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LA LIBERTAD INTERIOR (Jacques Philippe)

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LA LIBERTAD INTERIOR

Con el estilo sencillo y concreto propio de Jacques Philippe, esta valiosa obra que ayudará a cada cristiano a descubrir que, incluso en las circunstancias externas más adversas, dispone en su interior de un espacio de libertad que nadie puede arrebatarle, porque es en Dios donde encuentra su origen y su aval.

De Jacques Philippe (*)



1. LIBERTAD Y ACEPTACIÓN


1. LA CONQUISTA DE LA LIBERTAD


La noción de libertad puede considerarse un lugar de encuentro privilegiado entre la cultura moderna y el cristianismo. De hecho, este último se presenta como un mensaje de libertad y liberación. Para convencerse de ello, basta con abrir el Nuevo Testamento, donde los términos «libre», «libertad» y «liberar» se utilizan con frecuencia: La verdad os hará libres , dice Jesús en el Evangelio de San Juan 1; y San Pablo afirma: Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad 2; y en otro momento: Con esta libertad nos liberó Cristo 3. Santiago llama a la ley cristiana la Ley de la libertad 4. Queda, pues, por descubrir cuál es la verdadera naturaleza de esa libertad e intentar comprenderla.

Por lo que concierne a la cultura moderna, desde hace algunos siglos ésta ha estado marcada -como cualquiera puede constatar de modo evidente- por un poderoso anhelo de libertad. Sin embargo, somos testigos de cómo la noción de libertad se ha cargado de ambigüedad y ha conducido a errores motivo de terribles alienaciones y causa de la muerte de millones de personas. Por desgracia, el siglo XX es buen ejemplo de ello. Sin embargo, el deseo de libertad continúa manifestándose en todos los campos: social, político, económico o psicológico. Seguramente se habla tanto de él porque, a pesar de todos los «progresos» realizados, sigue siendo un deseo insatisfecho...

En el plano moral, da la impresión de que el único valor que todavía suscita cierta unanimidad en este inicio del tercer milenio es el de la libertad. Todo el mundo está más o menos de acuerdo en que el respeto a la libertad de los demás constituye un principio ético fundamental: algo más teórico que real (el liberalismo occidental es, a su manera, cada vez más totalitario). Quizá no se trate más que de una manifestación de ese egocentrismo endémico al que ha llegado el hombre moderno, para quien el respeto de la libertad de cada uno constituye menos el reconocimiento de una exigencia ética que una reivindicación individual: ¡que nadie se permita impedirrne que haga lo que quiera!

Libertad y felicidad

No obstante, hay que señalar que esta poderosa aspiráción de libertad en el hombre contemporáneo, aun cuando contenga buena parte de engaño y a veces se lleve a cabo por caminos erróneos, siempre conserva algo de recto y noble.

En efecto, el hombre no ha sido creado para ser esclavo, sino para dominar la Creación. Así lo dice el Génesis explícitamente. Nadie ha sido hecho para llevar una vida apagada, estrecha o constreñida a un espacio reducido, sino para vivir «a sus anchas». Por el simple hecho de haber sido creado a imagen de Dios, los espacios limitados le resultan insoportables y guarda en su interior una necesidad irreprimible de absoluto e infinito. Ahí reside su grandeza y, en ocasiones, su desgracia.

Por otro lado, el ser humano manifiesta tan gran ansia de libertad porque su aspiración fundamental es la aspiración a la felicidad, y porque comprende que no existe felicidad sin amor, ni amor sin libertad: y así es exactamente. El hombre ha sido creado por amor y para amar, y sólo puede hallar la felicidad amando y siendo amado. Como dice Santa Catalina de Siena 5, el hombre no sabría vivir sin amor. El problema es que a veces ama al revés; se ama egoístamente a sí mismo y termina sintiéndose frustrado, porque sólo un amor auténtico es capaz de colmarlo.

Si es cierto que sólo el amor puede colmarlo, también lo es que no existe amor sin libertad: un amor que proceda de la coacción, del interés o de la simple satisfacción de una necesidad no merece ser llamado amor. El amor no se cobra ni se compra. El verdadero amor, y por lo tanto el amor dichoso, sólo existe entre personas que disponen libremente de ellas mismas para entregarse al otro.

Así es como se entiende la extraordinaria importancia de la libertad, que proporciona su valor al amor; y el amor constituye la condición para la felicidad. Es sin duda la intuición -incluso vaga- de esta verdad la que hace al hombre estimar la libertad, y nadie puede convencerlo de lo contrario.

Pero ¿cómo acceder a esta libertad que permite el desarrollo del amor? Para ayudar a quienes desean alcanzar este fin, comenzaremos por recordar algunos errores bastante extendidos, a los cuales ninguno somos completamente ajenos, pero de los que es preciso huir con objeto de gozar de la auténtica libertad.

La libertad: ¿reivindicación de autonomia o reconocimiento de dependencia?

Si -como ya hemos comentado- la libertad parece constituir un dominio común del cristianismo y la cultura moderna, quizá es también el punto en el que discrepan de forma más radical. Para el hombre moderno ser libre a menudo significa poder desembarazarse de toda atadura y autoridad: «Ni Dios ni amo». En el cristianismo, por el contrario, la libertad sólo se puede hallar mediante la sumisión a Dios, esa obediencia de la fe de que habla San Pablo 6. La auténtica libertad es menos una conquista del hombre que un don gratuito de Dios, un fruto del Espíritu Santo recibido en la medida en que nos situemos en una amorosa dependencia frente a nuestro Creador y Salvador. Es aquí donde se pone más plenamente de manifiesto la paradoja evangélica: Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará 7. O, dicho de otro modo: quien quiera a toda costa preservar y defender la libertad la perderá; pero quien acepte «perderla» devolviéndola confiadamente a las manos de Dios, la salvará. Le será restituida infinitamente más hermosa y profunda, como un regalo maravilloso de la ternura divina. Más adelante veremos cómo nuestra libertad es proporcional al amor y a la confianza filial que nos unen a nuestro Padre del cielo.

Para alentarnos contamos con el ejemplo vivo de los santos, que se han entregado a Dios sin reservas, no deseando hacer más que Su voluntad, y que en recompensa han ido recibiendo progresivamente el sentimiento de gozar de una inmensa libertad que nada en este mundo puede arrebatarles, y en consecuencia una intensa felicidad. ¿Cómo es esto posible? Intentaremos comprenderlo poco a poco.

