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UNA ETAPA DE UN CAMINO (Jorge Mario Cabrera)

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Edith Stein, santa Teresa Benedicta de la Cruz

 

Edith Stein.
Una etapa de un camino y sus temas.

 

¿La mujer o el segundo sexo?

Dos propuestas de educación según

EDITH STEIN y SIMONE DE BEAUVOIR

de JORGE MARIO CABRERA

 

Edith Stein. Una etapa de un camino y sus temas.

Apuntes al margen del período 1921-1933.

 

 

Al hablar de Edith Stein pensamos en ella como mujer, judía, filósofa, religiosa, mártir y santa. Un panorama que ofrece un horizonte tan impresionante que Juan Pablo II no duda en llamarla “síntesis de nuestro siglo” en su homilía de la eucaristía de beatificación en Colonia.

 

Ante la figura de esta singular mujer hay muchas posibles vías de reacción y de reflexión. Hoy y en plan de hacer ver algo del todo, quisiera aquí fijarme de modo particular en una etapa de la vida de nuestra santa. En concreto, el período que va de la conversión suya acaecida en 1921 hasta su ingreso en el Carmelo –excluyendo los pormenores del hecho en sí mismo- ocurrido en 1933. Vamos pues, paso a paso.

 

1. Aquel 1 de enero de 1922.

 

En Edith Stein no se da una conversión repentina. Es un proceso que no se asimila al de San Pablo ni al de los hermanos Ratisbona ni tampoco al de André Frossard. Nos parece más asimilable al camino largo y tortuoso por el que camino San Agustín o Jacques y Raissa Maritain. E. Stein al referirse a su experiencia de aproximación a Dios decía secretum meum mihi[i], aunque algo de su iter se conoce a partir de sus cartas a Roman Ingarten su cercano amigo.

 

Hay momentos decisivos que en su camino hacia su bautismo la marcarán ampliamente. Primero, todo cuanto se da a raíz de la muerte de Adolf Reinach. La reacción de Anna, su esposa, ante la muerte de su ser querido impresiona a Edith y le hará escribir: “este fue mi primer encuentro con la Cruz y con la fuerza divina que transmite a los que la llevan... Fue el momento en que mi increencia se rompió y resplandeció Cristo. Cristo en el misterio de la Cruz...”[ii]. Reflexiones que hablan por sí mismas, pero que se producen cuatro años antes de su paso definitivo.

 

Otro momento fundamental lo constituye un hecho que presencia en 1916. Está de visita en la catedral de Frankfurt y allí llega también una mujer con una cesta repleta de sus compras. Ella dirá: “esto fue para mí algo completamente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que he frecuentado los creyentes acuden a los oficios religiosos. Aquí, sin embargo, una persona entró en la Iglesia desierta, como si fuera a conversar en la intimidad. No he podido olvidar lo ocurrido”[iii].

 

Mas la hora decisiva sonará más adelante. La filósofa no se deja dominar por esos estímulos iniciales. En lucha interior muy fuerte pasará cuatro años más. Poco a poco se pone ante el abismo, en al límite. Muchos criterios mantenidos por ella a lo largo de un prolongado tiempo se tambalean y la verdad que ha buscado toda su vida comienza a aparecer, ella seguirá avanzando y madurando con conciencia clara de sus propios límites[iv].

 

Así llegamos a finales de junio de 1921. Una noche de verano, cuando Edith está sola en casa de sus amigos , el matrimonio de Theodor y Hedwig Conrad-Martius. Había llegado a ese hogar de convertidos al cristianismo, aunque de tradición luterana, con una fuerte crisis sobre sus espaldas. Aquel día los amigos estaban fuera y así Edith toma de la biblioteca un libro. Lo empieza y luego ya no le es posible detenerse.

 

Al acabar aquella autobiografía de Teresa de Jesús nuestra autora es otra. En confidencia a Anna Reinach dirá: “empecé a leer, y fui cautivada inmediatamente, sin poder dejar de leer hasta el fin. Cuando cerré el libro, me dije: Esta es la verdad”[v].

 

A partir de aquí todo se precipita. Su adquisición del catecismo, luego de un misal y la conversación con el párroco Breitling. Recibió el bautismo el 1 de enero de 1922, sin compañía familiar –que nos había recibido nada bien la decisión de Edith- y en la fiesta –según el anterior calendario litúrgico católico- de la Circuncisión del Señor, una fiesta cargada de reminiscencias judías para la ahora prosélita. Un mes después recibiría la confirmación en la capilla de la residencia del obispo de Spira, Mons. L. Sebastian.

