Por Jon Juaristi
Muy buenos días. Las ventajas y desventajas de
hablar en último lugar son múltiples. Por una parte, muchas de las
cosas que uno hubiera querido decir ya las han dicho previamente,
con lo cual se puede limitar muy bien el tiempo de intervención a
los diez minutos de rigor acordados de antemano por los miembros de
la Mesa; incluso es posible no llegar a agotarlos. Por otra parte,
siempre se tiene la oportunidad de utilizar los argumentos e ideas
que se han ido poniendo sobre el tapete para polemizar con los
compañeros o para variar de alguna forma el guión o lo que se había
previsto como contenido de la propia intervención. Normalmente a las
Mesas Redondas se viene con un determinado modelo de trabajo que
suele modificarse inevitablemente sobre la marcha.
Respecto a
las palabras pronunciadas por el presidente de esta Mesa, Ricardo
Díez-Hochleitner, me parece importante resaltar su alusión a la idea
del debate, a la exigencia de criticar las ideas expuestas por cada
uno de nosotros, O, lo que es lo mismo, a hablar sobre la paz y
sobre la educación de la paz en un contexto polémico, en un contexto
de “guerra”. A mi juicio, los contextos educativos exageradamente
pacificados son incapaces de transmitir ningún saber: gran parte de
lo que se denomina la crisis de las humanidades, y en general la
crisis de la enseñanza, radica en que los contextos institucionales
son excesivamente pacifistas y tolerantes.
Las universidades
medievales y renacentistas eran auténticas palestras en las que los
docentes se batían con los estudiantes por las cátedras, que estos
últimos podían obtener derrotando a quien había sido hasta el
momento su maestro. Tal fue el caso de Pedro Abelardo, quien tomó
posesión de su cargo en la Sorbona tras un larguísimo debate
mantenido con su maestro sobre quinientas cuestiones fundamentales.
Entonces no existía un tribunal de profesores que decidiera sobre la
idoneidad de uno u otro candidato, sino que de ello se ocupaba el
mismo contexto polémico de transmisión del saber.
De modo que
habría que asumir la idea de integrar de algún modo la violencia en
la educación por la paz. Algo que quizá pueda parecer paradójico,
pero en mi opinión es imposible educar en valores si éstos no se
transmiten en un contexto polémico: solamente en un contexto así
pueden los alumnos apreciar las conclusiones a las que llegan en sus
argumentaciones y contraargumentaciones con el profesor, que les
transmite unos determinados valores.
Las anteriores
intervenciones me han hecho recordar lo que fue mi Bachillerato. Yo
estudié en un colegio que no era de Fomento, pero en el que se
aplicaron muchas experiencias también comunes a estos colegios. Y
recuerdo con profundo agradecimiento la constante discusión que se
entablaba con los profesores: una discusión de la que, a veces con
bastante esfuerzo, siempre nacía la luz. Con esto no quiero decir
que el profesor renunciase en ningún momento a su autoridad, la cual
aceptábamos todos, pero en la creencia de que podía ser discutible o
criticable mientras no se nos convenciese de lo contrario.
Generalmente solían convencernos de lo contrario; y, aunque no fuera
así —yo actualmente continúo discrepando de muchas de las actitudes
y planteamientos de mis profesores de entonces—, no he dejado nunca
de apreciar la fórmula y las vías de enseñanza del
colegio.
En cuanto a la tolerancia, coincido en todo lo que
han dicho antes Ignacio Sánchez Cámara y Ricardo Díez-Hochleitner.
Como profesor de universidad, en los últimos años he trabajado en
estrecho contacto con profesores de centros públicos y privados de
Bachillerato y he de decir que la fórmula conocida como
Ideario del centro, decidido discrecionalmente por los
profesores, sobre todo en el ámbito de la enseñanza pública, me
parece en algunos casos tremendamente peligrosa. Uno de esos
peligros se refiere precisamente a la tolerancia, porque cuando se
decide que el valor fundamental de un centro sea precisamente el de
la tolerancia, entendida como el respeto a cualquier opinión ajena,
resulta imposible la transmisión del saber. Así sucede que, si el
profesor comienza su clase diciendo: Kant decía de la paz
que..., el alumno siempre puede decirse a sí mismo: Kant
podía pensar lo que quisiera, pero yo pienso... De modo que este
tipo de contextos excesivamente irenistas o pacifistas no sólo
obstaculizan, sino que llegan a impedir la transmisión del
saber.
