Miércoles - 23.Mayo.2012

Grandes Secciones
Actualidad
Autores
Biología humana
Avances científicos de relevancia ética
Fe y ciencias
Ciencia
Filosofía
Teología
Espiritualidad
Religión
Derecho
Familia - educación
Educar en familia Educar en familia
La educación y el colegio La educación y el colegio
Educación para la paz Educación para la paz
La familia y otros estudios T. Melendo: La familia y otros estudios
Filosofía de la educación Filosofía de la educación
Rev. FAMILY AND MEDIA Rev. FAMILY AND MEDIA
Etica
Valores
Cultura
Literatura
Libros
Cine
Vídeos culturales
Testimonios
Archivo
Blog de N. López Moratalla
Los secretos de tu cerebro
Blog de A. Orozco
Blog informal. Notas. Avisos de Arvo.net.

RESPONSABILIDAD EN LA COMUNICA (Ramón Pi)

ver las estadisticas del contenido recomendar  contenido a un amigo
Documento sin título

RESPONSABILIDAD PROFESIONAL EN LA ELABORACIÓN DE LA INFORMACIÓN
En este momento, la mezcla de realidad y ficción, y el desconcierto, no diré yo que absoluto, pero el considerable desconcierto que reina sobre las cosas que hay que creerse y las cosas que no hay que creerse, han configurado un panorama que a los que tienen la obligación y la responsabilidad de educar a sus hijos, pequeños o adolescentes, o en la primera juventud, les inquieta.

Por Ramón Pi

Muchas gracias. En realidad tengo que decir que quien se inventó la tertulias fue mi mujer, no por lo que están ustedes pensando, sino por otra razón, porque José Mª García abandonó la SER para ir a fundar Antena 3 de Radio. Entonces, a la cadena SER se le planteó un problema grave, que era qué hacer a las once y media de la noche sin García, que era entonces mucho más el amo de la información deportiva que ahora, que ya es decir. Entonces, lo que se planteó a algunos de los que colaborábamos en la SER fue ir pensando algo que hacer.

La primera cosa que se nos ocurrió, entre otros, a Javier González Ferrari, a Fernando Ónega y a mí, fue que tendríamos que discurrir algún programa que tratase de cualquier cosa menos de deporte. Y en esas cavilaciones andábamos, cuando una noche, a la vuelta de una cena en casa de unos colegas, mi mujer me comentó: No sabes lo que me gusta este tipo de cenas y esas tertulias, porque aunque ya sé que es mentira, cuando vuelvo a casa tengo la sensación de que ya me lo sé todo, porque contáis la trastienda de las cosas. Y entonces así fue como yo me dije que esto era lo que íbamos a hacer. Y empezó el género de la tertulia radiofónica, que se llamaba La Trastienda, en la que nos reuníamos varios periodistas al fin de la jornada para discutir la jugada y contar lo que nos había pasado en e1 día. Así que no voy a regatear méritos a mi mujer, porque al final se acabaría enterando y no quiero yo más problemas de los indispensables.

Me corresponde hablar de algo que, a pesar de la premura con la fui requerido a hablar aquí, conozco bien, porque se trata ni más ni menos que de la responsabilidad profesional en la elaboración de la información. Esto, a un periodista que es casi de la antigüedad, como el que les habla, le resulta familiar, como es natural, porque uno lleva ya unas cuantas horas meditando sobre estas cosas.

Todos ustedes conocen la historia famosa de La Guerra de los Mundos, escenificada para la radio, que Orson Welles puso en marcha en una cadena de emisoras americanas, y que logró aterrorizar a millones de americanos porque les hizo creer que los marcianos nos invadían de verdad. Bueno, hoy no tenemos aquella ingenuidad, no hay más que ver las películas de los años 50 o de los años 40, y nos hacemos cruces de cómo nos lo creíamos todo.

