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ACERCAR LOS HIJOS A DIOS (Ernesto Juliá)

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Acercar los hijos a Dios

ACERCAR LOS HIJOS A DIOS

Los hijos esperan recibir de sus padres, de sus abuelos, de sus hermanos, de todo el entorno familiar, las primeras luces que orienten su inteligencia, su corazón, su libertad, en los grandes campos de la formación humana, profesional, cultural, espiritual, religiosa. Ayudándoles a rezar, a elevar su corazón a Dios desde los primeros años de su vida, los padres facilitarán a sus hijos a descubrir una verdad decisiva para todos los ámbitos de su formación. Esta verdad es: la religión no es un dato más en la vida de los hombres. La actitud religiosa, el vínculo de cada uno con Dios, es la actitud radical y fundamental con que se pueden vivir, ya desde los primeros años y hasta los últimos, todos los hechos y situaciones de la vida. Este libro se ofrece a los padres, a los educadores, a cualquier lector con el deseo de ayudarles en esa tarea, la más grandiosa de las aventuras humanas, que solo puede llegar a realizarse en plenitud en el seno de una familia que anhele ser escuela de oración. Sobre este asunto escribe Ernesto Juliá en su libro «Acercar los hijos a Dios» (Palabra, Madrid 2003), del cual, con la autorización del autor y editor para Arvo Net, extraemos los siguientes párrafos (pp. 73-83)

Por Ernesto Juliá (*)

Cuándo comenzar

El niño aprende ya en el seno de su madre, y apenas abre los ojos a la luz del sol, no deja de aprender. Esos médicos que han comprobado el vibrante latir del corazón de un niño de siete meses, al oír en el seno materno la voz de su madre grabada en un disco, nos han hecho un gran favor. Si oye la voz de su madre, ¿cómo no va a prestar atención de una forma inefable a la voz de Dios que lo llama a la vida?

Nos han recordado que el niño, aun antes de nacer al mundo, no solo recibe información; también la elabora. Su inteligencia está receptiva desde el primer instante en el que comienza a desarrollarse como facultad vital.

No se puede fijar con precisión ni un tiempo de comienzo del desarrollo del niño, ni un final en su proceso vital, salvo el ya señalado naturalmente por el nacimiento y la muerte. Sí se puede afirmar que el recién nacido está abierto ya a todos los horizontes.

Es algo que todos los padres saben, y "que han comprobado en cada uno de sus hijos. Los educadores, los psicólogos, los médicos que atienden a los pequeños dan plena razón a los padres. Los primeros años del bebé son cruciales. Y lo son en todos los órdenes del vivir; y por tanto, también en el espiritual, en el religioso.

El niño tiene sus gestos a través de los cuales manifiesta su búsqueda del padre, de la madre, del chupete. Manifiesta algo que lleva en el interior, y de forma no meramente instintiva; ya hay algo de su personalidad, de su «yo», en el llanto, en la sonrisa.

En su mirar entorno, el niño va apoderándose de reflejos de luz, aquí y allá. Y también todo su ser da inicio a una relación personal con un Dios a Quien no conoce, pero por Quien ha sido creado; de Quien ha recibido esa vida que él vive, y con Quien toda su persona, de formas inefables y por caminos escondidos, no deja nunca de relacionarse.

Aun antes de saber hablar, aun antes de dirigirse personalmente a Jesús o a la Virgen, por ejemplo, si su padre, si su madre, le toma la mano y le ayuda a santiguarse, el gesto, recibido con la carga amorosa de sus padres, tendrá un significado familiar, de confianza. En esos momentos, obviamente, el niño no racionaliza su acción; le queda, sin embargo grabada, y le abre la inteligencia hacia una realidad vivida con amor, con sus padres. Ya llegará el momento de decir: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Para todos es familiar la figura de una niña de dos, tres años, arrodillada al lado de su madre en la iglesia, con las manos juntas, en gesto de adoración, que trata de concentrar su mirada en algo que hay delante de sus ojos, y hacia donde su madre parece que está dirigiendo todas sus fuerzas, en aquel momento. Al poco rato, la niña deja de mirar hacia delante, y busca la mirada de su madre, como tratando de descubrir un gesto de aprobación. Sin darse plenamente cuenta de lo que está ocurriendo en ella, la realidad es que su alma está rezando, elevando sus ojos a Dios.

