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LA CENA DEL CORDERO (Scott Hahn)

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LA CENA DEL CORDERO

CRISTO ESTÁ A LA PUERTA De todas las realidades católicas, no hay ninguna tan familiar como la Misa. Con sus oraciones de siempre, sus cantos y gestos, la Misa es como nuestra casa. Pero la mayoría de los católicos se pasarán la vida sin ver más allá de la superficie de unas oraciones aprendidas de memoria. Pocos vislumbrarán el poderoso drama sobrenatural en el que entran cada domingo. Juan Pablo II ha llamado a la Misa «el cielo en la tierra», explicando que «la liturgia que celebramos en la tierra es una misteriosa participación en la liturgia celestial» [1].

por Scott Hahn (*)

INTRODUCCIÓN

LA MISA REVELADA

La Misa es algo próximo y querido. En cambio, el libro del Apocalipsis parece lejano y desconcertante. Página tras página nos deslumbra con imágenes extrañas y aterradoras: guerras y plagas, bestias y ángeles, ríos de sangre, ranas demoníacas y dragones de siete cabezas. Y el personaje que despierta más simpatía es un cordero de siete cuernos y siete ojos. «Si esto es solamente la superficie, dicen algunos católicos, no creo que quiera ver las profundidades».

Bien, en este pequeño libro me gustaría proponer algo insólito. Mi propuesta es que la clave para comprender la Misa es el libro bíblico del Apocalipsis; y, más aún, que la Misa es el único camino por el que un cristiano puede encontrarle verdaderamente sentido al Apocalipsis.

Si te sientes escéptico, deberías saber que no estás solo. Cuando le dije a una amiga que estaba escribiendo sobre la Misa como una clave del libro del Apocalipsis, se echó a reír y dijo «¿Apocalipsis?, ¿no es esa cosa tan extraña?».

Nos parece extraño a los católicos, porque durante muchos años lo hemos estado leyendo al margen de la tradición cristiana. Las interpretaciones que la mayoría de la gente conoce hoy son las que han hecho los periódicos o las listas de libros más vendidos, y han sido mayoritariamente protestantes. Lo sé por propia experiencia. Llevo estudiando el libro del Apocalipsis más de veinte años. Hasta 1985 lo estudié como ministro protestante y en todos esos años me encontré enfrascado, una tras otra, en la mayoría de las teorías interpretativas que estaban en boga o que ya estaban pasadas de moda. Probé con cada “llave" pero ninguna pudo abrir la puerta. De vez en cuando oía un clic que me daba esperanzas. Pero sólo cuando empecé a contemplar la Misa, sentí que la puerta empezaba a ceder, poco a poco. Gradualmente me encontré atrapado por la gran tradición cristiana y en 1986 fui recibido en plena comunión con la Iglesia católica. Después de eso, las cosas se fueron aclarando en mi estudio del libro del Apocalipsis. «Después tuve una visión: ¡una puerta abierta en el cielo!» ( Apoc . 4, 1). Y la puerta daba a... la Misa de domingo en tu parroquia.

En este momento, puedes replicar que tu experiencia semanal de la Misa es cualquier cosa menos celestial. De hecho, se trata de una hora incómoda, interrumpida por bebés que chillan, sosos cantos desatinados, homilías que divagan sinuosamente y sin sentido, y gente a tu alrededor vestida como si fueran a ir a un partido de fútbol, a la playa o de excursión.

Aun así, insisto en que realmente estamos en el cielo cuando vamos a Misa, y esto es verdad en cada Misa a la que asistimos, con independencia de la calidad de la música o del fervor de la predicación. No se trata de aprender a «mirar el lado bueno» de liturgias descuidadas. Ni de desarrollar una actitud más caritativa hacia los que cantan sin oído. Se trata, ni más ni menos, de algo que es objetivamente verdad, algo tan real como el corazón que late dentro de ti. La Misa -y me refiero a cada una de las misas- es el cielo en la tierra.