Pues hoy no tenemos aquella ingenuidad, hoy tenemos otra todavía peor, otra clase de ingenuidad todavía peor. Hoy cada vez somos menos capaces de distinguir entre la realidad real y la realidad virtual. Eso es así hasta el punto de que una película de éxito ha tomado esta idea y la ha explotado con notable éxito, lo cual quiere decir que ha sabido conectar con muchos espectadores en todo el mundo. Me refiero a la película El Show de Truman, que seguramente muchos de ustedes habrán visto. Es una película en la que un programa de televisión hace que se confundan la realidad real y la realidad virtual constantemente, las veinticuatro horas del día. Cada vez nos creemos más estas cosas, y paradójicamente cada vez nos creemos más las supersticiones astrológicas y otras idioteces por el estilo, al mismo tiempo que abrimos la boca con arrobo ante los grandes y espectaculares avances científicos, con los que los periódicos nos sorprenden casi un día sí y otro también.

En este momento, la mezcla de realidad y ficción, y el desconcierto, no diré yo que absoluto, pero el considerable desconcierto que reina sobre las cosas que hay que creerse y las cosas que no hay que creerse, han configurado un panorama que a los que tienen la obligación y la responsabilidad de educar a sus hijos, pequeños o adolescentes, o en la primera juventud, les inquieta. Eso no tiene nada de particular. Entre otras cosas, porque si un padre de familia es un buen profesional en lo suyo, y ve por la televisión u oye por la radio o lee en un periódico algo relativo a su propia profesión, comprueba, con mucha frecuencia, que la cantidad de errores y de inexactitudes que se vierten en esas informaciones sobre un tema que conoce es muy considerable. Y entonces, claro está, se estremece al pensar lo que se estará tragando respecto de asuntos que no conoce tan bien como los de su profesión.

Respecto de este asunto, lo primero que hay que decir es que el periodismo, por su propia naturaleza, es una profesión que cultiva lo inexacto, es la profesión en la que la inexactitud tiene su asiento natural. Y les voy a explicar por qué. El periodismo, por su naturaleza, tiene unos condicionamientos de tiempo y de espacio que hacen prácticamente imposible la precisión. El periodismo es lo que podríamos llamar la otra cara de la moneda de una tesis doctoral. Para hacer una tesis doctoral, un doctorando dispone de todo el tiempo que necesite; para desarrollar una materia dispone de todas las páginas que necesite, y normalmente las tesis doctorales tratan sobre un aspecto concreto de un aspecto concreto de un aspecto concreto de una especialidad científica.

El periodismo es exactamente lo contrario. Un periodista tiene que estar tocando todos los palos al mismo tiempo y tiene que tratar cosas complejas, variadas, y muchas veces con raíces muy generalistas. Pero eso sí lo tiene que hacer de hoy para mañana, si tiene suerte y trabaja en un diario, o de las siete para las ocho, si no tiene tanta suerte y trabaja en la radio o en la televisión. Eso forzosamente obliga a la inexactitud.

El que fue durante muchos años director de The Washington Post, Ben Bradlee, publicó un artículo con ocasión de la enorme polémica que se produjo en Estados Unidos a raíz de la dimisión del señor Nixon y del caso Watergate; fue una polémica en la que la gente se preguntaba quiénes diablos eran los medios de comunicación para echar a los presidentes de la Nación, que habían sido votados por los ciudadanos electores. Entonces, el señor Bradlee decía: Miren ustedes, los periodistas somos unos tipos que sabemos muy poco de pocas cosas, pero, eso sí, las contamos con grandes deficiencias. Sin embargo, en conjunto, por algún mecanismo que todavía nadie ha podido explicar bien, en conjunto reflejamos la realidad con sorprendente exactitud. A mí me parece que eso se ajusta muy bien a la realidad. Lo que pasa es que, claro, tampoco es cosa de que cada uno se vaya con un carrito y se compre todo lo que se publica para luego hacerse una idea muy aproximada de la realidad. No se trata de eso.

