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Prof. Norberto González
Gaitano
Facoltà di Comunicazione Istituzionale,
Pontificia Università della Santa Croce (Roma)
Todo el énfasis sobre la importancia
de la educación para el progreso de un pueblo, los
acalorados discursos de nuestros políticos sobre la
necesidad de reformar permanentemente la educación
para hacerla más efectiva, los aumentos de la partida
de Educación en los Presupuestos Generales del Estado,
son palabrería hueca o argumentación inconsistente,
cuando casi nada ayuda a fomentar la dedicación de
tiempo y de calidad a la forma más universal de educación,
la educación privada en el hogar, pues comparada con
ella, la educación pública en la escuela puede
resultar estrecha y limitada. En efecto, "el educador
trata generalmente con una sola sección de la mente
del estudiante -afirma Chesterton-... los padres tienen que
tratar no sólo con todo el carácter del niño,
sino también con toda la carrera del niño"(2).
Solemos olvidar que es más grande y más sacrificada
la posición del padre que la del maestro, así
dice con ironía el célebre escritor inglés:
"Todo el mundo sabe que los maestros
tienen una tarea fatigosa y a menudo heroica, pero no es injusto
con ellos recordar que en este sentido tienen una tarea excepcionalmente
feliz. El cínico diría que el maestro tiene
su felicidad en no ver nunca los resultados de su propia enseñanza.
Prefiero limitarme a decir que no tiene la preocupación
sobreañadida de tener que estimarla desde el otro extremo.
El maestro raramente está presente cuando el estudiante
se muere. O para decirlo con una metáfora teatral más
suave, rara vez se encuentra ahí cuando cae el telón"(3)
Este largo proemio sobre el diverso papel
de la escuela y el hogar en el complejo proceso educativo
del niño viene al caso para introducir la reflexión
sobre la televisión y sus efectos educativos, deseducativos
para ser más precisos. Este inquietante intruso familiar,
inicialmente recibido como aliado en el proceso educativo
cuando apareció hace ya medio siglo, juega un papel
decisivo en la formación, o deformación, particularmente
de los niños, y no tan niños(4).
1. Un experimento inquietante.
La representación de la violencia en la televisión.
Esta comunicación pretende ser
un alegato contra ese poderoso agente de socialización
primaria, "auténtica escuela de analfabetos ilustrados",
en palabras de García-Noblejas; también conocida
pedagógicamente como "niñera electrónica"(5),
y popularmente como "la caja tonta" o, más
sencillamente, televisión.
Les invito a llevar a cabo un experimento.
Hagámoslo de la mano de Lolo Rico, realizadora de televisión,
guionista y Directora que fue de Producción de Programas
Infantiles y Juveniles en TVE, y actualmente escritora de
libros, entre los que se cuenta esta magnífica y dura
crítica, pero realista, Tv, fábrica de mentiras.
La manipulación de nuestros hijos, y que citaré
profusamente en adelante:
"¿Quiere usted hacer una
experiencia curiosa? ¿Le interesa conocer algunos datos
significativos sobre los hábitos que les están
creando a nuestros hijos? Se trata de algo muy fácil,
basta con abrir bien los oídos cuando ellos estén
ante la pequeña pantalla y usted no. Por ejemplo, en
las primeras horas de la noche avance por el pasillo sigilosamente.
Quizás su familia está entre las muchas que
tienen más de un televisor. Tal vez sus niños
se encuentran entre el 12 por ciento que disfruta de un aparato
para ellos solos en su dormitorio (...) ¿Está
usted ya situado en el pasillo, oculto en la oscuridad? ¿Qué
percibe? ¿No le llama la atención lo que está
escuchando? (...) Lo primero que advertimos cuando se "oye"
la televisión, despojada de la atracción de
la imagen, sin estímulo visual que capte nuestra atención,
son los gritos. Los hay de todo tipo en una variada gama que
va desde el agudo y aterrorizado de la mujer que ve avanzar
hacia ella el asesino, hasta el estertor ronco del hombre
que muere estrangulado. Hay aullidos de pesadilla que sólo
un mal sueño nos podría hacer oír, chillidos
estremecedores y lamentos de ultratumba (...) En alguna ocasión,
he llegado a asustarme pensando que algo estaba sucediendo
realmente y sólo he respirado con alivio al comprobar
que los gritos venían del televisor"(6).
Podríamos pensar que Rico exagera,
pero no, las cifras son tercas:
Un estudio sobre el prime-time de la
cadenas americanas en una semana arrojaba los siguientes resultados:
45 escenas de sexo, de las que 23 correspondían a uniones
heterosexuales entre solteros, 16 adulterios, cuatro entre
casados, una entre adolescentes, y una entre homosexuales;
57 asesinatos, 99 asaltos, 29 colisiones de vehículos
y 22 incidentes de abusos de menores (7). No es un problema
exclusivamente americano. Así, un estudio sobre la
programación de seis cadenas francesas durante una
semana nos da los siguientes resultados: 670 homicidios, 15
secuestros, 848 peleas, 419 tiroteos, 14 secuestros de menores,
11 robos, 8 suicidios, 27 casos de tortura, 32 casos de captura
de rehenes, 18 imágenes sobre la droga, 9 defenestraciones,
13 intentos de estrangulamiento, 11 episodios bélicos,
11 strip-teases, y 20 escenas de amor atrevidas (8).
