| Por Alfonso
López Quintás
Un «ser de encuentro»
Hoy la ciencia biológica nos enseña que el hombre es un «ser
de encuentro». Incluso los niños que nacen a los nueve meses
de gestación lo hacen prematuramente: con sus sistemas inmunológicos,
enzimáticos y neurológicos inmaduros. ¿Por qué esta anticipación?
Para que el ser humano acabe de troquelar su ser fisiológico
y psicológico en relación con su entorno. El entorno del niño
recién nacido viene constituido ante todo por su madre o quien
haga sus veces. La relación cobra con ello un valor
decisivo. Tras el alumbramiento, el bebé se halla desvalido
y necesita fundar con la madre una «urdimbre afectiva», una
trama de afecto y tutela. Es el protoencuentro, el
primero de una serie que llevarán a este nuevo ser a pleno
desarrollo. Todo ser humano es fruto de un encuentro interhumano
y está llamado a fundar múltiples encuentros a lo largo de
su vida.
Bien entendido, el encuentro no se reduce a una mera yuxtaposición
tangencial. Es un entreveramiento de dos realidades
que constituyen centros de iniciativa y pueden ofrecerse mutuamente
posibilidades de actuar con sentido. El encuentro no es posible
entre meros objetos, sino entre personas, y entre personas
y realidades que ofrecen diversas posibilidades de hacer juego
en la vida.
Un piano, como mueble, es un mero objeto;
en cuanto instrumento, es más que un objeto, sin ser una persona.
Con un piano y una partitura puede entreverarse un pianista,
y el fruto de tal encuentro es la aparición luminosa de una
obra musical.
Por ser un entreveramiento fecundo de realidades dotadas de
iniciativa, el encuentro instaura modos valiosos de unidad.
Hay distintas formas como el hombre se une
a las realidades que le rodean. Si toco al piano por fuera,
aunque me agarre a él con toda mi fuerza, mi unión con él
es muy pobre y no crea nada valioso. Constituye en mi vida
una circunstancia pasajera. Si meto los dedos entre las teclas
e interpreto una obra musical, adquiero con el piano una unidad
mucho más profunda. Pero todavía es más relevante la unidad
que adquiero con el autor y con su estilo y con la época que
constituyó su entorno vital.
Afán de poder vs. Familia
Cuando dos o más personas se unen entre sí con formas muy
altas de cohesión, dan lugar a una comunidad. Una
comunidad auténtica tiene una estructura sólida. Es una especie
de constelación de personas que se enriquecen y potencian
mutuamente. Por eso es difícilmente dominable desde el exterior.
Ello explica que las diferentes comunidades que integran un
pueblo sean vistas como un obstáculo por
los tiranos —personas o grupos afanosos de dominar a los pueblos
sin que éstos lo perciban—, cuya atención se dirige primordialmente
a diluir las comunidades y reducirlas a meros montones amorfos
de individuos, es decir, a masas. Una masa, por cuantiosa
que sea, es fácilmente dominable.
La conversión de las comunidades en masas se realiza amenguando
al máximo el poder creador de las personas que las forman.
Pero, ¿cómo se puede llevar a cabo esta anulación
del poder creador de las personas? La creatividad significa
asunción libre y activa de valores. Ser creativo implica capacidad
de iniciativa y libertad. Libertad, cotas nunca alcanzadas
de libertad, es lo que se promete ante todo en las democracias.
¿Cómo es posible convencer a las gentes,
en una democracia, de que se les conceden libertades máximas
cuando de hecho se las priva de la auténtica libertad, la
libertad para la creatividad? Esta operación dolosa
se realiza a través de la manipulación mediante el
lenguaje y la imagen.
Sobre el producto que se nos quiere vender se proyectan imágenes
que ejercen un atractivo automático y afectan nuestros centros
de decisión. El manipulador no habla nunca a la inteligencia
de las personas, las quiere vencer sin necesidad de convencerlas.