La idea de la paz que se podría transmitir en
contextos polémicos de enseñanza sería precisamente una metáfora de
esa misma situación en que se transmite la enseñanza. Quiero decir
con esto que la paz no consiste en eliminar las contradicciones de
intereses o de opiniones; la paz no consiste tampoco en la
desaparición de la figura del enemigo: no podemos convertir la
perspectiva humanista en una especie de angelismo que nos
lleve a hacernos amigos de nuestros enemigos, a que nos caiga
simpático todo el mundo o todas las opiniones, o a renunciar
alegremente a nuestros intereses cediendo en todo ante las
exigencias de los demás. No. Lo que hemos de hacer es integrar al
enemigo en un sistema de negociación de opiniones e intereses que
impida que nos matemos entre nosotros. Ahora bien, sin olvidar que,
si el otro se convierte en una amenaza para mi vida, tengo pleno
derecho a defenderme de él.
Este planteamiento resulta
perfectamente válido en la situación actual de nuestro país con
respecto al terrorismo etarra. Ahora mismo circulan ciertas ideas
ultrairenistas, pacifistas a ultranza, que me parecen terriblemente
confusas, falsas y contradictorias. Hace unos días, tras el
asesinato el sábado pasado del funcionario de prisiones Máximo
Casado, escuché en televisión las declaraciones de uno de sus
colegas en que discrepaba de la advertencia recibida acerca de
llevar siempre encima el arma reglamentaria, ante la imposibilidad
de proporcionar protección a todo el colectivo: una pésima solución,
a su juicio, que les otorgaba licencia para matar, convirtiéndolos a
su vez en asesinos. Esta actitud ultrairenista me parece
terriblemente peligrosa, porque la sociedad tiene que defenderse de
alguna forma: uno no puede quedar inerme ante el enemigo,
especialmente un cuerpo como el de funcionarios de prisiones, que
participa en cierto modo de ese monopolio legítimo de violencia que
ejerce el Estado.
En un poema de una autora contemporánea a
la que aprecio mucho, en el que ésta habla con su hijo recién nacido
tras escuchar en la radio la noticia del asesinato de un amigo suyo,
expresa su deseo de que el día de mañana el niño sea de los que
mueren, y no de los que matan; su deseo de que, si hay que morir,
elija siempre el papel de la víctima. Creo que ni siquiera el
sentido no ya humanista, sino cristiano del amor debe llegar a esos
extremos. El ama a tu prójimo como a ti mismo se traduce como
ámate a ti por lo menos tanto como amas a tu prójimo. Tú eres
el prójimo de tu prójimo. Y, si tu prójimo son todos los demás,
incluidos tus enemigos, puedes ser el enemigo de tu enemigo siendo
éste tu prójimo, incluso en las éticas más radicales. Es cierto que
te incumbe el destino de los demás, que eres responsable de la vida
del otro y que debes responder de ella hasta con tu propia vida.
Pero en esta situación, siempre hay un tercero, que es el otro del
otro, el prójimo del prójimo; estos conflictos de intereses
solamente se pueden resolver mediante ese espléndido fruto del
pensamiento griego que fue la política. La resolución de los
conflictos ha de ser, pues, política y mediante la
palabra.
Se ha dicho que la guerra es la continuación de
la política por otros medios. Por su parte, Foucault, un
filósofo francés frecuentemente invocado por los terroristas y sus
seguidores, invierte el aforismo para afirmar que la política es una
continuación de la guerra por otros medios. Lo cual nos lleva a
pensar que, en situaciones polémicas en que se emplea la palabra en
lugar de las armas, la violencia es una violencia subrogada. En
estas situaciones la tolerancia no es la tolerancia del error del
contrario, porque si estoy convencido de que mi postura es moral y
razonablemente correcta, tengo la obligación de defenderla con la
misma fuerza del imperativo kantiano. Y, si esa postura es correcta
y justa, ha de ser —al menos en teoría— universalizable y hay que
procurar mantenerla mientras no me convenzan de lo contrario, cosa
que también es posible.
En resumen, la educación debe ser
concebida como un contexto capaz de conducir a la paz; capaz de
transmitir cierta idea de la paz sin perder de modo absoluto su
carácter polémico o guerrero.
Muchas gracias.
30º Congreso de FAPACE 2000. Reflexiones para el
ámbito educativo. sc@fomento.edu |