¿Por qué son distintos los medios? ¿Por qué son parciales? En parte por esto que les acabo de decir, y en parte también porque la visión del mundo, la visión de las cosas, la visión de la vida, la interpretación de los hechos, contiene un componente subjetivo, inevitable, al que me referiré después, y eso hace que la presentación de los mismos hechos pueda adquirir uno u otro sesgo, según el medio en el que uno tenga acceso a esta información concreta.

Pero todo eso también es inevitable precisamente porque vivimos en una sociedad libre. Esta variedad de sesgos es propia de las sociedades libres; en las sociedades totalitarias ese fenómeno no ocurre porque, sencillamente, todos son engañados del mismo modo, en lugar de poder ser engañados de modos muy distintos.

La libertad informativa, la libertad de información, la libertad de hablar, la libertad de expresar las propias opiniones, es un presupuesto necesario para cualquier sociedad que merezca el calificativo de libre. Ya es famosa la frase, no sé si del presidente Adams o del presidente Jefferson, se les atribuye a varios, que prefieren una sociedad con periódicos y sin gobierno, a una sociedad con gobierno y sin periódicos. Porque ése es el test de la libertad de una sociedad: si hay libertad de prensa, si hay libertad de comunicación, si hay libertad de expresión.

Ahora bien, la libertad exige la posibilidad de error, por su propia definición. Exige la posibilidad de equivocarse, la exige, tiene que ser posible equivocarse, porque si no, no estamos hablando de libertad. La libertad se puede usar bien o mal. Es común, es más común de lo deseable, la creencia de que por el hecho de actuar libremente obramos bien: eso hay mucha gente que se lo cree, aunque sea una equivocación. Ahora bien, hay que tener presente que para que pueda decirse que obramos bien, para que puede decirse que un periodista actúa bien, que actúa con responsabilidad en la transmisión de la verdad de las cosas, para que pueda decirse esto, tiene que tener la posibilidad de hacerlo mal, porque de lo contrario no hay juicio moral posible. La noción del bien y la noción del mal desaparecen en cuanto no sea optativo, en cuanto el acto de informar no sea un acto libre, y en cuanto el acto de recibir información no sea un acto igualmente libre, de preferir este medio o aquel medio, o aquel otro medio de información.

Por eso, cuando se habla de códigos éticos para los periodistas, hay que tener bastante cuidado con lo que se propone. Los códigos éticos se caracterizan porque distinguen lo que está bien de lo que está mal, de ahí el adjetivo de éticos. Los códigos éticos determinan lo que son buena práctica o mala práctica en el ejercicio de la profesión periodística. La cuestión básica, por lo tanto, es establecer qué debe entenderse por lo bueno y qué debe entenderse por lo malo, a la hora de informar. Y hoy hay que decir que esto es muy problemático, y no sólo en el mundo de la información o de la comunicación social. Hoy, la determinación de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que es correcto y de lo que es incorrecto, es muy problemática, porque en este momento estamos viviendo en la era de la corrección política, en la era del multiculturalismo, comentar todo lo cual nos llevaría lejísimos en el tiempo y en el propósito que nos congrega hoy aquí.

Importantes filósofos e importantes especialistas en Ética, como por ejemplo el americano Rawls, que es hoy día uno de los budas de esta disciplina, han llegado a una tesis que está sirviendo de cimiento para todos los debates posteriores en todo el mundo. Es la tesis de la necesidad del consenso social para poder establecer lo que podríamos llamar las normas de ética cívica que distingan lo que está bien y lo que está mal, a la hora de convivir unos con otros. Este es un asunto peliagudo, complicado, que desde luego excede absolutamente estos minutos de mi intervención, pero que dejo apuntado, simplemente para señalar que no es tan sencillo como en la España de Carlos V, pongamos por caso, determinar socialmente lo que está bien y lo que está mal. No es tan fácil.