Y ya, cuando comienzan a chapurrear un cierto lenguaje, del gesto de las manos es oportuno pasar a palabras, a frases, de las que no entenderá ciertamente el significado ni el sentido, pero que habrá recibido, insisto, como algo familiar, como una muestra de afecto materno, paterno, y es en ese amor donde las primeras oraciones adquieren todo su contenido y sentido.

Una frase dirigida a un cuadro, a una imagen de la Virgen, a un Crucificado, da lugar a que en el espíritu del niño se vayan estableciendo vínculos con Dios, vínculos naturalmente sobrenaturales, que no solo caen en tierra fecunda, sino que consiguen asentar en la inteligencia del pequeño un punto de luz, una provocación.

Todo esto, teniendo muy presente la referencia precisa de Jesucristo a los Apóstoles, para que no impidiesen que los niños se acercasen a Él: «Dejad a los niños que vengan a mí, porque de los que son como estos es el Reino de los Cielos. Después, les impuso las manos, y se fue de allí» (Mt 19, 14). Marcos, siempre el más entrañablemente humano de los evangelistas, escribe: «Y abrazaba a los niños, y los bendecía imponiendo las manos sobre ellos» (10, 16).

Además de ese texto, hay otros tres pasajes muy significativos.

El primero es de San Lucas: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a pequeños» (10, 21). El segundo es de San Mateo: «Él llamó a un niño y lo puso en medio de ellos, y les dijo: Y el que reciba a un niño como este, en mi nombre, a mí me recibe»(18, 2 5).

El tercero es todavía más significativo a nuestro propósito. Es el versículo tercero del Salmo 8: «De la boca de los niños, y de los que aún maman, te preparaste la alabanza», que Jesús recuerda explícitamente (Mt 21, 16) a Los fariseos que se indignaban al oír a los muchachos que en el Templo ensalzaban al Señor cantando «¡Hosanna al Hijo de David!».

De estos tres párrafos queda claro que Dios no deja de enviar su luz a las mentes de los niños y que, a la vez, de la inteligencia de los niños se eleva un canto de alabanza a Dios. Un canto con alma, ni anónimo, ni manipulado. Como si Dios tuviera siempre delante de Sí, al hombre en su plenitud, independientemente de la edad de desarrollo humano que haya adquirido.

Dios cuenta con los niños

Y no como simples seres humanos en camino de ser hombres, sino en la plena realidad de su ser hombres, siendo niños.

Así se comprende que haya habido santos que han visto clara su vocación, y que han movido a sus padres para que les dejaran libres de seguirla, ya desde los cinco años, como es el caso de Santa Teresita del Niño Jesús. Que haya habido no pocos casos de niños mártires en la historia de la Iglesia, entre otros los recientemente beatificados pastores de Fátima.

Y no faltan tampoco testimonios de santos, que expresan su profundo agradecimiento a sus padres, porque de su mano comenzaron a recorrer los caminos del Señor.

La Madre Teresa de Calcuta confesaba con sencillez: «Sí, mi madre era una santa mujer. Trataba de educar a sus hijos en el amor de Dios y del prójimo. Ponía todo su esfuerzo en que creciésemos unidos y en que amásemos a Jesús. Era ella misma la que nos preparaba para la Primera Comunión. Fue nuestra propia madre quien nos enseñó a amar a Dios sobre todas las cosas».

San Josemaría Escrivá no sentía vergüenza alguna en decir que, por la mañana y por la noche, repetía las oraciones vocales que su madre y su padre le habían enseñado de niño; y que eran: «pocas, breves y piadosas». De esta forma, el recuerdo de sus padres le llevaba a Dios, y le hacía sentirse muy unido, a la vez que a su familia de sangre, a la familia de Nazaret Jesús, María y José , y a la familia del Cielo: Dios Uno y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Aunque se trata de una historia algo excepcional, marcada por un proceso de enfermedad que lleva a una madurez más honda, vale la pena recoger la historia de una niña italiana, Antonietta «Nennolina» Meo (15 XII 1930. 3 VII 1937).