¿Libertad exterior o interior?

Otro error fundamental relativo a la noción de libertad es considerar esta última como una realidad exterior dependiente de las circunstancias, y no una realidad ante todo interior 8. En este terreno, como en tantos otros, revivimos el drama experimentado por San Agustín: «Tú estabas dentro de mí y yo fuera. Y fuera te andaba buscando» 9.

Nos explicaremos. Con mucha frecuencia tenemos la impresión de que lo que limita nuestra libertad son las circunstancias que nos rodean: las normas impuestas por la sociedad, las obligaciones de todo tipo que los demás hacen recaer sobre nosotros, tal o cual limitación que disminuye nuestras posibilidades físicas, nuestra salud, etc. Por lo tanto, para hallar nuestra libertad sería preciso eliminar todas estas ataduras y obstáculos. Cuando nos sentimos prácticamente «asfixiados» por las circunstancias que nos rodean, nos volvemos en contra de las instituciones o de las personas que son aparentemente su causa. ¡Cuánto resentimiento hemos alimentado en nuestra vida contra todo lo que no es de nuestro agrado y nos impide ser lo libres que desearíamos!

Este modo de ver las cosas encierra cierta parte de verdad: a veces hay limitaciones que es preciso remediar, barreras que hay que salvar para conquistar la libertad. Pero contiene también buena parte de engaño que deberíamos desenmascarar, so pena de no gustar jamás de la verdadera libertad. Incluso aunque desapareciera de nuestras vidas todo cuanto creemos que se opone a nuestra libertad, no existiría garantía de acabar consiguiendo esa plena libertad a la que aspiramos.
Cuando superamos unos límites, siempre aparecen otros detrás. De ahí el riesgo -en caso de detenerse en la situación descrita- de encontrarse inmerso en un proceso sin fin, en una permanente insatisfacción. Nunca dejaremos de tropezar con obstáculos dolorosos. De algunos de ellos podremos librarnos, pero sólo para toparnos con otros más firmes: las leyes de la física, los límites de la naturaleza humana o los de la vida en sociedad...

¿Liberación o suicidio?

El deseo de libertad que habita en el corazón del hombre contemporáneo a menudo se traduce en un intento desesperado de traspasar los límites dentro de los cuales se siente como encerrado. Siempre queremos ir más lejos, más deprisa; queremos aumentar nuestro poder de transformar la realidad. Y esto es así en todos los aspectos de la existencia. Creemos que seremos más libres cuando los «progresos» de la biología nos permitan elegir el sexo de nuestros hijos. Pensamos que encontraremos la libertad intentando llegar más allá de nuestras posibilidades. No contentos con practicar el alpinismo «normal», nos lanzamos al alpinismo «de riesgo», hasta el día en que vamos demasiado lejos y la emocionante aventura se ve truncada por una caída mortal. Esta faceta suicida de algunas búsquedas de libertad aparece evocada de modo significativo en la última escena de la película Le grand Bleu, cuyo protagonista, fascinado por la soltura y la libertad con que se mueven los delfines en el fondo del océano, acaba yendo tras ellos. La película, no obstante, omite lo evidente, y es que, actuando de esta forma, el héroe se condena a una muerte segura.

¡Cuántos jóvenes desaparecidos por el exceso de velocidad o por sobredosis de heroína!; ¡por un anhelo de libertad que no ha sabido hallar el auténtico modo de hacerse realidad! ¿No se convierte entonces en un sueño al que vale más renunciar a cambio de una vida apagada y mediocre?

¡Claro que no! Pero es necesario descubrir dentro de uno mismo y en la intimidad con Dios la libertad verdadera.

«Os apocáis en vuestros corazones»

Para lograr comprender cuál es la naturaleza de este espacio de libertad interior que cada uno alberga dentro de sí y que nadie le puede arrebatar, querría aludir a una experiencia propia relacionada con Santa Teresita del Niño Jesús que me ha servido de mucha ayuda.

Hace ya muchos años que Teresa de Lisieux es para mí una buena amiga, en cuya escuela de sencillez y confianza evangélica he aprendido muchas cosas. Hará unos dos años, en una de las primeras ocasiones en que, a petición de otra ciudad (me parece recordar que se trataba de Marsella), sus reliquias salieron del Carmelo, yo me encontraba en Lisieux. Las carmelitas habían acudido a los hermanos de la Comunidad des Béatitudes para que las ayudaran a trasladar el pesado y precioso relicario hasta el automóvil que debía conducirlo a su destino. Tan grata misión, a la que me presté voluntario, me brindó la inesperada oportunidad de entrar en la clausura de las Carmelitas de Lisieux y contemplar gozoso y emocionado los mismos lugares que habitó Santa Teresita: la enfermería, el claustro, la lavandería, el jardín del Carmelo con su avenida de castaños...; sitios todos ellos que yo había conocido a través de los recuerdos evocados por nuestra santa en sus Manuscritos autobiográficos . Para mí lo más sorprendente fue encontrar todo aquello mucho más pequeño de lo que me había imaginado. Así, por ejemplo, hacia el final de su vida Teresa recuerda divertida las parrafadas que intercambiaba con las hermanas cuando éstas pasaban camino de la siega hacia un prado que, en realidad, no es más grande que un pañuelo de bolsillo.

Este hecho anodino -la estrechez de los lugares donde vivió Teresita- me hizo reflexionar mucho y darme cuenta de hasta qué punto la vida de la santa transcurrió en un mundo humanamente muy reducido: un pequeño Carmelo provinciano de vulgar arquitectura, un jardín minúsculo, una pequeña comunidad compuesta por religiosas cuya educación, cultura y costumbres serían seguramente básicas, un clima en el cual el sol suele brillar por su ausencia...¡Y tan corto espacio de tiempo -diez años- vivido en ese convento! Y, sin embargo -y esto es lo sorprendente-, cuando se leen los escritos de Santa Teresita, la impresión que queda no es en absoluto la de una vida pasada en un mundo estrecho, sino muy al contrario. Salvando ciertas limitaciones de estilo, emana de su modo de expresarse y de su sensibilidad espiritual una maravillosa sensación de amplitud, de expansión. Teresa vive inmersa en grandes horizontes: los de la misericordia infinita de Dios y su ilimitado deseo de amor. Se siente como una reina con el mundo a sus pies, porque todo lo puede conseguir de Dios y, a través del amor, llegar a cualquier punto del universo en el que un misionero necesite de su oración y su sacrificio.