Cuando un niño italiano se encamina
por vez primera a la escuela elemental lleva ya en su mochila,
junto con el plumier y los lápices de colores, 1800
escenas de violencia. La dieta preescolar de violencia del
niño americano -siempre más precoz- es muy superior,
incluye 8.000 homicidios y 100.000 actos violentos (9).
No pretendo marear con estadísticas,
pero los datos son muy elocuentes. Hasta el punto que el Informe
realizado por encargo de la Asociación Nacional de
la Televisión por Cable (NCTA) de Estados Unidos acerca
de la Violencia en la Televisión, concluía que
"la violencia en todas sus formas permea la televisión
americana hasta el punto que su constante presencia e influencia
ha sido declarada una amenaza nacional para la salud pública
por el Servicio Nacional de Salud Pública y otras asociaciones
médicas y profesionales. Sin embargo, a pesar de décadas
de investigación científica y de interés
creciente, todavía hay desacuerdo sobre cómo
abordar el problema de la violencia televisiva" (10).
Pues bien, esos datos corresponden a
países avanzados. Nos quedaría el consuelo de
esperar que España se encontrara entre los países
de "segunda velocidad" en este índice de
"progreso". Lamentablemente, en este parámetro
de "desarrollo" también convergemos con Europa:
"Las estadísticas nos dicen que de los siete millones
de niños entre 4 y 14 años que habitan en el
Estado español, entre 3 y 4 millones ven programación
adulta, siendo sus preferencias las series y los dibujos animados
de carácter más violento, y su horario preferido
a partir de las 11 de la noche" (11). Y, según
datos complementarios, publicados por el diario "El Heraldo
de Aragón", los niños y los adolescentes
ven al año en la televisión unos 12.000 actos
violentos, y 14.000 referidos al sexo (12).
Podríamos argüir que, al
fin y al cabo, se trata sólo de imágenes irreales
en la televisión. Cierto, pero no es fácil olvidar
los estremecedores acontecimientos de delincuencia infantil
provocados por mimetización de comportamientos violentos
vistos en televisión, como el de los tres niños
que mataron a su amiguita "jugando" como habían
visto en la tele; o el de los niños que asesinaron
a un vagabundo en Francia; y así otros. Lo mismo vale
para el cine: un chico de 14 años de un pueblo cercano
a Milán se ahorcó después de haber visto
la retransmisión televisiva en una red italiana del
film Schegge di follia. El film Natural Born Killer de Oliver
Stone ha causado 14 homicidios en 1993 y 3 en marzo del 94.
En una investigación realizada en las crónicas
de sucesos de dos diarios romanos, "Il Messaggero"
y "La Reppublica" durante dos años, del 1993
al 1995, Morgani y Spina encontraron que, en 57 episodios
de crónica violenta, los protagonistas habían
imitado "héroes" de películas de cine
(13). No hay que olvidar que se cuenta con innumerables estudios
empíricos que muestran correlaciones directas entre
lo que figura en los programas de televisión y la vida
de los telespectadores. Está demostrado, por ejemplo,
que los suicidios de adolescentes tienden a concentrarse estadísticamente
en los días posteriores a la exhibición de programas
en los que aparecen suicidios (14).
Pero aun cuando sea imposible atribuir
una responsabilidad exclusiva y directa a los medios de comunicación,
sobre todo desde el punto de vista legal, lo cierto es que,
como afirma Lolo Rico, "los teleadictos viven sumergidos
en un único mundo del que reciben pasivamente todas
las satisfacciones y todas las esperanzas (se vive toda una
jornada vacía a la espera de un determinado programa
o una determinada serie). Este mundo es compartido masivamente
y sirve de nexo de unión de los intereses juveniles...y
es tema principal de sus aspiraciones y conversaciones"
(15)
Y es que no hay que olvidar que, aunque
la televisión no es el mundo real, para muchos no hay
más realidad que la que aparece en la televisión.
"La consecuencia es que, para los niños y para
los jóvenes y -cada vez más- para usted y para
mí también -añade Lolo Rico-, sólo
existe lo que se percibe en condiciones de ficción
y, que por tanto, es la ficción la verdadera realidad,
en relación a la cual -casi podría decirse-
la realidad es sólo una realidad débil y accesoria
en la que creemos porque se parece a la televisión.
Me parece peligroso" (16). Acostumbrados a ver brotar
la salsa roja desde un ángulo que el ojo humano jamás
vería en un vídeo hiperrealista, la sangre de
un herido de verdad apenas impresiona.