Falleció a los seis años y medio de un osteosarcoma, diagnosticado cuando apenas tenía cinco años. Su último año fue de grandes sufrimientos «los dolores eran atroces» , declarará su médico. Y los dolores continuaron siendo atroces no obstante la amputación de una pierna, y el aparato ortopédico que le colocaron. La traumatología no había hecho todavía los grandes avances que vemos hoy en día, y la medicina de cuidados paliativos simplemente no existía. Al conocer el diagnóstico, sus padres hicieron todo lo posible para adelantar los tiempos de la Primera Confesión y de la Primera Comunión. Su madre le enseñó el Catecismo por las tardes, al regresar a casa de la escuela. Coincidiendo con el esfuerzo de ir aprendiendo preguntas y respuestas, Antonietta comenzó a escribir unas cartas las llamaba sus poesías , que cada tarde ponía bajo una imagen del liño Jesús a los pies de su cama, «para que Él de noche viniese a leerlas». La primera carta es del 15 de septiembre de 1936. Contiene muchas expresiones simples de afecto que, en su sencillez, se hace difícil comprender que hayan salido del corazón de una niña de cinco años: «Jesús amoroso, te dono mi corazón; Jesús, dame almas»; « ¡Querido Jesús, dame almas! ¡Te lo pido con mucho gusto, y Tú dame muchas, muchas! ¡Te lo pido para que Tú las hagas ser buenas! (...), porque yo quisiera que fuesen todas al Paraíso contigo». ¿Cómo era posible que su inteligencia infantil le ayudara a ver con claridad que Jesús qui , siese la salvación de todas las almas? Quizá Antonietta no hubiera sido capaz de contestar de forma precisa a la pregunta: ¿qué es la salvación? A ella le bastaba querer que aquellas almas por las que pedía llegasen a vivir con Jesús en el Paraíso. «Haré sacrificios para salvar muchas almas». «Querido Jesús Eucaristía, yo hoy Te vuelvo a ofrecer mi sacrificio de la pierna; Te doy gracias porque nos has dado la fuerza de soportar con paciencia nuestra cruz». «Querido Jesús crucificado, yo Te quiero mucho y Te amo mucho. Quiero estar en el Calvario contigo».«Querido Jesús, dame la fuerza necesaria para soportar los dolores, que te ofrezco por los pecadores». No solo la fe ha echado raíces en su espíritu; también la conciencia de que su sacrificio, su dolor, se puede unir al de Cristo en la obra redentora. Sus palabras explican mucho más que cualquier concepto teológico.

La profunda unión que expresa con el deseo salvador de Cristo y su vida redentora, se apoyan en una confianza sin límites en el amor de Dios: ¿cómo podemos explicar la capacidad de esta niña para saberse amada así por Jesucristo?: «Querido Jesús, y me quiero abandonar en Tus manos». «Jesús, ven a jugar conmigo». Todas sus cartas terminaban con abrazos, caricias y besos a sus destinatarios celestes, destilando una dulce familiaridad.

Al hablar sobre ella, su madre manifestó con toda sencillez que Antonietta rezaba sus breves oraciones de la mañana y de la tarde; que al atardecer dirigía su plegaria al Ángel Custodio; y que después de recibir la Primera Comunión, buscó acercarse a la Eucaristía con renovado amor. Las horas después de comulgar fueron siempre apacibles, como si estuvieran libres de dolores, hasta el punto que daba la impresión de haberse recuperado de su enfermedad.

Cuando ya se acercaba el final de su vida, Antonietta recibió la Unción de los Enfermos. Respondió con serenidad a todas las oraciones, recitó el acto de contrición y besó con ternura el crucifijo. Su madre, consciente de la cercanía de Dios en su hija, le pidió la bendición, y la pequeña le hizo la señal de la cruz sobre la frente. Sus últimas palabras fueron: «¡Dios!..., ¡mamá!, ipapá!».


(*) Ernesto Juliá Díaz. Licenciado en Derecho y Doctor en Filosofía. Sacerdote. Escritor. Ha desarrollado su labor sacerdotal, con todo tipo de personas, especialmente en Italia y en España; y esporádicamente en países de los cinco continentes. Autor de varios libros de literatura y de espiritualidad; además de artículos y publicaciones en periódicos y revistas de España e Italia.

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