Se limita a manejar, con rapidez de ilusionista, los recursos
seductores que necesita para dominar.
De modo semejante, utiliza con astucia los términos talismán
de cada época, palabras cargadas de prestigio que parecen
sugerir más bien creencias que ideas. Por creencias
se entiende aquí, convicciones profundas que nadie apenas
pone en duda y constituyen el suelo en que se apoya la vida
social. En la actualidad, el término talismán por excelencia
es libertad. Debido a su importancia, los términos
talismán presentan dos propiedades básicas: 1) frenan el poder
crítico de la gente y, 2) prestigian todo término que se empareje
con ellos y desprestigian a los que se oponen o parecen oponérseles.
Por su concomitancia con la libertad, están hoy altamente
valorados términos tales como independencia,
autonomía, democracia, progreso, cambio, cogestión, pluralismo,
perspectivismo.
Al dar por supuesto que censura se opone a libertad
—el manipulador nunca demuestra nada; da por supuesto lo que
le interesa—, el que defienda hoy la introducción de algún
tipo de censura queda fuera de juego en la sociedad, es descalificado
automáticamente.
Recurso «talismán»: el arma más poderosa
He aquí el temor al lenguaje manipulado, utilizado estratégicamente
de modo ambiguo, borroso, opaco. La primera ley del demagogo
es no matizar los conceptos, presentarlos de modo ambiguo
para utilizarlos en cada contexto según le dicten sus intereses.
El uso astuto de los términos talismán permite poner en juego
mil recursos para dominar al pueblo sin que éste se aperciba.
El recurso estratégico más peligroso es interpretar comodilemas
ciertos esquemas mentales que no son sino contrastes.
Por ejemplo, el esquema «autonomía-heteronomía». Es autónomo
el hombre que se rige por criterios propios. Es heterónomo
el que orienta su vida en virtud de criterios y normas ajenos.
Lo propio es identificado con lo interior,
lo que brota de dentro. Lo ajeno es tomado
como lo que procede de fuera. Lo
interior y lo exterior, lo propio y lo ajeno parecen oponerse
de modo que obligan al hombre a optar: o actúo por criterios
propios, conforme a las pautas de orientación que se alumbran
en mi interior o me dejo llevar de criterios y normas que
proceden del exterior. Si aceptamos este dilema, destruimos
de raíz nuestra capacidad creadora, pues el hombre sólo es
creador cuando asume activamente posibilidades que
le vienen ofrecidas por otras realidades.
El que piensa que asumir algo externo y ajeno lo enajena o
aliena, tiende a encapsularse en su propia interioridad y
a dar de lado todo cuanto en materia de moral, religión, usos
y costumbres le ha venido sugerido desde fuera. Los demagogos
fomentan este malentendido mediante el emparejamiento de autonomía
y libertad, libertad e interioridad, interioridad y fuerzas
de autoafirmación, fuerzas de autoafirmación y pulsiones instintivas.
Los automatismos instintivos parecen muy fuertes por ser elementales
y básicos. Obrar conforme a criterios propios suele considerarse
como sinónimo de obrar a impulsos de los
propios instintos. Dejarse arrastrar por cuanto halaga los
instintos produce exaltación. La exaltación se confunde
fácilmente con la exultación. Estas confusiones bloquean
insalvablemente el proceso formativo. Nada es más urgente
que mostrar la posibilidad de conjuntar fecundamente lo interior
y lo exterior, lo propio y lo ajeno. Todo lo que me rodea
es, en principio, distinto y distante, externo y extraño a
mí. Pero si entro en relación de trato creador con ello, puede
llegar a serme íntimo sin dejar de ser distinto. Esto sucede
asimismo con una obra artística, con un valor ético, con una
institución... Este paso de lo distinto-distante a lo distinto-íntimo
marca el umbral de la experiencia humana auténtica. Cuando
una persona se da cuenta de la posibilidad de convertir lo
distante y ajeno en íntimo, da un paso decisivo hacia la madurez.