Algunos sondeos realizados específicamente
sobre audiencias infantiles contrastan esta neta afirmación
de Rico sobre la dificultad de distinguir la realidad de la
ficción para los niños. Así, un sondeo
llevado a cabo por la Sociedad Italiana de Pediatría
y el suplemento infantil del diario Avvenire encuentra que
"el 86% de los niños entrevistados cree saber
qué cosa es la realidad y qué cosa es la ficción,
mientras que sólo un 11% creen que todo lo que se ve
en televisión es verdad" (17). De todos modos,
un 70% declara que le gusta imitar a sus personajes preferidos
de la televisión.
En el estudio de Davis y Mares (18) sobre
los efectos de los talk shows, los autores han encontrado
una percepción muy distorsionada sobre la violencia
en la sociedad. La investigación se ha llevado a cabo
con una muestra de adolescentes de tres colegios de segunda
enseñanza en Carolina del Norte. Quienes siguen este
tipo de programas se imaginan una sociedad mucho más
violenta de lo que realmente es. Así, por ejemplo,
quienes ven a diario este tipo de programas creen que un 48%
de sus coetáneos se escapan de casa, mientras que en
la vida real lo hacen el 8%. La cifra de adolescentes que
quedan embarazadas antes de los 19 años es de un 4%.
Los teleadictos de estos programas creen que esto sucede en
un 55% de sus coetáneos. Lo mismo sucede respecto a
otros indicadores de comportamiento inmoral, como la infidelidad
conyugal, las relaciones sexuales prematrimoniales o el uso
de armas en la escuela. Lo grave es que esta distorsión
se da también entre los que no siguen los programas,
en grado menor naturalmente. Lo cual hace pensar que la televisión
incide sobre la percepción social en su conjunto, creando
una especie de refracción perceptiva (Los datos pueden
verse en el anexo final). Es verdad que los dos investigadores
no han logrado probar estadísticamente la hipótesis
de que la atención habitual a este tipo de programas
con contenidos violentos o desviantes insensibiliza a los
espectadores sobre ese tipo de comportamientos. Tampoco eso
significa que el encallecimiento no sea real. Es difícil
pensar que una distorsión cognoscitiva tan grande no
tenga consecuencias sobre las actitudes.
La polémica académica sobre
los efectos directos en el comportamiento continúa
abierta, en parte porque los numerosísimos estudios
siguen metodologías diversas. Pero si bien los datos
no son concordes, lo cierto es que las investigaciones más
consistentes, como la de Huesman y Eron (19), y en general
la mayor parte de ellas coinciden en afirmar que "agresividad
y visión de la violencia tienen un cierto grado de
interdependencia" y que "los niños más
agresivos ven más violencia en televisión"
(20). En cualquier caso, como hacen ver Bettetini y Fumagalli
(21), conviene no perder de vista que los efectos negativos
de la representación de la violencia se pueden dar
en varios niveles, que pueden afectar a sectores sociales
diversos y con diversa intensidad, según factores complementarios:
estimulación de la agresividad en casos de sectores
con mayor riesgo por vivir en ambientes donde ya la violencia
domina la vida cotidiana o en el caso de personas psíquicamente
inmaduras o con tendencias patológicas especialmente
en el campo psicosexual; bloqueo imaginativo en niños
que, habituados a contemplar la respuesta violenta como solución
única de los problemas representados dramáticamente,
tienden a imitar el comportamiento violento aprendido de la
ficción como única vía de salida ante
situaciones reales de amenaza; saturación de violencia
representada que conduce a una visión hastiada e indiferente
ante el dolor real y concreto; etc. En definitiva, no se puede
olvidar la dimensión pragmática de la comunicación,
es decir de cualquier texto. Decir es siempre simultáneamente
un hacer, y por ello toda comunicación establece siempre
un modelo de relación entre emitente y destinatario:
"por ello, una comunicación
auténtica, es decir verdadera y correcta a la vez,
estará atenta al tipo de relación que instaura
en las figuras simbólicas que, en el texto, representan
al emitente y al destinatario. Lo que vicia tal autenticidad
no es sólo la mentira, sino también un obrar
comunicativo que instrumentaliza al otro, que impone un dominio
sobre el otro, es decir, que asume las formas de una violencia
difusa (...) En esta perspectiva la comunicación de
masas puede asumir un carácter violento independientemente
de sus contenidos e, incluso, de sus modalidades lingüísticas.
Se trata de una forma de violencia más sutil, menos
evidente, pero igualmente capaz de golpear al espectador,
todavía más indefenso porque no está
prevenido críticamente" (22) .
2. ¿Un mundo feliz?
Piensen ahora por un momento en los recuerdos
de su infancia. Habrá sido más o menos feliz,
pero estoy seguro de que su memoria no está cargada
de imágenes confusas, violentas, eróticas, estúpidas,
o trepidantes de programas como "Dinastía",
"Dallas", "El juego de la Oca", "Los
sueños de Freddy", "Sensación de vivir",
"Hablando se entiende la basca", "Vipguay",
"Los compis", "Bola de Dragón",
"Ponte las pilas", "Cruzamos el Missisipi"...,
por mencionar sólo algunos programas.