Se podría elaborar todo un estudio filológico acerca de la importancia de los términos con que Teresa expresa la ilimitada dimensión del universo espiritual en el que se mueve: «horizontes sin fin», «inmensos deseos», «océanos de gracias», «abismos de amor», «torrentes de misericordia» y muchos más. En concreto, el manuscrito B, que recoge el relato del descubrimiento de su vocación al corazón de la Iglesia, es muy revelador. Sin duda, Teresa padeció también el sufrimiento y la monotonía del sacrificio; pero todo se vio superado y transformado por la intensidad de su vida interior.

¿Por qué el mundo de Teresa, humanamente tan pequeño y pobre, produce esa impresión de amplitud? ¿De dónde esa sensación de libertad obtenida del relato de su vida en el Carmelo?

Muy, sencillo: es que Teresa ama intensamente.
Está abrasada de amor a Dios, de caridad hacia sus hermanas; y carga con la Iglesia y con el mundo entero con la ternura de una madre. Este es su secreto: el pequeño convento no la oprime porque ama. El amor todo lo transforma y da un toque de infinitud a las cosas más vulgares. Todos los santos han vivido la misma experiencia: «El amor es un misterio que transforma cuanto toca en algo bello y agradable a Dios. El amor de Dios hace libre al alma. Es como una reina que no conoce la opresión de la esclavitud», exclama Santa Faustina Kowalska en su diario espiritual 10.

Reflexionando sobre todo esto, acude a mi memoria la frase que San Pablo dirige a los cristianos de Corinto: « No os apocáis en nosotros, sino que os apocáis en vuestros corazones » 11. A menudo nos sentimos agobiados por nuestra situación, por nuestra familia o nuestro entorno. No obstante, quizá el problema resida fuera: ciertamente, es en nuestros corazones donde nos angustiamos, en ellos está el origen de nuestra falta de libertad. Si amáramos más, el amor daría una dimensión infinita a nuestras vidas y nunca volveríamos a sentimos oprimidos.

Con esto no quiero decir que no existan a veces circunstancias objetivas que transformar, situaciones difíciles o agobiantes que es preciso superar para que el corazón experimente una auténtica libertad interior. Pero creo también que con frecuencia vivimos engañados y echamos la culpa a lo que nos rodea cuando el problema reside más allá. Nuestra falta de libertad proviene de nuestra falta de amor: nos creemos víctimas de un contexto poco favorable cuando el problema real (y con él su solución) se encuentra dentro de nosotros. Es nuestro corazón el prisionero de su egoísmo o de sus miedos; es él el que debe cambiar y aprender a amar dejándose transformar por el Espíritu Santo. He aquí el único modo de escapar de ese sentimiento de angustia en el que nos encerramos. Quien no sabe amar, siempre se sentirá en desventaja, todo le agobiará; quien sabe amar, no se creerá encerrado en ningún sitio. Esto es lo que me ha enseñado Santa Teresita. Y me ha hecho comprender también otra cosa importante que desarrollaremos un poco más adelante: nuestra incapacidad para amar proviene muchas veces de nuestra falta de fe y de esperanza.

Un testimonio de nuestro tiempo: Etty Hillesum

Me gustaría mencionar brevemente otro testimonio más reciente de libertad interior; un testimonio muy diferente -y a la vez muy cercano- del de Santa Teresita del Niño Jesús, y que causó en mí una fuerte impresión. Se trata de Etty Hillesum, una joven judía muerta en Auschwitz en septiembre de 1942, cuyo diario fue publicado en 1981 12. La «historia de su alma» se desarrolla en Holanda durante la época en que se intensifica la persecución nazi contra los judíos. Gracias a un amigo psicólogo, judío también, Etty -sin llegar a ser nunca explícitamente cristiana- descubre los valores del cristianismo: la oración, la presencia de Dios en su interior, la invitación evangélica a abandonarse confiadamente en la Providencia. Es conmovedor comprobar cómo esta joven, afectivamente muy frágil, pero animada por una fuerte exigencia de coherencia consigo misma, se entrega a vivir estos valores y, al tiempo que le son progresivamente arrebatadas todas sus libertades externas, descubre dentro de sí una felicidad y una libertad interior que en adelante nadie le podrá arrancar. Aunque luego tendremos ocasión de citar algunos pasajes de sus escritos, veamos uno de ellos especialmente esclarecedor sobre su experiencia espiritual. 

«Esta mañana, paseando en bicicleta por el Stadionkade, he disfrutado del amplio horizonte que se descubre desde los alrededores de la ciudad, mientras respiraba el aire fresco, que todavía no nos han racionado. Por todas partes se ven carteles en los que se prohíbe a los judíos transitar por los senderos que conducen al campo. Pero, por encima de ese poquito de carretera que nos queda permitido, se extiende el cielo entero. No pueden nada contra nosotros; absolutamente nada. Pueden hacemos la vida muy dura, pueden despojarnos de algunos bienes materiales, pueden quitamos la libertad exterior de movimientos...; pero es nuestra lamentable actitud psicológica la que nos despoja de nuestras mejores fuerzas: la actitud de sentirnos perseguidos, humillados, oprimidos; la de dejarnos llevar por el rencor; la de envalentonarnos para ocultar nuestro miedo. Tenemos todo el derecho de estar de vez en cuando tristes y abatidos, porque nos hacen sufrir: es humano y comprensible. Y; sin embargo, la auténtica expoliación nos la infligimos nosotros. La vida me parece tan hermosa... y me siento libre. Dentro de mí el cielo se despliega tan grande como el fIrmamento. Creo en Dios y creo en el hombre, y me atrevo a decirlo sin falsa vergüenza (...) Soy una mujer feliz y ¡sí!, me vuelco en alabanzas a esta vida en el año del Señor (hoy y siempre del Señor) 1942... ¿qué año es de la guerra?» 13.

