| Por Ernesto
Juliá (*)
Cuándo comenzar
El niño aprende ya en el seno
de su madre, y apenas abre los ojos a la luz del sol, no deja
de aprender. Esos médicos que han comprobado el vibrante
latir del corazón de un niño de siete meses,
al oír en el seno materno la voz de su madre grabada
en un disco, nos han hecho un gran favor. Si oye la voz de
su madre, ¿cómo no va a prestar atención
de una forma inefable a la voz de Dios que lo llama a la vida?
Nos han recordado que el niño,
aun antes de nacer al mundo, no solo recibe información;
también la elabora. Su inteligencia está receptiva
desde el primer instante en el que comienza a desarrollarse
como facultad vital.
No se puede fijar con precisión
ni un tiempo de comienzo del desarrollo del niño, ni
un final en su proceso vital, salvo el ya señalado
naturalmente por el nacimiento y la muerte. Sí se puede
afirmar que el recién nacido está abierto ya
a todos los horizontes.
Es algo que todos los padres saben, y
"que han comprobado en cada uno de sus hijos. Los educadores,
los psicólogos, los médicos que atienden a los
pequeños dan plena razón a los padres. Los primeros
años del bebé son cruciales. Y lo son en todos
los órdenes del vivir; y por tanto, también
en el espiritual, en el religioso.
El niño tiene sus gestos a través
de los cuales manifiesta su búsqueda del padre, de
la madre, del chupete. Manifiesta algo que lleva en el interior,
y de forma no meramente instintiva; ya hay algo de su personalidad,
de su «yo», en el llanto, en la sonrisa.
En su mirar entorno, el niño va
apoderándose de reflejos de luz, aquí y allá.
Y también todo su ser da inicio a una relación
personal con un Dios a Quien no conoce, pero por Quien ha
sido creado; de Quien ha recibido esa vida que él vive,
y con Quien toda su persona, de formas inefables y por caminos
escondidos, no deja nunca de relacionarse.
Aun antes de saber hablar, aun antes
de dirigirse personalmente a Jesús o a la Virgen, por
ejemplo, si su padre, si su madre, le toma la mano y le ayuda
a santiguarse, el gesto, recibido con la carga amorosa de
sus padres, tendrá un significado familiar, de confianza.
En esos momentos, obviamente, el niño no racionaliza
su acción; le queda, sin embargo grabada, y le abre
la inteligencia hacia una realidad vivida con amor, con sus
padres. Ya llegará el momento de decir: «En el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».
Para todos es familiar la figura de una
niña de dos, tres años, arrodillada al lado
de su madre en la iglesia, con las manos juntas, en gesto
de adoración, que trata de concentrar su mirada en
algo que hay delante de sus ojos, y hacia donde su madre parece
que está dirigiendo todas sus fuerzas, en aquel momento.
Al poco rato, la niña deja de mirar hacia delante,
y busca la mirada de su madre, como tratando de descubrir
un gesto de aprobación. Sin darse plenamente cuenta
de lo que está ocurriendo en ella, la realidad es que
su alma está rezando, elevando sus ojos a Dios.
Y ya, cuando comienzan a chapurrear un
cierto lenguaje, del gesto de las manos es oportuno pasar
a palabras, a frases, de las que no entenderá ciertamente
el significado ni el sentido, pero que habrá recibido,
insisto, como algo familiar, como una muestra de afecto materno,
paterno, y es en ese amor donde las primeras oraciones adquieren
todo su contenido y sentido.
Una frase dirigida a un cuadro, a una
imagen de la Virgen, a un Crucificado, da lugar a que en el
espíritu del niño se vayan estableciendo vínculos
con Dios, vínculos naturalmente sobrenaturales, que
no solo caen en tierra fecunda, sino que consiguen asentar
en la inteligencia del pequeño un punto de luz, una
provocación.
