Por Ramón Pi
Muchas gracias. En realidad tengo que decir que
quien se inventó la tertulias fue mi mujer, no por lo que están
ustedes pensando, sino por otra razón, porque José Mª García
abandonó la SER para ir a fundar Antena 3 de Radio. Entonces, a la
cadena SER se le planteó un problema grave, que era qué hacer a las
once y media de la noche sin García, que era entonces mucho más el
amo de la información deportiva que ahora, que ya es decir.
Entonces, lo que se planteó a algunos de los que colaborábamos en la
SER fue ir pensando algo que hacer.
La primera cosa que se
nos ocurrió, entre otros, a Javier González Ferrari, a Fernando
Ónega y a mí, fue que tendríamos que discurrir algún programa que
tratase de cualquier cosa menos de deporte. Y en esas cavilaciones
andábamos, cuando una noche, a la vuelta de una cena en casa de unos
colegas, mi mujer me comentó: No sabes lo que me gusta este tipo
de cenas y esas tertulias, porque aunque ya sé que es mentira,
cuando vuelvo a casa tengo la sensación de que ya me lo sé todo,
porque contáis la trastienda de las cosas. Y entonces así fue como
yo me dije que esto era lo que íbamos a hacer. Y empezó el
género de la tertulia radiofónica, que se llamaba La
Trastienda, en la que nos reuníamos varios periodistas al fin de
la jornada para discutir la jugada y contar lo que nos había pasado
en e1 día. Así que no voy a regatear méritos a mi mujer, porque al
final se acabaría enterando y no quiero yo más problemas de los
indispensables.
Me corresponde hablar de algo que, a pesar de
la premura con la fui requerido a hablar aquí, conozco bien, porque
se trata ni más ni menos que de la responsabilidad profesional en la
elaboración de la información. Esto, a un periodista que es casi de
la antigüedad, como el que les habla, le resulta familiar, como es
natural, porque uno lleva ya unas cuantas horas meditando sobre
estas cosas.
Todos ustedes conocen la historia famosa de
La Guerra de los Mundos, escenificada para la radio, que
Orson Welles puso en marcha en una cadena de emisoras americanas, y
que logró aterrorizar a millones de americanos porque les hizo creer
que los marcianos nos invadían de verdad. Bueno, hoy no tenemos
aquella ingenuidad, no hay más que ver las películas de los años 50
o de los años 40, y nos hacemos cruces de cómo nos lo creíamos
todo.
Pues hoy no tenemos aquella ingenuidad, hoy tenemos
otra todavía peor, otra clase de ingenuidad todavía peor. Hoy cada
vez somos menos capaces de distinguir entre la realidad real y la
realidad virtual. Eso es así hasta el punto de que una película de
éxito ha tomado esta idea y la ha explotado con notable éxito, lo
cual quiere decir que ha sabido conectar con muchos espectadores en
todo el mundo. Me refiero a la película El Show de Truman,
que seguramente muchos de ustedes habrán visto. Es una película en
la que un programa de televisión hace que se confundan la realidad
real y la realidad virtual constantemente, las veinticuatro horas
del día. Cada vez nos creemos más estas cosas, y paradójicamente
cada vez nos creemos más las supersticiones astrológicas y otras
idioteces por el estilo, al mismo tiempo que abrimos la boca con
arrobo ante los grandes y espectaculares avances científicos, con
los que los periódicos nos sorprenden casi un día sí y otro
también.
En este momento, la mezcla de realidad y ficción, y
el desconcierto, no diré yo que absoluto, pero el considerable
desconcierto que reina sobre las cosas que hay que creerse y las
cosas que no hay que creerse, han configurado un panorama que a los
que tienen la obligación y la responsabilidad de educar a sus hijos,
pequeños o adolescentes, o en la primera juventud, les inquieta. Eso
no tiene nada de particular. Entre otras cosas, porque si un padre
de familia es un buen profesional en lo suyo, y ve por la televisión
u oye por la radio o lee en un periódico algo relativo a su propia
profesión, comprueba, con mucha frecuencia, que la cantidad de
errores y de inexactitudes que se vierten en esas informaciones
sobre un tema que conoce es muy considerable. Y entonces, claro
está, se estremece al pensar lo que se estará tragando respecto de
asuntos que no conoce tan bien como los de su
profesión.
Respecto de este asunto, lo primero que hay que
decir es que el periodismo, por su propia naturaleza, es una
profesión que cultiva lo inexacto, es la profesión en la que la
inexactitud tiene su asiento natural. Y les voy a explicar por qué.