La libertad interior: libertad de creer, de esperar, de amar

La idea que me gustaría desarrollar ahora, en la misma línea de la experiencia vivida por Santa Teresita y por Etty, es la siguiente: la verdadera libertad, esa libertad soberana del creyente, consiste en que éste, en cualquier circunstancia y gracias a la asistencia del Espíritu Santo, que « ayuda nuestra debilidad » 14, cuenta con la posibilidad de creer, de esperar y de amar. Nadie se lo podrá impedir jamás. « Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni criatura alguna podrá separamos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro » 15.
Nadie en el mundo podrá prohibirme jamás que crea en Dios, que ponga en Él toda mi confianza, que le ame a Él y al prójimo con todo el corazón. La fe, la esperanza y la caridad son plenamente libres, porque si están sólidamente enraizadas en nosotros, poseen la facultad de alimentarse incluso de lo que se opone a ellas. Si mediante la persecución quieren impedirme que ame, siempre me queda la posibilidad de perdonar a mis enemigos y de transformar la opresión en un amor más grande. Si quieren ahogar mi fe quitándome la vida, mi muerte se convertirá en la más bella profesión de fe que se pueda concebir. El amor, sólo él, es capaz de vencer el mal con el bien, de obtener un bien del mal.

Los restantes capítulos de esta obra querrían ser, desde distintos puntos de vista, una ilustración de esta verdad espléndida, porque quien la entiende y la pone en práctica alcanza esa libertad soberana. El crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad es la única vía de acceso a la libertad.

Antes de profundizar en este campo, examinaremos un aspecto importante relacionado con los diferentes modos en que la libertad puede ejercerse de un modo concreto.

El acto de libertad: ¿elegir o aceptar?

A causa de la errónea visión de la libertad a que aludíamos antes, a menudo se considera que el único ejercicio de libertad auténtico consiste en elegir de entre diferentes posibilidades la que más nos conviene; de forma que, cuanto mayor sea el abanico de posibilidades, más libres seremos. La medida de nuestra libertad sería proporcional a la cantidad de opciones posibles. 

Sin embargo, y de un modo inconsciente, esta noción de libertad, que enseguida incurre en contradicción y conduce a un callejón sin salida, se halla muy presente. En todas las circunstancias de nuestra vida nos gustaría contar con la «facultad de elegir». Elegir el lugar de vacaciones, la profesión, el nombre de nuestros hijos y, dentro de poco, ¿su sexo y el color de sus ojos? Soñamos con la vida como si ésta fuese un inmenso supermercado en el que cada estante despliega un amplio surtido de posibilidades del que poder tomar, a placer y sin coacción, lo que nos gusta, y dejar lo demás... Recurriendo a una imagen de enorme actualidad, querríamos elegir nuestra vida como el que escoge una prenda de un grueso catálogo de venta por correo.

Que el uso de nuestra libertad con frecuencia nos conduce a optar entre distintas posibilidades es un hecho cierto... y, además, un hecho bueno. Pero pecaríamos de falta de realismo si lo contempláramos sólo desde este ángulo. En nuestra vida hay multitud de aspectos fundamentales que no elegimos: nuestro sexo, nuestros padres, el color de los ojos, el carácter o nuestra lengua materna. Y los elementos de nuestra existencia que sí elegimos son de una importancia bastante menor que los que no escogemos.

De hecho, si en la etapa de la adolescencia la vida se presenta ante nosotros como un gran abanico de posibilidades entre las que elegir, no podemos dejar de admitir que, con los años, el abanico se va cerrando... Son muchas las elecciones que hacer y, una vez hechas, las posibilidades restantes se reducen de manera proporcional. Casarse implica escoger a una mujer, con lo cual quedan excluidas todas las demás. (Entre paréntesis, nos podríamos preguntar si uno elige verdaderamente la mujer con la que se casa; lo más habitual es casarse con la mujer de la que has caído rendidamente enamorado y, como la expresión «caer rendidamente» indica, no se trata precisamente de una elección).

Hablando en broma, se me ocurre pensar que la opción del celibato por el Reino de Dios y la del matrimonio cristiano están al fin y al cabo muy próximas, ya que si el célibe elige renunciar a todas las mujeres, el que se casa renuncia a todas menos a una, de modo que la diferencia numérica no es precisamente aplastante.

Cuantos más años vamos cumpliendo, menos son nuestras posibilidades de elegir: En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven, tú mismo te ceñías e ibas a donde querías; pero cuando hayas envejecido, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras 16. ¿Qué queda entonces de nuestra libertad si nuestra visión de ella es la «de supermercado» descrita hace un momento?

Este falso concepto de libertad conlleva graves repercusiones sobre el comportamiento de los jóvenes de hoy en día. Es muy significativa su actitud frente al matrimonio o a cualquier otro tipo de compromiso: las elecciones definitivas se retrasan, porque todas ellas se contemplan como una pérdida de libertad. Consecuencia: no se atreven a tomar decisiones, ¡con lo cual no viven! Y es la vida misma la que decide por ellos, porque el tiempo sigue pasando inexorablemente...

Ser libre es también aceptar lo que no se ha elegido

Si el ejercicio de la libertad como elección entre diferentes opciones tiene sin duda su importancia, no obstante es fundamental-so pena de quedar expuesto a dolorosas desilusiones- comprender que existe otro modo de ejercer la libertad; un modo a primera vista menos celebrado y más pobre y humilde, pero a fin de cuentas más corriente, y de una fecundidad humana y espiritual inmensa: la libertad no es solamente elegir , sino aceptar lo que no hemos elegido .

Me gustaría resaltar la importancia de este modo de ejercer la libertad. El acto más elevado y fecundo de libertad humana reside antes en la aceptación que en el dominio. El hombre manifiesta la grandeza de su libertad cuando transforma la realidad, pero más aún cuando acoge confiadamente la realidad que le viene dada día tras día.

Resulta natural y fácil aceptar las situaciones que, sin haber sido elegidas, se presentan en nuestra vida bajo un aspecto agradable y placentero. Evidentemente, el problema se plantea a la hora de enfrentarnos con lo que nos desagrada, nos contraría o nos hace sufrir. Y, sin embargo, es precisamente en estos casos cuando, para ser realmente libres, se nos pide «elegir» lo que no hemos querido e incluso lo que no hubiéramos querido a ningún precio. He aquí una ley paradójica de nuestra existencia: ¡no podemos ser verdaderamente libres si no aceptamos no serIo siempre!