Los esquemas mentales vertebran el pensamiento y el obrar
humanos. El que domina tales esquemas puede dominar a personas
y pueblos enteros. Con razón ha dicho un famoso revolucionario
del siglo XX que quien domina el lenguaje domina el alma de
las gentes, y por esa profunda razón, el lenguaje es el arma
más poderosa que tienen a su disposición los Estados modernos.
Medidas de salvación
A base de términos y esquemas mentales se pueden poner en
juego multitud de recursos estratégicos para modelar la mente,
la voluntad y el sentimiento de los pueblos. Esta modelación
artera, soterrada, supone el peor de los vasallajes: el del
espíritu. Nada más urgente que preguntarnos si existe un antídoto
contra esta pérdida de libertad interior. Aunque la marea
de la manipulación parece imparable, la respuesta es afirmativa.
Podemos defendernos de los ardides de la manipulación si adoptamos
tres medidas:
- Estar alerta y saber qué es manipular,
quién manipula, para qué manipula y cómo
lo hace.
- Esforzarnos en pensar con rigor, utilizando
el lenguaje de modo preciso.
- Desarrollar nuestras posibilidades
creativas en todos los órdenes: deportivo, ético, estético,
profesional, religioso...
Hoy día, muchos padres de familia y educadores
sienten desánimo al ver que su labor educativa es mediatizada
por la influencia de los medios de comunicación, ante cuya potencia
se ven inermes.
Efectivamente, es imposible evitar que niños y jóvenes se vean
asediados por toda suerte de demagogos. La solución no consiste
en evitar este influjo a través de prohibiciones, sino en neutralizarlo
mediante una formación adecuada.
Esta formación se condensa en los tres puntos del antídoto:
estar alerta, pensar con rigor y vivir creadoramente. El cumplimiento
de estas tres condiciones resulta en la actualidad difícil sobremanera
por cuanto los afanosos de poder ponen en juego un contra-antídoto,
que disminuye al máximo el poder humano de discernimiento y
creatividad. Se trata de la confusión deliberada de los dos
grandes bloques o tipos de experiencias humanas: las de fascinación
o vértigo y las de creatividad o éxtasis.
Comprender a fondo la articulación interna del proceso de fascinación
o vértigo y el de creatividad o éxtasis constituye un foco de
luz para orientar rectamente la propia vida e interpretar lo
que está ocurriendo en la sociedad contemporánea.
Vértigo: angustia, desesperación, destrucción
El proceso de vértigo o fascinación.
Si soy egoísta, tiendo a convertir cada realidad de mi entorno
en medio para mis fines. Cuando veo algo que me atrae poderosamente,
mi actitud interesada me lleva a dejarme arrastrar por la ambición
de dominarlo, poseerlo y disfrutarlo. El afán de obtener ganancias
inmediatas, gratificaciones fáciles, me fascina; es decir, me
seduce y me empasta con la realidad deseada. Ante un estímulo
halagador, mi respuesta parece darse de modo automático. No
hay distancia de libre juego entre la realidad y yo. Por eso
no se da el encuentro. Puedo dominar tal realidad apetecida,
pero no puedo encontrarme con ella. Al no encontrarme, como
el hombre es un «ser de encuentro», no me realizo como
persona. Cuando me doy cuenta que bloqueo mi desarrollo personal,
siento tristeza. El dominio que halaga, produce en principio
exaltación, euforia, pero se traduce pronto en decepción. Al
verse una y otra vez aislado y bloqueado, uno se siente vacío
interiormente, porque el hombre sólo se plenifica al encontrarse
con realidades valiosas. Si nos asomamos a ese tremendo vacío,
somos presa del vértigo espiritual: la angustia.
Este género de angustia suele ser irreversible porque la entrega
a la fascinación debilita la voluntad y la lanza por un plano
inclinado. Cuando todas las vías hacia la plenitud personal
aparecen cerradas, surge el sentimiento de desesperación.