El periodismo, por su naturaleza, tiene unos condicionamientos de
tiempo y de espacio que hacen prácticamente imposible la precisión.
El periodismo es lo que podríamos llamar la otra cara de la moneda
de una tesis doctoral. Para hacer una tesis doctoral, un doctorando
dispone de todo el tiempo que necesite; para desarrollar una materia
dispone de todas las páginas que necesite, y normalmente las tesis
doctorales tratan sobre un aspecto concreto de un aspecto concreto
de un aspecto concreto de una especialidad científica.
El
periodismo es exactamente lo contrario. Un periodista tiene que
estar tocando todos los palos al mismo tiempo y tiene que tratar
cosas complejas, variadas, y muchas veces con raíces muy
generalistas. Pero eso sí lo tiene que hacer de hoy para mañana, si
tiene suerte y trabaja en un diario, o de las siete para las ocho,
si no tiene tanta suerte y trabaja en la radio o en la televisión.
Eso forzosamente obliga a la inexactitud.
El que fue durante
muchos años director de The Washington Post, Ben Bradlee,
publicó un artículo con ocasión de la enorme polémica que se produjo
en Estados Unidos a raíz de la dimisión del señor Nixon y del caso
Watergate; fue una polémica en la que la gente se preguntaba quiénes
diablos eran los medios de comunicación para echar a los presidentes
de la Nación, que habían sido votados por los ciudadanos electores.
Entonces, el señor Bradlee decía: Miren ustedes, los periodistas
somos unos tipos que sabemos muy poco de pocas cosas, pero, eso sí,
las contamos con grandes deficiencias. Sin embargo, en conjunto, por
algún mecanismo que todavía nadie ha podido explicar bien, en
conjunto reflejamos la realidad con sorprendente exactitud. A mí
me parece que eso se ajusta muy bien a la realidad. Lo que pasa es
que, claro, tampoco es cosa de que cada uno se vaya con un carrito y
se compre todo lo que se publica para luego hacerse una idea muy
aproximada de la realidad. No se trata de eso.
¿Por qué son
distintos los medios? ¿Por qué son parciales? En parte por esto que
les acabo de decir, y en parte también porque la visión del mundo,
la visión de las cosas, la visión de la vida, la interpretación de
los hechos, contiene un componente subjetivo, inevitable, al que me
referiré después, y eso hace que la presentación de los mismos
hechos pueda adquirir uno u otro sesgo, según el medio en el que uno
tenga acceso a esta información concreta.
Pero todo eso
también es inevitable precisamente porque vivimos en una sociedad
libre. Esta variedad de sesgos es propia de las sociedades libres;
en las sociedades totalitarias ese fenómeno no ocurre porque,
sencillamente, todos son engañados del mismo modo, en lugar de poder
ser engañados de modos muy distintos.
La libertad
informativa, la libertad de información, la libertad de hablar, la
libertad de expresar las propias opiniones, es un presupuesto
necesario para cualquier sociedad que merezca el calificativo de
libre. Ya es famosa la frase, no sé si del presidente Adams o del
presidente Jefferson, se les atribuye a varios, que prefieren una
sociedad con periódicos y sin gobierno, a una sociedad con gobierno
y sin periódicos. Porque ése es el test de la libertad de una
sociedad: si hay libertad de prensa, si hay libertad de
comunicación, si hay libertad de expresión.
Ahora bien, la
libertad exige la posibilidad de error, por su propia definición.
Exige la posibilidad de equivocarse, la exige, tiene que ser posible
equivocarse, porque si no, no estamos hablando de libertad. La
libertad se puede usar bien o mal. Es común, es más común de lo
deseable, la creencia de que por el hecho de actuar libremente
obramos bien: eso hay mucha gente que se lo cree, aunque sea una
equivocación. Ahora bien, hay que tener presente que para que pueda
decirse que obramos bien, para que puede decirse que un periodista
actúa bien, que actúa con responsabilidad en la transmisión de la
verdad de las cosas, para que pueda decirse esto, tiene que tener la
posibilidad de hacerlo mal, porque de lo contrario no hay juicio
moral posible. La noción del bien y la noción del mal desaparecen en
cuanto no sea optativo, en cuanto el acto de informar no sea un acto
libre, y en cuanto el acto de recibir información no sea un acto
igualmente libre, de preferir este medio o aquel medio, o aquel otro
medio de información.