Este es el punto -de importancia decisiva- que vamos a abordar ahora: quien desea acceder a una verdadera libertad interior, debe entrenarse en la serena y gustosa aceptación de multitud de cosas que parecen ir en contra de su libertad. Aceptar sus limitaciones personales, su fragilidad, su impotencia, esta o aquella situación que la vida le impone, etc.: algo que cuesta mucho hacer, porque sentimos un rechazo espontáneo hacia las situaciones sobre las que no ejercemos nuestro control. Pero la verdad es ésta: las situaciones que nos hacen crecer de verdad son precisamente aquellas que no dominamos 17; y la ilustraremos con un buen número de ejemplos concretos.

Rebelión, resignación, aceptación

Antes de seguir avanzando, convendría hacer alguna precisión lingüística. Existen tres actitudes posibles frente a aquello de nuestra vida, de nuestra persona o de nuestras circunstancias, que nos desagrada o que consideramos negativo.

La primera es la rebelión ; es el caso de quien no se acepta a sí mismo y se rebela: contra Dios que lo ha hecho así, contra la vida que permite tal o cual acontecimiento, contra la sociedad, etc.18. La rebelión suele ser la primera reacción espontánea frente al sufrimiento. El problema está en que no resuelve nada; por el contrario, no hace sino añadir un mal a otro mal y es fuente de desesperación, de violencia y de resentimiento. Quizá cierto romanticismo literario haya hecho apología de la rebelión, pero basta un mínimo de sentido común para darse cuenta de que jamás se ha construido nada importante ni positivo a partir de la rebelión; ésta solamente aumenta y propaga más aún el mal que pretende remediar.

A la rebelión tal vez le suceda la resignación : como me doy cuenta de que soy incapaz de cambiar tal situación o de cambiarme a mí mismo, termino por resignarme. Al lado de la rebelión, la resignación puede representar cierto progreso, en la medida en que conduce a una actitud menos agresiva y más realista. Sin embargo, es insuficiente; quizá sea una virtud filosófica, pero nunca cristiana, porque carece de esperanza. La resignación constituye una declaración de impotencia, sin más. Aunque puede ser una etapa necesaria, resulta estéril si se permanece en ella.

La actitud a la que conviene aspirar es la aceptación . Con respecto a la resignación, la aceptación implica una disposición interior muy diferente. La aceptación me lleva a decir «sí» a una realidad percibida en un primer momento como negativa, porque dentro de mí se alza el presentimiento de que algo positivo acabará brotando de ella. En este caso existe, pues, una perspectiva esperanzadora. Así, por ejemplo, puedo decir sí a lo que soy a pesar de mis fallos, porque me sé amado por Dios; porque confío en que el Señor es capaz de hacer cosas espléndidas con mis miserias. Puedo decir sí a la realidad más ruin y más frustrante en el plano humano, porque --empleando la forma de expresarse de Santa Teresita de Lisieux-creo que «el amor es tan poderoso que sabe sacar provecho de todo, del bien y del mal que halla en mí». La diferencia decisiva entre la resignación y la aceptación radica en que en esta última -incluso si la realidad objetiva en la que me encuentro no varía- la actitud del corazón es muy distinta, pues en él anidan ya -podríamos decir que en estado embrionario- las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Aceptar mis miserias, por ejemplo, es confiar en Dios, que me ha creado tal y como soy. Este acto de aceptación implica la existencia de fe enDios, de confianza en Él y también de amor, pues confiar en alguien ya es amarle. A causa de esta presencia de la fe, la esperanza y la caridad, la aceptación cobra un valor, un alcance y una fecundidad muy grandes. Porque (no nos cansaremos de decirlo), en cuanto hay algo de fe, de esperanza y de caridad, automáticamente hay también disponibilidad a la gracia divina, hay acogida de esta gracia y, más pronto o más tarde, hay efectos positivos. La gracia de Dios nunca se da en vano a quien la recibe, sino que resulta siempre extraordinariamente fecunda.

2. LA ACEPTACIÓN DE UNO MISMO

Dios es realista

Nos proponemos ahora recordar algunos campos de nuestra vida en los que debemos vivir ese avance, a veces difícil, que desde la rebelión o la resignación nos conduce a la aceptación, haciéndonos llegar finalmente a «elegir lo que no hemos elegido». 

Lógicamente, empezaremos por nosotros mismos y diremos algunas palabras sobre el lento aprendizaje del amor a uno mismo: una tarea necesaria si queremos aceptarnos plenamente tal y como somos.

Primera observación: en la vida lo más importante no es tanto lo que nosotros podemos hacer como dar cabida a la acción de Dios. El gran secreto de toda fecundidad y crecimiento espiritual es aprender a dejar hacer a Dios: « Sin mí no podéis hacer nada », dice Jesús. Y es que el amor divino es infinitamente más poderoso que cualquier cosa que hagamos nosotros ayudados de nuestro buen juicio o nuestras propias fuerzas. Así pues, una de las condiciones más necesarias para permitir que la gracia de Dios obre en nuestra vida es decir «sí» a lo que somos y a nuestras circunstancias.

Dios, en efecto, es «realista». Su gracia no actúa sobre lo imaginario, lo ideal o lo soñado, sino sobre lo real y lo concreto de nuestra existencia. Aunque la trama de mi vida cotidiana no me parezca demasiado gloriosa, no existe ningún otro lugar en el que poder dejarme tocar por la gracia de Dios. La persona a la que Dios ama con el cariño de un Padre que quiere salir a su encuentro y transformar por amor, no es la que a mí « me gustaría ser » o la que « debería ser »; es, sencillamente, la que soy . Dios no ama personas «ideales» o seres «virtuales»; el amor sólo se da hacia seres reales y concretos. A Él no le interesan santos de pasta flora, sino nosotros, pecadores como somos. En la vida espiritual a veces perdemos tontamente el tiempo quejándonos de no ser de tal o cual manera, lamentándonos por tener este defecto o aquella limitación, imaginando todo el bien que podríamos hacer si, en lugar de ser como somos, estuviéramos un poco menos lisiados o más dotados de una u otra cualidad o virtud; y así interminablemente. Todo eso no es más que tiempo y energía perdidos y sólo consigue retrasar la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones.

