Por Alejandro Llano
Me encontraba, ya hace algunos años, discutiendo
con mis alumnos de Introducción a la Filosofía (primer curso)
acerca del pacifismo como uno de los movimientos emergentes de eso
que entonces me dio por llamar nueva sensibilidad.
Al
hilo de la conversación, uno de los estudiantes insistió en que era
necesario distinguir entre los pacifistas y los
pacíficos. El pacifista —aclaré— es el que pide la paz,
porque él mismo no la tiene; mientras que el pacífico es el que da
paz, precisamente porque la posee.
En esta distinción se
encuentra el núcleo de una educación humanista para una cultura de
la paz. La cuestión de cuándo hay que preferir la guerra a la paz, o
la paz a la guerra es un tema de filosofía política, no de
pedagogía. Me parece que uno de los errores de algunos enfoques
actuales de la educación es pretender que con ella se resuelve todo.
Pero lo que resuelve todo, en realidad no resuelve nada.
Yo
me encuentro entre los que no entienden que la única manera de
salvaguardar la paz sea la carrera de armamentos. Aun aceptando que
hay un uso lícito de la fuerza, y que la doctrina clásica de la
guerra justa es muy sólida, apenas cabe dudar de que —con los
actuales medios destructivos, con el uso bélico de la energía
nuclear— es muy difícil que pueda haber hoy una guerra justa. Pero
el pacifismo radical tiene otros orígenes y otros fines. Busca el
equilibrio por el camino más corto, en la línea de un decadente
ecologismo civil. No suele medir con la misma vara las
agresiones de una y otra procedencia y llega al cinismo de la máxima
antes rojo que muerto (lieber rot als tot). Es un pacifismo
entreguista, que defiende la vida corporal a costa de la dignidad de
la persona humana.
Y es precisamente esta convicción profunda
de la dignidad de la persona humana la que se encuentra en la base
de una educación para la paz de signo humanista. Cuando digo
persona humana, me refiero obviamente a todo individuo de la
especie homo sapiens, incluyendo por supuesto al todavía no
nacido, al moribundo, al discapacitado, al subnormal profundo, al
drogadicto, al negro marginal, a la prostituta, al homosexual, al
marroquí, al hutu y al tutsi, al kosovar y al serbio.
Ésta es
la primera lección del humanismo para la paz: que todas las personas
—sean quienes fueren— gozan de idéntica dignidad ontológica y que
son igualmente merecedoras de respeto, de manera que en ningún caso
pueden ser objeto de malos tratos o de torturas, de prisión
degradante o de pena de muerte; que, como decía el viejo Kant, nunca
deben ser tratadas sólo como medio, sino siempre también como fin.
Claro aparece que esta postura no se puede reducir a una mera
solidaridad intraespecífica, ni encuentra suficiente
fundamento en una concepción materialista del ser humano. Si sólo
somos un sofisticado fragmento de materia, no se ve por qué no
podemos utilizar embriones humanos para investigar en terapia génica
o donar individuos altos, rubios y sin peligro de contraer
cáncer.
En la medida en que esta concepción de la dignidad
humana parece que es hoy minoritaria, podemos decir con Salvador
Giner que vivimos en una inseguridad radical en el más seguro de
los mundos. La nuestra es una sociedad del riesgo, en la
que nuestra vida está amenazada desde dentro, por el terrorismo, por
la ingeniería genética, por la eutanasia, por el SIDA, por las vacas
locas, por el uranio empobrecido, por los accidentes de tráfico o,
en último término, por el peligro de vivir y morir en la más
completa soledad.
Como dice también Salvador Giner, la guerra
ha sido obliterada. Las guerras que conocemos acontecen siempre en
otro sitio, en países desconocidos y pintorescos, que apenas
están en el mapa: en el Sudán, en Birmania, en Eritrea, en el Sáhara
Occidental, en Colombia, en Sri Lanka, en un oscuro pueblo palestino
llamado Ramalla. Lo que nos rodea a nosotros, y lo que está en la
raíz de esas guerras marginales, es la
violencia.
Violencia la ha habido siempre, se dirá.
Pero no es cierto. Como ha señalado Jesús Ballesteros, la violencia
es un fenómeno específicamente moderno, que supone la glorificación
del poder arbitrario, la exaltación del más fuerte, el culto a los
instrumentos de destrucción, el desprecio a la vida humana débil o
ajena.
Y es aquí —en el tema de la violencia— donde se incide
plenamente en el ámbito educativo. No deja de ser patético que se
esté hablando continuamente a los niños de los males de la guerra,
que les resulta más bien lejana, y apenas se les mencione el
inmediato peligro que les rodea de padecer o —peor— cometer
violencia. Violencia que, además, se está gestando ya en el tipo de
educación que casi siempre reciben: una educación utilitarista,
pragmática, emotivista, en la que se ridiculiza todo lo que no
conduzca al éxito social y a prevalecer sobre los demás.
Como
ha señalado Hannah Arendt, la violencia sólo surge cuando toda una
civilización está convencida de que la actividad más alta del hombre
no es la contemplación de la verdad, sino la transformación del
mundo y la influencia en los demás por medio de la técnica. Algo de
eso vislumbró la hija de un amigo mío, cuando dejó de estudiar
marketing y decidió comenzar a estudiar filosofía: yo no
quiero engañar a la gente —dijo—, yo quiero
comprenderla.