Dice Rilke en su Cartas a un joven poeta:
"Y aun cuando usted estuviese en
una prisión cuyas paredes no dejasen llegar hasta sus
sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no le quedaría
siempre su infancia, esa riqueza preciosa, imperial, ese arca
de los recuerdos? Vuelva a ella su atención. Procure
hacer emerger las hundidas sensaciones de aquel vasto pasado:
Su personalidad se afirmará..." (23)
Y añade Lolo Rico, en contraste
con estas palabras del poeta: "En los recuerdos del futuro
de los niños habrá unas veinte horas de televisión
a la semana...¿Quedarán otros o los borrarán
esa infinita sucesión de imágenes antiestéticas,
desagradables y violentas que vemos a diario?" (24)
Hoy día el televisor es mucho
más que un mueble con vida propia para muchas familias,
es casi el nuevo altar laico. Es el centro de referencia espacial
de la casa, en torno al cual se organiza, iba a decir la "vida
familiar", pero creo que sería más propio
decir la "contigüidad familiar". Hay todo un
ritual ante la televisión. Cada miembro de la familia
tiene sus posturas frente a la pequeña pantalla, sus
pequeños hábitos -hay quien come pipas o quien
se sirve una bebida-; cada persona en la casa tiene sus programas
que tiranizan no sólo a él, sino a todos los
demás. Un chitón agrio del padre, por ejemplo,
interrumpe la conversación que, aprovechando la pausa
publicitaria había logrado abrirse camino: ha comenzado
el telediario. Luego es el serial venezolano, más tarde
el programa concurso el que extingue el nuevo intento de remanso
de paz y diálogo. No digamos el fútbol. Y así
van trascurriendo las horas, sin respiro. Los dioses del hogar
ancestral, los lares o manes romanos envidiarían la
autoridad que este nuevo altar tiene:
"lo que dice la televisión
es infalible como si se tratara de la voz de Dios. No cabe
duda que cualquiera pasa más tiempo al mes ante el
televisor que en la iglesia durante toda su vida (...) Se
recurre a ella cuando necesitamos ayuda para paliar un mal
estado de ánimo o reponernos de cualquier problema,
se mira y se escucha en silencio, suele tener nuestra confianza
porque nos inspira credibilidad, aunque sólo nos ofrezca
trivialidades, y la escasa información que nos proporciona
la vivimos como si se tratara de la ciencia infusa que otorga
a los apóstoles el Espíritu Santo" (25).
No, no son una palabras de algún
documento de la Conferencia Episcopal. Son siempre palabras
de nuestra realizadora, productora, guionista de televisión
y autora del libro que vengo citando, Dolores Rico Oliver.
No se mostraba menos crítico Gadamer, hablando de la
televisión en una entrevista periodística concedida
al diario comunista L"Unità: "A nuestro sistema
de comunicaciones le falta espontaneidad. Todos son pasivos.
La función política de la televisión
consiste en domesticar las masas, en adormecer la capacidad
de juicio, el gusto, las ideas. Es una de las formas de burocratización
de la sociedad anticipadas por Max Weber" (26). El mismo
Popper advertía en su testamento intelectual que "la
televisión se ha convertido en un poder político
colosal, potencialmente se podría decir incluso que
el más importante de todos, como si fuese Dios mismo
quien habla (...), un poder demasiado grande para la democracia.
Ninguna democracia puede sobrevivir si no se pone fin al abuso
de este poder" (27).
Mi generación no nació
con la experiencia del televisor como un mueble más
del hogar donde se crió, cosa que debemos no tanto
al sentido educativo de nuestros progenitores cuanto al hecho
de pertenecer a la progenie del primer Plan de Desarrollo.
Sin idealizar el pasado, al menos no demasiado, pienso que
nuestros recuerdos están poblados de aromas de estrecha
convivencia familiar -a veces verdaderamente estrecha-; de
tradiciones de relatos y cuentos propios de una cultura todavía
oral en buena parte, como se puede apreciar en el magnífico
film "El árbol de los zuecos" de Olmi. Y
de veladas de lecturas hasta bien entrada la noche, sobre
todo esas largas noches de verano, donde los adolescentes
de la generación del primer plan de desarrollo consumían,
y consumaban, los sobados ejemplares de las bibliotecas municipales
-la mayoría de las familias no tenían recursos
para hacer una nutrida biblioteca propia-. Eran horas robadas
al sueño con la complicidad, cuando no con el "mal
ejemplo", del pater familias. Esta carencia de ocio teledirigido
a precio del tiempo de audiencias millonarias, ignorantes
del valor de sus horas de ocio, consintió a la mayor
parte de esa generación gozar de mundos ficticios,
imaginativos, que no visuales, muy variados, tan variados
como los propios intereses: Julio Verne, Enid Blyton, Salgari,
primero; Mark Twain, Bécquer, Agatha Christie, el Padre
Brown, Dostoievski después;...y así hasta hoy.
