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EL PRECIO DE LA NOCHE (Javier Láinez)

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El precio de la noche

EL PRECIO DE LA NOCHE
 
Por Javier Láinez



No son pocos los jóvenes que opinan que la libertad es un bien tan grande que nada merece la pena si hay que sacrificarla. Libertad sin fin y sin límites. Y al que le pique, que se rasque. Sin embargo, cuando hemos elegido, nos hacemos responsables de la felicidad o infelicidad que provoca mi elección.

Lamentos tardíos.

Laura me contaba que, cuando sale los sábados por la noche, siempre tiene en cuenta que no puede gastar todo el dinero que lleve. Ha de reservar lo suficiente para el taxi que la devuelva a casa, pues vive en una zona residencial y le da miedo volver en autobús y andar sola por la calle a esas horas. «Pero, le pregunté, ¿no te acompaña Borja a casa?» Borja es el chico con el que Laura está saliendo, van a la misma clase y viven en la misma urbanización. «No, yo tengo que volver a la una como tarde y a él le dejan hasta las dos», fue su natural respuesta.

A uno ya no le sorprende nada, pero no deja de ser sorprendente que a Laura y a Borja no les sorprenda esta incoherencia. Quizá algunos sigamos pensando con esquemas medievales, pero más allá de la cortesía, parece lógico esperar que Borja sacrifique una hora de diversión para acompañar a casa a su novia y ahorrarle la congoja de tener que pedirle al taxista que espere a que ella haya abierto la puerta de su casa para marcharse. Todos los años nos enteramos de los más espantosos crímenes cometidos a chicas que regresaban solas a casa. A veces fueron sólo unos centenares de metros de caminar solitario, y después el novio o quien sea se lamenta de no haber tenido los reflejos suficientes para acompañar a la muchacha. ¡Ah, los lamentos tardíos! No pretendo extenderme sobre el miedo a los psicópatas, sino más bien –en un tono de mayor normalidad- al sacrificio que hace falta para dar paz a otra persona.

Torturado por la dictadura.

El prof. Lorda pone en uno de sus libros un ejemplo clarividente. Un día nos encontramos por la calle a un amigo al que conocimos en el extranjero. Sabemos que su país ha sufrido recientemente duras convulsiones políticas. Mientras tomamos café en un bar, nos cuenta su tragedia. Ha sido perseguido y torturado por sus ideas políticas. Perdió su trabajo y su familia saltó por los aires. No quería renunciar a sus ideales y su vida se convirtió en una pesadilla sin salida. Al escuchar su relato, nos embarga una ola de simpatía y de compasión. Es humano solidarizarse con quien ha sido tan duramente castigado. Pero, cuando nos hacemos cargo de la situación, no deja de asombrarnos una cosa. «Y, ¿cómo has podido salir de allí?», preguntamos a bocajarro. Nuestro amigo baja la vista. «Ya no podía resistir más. Había llegado a mi límite». Y nos cuenta, entre lágrimas, que para que la policía le dejara en paz no tuvo más remedio que delatar a sus compañeros. Toda nuestra simpatía se viene al suelo.

¿Se puede obligar a alguien a ser un héroe? Realmente, no. No parece que exista una obligación absoluta de sacrificarse hasta más allá de un límite. Pero, por dentro, algo nos lleva a clamar por una actitud más generosa. Parece que no es de recibo construir mi felicidad o mi liberación sobre el sufrimiento de otros. Tal vez no sabríamos explicarlo con palabras, pero pensamos que el ser humano reclama este tipo de heroismos. Mientras tecleo estas líneas, estoy escuchando una canción de Luz Casal que repite incansable un estribillo: «Quiéreme aunque te duela».

Movidas y dolores.

Una gran cantidad de adolescentes mantiene ásperas discusiones con sus padres a cuenta de las horas de regreso a casa los fines de semana. La mejor definición de esta edad agitada e insegura se la oí a un tiarrón de 16 años:«La adolescencia es la época de la vida en que los padres se vuelven insoportables». Desde su punto de vista, los padres no eran más que unos maniáticos fascistoides que no hacían otra cosa que poner pegas y trabas a la libertad de los jóvenes. Los padres no entienden, no quieren entender, que los modos de divertirse hoy día no son ni pueden ser los de sus abuelos y punto. Todo les da miedo: la discoteca, los amigos, la litrona, los porretes, o el jugueteo sexual a cuenta de los preservativos. Imaginan una selva siniestra más allá de las puertas de su casa y querrían tener a sus polluelos bajo sus alas hasta el día de la boda. Por su parte, parece que los chicos no entienden ni quieren entender que a sus padres todo les parezca horripilante, que la noche les preocupe y que no acepten que es normal salir de casa a las doce o la una, después de haber dormido toda la tarde, para pasearse por las calles hasta bien entrada la mañana siguiente.