Por eso, cuando se habla de códigos
éticos para los periodistas, hay que tener bastante cuidado con lo
que se propone. Los códigos éticos se caracterizan porque distinguen
lo que está bien de lo que está mal, de ahí el adjetivo de
éticos. Los códigos éticos determinan lo que son buena
práctica o mala práctica en el ejercicio de la profesión
periodística. La cuestión básica, por lo tanto, es establecer qué
debe entenderse por lo bueno y qué debe entenderse por lo malo, a la
hora de informar. Y hoy hay que decir que esto es muy problemático,
y no sólo en el mundo de la información o de la comunicación social.
Hoy, la determinación de lo que está bien y de lo que está mal, de
lo que es correcto y de lo que es incorrecto, es muy problemática,
porque en este momento estamos viviendo en la era de la corrección
política, en la era del multiculturalismo, comentar todo lo cual nos
llevaría lejísimos en el tiempo y en el propósito que nos congrega
hoy aquí.
Importantes filósofos e importantes especialistas
en Ética, como por ejemplo el americano Rawls, que es hoy día uno de
los budas de esta disciplina, han llegado a una tesis que
está sirviendo de cimiento para todos los debates posteriores en
todo el mundo. Es la tesis de la necesidad del consenso social para
poder establecer lo que podríamos llamar las normas de ética cívica
que distingan lo que está bien y lo que está mal, a la hora de
convivir unos con otros. Este es un asunto peliagudo, complicado,
que desde luego excede absolutamente estos minutos de mi
intervención, pero que dejo apuntado, simplemente para señalar que
no es tan sencillo como en la España de Carlos V, pongamos por caso,
determinar socialmente lo que está bien y lo que está mal. No es tan
fácil.
Hay una norma clásica en el ejercicio del periodismo,
que ustedes también conocen y han oído citar muchas veces, que es
ésta: la información es sagrada, las opiniones son libres. Y con
este vademécum sintético un periodista tiene una aguja de
marear, que le obliga a respetar la veracidad a la hora de narrar
los hechos y le permite toda la libertad de que su espíritu sea
capaz para expresar sus opiniones.
Pero últimamente también
se han formulado críticas, bastante severas, e intelectualmente
bastante bien trabadas, a esta regla general, porque, como les decía
antes, no hay dos percepciones iguales de los mismos hechos. Hay un
componente subjetivo que es inevitable, y por eso dicen los críticos
de esta regla general que hace falta también, a la hora de informar,
un cierto esquema de valores morales que ayuden a interpretar el
mundo y la vida, para aproximarse lo más posible a la verdad de los
hechos. Pero no todos los modos de entender la vida son igualmente
válidos, e incluso algunos son erróneos en su raíz y, por lo tanto,
tampoco sirven para ayudar a transmitir una información veraz de los
acontecimientos.
Yo no comparto del todo esta crítica. Yo
sigo siendo de los convencidos de que la norma clásica, según la
cual la información para un periodista es sagrada y las opiniones
son libres, es una norma que sigue teniendo vigencia a la hora de
establecer lo que podríamos llamar, con el anglicismo al uso, la
buena práctica en el ejercicio de la profesión, la buena práctica,
el buen ejercicio de la responsabilidad profesional en el
periodismo.
Me encuentro entre los que creen que existe
objetivamente un mayor o menor acercamiento a la verdad de las
cosas, y que este mayor o menor acercamiento es perceptible por
cualquiera, con independencia de la cosmovisión que albergue en su
caletre. Soy de los convencidos de que en el nivel de la información
sobre lo que pasa, en ese nivel, no en el de la interpretación de lo
que pasa, sino en el nivel de contar las cosas que pasan, sí se
puede establecer una gradación de mayor o menor acercamiento a la
verdad de las cosas. Acaso no del todo, pero sí en parte más que
suficiente para poder acudir confiados a los medios gestionados por
profesionales responsables.
Si fuera de universal aplicación
la crítica a esa norma general, se produciría una situación de
imposición de un esquema de valores y de una concepción del mundo
sobre cualesquiera otras a la hora de definir lo que significa la
verdad de los hechos y lo que no. Y sólo cuando se lograse una
completa unanimidad en estos criterios se podría hablar en serio de
que la información es sagrada y las opiniones son libres, de acuerdo
con el esquema de esta crítica. Lo cual nos lleva a la necesidad de
tener que huir de semejante planteamiento, porque rozaría..., con lo
totalitario. Habría que huir de esta visión totalitaria, con la que
se concebiría la actividad profesional del periodista, pero entonces
corremos el riesgo de acabar todavía peor, en el puro y simple
relativismo. Y ése, a la hora de informar, es tan peligroso como el
otro.
Así que los profesionales, inevitablemente, transmiten
su visión del mundo también en la mera información de los hechos.