El "daño" ya estaba hecho y, gracias a Dios,
era irreparable. Kafka, que nunca llegaría a ser el
contable que su padre había soñado, escribió
en su pequeño diario estas palabras: "jamás
le haremos entender a un muchacho que, por la noche, está
metido de lleno en una historia cautivadora, jamás
le haremos entender mediante una demostración limitada
a sí mismo, que debe interrumpir su lectura e irse
a la cama" (28).
Ignoro cuál será el recuerdo
de la infancia de los niños y jóvenes de la
generación de la abundancia, pero no puedo sustraerme
a la temible inquietud que las cifras ya mencionadas me causan:
cada semana 57 asesinatos, 45 escenas de sexo, 16 adulterios,
22 escenas de abuso de menores,...
Jerry Mander, estudioso de la comunicación
social, ha publicado un libro cuyo título es bien elocuente:
Cuatro buenas razones para eliminar la televisión (29).
No pretendo privar a nadie del placer de su lectura, resumiendo
esas razones. Tampoco se puede negar que la televisión
tenga algún aspecto positivo; como ha dicho Juan Pablo
II en el Mensaje de la Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales de 1994, "la televisión puede enriquecer
la vida familiar. Puede unir más estrechamente a los
miembros de la familia y promover la solidaridad con otras
familias y con la comunidad en general. Puede acrecentar no
solo la cultura general, sino también la religiosa,
permitiendo escuchar la palabra de Dios, afianzar la propia
identidad religiosa y alimentar la vida espiritual y moral"
(30)
Es verdad que son "puedes",
"ojalás", y que alguna vez, aunque rara,
se cumplen esas funciones. No es menos cierto que -y son palabras
del mismo Juan Pablo II- "la televisión puede
también perjudicar la vida familiar al difundir valores
y modelos de comportamiento falseados y degradantes, al emitir
pornografía e imágenes de violencia brutal;
al inculcar el relativismo moral y el escepticismo religioso;
al dar a conocer relaciones deformadas, informes manipulados
de acontecimientos y cuestiones actuales; al trasmitir publicidad
que explota y reclama los bajos instintos y exalta una visión
falseada de la vida que obstaculiza la realización
del mutuo respeto, de la justicia y de la paz" (31).
A continuación, expondré
someramente algunos otros efectos sociales, cognoscitivos
y psicológicos de la televisión.
3. Los efectos de la televisión
Voy a hacer referencia sólo a
tres efectos de entre los posibles, a los que he llamado,
con palabras de García-Noblejas, el síndrome
de Jabberwocky, el síndrome de Scherezade y el síndrome
de Humpty-Dumpty.
1. El síndrome de Jabberwocky:
El nombre de este efecto está tomado de Alicia a través
del espejo, la célebre niña de Lewis Carroll,
tal como lo aplica García-Noblejas (32) para ejemplificar
el efecto de desarraigo cultural que produce la televisión
en particular, aunque se puede atribuir a la generalidad de
los medios. Alicia está contemplando un raro poema
que suena muy bien y exclama: "no entiendo casi nada
de todo esto pero me parece bastante bonito".
Me refiero con este síndrome a
que la televisión nos ofrece una visión fragmentaria,
parcial, a menudo contradictoria y siempre caleidoscópica
del mundo y del hombre. Esta imagen no contribuye a que el
hombre se comprenda mejor a sí mismo, desde luego.
Esto sucede, por ejemplo, por la abierta contradicción
entre los mensajes de programas que aparecen en el mismo medio
en espacios diferentes. Así, junto a mensajes publicitarios
contra la droga o el alcohol, de buena factura dramática
y persuasiva, se difunden otros en programas de entretenimiento
o en otros anuncios publicitarios que exaltan la fascinación
y el lujo unidos a la bebida o al consumo de droga. Piensen
en Miami Vice, o el episodio "Joyride" de la serie
The Equalizer donde lo que se critica no es el consumo de
droga, sino el enriquecimiento injusto de los traficantes
por comerciar con droga adulterada. Se disfraza el drama de
la droga en documentales informativos cuando se asocia a un
problema de orden público que afecta exclusivamente
a barrios marginales, como Entrevías en Madrid o La
Mina en Barcelona, cuando todos sabemos que la droga no hace
distinción entre ricos y pobres, es más, en
los ambientes "selectos" es donde se consume más
droga, especialmente cocaína. O directamente se promociona
su consumo con la difusión indiscriminada de vídeo-clips
musicales que portan ese mensaje descaradamente.