El desprecio de las Humanidades, que no es
sólo una desafortunada actitud de los gobiernos que nos han tocado
en suerte, sino de la entera sociedad, esconde una raíz de violencia
difícil de negar. Los más destacados expertos en cultura
audiovisual reconocen el carácter violento de la propia cultura
de la imagen, en la que se basa cada vez más la enseñanza; y admiten
el hecho patente de que la nueva economía surgida de las
tecnologías telemáticas está ahondando el abismo que separa a los
países pobres de los ricos. Sin querer quitar un ápice de utilidad
—incluso educativa— a las nuevas tecnologías multimedia, me
parece lamentable que una de las conclusiones de la Cumbre del
Milenio, que reunió hace poco en Nueva York a los mandatarios de
los países más poderosos de la Tierra, haya sido, entre otras
trivialidades que no van a cumplir, el conectar a Internet a todas
las escuelas del Tercer Mundo. Lo que no han dicho es dónde piensan
enchufar el modem y qué van a dar de comer a los niños y
niñas entre web y web.
La educación para la paz
—como contrapuesta no sólo a la guerra, sino también y sobre todo a
la violencia— implica el cultivo de las Humanidades en su más amplio
y universal sentido: las lenguas clásicas, la literatura universal,
la historia universal, la filosofía, el arte en todas sus
manifestaciones, la poética, la retórica, el aprendizaje de un modo
de dialogar sosegado y razonable. Según dice también Hannah Arendt,
la acción política, hasta donde permanece al margen de la violencia,
está realizada con palabras, es más, consiste en encontrar las
palabras oportunas en el momento oportuno. Sólo la pura violencia es
muda, razón por la cual nunca puede ser grande.
Según informa
el semanal Die Zeit del pasado 12 de octubre, recientes
estudios especializados en Alemania demuestran que se está
produciendo un crecimiento en los trastornos lingüísticos entre los
niños de pre-escolar y primaria. En una investigación de la
Universidad de Mainz, se cifra este aumento de discapacitación
verbal en un 25% durante los años noventa. La causa a la que estas
indagaciones apuntan es siempre la escalada de horas que los niños y
niñas dedican a ver la televisión, medio de notoria pobreza
comunicativa. Los niños no se ejercitan en hablar, y no tienen a
nadie que los corrija —dice uno de los especialistas. Y otro
estudio de la Universidad de Friburgo de Brisgovia demuestra que los
niños que ven más de tres horas diarias de televisión hablan menos,
sacan peores notas en lengua alemana y son emotivamente más abúlicos
que sus compañeros que ven menos televisión. Y, por supuesto, los
pequeños personajes japoneses o americanos que protagonizan buena
parte de la programación infantil apenas hablan. Son violentos: sólo
repiten balbuceos que constituyen, a su vez, los sonidos más
repetidos por los niños en las guarderías; y, por cierto, destruyen
todo lo que se les pone por delante. Pero de esto casi nadie se
atreve a hablar, porque por medio está el valor más intocable de
todos: la publicidad.
Cuando hablo de formación humanística,
no estoy pensando en una enseñanza erudita e ilustrada, en el mal
sentido de la palabra, sino en una educación profundamente humana,
que considere al hombre, a la mujer, al niño y al anciano, no en una
presunta grandeza cuyo ilusorio cultivo conduce a la pedantería y a
la arrogancia; estoy pensando en una aproximación cuidadosa y serena
a la variedad y variación de las personas humanas, en las que
siempre se entrevera una vocación sublime y una profunda
miseria.
Como ha mostrado Roberto Calasso en su lúcido libro
La ruina de Kasch, el olvido del dolor y del sacrificio en la
efectividad de la vida humana ha conducido a la conversión de toda
la realidad social en una inmensa máquina ordenada a un metabolismo
industrial y comercial que no respeta ningún valor moral, y consagra
la universalidad del sacrificio. Nos hemos olvidado —y es preciso
que esté presente en todos los niveles de la educación— de que la
persona humana es una realidad esencialmente dependiente de los
demás. Por ello no sólo hemos de cultivar las cualidades típicas de
la autarquía ilustrada —la fuerza, la autenticidad, la
impasibilidad, la autosuficiencia, la creatividad, la
competitividad— sino también y sobre todo las que MacIntyre llama en
su último libro virtudes de la dependencia reconocida: el
cuidado, la atención a los más débiles, la misericordia, la piedad,
la ayuda a los minusválidos, el agradecimiento, la humildad, la
solidaridad callada, la comprensión, la paciencia.
Este sería
el verdadero pensamiento débil, que paradójicamente estaría
reñido con el relativismo cultural y ético. Creer que la violencia
se evita admitiendo que todas las posturas valen más o menos lo
mismo, para evitar cualquier actitud dogmática, equivale a mantener
que ninguna actitud vale, en el fondo, nada. Y, por lo tanto, que
—en último término— todo está permitido, siempre que se produzcan
determinadas circunstancias. Pues bien, este relativismo escéptico
es el verdadero caldo de cultivo de la violencia. Si todo vale, es
decir, si nada vale, el que tiene razón es el que más fuerza tiene.
Y en la mesa de negociaciones se lleva el gato al agua quien pone la
pistola parabellum encima del tapete. La libertad sólo es
posible si se admite el amplío campo de lo opinable. Pero lo
opinable sólo se puede reconocer si algo —unas pocas convicciones o
principios, al menos— no es opinable sino categórico. Si no hay un
humanismo cívico, si no existe una ética pública, si todo es
política, entonces hemos de estar preparados para cualquier
amenaza, para cualquier atropello, para cualquier forma de extorsión
o de violencia.
Evidentemente, la educación no es lo mismo
que la política, ni desde la educación se resuelven todos los
problemas de la convivencia pública. La educación no tiene la última
palabra. Sólo tiene la primera.
30º Congreso de FAPACE 2000. Reflexiones para el
ámbito educativo. sc@fomento.edu |