Todo esto, teniendo muy presente la referencia
precisa de Jesucristo a los Apóstoles, para que no
impidiesen que los niños se acercasen a Él:
«Dejad a los niños que vengan a mí, porque
de los que son como estos es el Reino de los Cielos. Después,
les impuso las manos, y se fue de allí» (Mt 19,
14). Marcos, siempre el más entrañablemente
humano de los evangelistas, escribe: «Y abrazaba a los
niños, y los bendecía imponiendo las manos sobre
ellos» (10, 16).
Además de ese texto, hay otros
tres pasajes muy significativos.
El primero es de San Lucas: «Yo
te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se
las has revelado a pequeños» (10, 21). El segundo
es de San Mateo: «Él llamó a un niño
y lo puso en medio de ellos, y les dijo: Y el que reciba a
un niño como este, en mi nombre, a mí me recibe»(18,
2 5).
El tercero es todavía más
significativo a nuestro propósito. Es el versículo
tercero del Salmo 8: «De la boca de los niños,
y de los que aún maman, te preparaste la alabanza»,
que Jesús recuerda explícitamente (Mt 21, 16)
a Los fariseos que se indignaban al oír a los muchachos
que en el Templo ensalzaban al Señor cantando «¡Hosanna
al Hijo de David!».
De estos tres párrafos queda claro
que Dios no deja de enviar su luz a las mentes de los niños
y que, a la vez, de la inteligencia de los niños se
eleva un canto de alabanza a Dios. Un canto con alma, ni anónimo,
ni manipulado. Como si Dios tuviera siempre delante de Sí,
al hombre en su plenitud, independientemente de la edad de
desarrollo humano que haya adquirido.
Dios cuenta con los niños
Y no como simples seres humanos en camino
de ser hombres, sino en la plena realidad de su ser hombres,
siendo niños.
Así se comprende que haya habido
santos que han visto clara su vocación, y que han movido
a sus padres para que les dejaran libres de seguirla, ya desde
los cinco años, como es el caso de Santa Teresita del
Niño Jesús. Que haya habido no pocos casos de
niños mártires en la historia de la Iglesia,
entre otros los recientemente beatificados pastores de Fátima.
Y no faltan tampoco testimonios de santos,
que expresan su profundo agradecimiento a sus padres, porque
de su mano comenzaron a recorrer los caminos del Señor.
La Madre Teresa de Calcuta confesaba
con sencillez: «Sí, mi madre era una santa mujer.
Trataba de educar a sus hijos en el amor de Dios y del prójimo.
Ponía todo su esfuerzo en que creciésemos unidos
y en que amásemos a Jesús. Era ella misma la
que nos preparaba para la Primera Comunión. Fue nuestra
propia madre quien nos enseñó a amar a Dios
sobre todas las cosas».
San Josemaría Escrivá no
sentía vergüenza alguna en decir que, por la mañana
y por la noche, repetía las oraciones vocales que su
madre y su padre le habían enseñado de niño;
y que eran: «pocas, breves y piadosas». De esta
forma, el recuerdo de sus padres le llevaba a Dios, y le hacía
sentirse muy unido, a la vez que a su familia de sangre, a
la familia de Nazaret Jesús, María y José
, y a la familia del Cielo: Dios Uno y Trino: Padre, Hijo
y Espíritu Santo.
Aunque se trata de una historia algo excepcional, marcada
por un proceso de enfermedad que lleva a una madurez más
honda, vale la pena recoger la historia de una niña
italiana, Antonietta «Nennolina» Meo (15 XII 1930.
3 VII 1937).
Falleció a los seis años
y medio de un osteosarcoma, diagnosticado cuando apenas tenía
cinco años. Su último año fue de grandes
sufrimientos «los dolores eran atroces» , declarará
su médico. Y los dolores continuaron siendo atroces
no obstante la amputación de una pierna, y el aparato
ortopédico que le colocaron. La traumatología
no había hecho todavía los grandes avances que
vemos hoy en día, y la medicina de cuidados paliativos
simplemente no existía. Al conocer el diagnóstico,
sus padres hicieron todo lo posible para adelantar los tiempos
de la Primera Confesión y de la Primera Comunión.