Este efecto puede atribuirse a la generalidad
de los medios, como la periodista Pilar Urbano denunciaba
en un conocido artículo suyo en "El Mundo",
"Los periodistas, espejos locos", pero es especialmente
acusado en la televisión por el formato dramático
y narrativo de los medios audiovisuales. Así, dice
García-Noblejas que "lo percibido en las películas
y programas de televisión, puede ser vitalmente comprendido
como representación de acciones y hábitos humanos,
con su cortejo de sentimientos. O lo que viene a ser igual,
tiene sentido para la vida de los espectadores, al apreciarlos
-en términos generales- como muestra de valores conscientes
o inconscientes, de virtudes y vicios" (33)
Con el agravante de que la privilegiada
posición doméstica de la televisión,
su integración en la vida cotidiana y la credibilidad
que se le otorga "encubren cuidadosamente su carácter
de artificio cultural argumentativo" (34). A lo que hay
que sumar, a veces, la mala intención de quienes "hacen"
la televisión para manipular ideológica o comercialmente
a la audiencia, incapaz de darse cuenta de esa manipulación.
Puede replicarse a esta argumentación
que, a fin de cuentas, cuando la televisión difunde
objetivaciones del habitar del hombre en el mundo, patterns,
formas o modelos de comprensión de sí mismo,
no hace mejores o peores a los hombres de suyo. Es tan verdad
como que la lectura de vidas de santos o de hazañas
heroicas de grandes hombres de la historia no nos hace ni
mejores ni más valientes. Cierto, pero por eso el arte
debe respetar la lógica interna de éste, que
es presentar lo sublime como sublime, lo miserable como miserable,
lo trivial como trivial; en suma, lo bueno como bueno y lo
malo como malo, de modo que lo bueno nos "sepa"
bien y lo malo nos "sepa" mal. Así lo hicieron
los clásicos de todos los tiempos, que no representaron
una condición humana inmaculada -pensemos por un momento
en Shakespeare y el cúmulo de miserias humanas representadas
en los personajes inmortales de sus dramas-. No se trata de
ocultar la realidad de la condición humana caída,
sus posibles abismos de vileza, pero tampoco sus cumbres morales;
se trata de mostrar su grandeza, su dignidad, que puede perderse,
sí, en la abyección de esos abismos insondables
de maldad, y que puede brillar en la belleza moral de conductas
virtuosas, que no ñoñas, o en la misericordia
ante el mal ajeno, físico y sobre todo moral. No hay
que olvidar, con Montagu, que "los hombres y las sociedades
se han hecho de acuerdo con la imagen que tenían de
sí mismos, y han cambiado conforme a la imagen por
ellos mismos desarrollada" (35).
¿Y qué imagen, qué
identidad cultural proporciona la televisión? Voy a
referir dos botones de muestra, dos aspectos de nuestra identidad
cultural.
El primero es la imagen de la muerte
en nuestra sociedad. ¿Hemos reparado en lo paradójico
que resulta la trivialización de la muerte que produce
ese mercado televisivo de la violencia en contraste con el
hecho de que la muerte real, no la de ficción, se oculta
cada vez más en nuestra sociedad? La gente muere en
los hospitales, lejos de la vista de los niños y de
nosotros incluso. A los ancianos, recordatorio próximo
de la fugacidad de nuestra vida, se les confina en residencias
con todas las comodidades pero lejos de nuestra vista. La
muerte ha dejado de ser una realidad humana natural, inscrita
en el tejido de la vida y valorada; en cambio, tal como lo
expresa Lolo Rico, "en las pantallas de televisión
aparece desprovista, al mismo tiempo, de todo sentido individual
y de toda trascendencia psicológica: la muerte simultáneamente
ajena y neutra" -y añade con un diagnóstico
no exento de verdad, a pesar de su pesimismo- (...) Quizás
debemos pensar que a la sociedad en la que vivimos le interesa
trivializar la muerte. Al fin y al cabo no es la vida algo
que parezca tener hoy gran valor" (36)
El segundo botón de muestra es
la trivialización de la sexualidad. Decía Thibon,
parafraseando a Pascal que la sexualidad humana en nuestros
días "tiene su circunferencia por todas partes
y su centro en ninguna". El desnudo erótico de
la publicidad y la exposición pública de la
relación amorosa más íntima han desvirtuado
el valor humano de esa realidad; son ya como la flor de plástico,
el vino químico, y todos los demás "pseudos"
de nuestra sociedad artificial. Dice Thibon que "la sexualidad
humana normal gravita alrededor de dos polos: el apetito carnal
y el amor espiritual. El erotismo actual es extraño
tanto al uno como al otro" (37). Los consumidores de
erotismo comercializado están doblemente frustrados:
ni gozan de la dimensión espiritual del amor, porque
"la belleza es un fruto que se mira sin alargar la mano"
(Simone Weil), ni se satisfacen siquiera en el ejercicio completo
de la sexualidad, pues una nebulosa de imágenes inaccesibles
se interponen entre su deseo y el objeto poseído"
(38).
No es esta la sede para desarrollar las
ideas apenas esbozadas sobre el problema de la "disolución
y manipulación del cuerpo" (39) operada por los
medios de comunicación social y los efectos psicosexuales
inducidos en los adolescentes sobre todo. Me remito al estupendo
estudio de Bettetini y Fumagalli ya citado, donde se profundiza
en la cuestión con abundantes ejemplos.