 

Es importante hacer notar que la conversión no significó para Edith una ruptura con lo judío. Juan Pablo II lo dirá así en su homilía durante la beatificación: “la recepción del bautismo no significó para Edith Stein de ningún modo la ruptura con su pueblo judío. Todo lo contrario: ella misma afirma ‘yo había dejado de practicar mi religión judía cuando era una jovencita de 14 años y sólo después de mi vuelta a Dios volví a sentirme judía’”[vi].

 

2. Un nuevo camino.

 

En 1922 traslada su residencia de Freiburg a Spira. Allí se dedicará a la enseñanza de Lengua y Literatura alemana hasta 1931. Laborará en el Colegio Santa Magdalena de las Dominicas donde permanece hasta 1931, cuando decida dedicarse de lleno a la investigación y a la labor de conferenciante que en su momento asumirá.

 

Es aquí cuando se producen dos hechos relevantes: a partir de 1928 traba contacto con los monjes de Beuron y comienza a acercarse al pensamiento de Santo Tomás. Este hecho hace que nuestra joven doctora perciba nuevas fuentes de las que quiere beber. Empieza con la traducción al alemán de De veritate y en sus notas cita ya con frecuencia obras como De ente et essentia y por supuesto la Summa Theologiae. Recurre a J. Gredt y su Elementa philosophiae Aristotélico-Thomistae de 1929, una de las mejores obras interpretativas del Aquinate de aquel momento, junto a las obras de los también comentaristas Manser y Roland-Gosselin.

 

¿Las razones de este interés por el tomismo? Se puede mirar en dos direcciones: las recomendaciones del P. Przywara sj., su director espiritual, como camino útil para asimilar el cristianismo mejor. Y por otra parte, su propio “deseo inevitable de examinar los fundamentos intelectuales del mundo católico”[vii].

 

Pero E. Stein debía pasar un verdadero océano. El paso no sería nada fácil. Sólo paulatinamente cedió Hüsserl su puesto a Santo Tomás en el pensamiento de E. Stein, aunque es importante tener presente que nuestra santa no dejó de ser fenomenóloga por el hecho de su conversión y de acercarse al santo de Aquino. Así lo hace ver John Nota en un estudio suyo reciente y en el que hace ver los rasgos de una fenomenóloga que nunca dejó en realidad de serlo, incluso y a pesar de sus choques frecuentes con el último Hüsserl[viii].

 

Un tema vital se abre paso.

En E. Stein, poco a poco, se reconoce una intelectual de altas cumbres. Ya a finales de los años veinte es invitada frecuente para asistir como ponente en diversos encuentros a lo largo y ancho de las grandes capitales europeas. Temas filosóficos, pedagógicos y teológicos serán abordados con brillantez por nuestra autora. Y muy pronto brillará su condición de feminista que asumirá posiciones a partir de lo que ella misma pasaba: mirar hoy y mañana también cómo las puertas y las cátedras se le cerraban por su doble condición de mujer y judía.

 

Luego de 1921 E. Stein supo dar cauce inteligente y prudente a sus inquietudes antidiscriminatorias. Aborda repetidamente –como lo podemos mirar en la obra que hoy se presenta- el tema del papel de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, haciéndolo desde su situación de mujer madura, libre de traumas graves infantiles y juveniles y, sobre todo, muy consciente de su identidad. Supo, incluso, abordar temas fuertes en su momento. Por ejemplo, con sus alumnas de Spira abordaría la cuestión decisiva de la mujer y en la Semana Universitaria de Salzburg (1930) la ética del quehacer profesional femenino y los rasgos de la psicología femenina.

 

Edith da pruebas de su compromiso en la promoción de la condición femenina de su tiempo e incluso se incorporará a la Unión Católica de Profesoras de Baviera y a la de Jóvenes Profesoras. Un matiz que se mantendrá en Edith e incluso se profundizará luego de su ingreso al Carmelo en 1933.

 

Mujer de amplias miras.

La reflexión acerca de la mujer parte en E. Stein del relato de la creación y destaca de él la creación del hombre y de la mujer como imagen y semejanza de Dios. Nunca llega a obviar lo que hay de diverso entre uno y otro sexo, y siempre aparece teniendo claro hasta qué punto ambos gozan de igualdad de dignidad.

 

Su análisis, más filosófico-antropológico y teológico, que sociológico, subraya dos características de la psicología femenina: la entrega personal de la que es capaz en su colaboración con el hombre y su maternidad.

 

En cuanto compañera de camino del hombre, la mujer participa de todo lo que le afecta ya sea grande o pequeño. Le acompaña amorosamente en su camino, para lo cual le capacita su gran capacidad empática y de entrega generosa. Una posición positiva en la que no hay rasgos del dramatismo que se notará en otros enfoques que, cercanos o contemporáneos a Edith Stein, ya comenzaban a aparecer como preludio del movimiento feminista futuro.