Yo, durante algún tiempo, estuve haciendo un resumen de prensa para
el programa de Carlos Herrera, el que ahora conduce Julio César
Iglesias, en Radio Nacional de España, y ahora hago lo mismo también
en Radio Nacional de España, pero los fines de semana. Le cuento a
la gente (a unas horas completamente intolerables para ser un fin de
semana, porque son las nueve de la mañana, toda una agresión al
oyente) lo que dicen los periódicos. Y una de las cosas que me gusta
hacer es contar cómo cada uno de los medios expone o presenta la
misma información. Eso mismo lo estuve haciendo durante un año en el
diario ABC, día tras día, y la verdad es que me parecía un ejercicio
divertido y parece ser que a los lectores tampoco les acababa de
aburrir del todo. Y creo que ésta es una buena ayuda para que cada
cual sitúe la información en su lugar adecuado.
Bien. Hay que
recordar a Ben Bradlee, hay que recordarlo de nuevo: la mayor parte
de las veces no existe un ánimo deliberado de confundir, de engañar
o de mentir; lo que existe es una limitación humana, y hay
probablemente también ciertos prejuicios que muchas veces se
intentan superar con buena fe para ofrecer la información correcta
al público. Pero, claro, esto también puede sesgar las
informaciones. Y hay que recordar otra vez a Bradlee cuando dice que
en conjunto es como los periodistas reflejamos la realidad con
precisión.
El mundo que transmiten los medios, en
consecuencia, no es un mundo inventado, no es un invento. El
fenómeno de la comunicación social es un fenómeno netamente
interactivo; los periodistas, los medios, son espejo de la sociedad,
pero también, al mismo tiempo, modelo para esa sociedad. Las cosas
que se publican en los periódicos se publican porque ocurren, pero
hay muchas cosas, y hay que aceptarlo así, y eso debe agudizar el
sentido de la responsabilidad de los profesionales del periodismo,
hay muchas cosas que se hacen porque estaban publicadas en los
medios.
Hasta tal punto llega este efecto de modelo de lo que
se publica en los medios que, ahora que nos acercamos a la Navidad,
verán ustedes cuando vayan a cualquier tienda de juguetes, que hay
juguetes que en la caja llevan impresa una de las expresiones más
idiotas que se pueden imaginar. Tienen impreso como si eso mejorase la calidad del producto. Y la gente pica. Y
cuando un juguete pone anunciado en TV yo les aseguro que se
vende más. La frase es idiota, pero los que la pusieron desde luego
no tienen un pelo de tontos, porque saben con qué se juegan el
dinero. Este fenómeno, el fenómeno de modelo, el fenómeno de los
medios como modelo de comportamiento, es un fenómeno que los
periodistas, probablemente para escurrir el bulto, tendemos a
minimizar.
Y termino ya, con una mera pincelada aplicada a lo
que podríamos llamar la educación para la paz, a través de los
medios de comunicación. La paz es un valor: desde el punto de vista
de la percepción social, es uno de los pocos valores universalmente
aceptados y uno de los pocos valores casi universalmente ignorados.
Quiero decir que aquí todo el mundo dice querer la paz, pero las
guerras proliferan. La paz es un valor que los medios no tienen
ningún empacho en transmitir en sus editoriales, pero que les cuesta
mucho transmitir en su planteamiento informativo.
Si hay que
creer a Agustín de Hipona, la paz es la tranquilidad del orden, lo
cual quiere decir que no toda quietud es paz y, por lo tanto, el
concepto de paz es un concepto bastante más complejo y en e1 que
cabe profundizar bastante más de lo que podría parecer a primera
vista. No confíen ustedes gran cosa en los medios de comunicación
como principal elemento educador para la paz, porque los medios de
comunicación sirven muy poco para la filosofía y para la ciencia.
Sirven para la divulgación, sirven para las prisas, para la
inmediatez, sirven, si hay mucho talento entre los periodistas, para
el seguimiento de procesos sociales, de procesos políticos o de
procesos económicos, tal vez, incluso, hasta de procesos
intelectuales; eso ya sería verdaderamente espectacular y, desde
luego, muy infrecuente.
Por tanto, a mí me parece que la
mejor contribución de los medios a la paz no puede ser otra que el
amor insobornable a la verdad de las cosas, el deseo insobornable de
acercarse cada vez más a la verdad de las cosas, y por parte de los
profesionales, la humildad intelectual, indispensable para aceptar
la realidad tal como es.
Y con eso termino mi intervención;
me he pasado dos minutos, lo siento. Muchas gracias.
30º Congreso de FAPACE 2000. Reflexiones para el
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