2. El síndrome de Scherezade,
o de cómo mantener la atención de una aburrida
audiencia que no puede moverse de su asiento de espectador
abúlico. Es claro que me refiero al famoso cuento de
Las mil y una noches. Scherezade es obligada por el sultán
a contar cuentos, sin parar, hasta que acabe la noche; si
el sultán se aburre y se duerme, le cortarán
la cabeza.
Ese es el espectáculo que ofrecen
nuestras televisiones, privadas y pública. El espectáculo
de la lucha entre las cadenas por la audiencia y por llenar
horarios, aumentando así los ingresos publicitarios,
recuerda al del charlatán de feria que debe gritar
con estridencia y reiteradamente para lograr atraer la atención
de los viandantes y para mantenerlos. Muchos esperaban que
la libertad de televisión trajera una oferta más
plural y variada. No soy un detractor de la televisión
privada, sí lo soy de este modelo de televisión
privada, y de la pública que induce. La realidad ha
sido mucho más decepcionante: programas de escasa calidad,
insulsos, zafios y, lo que es peor, los mismos en todas las
cadenas. Incluso la televisión pública, la única
que se salva en ciertos aspectos, ha mimetizado los criterios
de programación -"remedaprogramación"
habría que llamarla con Lolo Rico- de las privadas.
Como ha puesto de relieve nuestra ya familiar autora, la programación
la decide el márketing, no los productores ni los guionistas.
Con sospechosa complicidad, los propietarios de las cadenas
esconden las auténticas razones de su afán de
lucro y mal gusto en los "gustos del público":
mandan los ratings de audiencia. Les gustaría elevar
la calidad de sus programas, pero el público quiere
ver colores chillones, espectáculos horteras, señoritas
exhuberantes y con la cabeza vacía, y ¡circo,
mucho circo! Pocos saben que no es cierto, que al público
no le queda opción cuando sólo se le da a elegir
entre basura y carroña. Me recuerdan a aquellos señoritos
andaluces que, para justificar el que no daban carne a sus
asalariados, decían "es que a ellos no les gusta
la carne". Está demostrado que cuando se da a
elegir entre bistec y lentejas, la mayor parte de la gente
elige lo bueno; pero si sólo hay lentejas... No, no
es la audiencia la que manda, es la publicidad. Los programas
los patrocinan sponsors, "patrones" que saben quizás
de fabricar embutidos, pero que no saben de guiones ni de
públicos y son ellos los que deciden los guiones, incluso
los decorados del escenario: mucha luz, colores estridentes,
vivos, música ruidosa y, si se trata de programas infantiles,
niños, muchos niños en el escenario aplaudiendo
y coreando las insulsas y cursis aclamaciones de la escotada
y provocativa presentadora de turno -como si la amplitud de
destape tuviera algo que ver con la imaginación infantil-,
que desliza subliminales mensajes publicitarios mientras todos
los niños del plató responden con "espontaneidad"
milimétricamente organizada, para reforzar el mensaje
del spot publicitario: -"¿Cómo juegan los
primitos?" -pregunta X (40) aludiendo a los muñecos
de una marca determinada. -"Todos juntitos" -repite
la chiquillería del plató al unísono.
No exagero. Afirma Lolo Rico, que "los
espacios que justifican los costes publicitarios tienen que
darle a entender que vida es sinónimo de apropiación
febril de objetos diversos -lo que hoy se llama bienestar-
y hacer que se identifique usted con quienes disfrutan de
la máxima disponibilidad económica -lo que hoy
se llama triunfo. Fuera de esos estereotipos no existen otros
intereses y, como quien paga manda, las industrias que financian
la programación no pueden permitir que sus planteamientos
comerciales se invaliden por trivialidades como la verdad,
la belleza o la ética" (41).
3. El tercero de los síntomas
es el de Humpty-Dumpty, o de cómo la televisión
genera analfabetos funcionales. Humpty-Dumpty es el título
de una vieja canción infantil británica con
cierta intención política de sátira hacia
algunos monarcas ingleses del siglo XVIII. El personaje es
un huevo increíblemente fatuo e ignorante de su fragilidad.
Alicia lo encuentra y discute con él acerca del significado
de las palabras: "-Cuando yo uso una palabra -insistió
Humpty-Dumpty con un tono más bien desdeñoso-
quiere decir lo que yo quiero que diga...ni más ni
menos. -La cuestión -insistió Alicia- es si
se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión -zanjó Humpty-Dumpty- es saber
quién es el que manda..., eso es todo" (42).