Hay una norma clásica en el ejercicio del periodismo, que ustedes también conocen y han oído citar muchas veces, que es ésta: la información es sagrada, las opiniones son libres. Y con este vademécum sintético un periodista tiene una aguja de marear, que le obliga a respetar la veracidad a la hora de narrar los hechos y le permite toda la libertad de que su espíritu sea capaz para expresar sus opiniones.

Pero últimamente también se han formulado críticas, bastante severas, e intelectualmente bastante bien trabadas, a esta regla general, porque, como les decía antes, no hay dos percepciones iguales de los mismos hechos. Hay un componente subjetivo que es inevitable, y por eso dicen los críticos de esta regla general que hace falta también, a la hora de informar, un cierto esquema de valores morales que ayuden a interpretar el mundo y la vida, para aproximarse lo más posible a la verdad de los hechos. Pero no todos los modos de entender la vida son igualmente válidos, e incluso algunos son erróneos en su raíz y, por lo tanto, tampoco sirven para ayudar a transmitir una información veraz de los acontecimientos.

Yo no comparto del todo esta crítica. Yo sigo siendo de los convencidos de que la norma clásica, según la cual la información para un periodista es sagrada y las opiniones son libres, es una norma que sigue teniendo vigencia a la hora de establecer lo que podríamos llamar, con el anglicismo al uso, la buena práctica en el ejercicio de la profesión, la buena práctica, el buen ejercicio de la responsabilidad profesional en el periodismo.

Me encuentro entre los que creen que existe objetivamente un mayor o menor acercamiento a la verdad de las cosas, y que este mayor o menor acercamiento es perceptible por cualquiera, con independencia de la cosmovisión que albergue en su caletre. Soy de los convencidos de que en el nivel de la información sobre lo que pasa, en ese nivel, no en el de la interpretación de lo que pasa, sino en el nivel de contar las cosas que pasan, sí se puede establecer una gradación de mayor o menor acercamiento a la verdad de las cosas. Acaso no del todo, pero sí en parte más que suficiente para poder acudir confiados a los medios gestionados por profesionales responsables.

Si fuera de universal aplicación la crítica a esa norma general, se produciría una situación de imposición de un esquema de valores y de una concepción del mundo sobre cualesquiera otras a la hora de definir lo que significa la verdad de los hechos y lo que no. Y sólo cuando se lograse una completa unanimidad en estos criterios se podría hablar en serio de que la información es sagrada y las opiniones son libres, de acuerdo con el esquema de esta crítica. Lo cual nos lleva a la necesidad de tener que huir de semejante planteamiento, porque rozaría..., con lo totalitario. Habría que huir de esta visión totalitaria, con la que se concebiría la actividad profesional del periodista, pero entonces corremos el riesgo de acabar todavía peor, en el puro y simple relativismo. Y ése, a la hora de informar, es tan peligroso como el otro.

Así que los profesionales, inevitablemente, transmiten su visión del mundo también en la mera información de los hechos. Yo, durante algún tiempo, estuve haciendo un resumen de prensa para el programa de Carlos Herrera, el que ahora conduce Julio César Iglesias, en Radio Nacional de España, y ahora hago lo mismo también en Radio Nacional de España, pero los fines de semana. Le cuento a la gente (a unas horas completamente intolerables para ser un fin de semana, porque son las nueve de la mañana, toda una agresión al oyente) lo que dicen los periódicos. Y una de las cosas que me gusta hacer es contar cómo cada uno de los medios expone o presenta la misma información. Eso mismo lo estuve haciendo durante un año en el diario ABC, día tras día, y la verdad es que me parecía un ejercicio divertido y parece ser que a los lectores tampoco les acababa de aburrir del todo. Y creo que ésta es una buena ayuda para que cada cual sitúe la información en su lugar adecuado.

