que hay en ellos, el don de la capacidad de
generar en sentido pleno una persona humana.
(*) Mons. Caffarra fue consagrado Arzobispo
de Ferrara-Comacchio (Italia). Actualmente es Arzobispo de
Bolonia
Tomado
del nº 25 de HUMANITAS
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