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Por
Sunsi
Estil-les Farré
Arvo Net, 29.03.2006
Me niego a llamarle
“cultura de”. Porque cultura no es cualquier cosa. Sólo
cuando guarda alguna relación con su origen etimológico:
cura animae –cultivo del alma- y cura corporis
– cultivo del cuerpo. Beber sentados en la acera hasta
que el hígado reviente, con la música a todo pasto,
vomitar en el primer portal, dejar las calles como
vertederos de basura.... podrá ser una “manifestación
de”; pero cultura, enriquecimiento personal ... ni
hablar.
¿Qué reivindican?: un
espacio para beber más barato. Y les han dicho basta.
¿Qué argumento esgrimen?: ¡tolerancia!. Y les han
contestado: “tolerancia cero”. ¿Medidas?: acordonar la
zona y despliegue policial. ¿Contramedidas?: cambio de
ubicación; “la concentración será en... Pásalo”.
Mucho más excitante. La noche promete: bronca,
vandalismo... El espectáculo está asegurado. Decenas de
detenidos que la “basca” convierte en héroes de la
causa. Y la causa es seguir bebiendo hasta altas horas
de la madrugada sin límites ni restricciones. ¿Quién va
a ganar este pulso?.
Primero habría que despejar
otras cuestiones. ¿Cómo son nuestros adolescentes?. ¿Qué
persiguen?. Hay una base mínima común a todos ellos. La
adolescencia es una fase de la vida que se caracteriza
por la confusión y la búsqueda de la propia identidad.
Termina cuando se empieza a distinguir entre el deseo
del capricho instantáneo y aquello que conviene. Y los
expertos hablan de adolescentes que rozan los treinta
años...o más. Investigaciones recientes relacionan la
eterna adolescencia con lo que los americanos denominan
“cultura de la habitación del adolescente”. ¿Una
excentricidad más de los yanquis? . Creo que esta vez
no.
La catedrática de
antropología de la Educación de la Universidad de
Valencia, Petra María Pérez, ha promovido un estudio en
el que se concluye lo siguiente: “Vamos hacia un modelo
de familia individualista. Es una familia donde se
comparten cada vez menos espacios comunes. De ahí que
tantos adolescentes tengan televisión propia en su
cuarto o Internet (...) Estamos perdiendo muchos valores
comunitarios, sobre todo en las sociedades urbanas.” Los
adolescentes están a gusto en el hogar familiar:
disponen de un grado de independencia cada vez mayor y
disfrutan de muchas comodidades concentradas en las
cuatro paredes de su dormitorio. Paradójicamente,
el 67% de los padres entrevistados opinan que los
adolescentes de hoy en día tienen «demasiadas cosas».
Una pregunta retórica: ¿Quién se las proporciona?.
Doña Alejandra Vallejo
Nágera explica las consecuencias: «Los adolescentes
tienen ahora muchísimas oportunidades. Este exceso de
posibilidades hace que se sientan, en ocasiones,
francamente perdidos. También, que pierdan el afán de
conquista. Logran sus objetivos tan fácilmente que no
valoran el esfuerzo». Y llega el hastío, que ellos
compensan a su manera. «Los jóvenes tienen las cosas tan
al alcance de su mano que están en permanente búsqueda
de algo que les inquiete; en definitiva, de sensaciones
fuertes. Desgraciadamente, las encuentran a través de
unos métodos que no son precisamente beneficiosos para
su salud mental y física. Esa sensación fuerte de valía
propia, fruto de un esfuerzo, se ha difuminado por el
exceso de medios que nuestros hijos tienen ahora a su
favor».
Para ellos el ocio es
olvidar, evadirse, salir de un mundo que no gusta, que
carece de sentido. Emborracharse, drogarse, ¿reinventar
la realidad?. Y se ataca la opción que más
incordia: el botellón de la calle. Pero existe un
botellón virtual -el psiquiatra Paulino Castells lo
denomina “botellón electrónico”-,explosivo combinado de
grandes dosis de televisión, Internet y videojuegos, que
“coloca” tanto o más que el botellón alcohólico. “Tiene
la peculiaridad de que no produce algaradas callejeras
ni molesta a los vecinos a altas horas de la madrugada.
El joven que practica el botellón electrónico (...) está
siempre en casa, no sale por las noches ni se va de
copas con los amigos. Es muy hogareño. Prefiere quedarse
en su cuarto, con la tele, su ordenador y sus
videojuegos, que le apasionan.” Está en la habitación de
al lado, pero instalado en un mundo ficticio. Los días
pasan y el muro es cada vez más grueso e impenetrable.
Nos lo cruzamos por la casa y nos invade la sensación de
que nos hemos cruzado con un extraño. Si habla, lo hace
con monosílabos. Si se nos ocurre preguntar, contesta:
“no me ralles”. ¿Nos hemos perdido algo?.¿Cómo se puede
llenar este vacío?. Sin duda, retomando lo que la
desidia ha ido abandonando: la vida de familia.
Recuperar el sentido de la sala de estar, las zonas
comunes, las comidas comunes, las sobremesas comunes,
los juegos comunes, ¡los ordenadores comunes en lugares
comunes!; ver películas juntos, salir alguna vez juntos,
conversar... discutir.... incluso pelearnos, pero
juntos. Resulta bastante más cansado que ignorar el
problema, pero el calado humano de los hijos no surge
por generación espontánea. Suele guardar relación con el
tiempo y el esfuerzo que invierten los padres. Es como
la siembra; los frutos tardan, pero un día u otro
se recogen.
Diari de Tarragona 26 de Marzo 2006
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