La amargura profunda de verse anulado como
persona lleva a la destrucción: la propia en el suicidio
y la ajena en el homicidio.
Numerosas obras literarias y cinematográficas plasman de modo
impresionante este proceso de vértigo, que en principio no te
pide nada, insta a que te dejes arrastrar por el afán de poseer
aquello que atrae; te lo promete todo y acaba quitándotelo todo.
Encuentro: juego creador
El proceso de éxtasis o creatividad.
Si soy generoso, no convierto los seres del entorno en satélites
míos, los respeto en lo que son y en lo que están llamados a
ser. Este respeto me lleva a no tomarlos como
medios para mis fines sino comocompañeros
de juego en una tarea creadora. Esta voluntad colaboradora
da lugar al encuentro. Al encontrarme, me desarrollo
como persona y siento alegría. La
alegría se trueca en entusiasmo cuando la realidad
con la que me encuentro me ofrece posibilidades creadoras de
tal magnitud que, al asumirlas activamente, me elevo a lo mejor
de mí mismo. Esta elevación se traduce en un sentimiento de
felicidad interior, el cual, a su vez, suscita una
actitud de mayor confianza en el poder constructivo de todo
lo valioso y una total decisión de entregarse a la tarea común
de fundar modos muy elevados de unidad. El entusiasmo conduce,
así, a la edificación plena de la persona humana y
de la comunidad. El proceso de creatividad o éxtasis perfecciona
todas las realidades que entran en relación de encuentro.
El proceso de creatividad o éxtasis te pide todo al principio,
te lo promete todo y te lo concede todo al final. ¿Qué te exige
el éxtasis? Generosidad, apertura de espíritu, disponibilidad.
No existe una sola acción creativa —en deporte, arte, vida de
amistad, práctica religiosa y ética...— que no lleve en la base
una actitud generosa.
El proceso de éxtasis no empasta, no seduce; mantiene la distancia
del respeto, y al final, une de modo fecundo. El proceso de
vértigo quiere evitar toda distancia y acaba alejando, porque
nos obsesiona con una realidad distinta y distante con la que
no podemos hacernos íntimos.
La intimidad se logra a través del encuentro, y éste pide creatividad,
entreveramiento de «ámbitos», no mero dominio de objetos. El
vértigo me saca de mí, me enajena y aliena. El éxtasis, en cambio,
me acerca a mi plena identidad personal.
Este somero análisis de los procesos de fascinación y creatividad
nos permite ver al trasluz cuanto está aconteciendo hoy en torno
a la familia y la juventud. Se conceden todo
tipo de libertades para entregarse a las diversas formas
de vértigo: poder, ambición, juego de azar, erotismo, embriaguez,
droga, entrega a ríos de impresiones sensoriales... Al fomentar
estas experiencias, se amengua paulatinamente la creatividad
de las gentes y se reducen las comunidades a meras masas. Esta
reducción es violenta, pero suele pasar inadvertida a las personas
afectadas, seducidas por el atractivo de la fascinación. El
manipulador domina al pueblo mediante el arte de ir siempre
a favor de corriente: halaga las pulsiones instintivas de la
gente, exalta su ánimo, y la persuade de que la exaltación
supone exultación y felicidad.
La mayor trampa al hombre contemporáneo
La confusión de lo que exalta y lo que exulta, lo que seduce
y lo que enamora, lo que despeña en el vértigo y lo que eleva
al éxtasis supone la mayor trampa que se tiende actualmente
al hombre contemporáneo. Si se cae en ella, la familia
no tiene futuro, porque el hombre pierde la sensibilidad para
los valores, sobre todo el de unidad. Las experiencias de vértigo
no unen al hombre con la realidad en torno. La relación amorosa
no es sino un «canje de soledades» cuando se reduce a relación
erótica por responder a un mero intercambio de intereses. Tú
estás en tu soledad, yo en la mía; tú en la ciudadela de tu
egoísmo, yo en la del mío. Nos tratamos en tanto en cuanto tenemos
algo que ofrecer y nos regimos por el lema: «cuánto tienes,
cuánto vales».