Puede que entre todos hayamos de ceder y que la cosa no tenga remedio. Pero vale la pena detenerse en un punto que tiene que ver alguna de las cosas dichas anteriormente. Me refiero a la felicidad que se busca sin traer a consideración el sufrimiento que provoca. Rubén es un buen chico, estudioso y normal en muchos aspectos. Pero la noche de los viernes es sagrada para él y tras muchas peleas ha conseguido que nadie le dé la brasa cuando sale. Su padre pone gesto de enfado, pero ya no le sermonea. Claramente ha tirado la toalla. Mamá, en cambio, sigue intentándolo por la vía de la ternura. Pone carita de cordero degollado cuando le ve salir y le suplica a veces que vuelva pronto. Pero Rubén es duro y pasa de ella. «Nunca lo entenderá», piensa. Lo curioso es que Rubén sabe que su madre le esperará despierta hasta que vuelva. Notará las ojeras y el rastro de las lágrimas a la mañana siguiente. Pero no se dejará conmover, porque sería el hazmerreír de todos si deja a la peña colgada para que su mamá no llore y pueda dormir.

Bailar con la más fea.

Aquí viene a cuento preguntarse si uno tiene derecho a hacer lo que le viene en gana sin que le importe lo más mínimo que otros padezcan por las decisiones que uno toma. Cuando mi diversión es tan cara para otros, ¿no podría siquiera remorderme la conciencia? Hace unos días, hablaba con Jorge, un chaval de 15 años. Habían cruzado una apuesta entre varios chicos para ver si él era capaz de “enrollarse” con Mireya, una chica bastante fea pero “fácil” según el catálogo de la pandilla. Jorge sintió cuestionada su hombría y se lanzó a seducirla. No hizo falta insistir mucho. A los pocos minutos Mireya era suya, si no en alma, sí en cuerpo al menos. Lo que rompió a Jorge fue que al día siguiente toda la panda fuera al Instituto de Mireya a llamarla fea y a contarle que lo de Jorge había sido una apuesta. La broma provocó que a la chiquilla se le saltaran las lágrimas, lo que hizo que las burlas de los chicos arreciaran.

Para no se sabe muy bien quién, sacar a bailar a la más fea puede ser un acto de caballerosidad. Los mismos y las mismas que te dicen que entre sus películas preferidas están “Cyrano de Bergerac” o “El primer Caballero”, esto es, historias románticas en las que se apuesta por el amor profundo más allá de la belleza física, participan de estas bromas crueles sin que parezca importarles el sufrimiento que causan. Hay una punta de cinismo en la frivolidad, a veces verdaderamente ingeniosa, con la que nos estamos acostumbrando a tratar temas serios. El verano pasado participé en un vídeo-forum con una treintena de quinceañeros. Se trataba de una magnífica conferencia de una socióloga norteamericana sobre la sexualidad de los jóvenes. El moderador dijo el título del vídeo: «El sexo tiene un precio» y el chico que tenía delante le susurró a su compañero: «Cinco mil».

Una buena historia de amor.

La Biblia cuenta algunas historias de amor verdaderamente maravillosas. Una de ellas es la larga relación de Jacob, hijo de Isaac, con Raquel, hija de Labán. Se puede leer en el capítulo 29 del Génesis. Se enamoraron en un oasis del desierto y lo suyo fue un verdadero flechazo. Con sólo verse supieron que eran el uno para el otro. Parece el argumento de una película romántica. Pero las costumbres de la época eran otras y, Labán, el padre de la chica al conocer las pretensiones del muchacho, decidió hacérselo sudar. Le pidió nada menos que trabajase siete años gratis para él y luego le daría la mano de su hija. Jacob trabajó de balde los siete años, porque su amada los merecía. Un guionista de Hollywood llenaría la película de miradas lejanas del uno al otro en rápidas secuencias, junto al arroyo, cuando Jacob acarrea leña o ara y ella pasa cerca con un cesto de fruta sobre la cabeza. Pasado el tiempo, Labán engaña a Jacob. No le dará la mano de Raquel. Por los siete años transcurridos tiene derecho a llevarse a Lía, su hermana mayor. Sería un desaire casar a la pequeña y dejar a su hija mayor a vestir santos. Lía era tierna de ojos, pero Raquel era esbelta y hermosa, y a quien Jacob quería era a Raquel. «Pues por ella tendrás que trabajar otros siete años por la cara», le vino a decir su simpático suegro. La Biblia cuenta que Jacob aceptó el trato y que era tal su amor por Raquel que los siete años “le parecieron días, por el amor que la tenía”. Esto es, en otra versión, lo que venía a pedir Luz Casal con su «quiéreme aunque te duela». La historia acaba bien, pues Raquel dará a Jacob sus dos hijos más queridos, José y Benjamín.