Entre los académicos que han estudiado
los efectos de los medios está bastante demostrado
el resultado empobrecedor del proceso de conocimiento de la
realidad a través de estos (43). Es claro, por ejemplo,
que el "bombardeo" informativo recurrente de sucesos,
normalmente conflictivos, produce un efecto en las audiencias
de falta de contextualización y de desconexión
con la vida cotidiana. Y más en general, refiriéndose
a la influencia en los procesos de comprensión de la
realidad a través de los medios, Pablo del Río
afirma que
"en los últimos veinte años
se ha dado en todo el mundo un deterioro adicional de los
procesos de conocimiento, al pasarse desde un pensamiento
construido instrumentalmente sobre el poder abstractivo del
lenguaje escrito (que obliga a descontextualizar para comprender)
a otro fundado sobre códigos orales y sobre la imagen,
a la vez que los referentes reales de esa construcción
instrumental se deterioraba o, dicho de otra manera, perdían
su estabilidad (...) El resultado es un nuevo analfabetismo
con barniz de "conocimiento". Se piensa por asociación,
como es posible hacerlo por la imagen, pero se formula el
pensamiento asociativo en etiquetas verbales aparentemente
precisas y jerárquicas. El resultado es un galimatías
en que es fácil sostener una supuesta objetividad a
la vez que se sustentan estereotipos y prejuicios totalmente
asociativos. Se produce así la suma de dos males graves:
falta de contextualización en los sistemas simbólicos
de representación (...), que coincide (...) con una
acusada falta de contextualización a nivel social:
es decir, la cultura vicarial de los medios sólo muy
parcialmente está integrada con la actividad de la
vida cotidiana (aunque este alejamiento se va progresivamente
acortando, no por acercamiento de la cultura a la realidad,
que sería lo deseable, sino por acercamiento de la
realidad o de la actividad de los ciudadanos a la irrealidad
de la vida propuesta por los medios". (44)
Se ha subrayado frecuentemente el efecto
paradójicamente desinformativo que provoca la sobredosis
de noticias, característica de la sociedad de la opulencia
informativa. Hay tanta información que tenemos la ilusión
de estar informados (45), cuando en realidad faltan criterios-guía
que permitan construir senderos de sentido en el bosque de
la acumulación de datos, noticias e incluso pseudoinformaciones.
Así, por dar una idea de la sobredosis informativa,
Murray afirma que "cada día se registran unos
20 millones de palabras de información técnica.
Un lector capaz de leer mil palabras por minuto necesitaría
un mes y medio, leyendo 8 horas diarias, para ponerse al día
solamente de la producción cotidiana, y al final del
periodo de lecturas iría con 5 años y medio
de retraso" (46). Un día laborable el New York
Times contiene más información de cuanta hubiera
podido llegar a conocer un ciudadano medio de la Inglaterra
del siglo XVII.
Pues bien, mientras la disponibilidad
de la información aumenta en progresión geométrica,
la disponibilidad receptiva de la persona humana se mantiene
constante, cuando no disminuye, porque esta capacidad depende
de la calidad de su educación humanística. En
esta situación, la masa adormecida por sobresaturación
de noticias se hace completamente dependiente de los creadores
de opinión, precisamente porque necesita interpretaciones
globales, comentarios que le ahorren el esfuerzo de documentarse
y le orienten en la tupida selva informativa. Así,
unos pocos, siempre los mismos por otra parte, llenan ese
vacío opinando de casi todo con la misma y universal
competencia, desde la política nacional, a los problemas
de ética biológica, a las cuestiones morales
y teológicas de la Iglesia Católica, a los conflictos
mundiales. Son los que configura la opinión, los llamados
opinion makers, que imparten desde los púlpitos de
sus columnas periodísticas o de sus debates radiotelevisivos
el nuevo credo que la opinión pública absorbe
mansamente con aparente conciencia crítica. La pluralidad
de voces y la libertad de expresión con que se presentan
consienten la ilusión de una formación plural
e ilustrada de una opinión crítica, homogénea
y de serie pero, eso sí, crítica.
En una reciente entrevista, Umberto Eco
recordaba cómo la "semiótica" de la
televisión no es una semiótica natural, como
la de los gestos, comportamientos, miradas que los humildes
de las novelas de Manzoni, por citar un caso de la literatura
clásica italiana, aprendían en la realidad circundante.
Las imágenes de la televisión no proponen la
realidad sino una mise en scene, como es bien conocido. El
entrevistador observaba cómo los Cagliostro y los don
Rodrigo de hoy aprovechan la potencia de los medios para ganar
consensos, no obstante que la difusión de información
y el aumento de la escolarización hicieran esperar
unas defensas inmunitarias más robustas de los ciudadanos
frente a los embrollones y los poderosos. A tal observación,
Eco respondía que "en todos los tiempos la moneda
falsa ha suplantado a la moneda buena y los charlatanes han
embaucado a los tontos. Dada la potencia del medio, simplemente
sucede más. El crecimiento de la información
y de la cultura aumenta la credulidad (...). Tenía
razón Chesterton, cuando la gente no cree ya en Dios
no es que no crea ya en nada, cree en todo. Los ateos son
más supersticiosos que los creyentes. La New Age, una
religión para no creyentes tiene más dioses
que cualquier religión revelada" (47).
A pesar de la aparente d
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