Muy a menudo, lo que impide la acción de la gracia divina en nuestra vida no son tanto nuestros pecados o errores como esa falta de aceptación de nuestra debilidad, todos esos rechazos más o menos conscientes de lo que somos o de nuestra situación concreta. Para «liberar» la gracia en nuestra vida y permitir esas transformaciones profundas y espectaculares, bastaría a veces con decir «sí» (un sí inspirado por la confianza en Dios) a aquellos aspectos de nuestra vida hacia los cuales mantenemos una postura de rechazo interior. Si no admito que tengo tal falta o debilidad, si no admito que estoy marcado por ese acontecimiento pasado o por haber caído en este o aquel pecado, sin darme cuenta hago estéril la acción del Espíritu Santo. Éste sólo influye en mi realidad en la medida en que yo lo acepte: el Espíritu Santo nunca obra sin la colaboración de mi liberlad. Y, si no me acepto como soy, impido que el Espíritu Santo me haga mejor.

De forma análoga, si no acepto a los otros tal y como son (y, por ejemplo, me paso la vida exigiéndoles que correspondan a mis esperanzas), tampoco permito al Espíritu Santo que actúe de modo positivo en mi relación con ellos o que convierta esta relación en una oportunidad para el cambio. Más adelante volveremos sobre ello.

Las actitudes descritas son estériles porque se encuentran marcadas por un «rechazo de lo real» que hunde sus raíces en la falta de fe y esperanza en Dios, que a su vez engendra una falta de amor. Todo ello nos cierra a la gracia y paraliza la acción divina.

Deseo de cambio y aceptación de lo que somos

Acabamos de recordar la necesidad de «aceptamos como somos», con nuestras miserias y nuestras limitaciones. Y quizá podríamos objetar: ¿no es esto fruto de la pasividad o de la pereza? ¿Qué ocurre entonces con el deseo de progresar, de cambiar, de vencerse para mejorar? ¿Acaso no nos invita el Evangelio a la conversión: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto? 20.

El deseo de mejorar, de tender sin descanso al propio vencimiento para crecer en perfección, es evidentemente indispensable: dejar de progresar es dejar de vivir. Quien no quiere ser santo, no conseguirá serlo. A fin de cuentas, Dios nos da lo que nosotros deseamos, ni más ni menos. Pero para ser santos tenemos que aceptarnos como somos. Estas dos actitudes sólo son contradictorias en apariencia: debemos vivir la aceptación de nuestras limitaciones, pero sin consentir resignarnos a la mediocridad; debemos albergar deseos de cambio, pero sin que éstos impliquen un rechazo más o menos consciente de nuestras debilidades o una no aceptación de nosotros mismos.

El secreto es muy sencillo: se trata de comprender que no se puede transformar de un modo fecundo lo real si no se comienza por aceptarlo; y se trata también de tener la humildad de reconocer que no podemos cambiar por nuestras propias fuerzas, sino que todo progreso, toda victoria sobre nosotros mismos, es un don de la gracia divina. Esta gracia para cambiar no la obtendré si no la deseo, pero para recibir la gracia que me ha de transformar es preciso que me acoja y me acepte tal como soy. 

La mediación de la mirada de Otro

La tarea de aceptarse a uno mismo es bastante más difícil de lo que parece. El orgullo, el temor a no ser amado y la convicción de nuestra poca valía están fIrmemente enraizados en nosotros. Basta con constatar lo mal que llevamos nuestras caídas, nuestros errores y nuestras debilidades; cuánto nos pueden desmoralizar y crear en nosotros sentimientos de culpa o inquietud.

Creo que no somos realmente capaces de aceptarnos a nosotros mismos si no es bajo la mirada de Dios. Para amarnos necesitamos de una mediación, de la mirada de alguien que, como el Señor por boca de Isaías, nos diga: Eres a mis ojos de muy gran estima, de gran precio y te amo 21. En este sentido, existe una experiencia humana muy común: la jovencita que, creyéndose fea (cosa que, curiosamente, les ocurre a muchas jovencitas, incluso a las que son guapas), comienza a pensar que no es tan horrorosa el día que un joven se fija en ella y posa sobre su rostro su tierna mirada de enamorado.

Para amarnos y aceptarnos como somos tenemos una necesidad vital de la mediación de la mirada de otro. Esa mirada puede ser la de un padre, un amigo o un director espiritual, pero por encima de todas ellas se encuentra la mirada de nuestro Padre Dios: la mirada más pura, más verdadera, más cariñosa, más llena de amor, más repleta de esperanza que existe en el mundo. Creo que el mejor regalo que obtiene quien busca el rostro de Dios mediante la perseverancia en la oración es que, un día u otro, percibirá posada sobre él esa mirada y se sentirá tan tiernamente amado que recibirá la gracia de aceptarse plenamente a sí mismo.

Todo lo dicho trae consigo una importante consecuencia: cuando el hombre se aparta de Dios, desgraciadamente se priva al mismo tiempo de toda posibilidad real de amarse a sí mismo 22. Y a la inversa: quien no se ama a sí mismo, se aparta de Dios, como hemos explicado un poco antes. En el Diálogo de carmelitas , de Bernanos, la anciana priora dirige estas palabras a la joven Blanche de la Force: «Ante todo no te desprecies nunca. Es muy difícil despreciarse sin ofender a Dios en nosotros».

Me gustaría concluir este punto citando un breve pasaje del hermoso libro de Henri Nouwen Le retour de l'Enfant prodigue 23: «Durante mucho tiempo consideré la imagen negativa que tenía de mí como una virtud. Me habían prevenido tantas veces contra el orgullo y la vanidad que llegué a pensar que era hueno despreciarme a mí mismo. Ahora me doy cuenta de que el verdadero pecado consiste en negar el amor primero de Dios por mí, en ignorar mi bondad original. Porque, si no me apoyo en ese amor primero y en esa bondad original, pierdo el contacto con mi auténtico yo y me destruyo».

La libertad de ser pecadores, la libertad de ser santos

Cuando nos descubrimos a nosotros mismos a la luz de la mirada divina -un descubrimiento maravilloso-, experimentamos una gran libertad; una doble libertad, podríamos decir: la de ser pecadores y Ia de ser santos.