Bien. Hay que recordar a Ben Bradlee, hay que recordarlo de nuevo: la mayor parte de las veces no existe un ánimo deliberado de confundir, de engañar o de mentir; lo que existe es una limitación humana, y hay probablemente también ciertos prejuicios que muchas veces se intentan superar con buena fe para ofrecer la información correcta al público. Pero, claro, esto también puede sesgar las informaciones. Y hay que recordar otra vez a Bradlee cuando dice que en conjunto es como los periodistas reflejamos la realidad con precisión.

El mundo que transmiten los medios, en consecuencia, no es un mundo inventado, no es un invento. El fenómeno de la comunicación social es un fenómeno netamente interactivo; los periodistas, los medios, son espejo de la sociedad, pero también, al mismo tiempo, modelo para esa sociedad. Las cosas que se publican en los periódicos se publican porque ocurren, pero hay muchas cosas, y hay que aceptarlo así, y eso debe agudizar el sentido de la responsabilidad de los profesionales del periodismo, hay muchas cosas que se hacen porque estaban publicadas en los medios.

Hasta tal punto llega este efecto de modelo de lo que se publica en los medios que, ahora que nos acercamos a la Navidad, verán ustedes cuando vayan a cualquier tienda de juguetes, que hay juguetes que en la caja llevan impresa una de las expresiones más idiotas que se pueden imaginar. Tienen impreso como si eso mejorase la calidad del producto. Y la gente pica. Y cuando un juguete pone anunciado en TV yo les aseguro que se vende más. La frase es idiota, pero los que la pusieron desde luego no tienen un pelo de tontos, porque saben con qué se juegan el dinero. Este fenómeno, el fenómeno de modelo, el fenómeno de los medios como modelo de comportamiento, es un fenómeno que los periodistas, probablemente para escurrir el bulto, tendemos a minimizar.

Y termino ya, con una mera pincelada aplicada a lo que podríamos llamar la educación para la paz, a través de los medios de comunicación. La paz es un valor: desde el punto de vista de la percepción social, es uno de los pocos valores universalmente aceptados y uno de los pocos valores casi universalmente ignorados. Quiero decir que aquí todo el mundo dice querer la paz, pero las guerras proliferan. La paz es un valor que los medios no tienen ningún empacho en transmitir en sus editoriales, pero que les cuesta mucho transmitir en su planteamiento informativo.

Si hay que creer a Agustín de Hipona, la paz es la tranquilidad del orden, lo cual quiere decir que no toda quietud es paz y, por lo tanto, el concepto de paz es un concepto bastante más complejo y en e1 que cabe profundizar bastante más de lo que podría parecer a primera vista. No confíen ustedes gran cosa en los medios de comunicación como principal elemento educador para la paz, porque los medios de comunicación sirven muy poco para la filosofía y para la ciencia. Sirven para la divulgación, sirven para las prisas, para la inmediatez, sirven, si hay mucho talento entre los periodistas, para el seguimiento de procesos sociales, de procesos políticos o de procesos económicos, tal vez, incluso, hasta de procesos intelectuales; eso ya sería verdaderamente espectacular y, desde luego, muy infrecuente.

Por tanto, a mí me parece que la mejor contribución de los medios a la paz no puede ser otra que el amor insobornable a la verdad de las cosas, el deseo insobornable de acercarse cada vez más a la verdad de las cosas, y por parte de los profesionales, la humildad intelectual, indispensable para aceptar la realidad tal como es.

Y con eso termino mi intervención; me he pasado dos minutos, lo siento. Muchas gracias.


30º Congreso de FAPACE 2000. Reflexiones para el ámbito educativo. sc@fomento.edu

© ASOCIACIÓN ARVO 1980-2005
Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

05/06/2005 ir arriba

v01.99:0.33
GestionMax
TIENDA   Novedades   rss   contacto   buscador   tags   mapa web   
© ASOCIACIÓN ARVO | 1980-2009    
Editor / Coordinador: Antonio Orozco Delclós