Su madre le enseñó el Catecismo por las tardes,
al regresar a casa de la escuela. Coincidiendo con el esfuerzo
de ir aprendiendo preguntas y respuestas, Antonietta comenzó
a escribir unas cartas las llamaba sus poesías , que
cada tarde ponía bajo una imagen del liño Jesús
a los pies de su cama, «para que Él de noche
viniese a leerlas». La primera carta es del 15 de septiembre
de 1936. Contiene muchas expresiones simples de afecto que,
en su sencillez, se hace difícil comprender que hayan
salido del corazón de una niña de cinco años:
«Jesús amoroso, te dono mi corazón; Jesús,
dame almas»; « ¡Querido Jesús, dame
almas! ¡Te lo pido con mucho gusto, y Tú dame
muchas, muchas! ¡Te lo pido para que Tú las hagas
ser buenas! (...), porque yo quisiera que fuesen todas al
Paraíso contigo». ¿Cómo era posible
que su inteligencia infantil le ayudara a ver con claridad
que Jesús qui , siese la salvación de todas
las almas? Quizá Antonietta no hubiera sido capaz de
contestar de forma precisa a la pregunta: ¿qué
es la salvación? A ella le bastaba querer que aquellas
almas por las que pedía llegasen a vivir con Jesús
en el Paraíso. «Haré sacrificios para
salvar muchas almas». «Querido Jesús Eucaristía,
yo hoy Te vuelvo a ofrecer mi sacrificio de la pierna; Te
doy gracias porque nos has dado la fuerza de soportar con
paciencia nuestra cruz». «Querido Jesús
crucificado, yo Te quiero mucho y Te amo mucho. Quiero estar
en el Calvario contigo».«Querido Jesús,
dame la fuerza necesaria para soportar los dolores, que te
ofrezco por los pecadores». No solo la fe ha echado
raíces en su espíritu; también la conciencia
de que su sacrificio, su dolor, se puede unir al de Cristo
en la obra redentora. Sus palabras explican mucho más
que cualquier concepto teológico.
La profunda unión que expresa
con el deseo salvador de Cristo y su vida redentora, se apoyan
en una confianza sin límites en el amor de Dios: ¿cómo
podemos explicar la capacidad de esta niña para saberse
amada así por Jesucristo?: «Querido Jesús,
y me quiero abandonar en Tus manos». «Jesús,
ven a jugar conmigo». Todas sus cartas terminaban con
abrazos, caricias y besos a sus destinatarios celestes, destilando
una dulce familiaridad.
Al hablar sobre ella, su madre manifestó
con toda sencillez que Antonietta rezaba sus breves oraciones
de la mañana y de la tarde; que al atardecer dirigía
su plegaria al Ángel Custodio; y que después
de recibir la Primera Comunión, buscó acercarse
a la Eucaristía con renovado amor. Las horas después
de comulgar fueron siempre apacibles, como si estuvieran libres
de dolores, hasta el punto que daba la impresión de
haberse recuperado de su enfermedad.
Cuando ya se acercaba el final de su
vida, Antonietta recibió la Unción de los Enfermos.
Respondió con serenidad a todas las oraciones, recitó
el acto de contrición y besó con ternura el
crucifijo. Su madre, consciente de la cercanía de Dios
en su hija, le pidió la bendición, y la pequeña
le hizo la señal de la cruz sobre la frente. Sus últimas
palabras fueron: «¡Dios!..., ¡mamá!,
ipapá!».
(*) Ernesto Juliá Díaz. Licenciado
en Derecho y Doctor en Filosofía. Sacerdote. Escritor.
Ha desarrollado su labor sacerdotal, con todo tipo de personas,
especialmente en Italia y en España; y esporádicamente
en países de los cinco continentes. Autor de varios
libros de literatura y de espiritualidad; además de
artículos y publicaciones en periódicos y revistas
de España e Italia.
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