En cuanto a la primera, evidentemente no significa que seamos libres de pecar tranquilamente y sin consecuencias (eso no sería libertad, sino irresponsabilidad); me refiero más bien a que nuestra condición de pecadores no nos aniquila, que de alguna manera tenemos «derecho» a ser miserables, derecho a ser lo que somos. Dios conoce nuestras debilidades y nuestras flaquezas, pero no nos condena ni se escandaliza de ellas. Como se apiada un padre de sus hijos, se apiada Yavé de los que lo temen; Él sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo 24. Con la mirada que posa sobre nosotros, Dios nos invita a la santidad y nos estimula a la conversión y al progreso espiritual, pero sin provocar nunca la angustia de no llegar, esa «presión» que sentimos a veces bajo la mirada de los demás o en el modo en que nos juzgamos a nosotros mismos: nunca estamos del todo bien, nunca suficientemente de tal manera o de tal otra; el descontento de nosotros mismos es permanente y nos consideramos culpables de no haber respondido a esa expectativa o a aquella norma. No debemos sentimos culpables de existir (como les ocurre a muchos, a menudo de una manera inconsciente) porque seamos unos pobres pecadores. La mirada que Dios nos dirige nos autoriza plenamente a ser nosotros mismos, con nuestras limitaciones y nuestra incapacidad; nos otorga el «derecho al error» y nos libera de esa especie de angustia u obligación, que no tiene su origen en la voluntad divina, sino en nuestra psicología enferma, y que con frecuencia hace presa en nosotros: la obligación de ser, al fin y al cabo, otra cosa distinta de la que somos.

En nuestra vida social sufrimos frecuentemente la tensión constante de responder a lo que los demás esperan de nosotros (o a lo que nos imaginamos que esperan de nosotros), lo cual puede acabar resultando agotador. Nuestro mundo ha desechado el cristianismo, sus dogmas y sus mandamientos bajo el pretexto de que es una religión culpabilizadora, cuando nunca hemos estado más culpabilizados que hoy en día: todas las jovencitas se sienten más o menos culpables de no ser tan atractivas como la última «top-model» del momento, y los hombres de no tener tanto éxito como el dueño de Microsoft... Los modelos propuestos por la cultura contemporánea son mucho más gravosos de imitar que la llamada a la perfección que nos dirige Jesús en el Evangelio: Venid a Mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas , pues mi yugo es suave y mi carga ligera 25.

Bajo la mirada de Dios nos sentimos liberados del premio de ser «los mejores», los perpetuos «ganadores»; y podemos vivir con el ánimo tranquilo, sin hacer continuos esfuerzos por mostramos como en nuestro mejor día; ni gastar increíbles energías en aparentar lo que no somos; podemos -sencillamente- ser como somos. No existe mejor técnica de relajación que ésta: apoyarnos como niños pequeños en la ternura de un Padre que nos quiere como somos.

Vemos tanta dificultad en aceptar nuestras flaquezas porque pensamos que éstas nos incapacitan para el amor: como fallamos en tal punto y en tal otro, no merecemos ser amados. Vivir bajo la mirada de Dios nos hace percibir la falsedad de esta idea: el amor es gratuito y no se merece, y nuestras debilidades no impiden que Dios nos ame, sino al contrario. Nos hemos liberado de una obligación desesperante y terrible: la de ser personas de bien para ser amadas.

Sin embargo, la mirada de Dios, al tiempo que nos autoriza a ser nosotros mismos, pobres pecadores, nos permite también toda clase de audacias en nuestra lucha hacia la santidad: tenemos derecho a aspirar a la cima, a desear la más alta santidad, porque Dios puede y quiere concedérnosla. Él jamás nos encierra dentro de nuestra mediocridad, ni nos condena a una triste resignación; siempre conservamos la esperanza de progresar en el amor. Dios es capaz de hacer del pecador un santo: su gracia puede hacer realidad ese milagro y hay que tener una fe sin límites en el poder de su amor. La persona que todos los días cae y, a pesar de ello, se levanta diciendo: «Señor, te doy gracias porque estoy seguro de que harás de mí un santo», agrada enormemente al Señor y, más pronto o más tarde, recibirá lo que espera de El.

Por lo tanto, nuestra actitud ante Dios ha de ser ésta: una sosegada y «distendida» aceptación de nosotros mismos y de nuestras debilidades, a un tiempo unida a un inmenso deseo de santidad, a una firme determinación de progresar, apoyados en una ilimitada confianza en el poder de la gracia divina. Una doble actitud magníficamente expresada en el siguiente pasaje, tomado del diario espiritual de Santa Faustina:

«Deseo amarte más de lo que nadie te haya amado nunca. A pesar de mi miseria y mi pequeñez, he anclado firmemente mi alma en el abismo de tu misericordia, ¡Dios mío y Creador mío! A pesar de mis grandes miserias, no temo nada y albergo la esperanza de cantar eternamente mi canto de alabanza. Que ningún alma -ni siquiera la más miserable- dude, mientras siga con vida, de poder ser muy santa. Porque grande es el poder de la gracia divina» 26.

« Creeencias limitadoras» y prohibiciones

Todo cuanto venimos diciendo permite evitar un concepto erróneo de la aceptación de sí y de las flaquezas. Ésta no consiste en dejamos encerrar por las limitaciones que consideramos tales y que, como ocurre con frecuencia, no lo son en realidad. A consecuencia de nuestras caídas y de la educación recibida (esa persona que nos ha repetido mil veces: «tú no llegarás», o «nunca harás nada bueno», etc.); a causa de los reveses sufridos y de nuestra falta de confianza en Dios, tenemos una fuerte tendencia a llevar inscrita en nosotros toda una serie de «creencias limitadoras» y de convicciones, que no se corresponden con la realidad, de acuerdo con las cuales nos hemos persuadido de que jamás seremos capaces de hacer esto o aquello, de afrontar tal o cual situación. Los ejemplos son inmunerables: «no llegaré», «jamás saldré de esto», «no puedo», «siempre será así»... Afirmaciones de este tipo nada tienen que ver con la aceptación de nuestras limitaciones mencionadas en este capítulo; son, por el
contrario, el fruto de la historia de nuestras heridas, de nuestros temores y de nuestras faltas de confianza en nosotros mismos y en Dios, a las que conviene dar salida y de las cuales es preciso desembarazarse. Aceptarse a uno mismo significa acoger las miserias propias, pero también las riquezas, permitiendo que se desarrollen todas nuestras legítimas posibilidades y nuestra auténtica capacidad. Así pues, antes de expresarnos en términos tales como «soy incapaz de hacer tal cosa o tal otra», resulta conveniente discernir si esta afirmación procede de un sano realismo espiritual, o es una convicción de naturaleza puramente psicológica que deberíamos desechar.