Lecciones de generosidad.

Cuando se quiere algo, y más cuando se quiere a alguien, se puede y se debe exigir ese grado de heroísmo que supone sacrificarse por lo que se ama. Hay casos en los que se ha de conseguir lo que se desea aunque a otros les duela, porque merece la pena. Si unos padres se oponen cerrilmente a que su hija salga con menganito, por razones inconsistentes, la chica está en su derecho a sacar adelante el noviazgo aunque esto les haga sufrir. Pero, ¿es lícito aplicar esta regla a todas las situaciones? Si las razones por las que se oponen no son estúpidas sino que afectan a todo su sistema de valores, porque por ejemplo el tal menganito es casado o está divorciado, ¿qué? Construir mi felicidad sin pararme a pensar si eso deshace la felicidad de otros es muy duro y lo menos que se puede pedir es que se piense muy bien y muy despacio.

Siguiendo esta regla, cabe aconsejar a Borja que se fastidie y acompañe a su novia a casa, aunque esto le haga perder una hora de movida; a Rubén que vuelva pronto algunos días para que su madre respire tranquila, porque su vidilla nocturna bien puede pagar el peaje de una noche de parchís con mamá y los pequeños, en lugar de volar libre con la peña por las calles... Y a Jorge, que de modo tan impetuoso entró en la vida y en las carnes de Mireya, cabe pedirle que se deje llevar por su buen «instinto» y soporte la presión de su panda porque su machada está haciendo sufrir a otra persona. Son, antes que lecciones de modales y de caballerosidad, lecciones de generosidad.

El fastidioso 0,7 Hace algunos años, toda España se maravilló de la respuesta generosa de miles de jóvenes a la convocatoria de manifestarse para presionar al Gobierno con el fin de que destinase el 0,7% del PIB a la ayuda a países en desarrollo. Nadie duda que, demagogias aparte, el mundo juvenil es generoso por naturaleza. Pero algo suena a cáscara rota en este asunto cuando hacemos compatible esa generosidad sin límites con los que están lejos con el hecho de ser incapaces de aplicarnos el cuento en los entornos más cercanos: familia, novia, amigos... Si se puede exigir ser un héroe para ayudar a los afectados por el huracán Mitch, también cabe esperar ese mismo heroísmo para soportar al abuelo que está perdidito de Alzehimer o para sonreír a la pesada de Piluca que no se resigna a que yo salga con Almudena o para prestarle los apuntes al tontaina de Julián, con quien se meten todos los de clase. Heroísmo que nace de saber quiénes somos y quiénes son los demás, en qué consiste la felicidad que puede hallarse en este mundo y cómo es imprescindible darse a los demás si uno quiere ser realmente feliz. «Sólo el que quiere servir sabe lo que es la libertad» le dice el Rey Arturo (Sean Connery) a Lanzarote (Richard Gere) en la película “El primer Caballero”.

Conviene que nos apliquemos a aprender y a enseñar a servir, que en el fondo no es otra cosa que diseñar libremente mi existencia con un sentido nuevo: aquel en el que los que nos rodean adquieren papeles protagonistas y no sólo de figurantes en la película de mi vida. Mi libertad, su libertad, la armonía de los muchos “nuestros” que se entrelazan en las vidas de todos. Por tanto, ante cualesquiera situaciones –pero de manera particular, las más trascendentales- tengo el deber de preguntarme si mi actitud contribuirá a hacer mejor el mundo y no sólo si me proporcionan a mí solito una cierta ventaja. Si sospecho que mi elección va a causar daño o pena a algún otro, he de medir seriamente si merece la pena. «Este, como dice nuestra amiga Luz en su canción Jazmín, es el precio para ser feliz. Sigue siendo así, libertad sin fin».
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05/08/2005 ir arriba

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