 

¿Y con respecto al tema de la maternidad? E. Stein, enfrentada a toda posición negadora de la maternidad como vocación, mira en ella una realidad orientadora y decisiva. La tendencia femenina “a la maternidad la lleva hacia todo lo que es vivo y personal y a un tipo de conocimiento más concreto y contemplativo”[ix].

 

Otros temas en torno a lo femenino son abordados por nuestra autora y siguiendo a F. Ochayta[x] los podríamos abreviar así para nuestros efectos sintetizadores:

 

desde la Sagrada Escritura se concluye una clara igualdad entre los sexos –ni batalla ni lo Otro- con respecto al tema de su dignidad, a la vez que afirma su complementariedad y diferenciación;

en cuanto a lo vocacional, afirmará que, si bien la mujer podría en abstracto ejercer cualquier profesión, hay algunas que en concreto corresponden mejor a su forma peculiar de ser;

describe al hombre como luchador, fuerte y directivo; a la mujer la mira con aptitudes para guardar, proteger, fomentar el desarrollo de lo que emprende, con facilidad para valorar lo concreto, lo individual y lo personal;

sin querer limitar las posibilidades de desarrollo femenino –lo niega de hecho con su vida- E. Stein habla de una vocación primera de la mujer a la maternidad, ella está llamada a ser corazón del hogar;

las distorsiones en medio de la relación entre los sexos, visto todo desde una antropología teológica bien lograda, se originan en el pecado original del que habla la teología católica; de aquí que se haga evidente y urgente una liberación que no destruya los valores femeninos ni los masculinice;

en Santa María mira nuestra autora el arquetipo de toda mujer y así ha de ser vista por quienes viven su vida como profesionales, administradoras del hogar o mujeres consagradas en medio de la vida del claustro;

la mejor educación de la mujer es la que desarrolla en ella su ser femenino, es preferible a aquella que insiste en igualarla al varón a costa de hacerla renunciar a lo que le es propio;

insiste en una participación intensa de la mujer en la vida de la Iglesia: “parece que hoy (Dios) llama a mujeres, en número particularmente grande a asumir tareas especiales en su Iglesia”[xi].

Un enfoque de la mujer y de lo femenino que ofrece luces y abre espacios. Aclara y profundiza la vocación femenina vista de modo integral[xii], esto es, capaz de asumir valores humanos y religiosos, éticos y cristianos, personales y comunitarios. Es presentar eso que hoy se llama “genio femenino”[1][xiii] y que, en la más sana de las perspectivas cristianas, siempre ha de estar en desarrollo, dado que estará siempre en la vía de una meta que sólo está en Cristo mismo: la plenitud. Todo lo demás serán visiones parciales, los lectores del libro de Don Jorge Mario tienen material de sobre para juzgar. Gracias.

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(*) Pbro. Mauricio Víquez Lizano, MSc.

 

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[i] Citado por F. Ochayta en Vida Nueva (1998) 2154, p.26.

[ii] Idem.

[iii] E Stein, Estrellas amarillas, Edirtorial de Espiritualidad, Madrid, 1973, p.318.

[iv] Cf. García, E., Edith Stein: conversión y vida cristiana, Revista de Espiritualidad (1987) 46, p. 217ss.

[v] Citado por A, López Q., Cuatro filósofos en busca de Dios, Rialp., Madrid, 1990, p.140.

[vi] Citado por M. Esparza, El pensamiento de Edith Stein, EUNSA, Pamplona, 1998, p.49 s.

[vii] Idem, p.51. Puede mirarse la visión panorámica que ofrece J. Sancho, en Edith Stein, pensamiento y paisaje, Monte Carmelo, Burgos, 1998, p. 86-107.

[viii] El artículo aparece en la Revista Human Studies y hace la cita M. Esparza, op. cit., p.52.

[ix] Maccise, C., Chalmers, J., Perder para ganar, Edith Stein, , n.8, en http://anas.worldline.es/hna.olga/home.htm

[x] En Edith Stein, nuestra hermana, Edit. Monte Carmelo, Burgos, 1999, p.65-79.

[xi] Citado por E. García, Edith Stein y la mujer, en Revista de Espiritualidad (1991) 50, p.395.

[xii] Sobre esta idea de la integralidad, vale la pena mirar C. García, Edith Stein, una espiritualidad de frontera, Edit. Monte Carmelo, Burgos, 1998, p. 57-103.

[xiii] Juan Pablo II ofrece una visión de la mujer en esta clave a lo largo de su carta apostólica Mulieris Dignitatem, sobre todo, se pueden mirar los nn. 5.29.31.

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Editorial PROMESA

Promotora de Medios de Comunicación S.A.

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Tel.: 283-3033, Fax: 225-1286.

 

Presentación, 7 marzo 02

 

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Enviado por Promesa - 10/08/2006 ir arriba
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