El futuro de la familia pende de que sepamos
distinguir, con toda precisión, los procesos de vértigo y los
de éxtasis, y de que comprendamos que el vértigo satisface de
momento nuestro afán de dominio pero nos deja desvalidos; el
éxtasis exige de nosotros desprendimiento y generosidad, y al
final nos otorga el definitivo amparo. ¿Hacia dónde encaminaremos
nuestra vida: hacia la exaltación del vértigo o hacia la exultación
del éxtasis? Depende de la meta que persigamos en la vida, del
ideal que oriente nuestra existencia.
Durante toda la Edad Moderna, el hombre occidental orientó su
vida hacia la meta de dominar para poseer y poseer para disfrutar.
Este ideal le reportó grandes éxitos, pero lo condujo a la hecatombe
física y moral de la primera guerra mundial. Este hundimiento
provocó en su ánimo una insufrible inseguridad. En esta situación
de desvalimiento, el hombre pudo tomar dos vías: 1) cambiar
de ideal y buscar amparo en la creación generosa de modos relevantes
de unidad con los demás; 2) no cambiar de ideal y hacerse la
ilusión de que el aumento del dominio sobre cosas y personas
concede al hombre la seguridad perdida. Esta falsa ilusión condujo
a la segunda guerra mundial.
A más de medio siglo de distancia de la primera guerra mundial,
nos encontramos hoy en la misma situación anímica de crisis.
Estamos en una encrucijada. Podemos seguir proyectando la vida
a impulsos del viejo ideal del dominio y encaminarnos hacia
la destrucción, etapa final de todo vértigo; o adoptar como
norte en la vida el ideal de la creatividad y la unidad. Si
nos decidimos a realizar este giro espiritual, cambiaremos nuestras
actitudes ante las realidades del entorno: no tenderemos tanto
a dominar para poseer cuanto a crear en común algo valioso.
Tú no serás para mí un objeto, por admirable que lo suponga,
sino un posible compañero de juego. Al cambiar las actitudes,
se altera la idea que tenemos de la realidad. Una persona no
será vista como simple objeto sino como
centro de iniciativa, fuente de posibilidades, ser dotado de
una vocación y una misión que debe cumplir. El pan ya no será
considerado como el producto de un
proceso de fabricación sino como el fruto
de un múltiple encuentro. Al configurar esta idea relacional
de realidad, se hace posible pensar con rigor, y se agudiza
el poder de la mente para descubrir las diferentes posibilidades
creativas que tiene el hombre en su vida. De esta forma nos
inmunizamos contra la manipulación, sobre todo contra el empeño
demagógico de lanzarnos a las experiencias fascinantes de vértigo,
y disponernos para vivir una vida en plenitud.
Esta preparación nos dispone para colaborar en la edificación
de un Nuevo Humanismo, de una época que asuma los mejores logros
de la Edad Moderna y evite sus abismales riesgos. En esta época
inspirada en el ideal de unidad, las formas genuinas de comunidad
humana se hallarán en su elemento. El futuro de la familia
viene condicionado por la instauración de este Nuevo Humanismo
de la creatividad y la unidad.
La defensa de la institución familiar tiene que hacerse hoy
día por vía de la elevación. No basta tomar medidas coyunturales,
como son el protestar por las cargas de fondo
que se le dirigen desde uno y otro ángulo y por las dificultades
que se ponen en el camino de su realización cabal. Hay que
operar toda una renovación personal ysocial, y acometerse
radicalmente, mediante elcambio de ideal que orienta nuestra
vida. El ideal más fecundo es el de la unidad, de los modos
más altos de unidad. Vista en sus formas más relevantes, la
unidad no es un medio, es una meta en la vida.
Este interesante artículo del profesor Alfonso
López Quintás, de nuestro Consejo de edición, ha sido publicado
por ISTMO |