A veces podemos sentir también la tendencia a prohibirnos determinadas sanas aspiraciones, o bien ciertos modos de realizarnos a nosotros mismos, e incluso algunas formas legítimas de felicidad, a través de una serie de mecanismos psicológicos inconscientes que nos inclinan a considerarnos culpables o a prohibirnos la felicidad. Este hecho también puede tener su origen en una falsa representación de la voluntad divina, como si Dios quisiera privarnos sistemáticamente de todo lo bueno de la vida. Esto, desde luego, no tiene nada que ver con el realismo espiritual y la aceptación de nuestras limitaciones. Es cierto que Dios nos pide a veces sacrificios y renuncias, pero también lo es que nos libera de los miedos y las falsas culpabilidades que nos aprisionan, devolviéndonos la libertad de aceptar plenamente todo cuanto de bueno y grato Él, en su sabiduría, quiere otorgarnos, animándonos y manifestándonos su amor.

Si en todo caso existiera un terreno en el que nada se nos prohibirá jamás, es en el de la santidad. Siempre, claro está, que no confundamos la santidad con lo que no es, es decir, la perfección externa, el heroísmo o la impecabilidad. Pero, si entendemos la santidad en el sentido correcto (la posibilidad de crecer indefinidamente en el amor a Dios y a nuestros hermanos), convenzámonos de que en ese campo nada nos resultará inaccesible. Basta con no desanimarnos nunca y no ofrecer resistencia a la acción de la gracia divina, confiando enteramente en ella.

No todos poseemos madera de héroe; pero, por la gracia divina, sí tenemos todos madera de santo: es la ropa bautismal de la que nos revestimos al recibir el sacramento que nos hace hijos de Dios.

Aceptarse a uno mismo para aceptar a los demás

Otra advertencia: existe un profundo vínculo de doble dirección entre aceptación de sí y aceptación de los demás. El uno propicia el otro.

A veces no llegamos a aceptar a los demás porque, en el fondo, no nos aceptamos a nosotros. El que no está en paz consigo mismo, necesariamente estará en guerra con los demás. Mi no-aceptación de mí crea una tensión interior, una insatisfacción y una frustración que con frecuencia volcamos sobre los demás, convertidos así en cabeza de turco de nuestros conflictos interiores. Un pequeño ejemplo: cuando estamos de mal humor contra lo que nos rodea, suele ser porque no nos sentimos contentos con nosotros mismos ¡y se lo hacemos pagar a los demás! Etty Hillesum escribe: «Empiezo a darme cuenta de que, cuando sientes aversión hacia el prójimo, debes buscar la
raíz en el disgusto contigo mismo: ama a tu prójimo como a ti mismo» 27.

Y a la inversa: el hombre que cierra su corazón a los demás, que no hace ningún esfuerzo por amarlos tal como son, que no sabe reconciliarse con ellos, jamás tendrá la fortuna de vivir esa profunda reconciliación con uno mismo que tanto necesitamos. De hecho, siempre acabamos siendo víctimas de nuestra pobreza de corazón para con el prójimo, de nuestros juicios y de nuestro rigor 28.

NOTAS

1 Jn 8, 32.
2 2 Co 3, 17.
3 Gal 5, 1.
4 Sant 2, 12.
5 «El alma no puede vivir sin amor; necesita siempre algo que amar, pues está hecha de amor y por amor la creé». Diálogo, BAC, cap. 51.
6 Rom 1, 5.
7 Mt 16, 25.
8 Existe algo muy obvio, pero que nos cuesta mucho comprender: y es que, cuanto más dependa nuestra sensación de libertad de las circunstancias externas, mayor será la evidencia de que todavía no somos verdaderamente libres.
9 San Agustín, Confesiones , BAC, libro X, p. 344.
10 Diario, Santa Faustina Kowalska . Ed. Padres Marianos de la Inmaculada Congregación de la Santísima Virgen María.
11 2 Co 6, 12.
12 Une vie bouleversée. Journal (1941-43), Etty Hillesum, ed. Du Seuil, 1985.
13 Op. cit ., p. 132.
14 Rom 8, 26.
15 Rom 8, 38-39.
16 Jn 21, 18.
17 «La mayor ilusión del hombre es la de dominar su vida. Porque la vida es un don que, por su misma naturaleza, escapa a todo intento de ser dominado». Viens vers le Père , Jean-Claude Sagne, Ed. de L"Emmanuel, p. 172.
18 La rebelión no siempre es negativa. Puede tratarse de una primera e inevitable reacción psicológica ante circunstancias brutalmente dolorosas, y beneficiosa siempre que no nos quedemos encerrados en ella.
Al término rebelión se le puede dar también otro significado positivo: el del rechazo de una situación inadmisible que nos hace obrar respecto a ella empujados por justas motivaciones y con medios legítimos y proporcionados. Nosotros nos referimos aquí al término rebelión en su sentido de rechazo de lo real.
19 Ver Manuscrit Autobiographique A ( Manuscrito autobiográfico A ), 53 recto.
20 Mt 5, 48.
21 Is 43, 4.
22 Esto se observa claramente en la evolución de la cultura moderna. El hombre que se aparta de Dios acaba perdiendo el sentido de su dignidad y aborreciéndose a sí mismo. Resulta chocante comprobar -en los medios de comunicación, por ejemplo- cómo el humor se vuelve cada vez menos compasivo y amable y mucho más corrosivo. En ocasiones, también el arte es incapaz de reproducir la belleza del rostro humano.
23 El regreso del hijo pródigo , Ed. PPC.
24 Sal 102, 13.
25 Mt 11, 28-30.
26 Santa Faustina Kowalska, op. cit.
27 Etty Hillesum, op. cit ., p.81.
28 Más adelante volveremos sobre este importante punto.



(*) La libertad interior (4 ª Ed. ) de Jacques Philippe
Ediciones Rialp. Espiritualidad
Cód.: 140222 ISBN: 84321-3455.4
12,5X19,0 cms. 168 págs. Rústica
€ 8.00 con IVA 7.69 sin IVA



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13/07/2005 ir arriba
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