Puedo asegurarte que no se trata de una idea mía; es la de la Iglesia. Tampoco es una idea nueva; existe aproximadamente desde el día en que San Juan tuvo su visión del Apocalipsis. Pero es una idea que no la han entendido los católicos de los últimos siglos. La mayoría de nosotros admitirá que queremos «sacar más» de la Misa. Bien, no podemos conseguir nada mayor que el cielo mismo.

Me gustaría decir desde el principio que este libro no es un «tratado bíblico». Está orientado a la aplicación práctica de un único aspecto del Apocalipsis, y nuestro estudio está lejos de ser exhaustivo. Los escrituristas debaten interminablemente sobre quién escribió el libro del Apocalipsis, cuándo, dónde y por qué, y en qué tipo de pergamino. En este libro, no me voy a ocupar de esas cuestiones con gran detalle. Tampoco he escrito un manual de rúbricas de la liturgia. El Apocalipsis es un libro místico, no un vídeo de entrenamiento o un manual de hágalo usted mismo.

A lo largo de este libro, probablemente te acercarás a la Misa por nuevos caminos, caminos distintos de los que estás acostumbrado a recorrer. Aunque el cielo baja a la tierra cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, la Misa parece diferente de un lugar a otro y de un tiempo a otro. Donde vivo, la mayoría de los católicos están acostumbrados a la liturgia de rito latino (de hecho, la palabra «Misa» propiamente se refiere sólo a la liturgia eucarística de rito latino). Pero hay muchas liturgias eucarísticas en la Iglesia católica: ambrosiana, armenia, bizantina, caldea, copta, malabar, malankar, maronita, melquita y rutena, entre otras. Cada una tiene su propia belleza; cada una tiene su propia sabiduría; cada una nos muestra un rincón diferente del cielo en la tierra.

Investigar La cena del Cordero me ha dado nuevos ojos para ver la Misa. Rezo para que la lectura de este libro te dé el mismo don. Juntos, pidamos también un corazón nuevo para que, a través del estudio y la oración, crezcamos más y más en amor a los misterios cristianos que nos ha dado el Padre.
El libro del Apocalipsis nos mostrará la Misa como el cielo en la tierra . Ahora, sigamos adelante, sin dilación, porque el cielo no puede esperar.

CAPÍTULO 1

EN EL CIELO AHORA MISMO
LO QUE ENCONTRÉ EN MI PRIMERA MISA
Allí estaba yo, de incógnito: un ministro protestante de paisano, deslizándome al fondo de una capilla católica de Milwaukee para presenciar mi primera Misa. Me había llevado hasta allí la curiosidad, y todavía no estaba seguro de que fuera una curiosidad sana. Estudiando los escritos de los primeros cristianos había encontrado incontables referencias a «la liturgia», «la Eucaristía», «el sacrificio». Para aquellos primeros cristianos, la Biblia -el libro que yo amaba por encima de todo- era incomprensible si se la separaba del acontecimiento que los católicos de hoy llamaban «la Misa».

Quería entender a los primeros cristianos; pero no tenía ninguna experiencia de la liturgia. Así que me convencí para ir y ver, como si se tratara de un ejercicio académico, pero prometiéndome continuamente que ni me arrodillaría, ni tomaría parte en ninguna idolatría.

Me senté en la penumbra, en un banco de la parte de más atrás de aquella cripta. Delante de mí había un buen número de fieles, hombres y mujeres de todas las edades. Me impresionaron sus genuflexiones y su aparente concentración en la oración. Entonces sonó una campana y todos se pusieron de pie mientras el sacerdote aparecía por una puerta junto al altar.

Inseguro de mí mismo, me quedé sentado. Como evangélico calvinista, se me había preparado durante años para creer que la Misa era el mayor sacrilegio que un hombre podría cometer. La Misa, me habían enseñado, era un ritual que pretendía «volver a sacrificar a Jesucristo». Así que permanecería como mero observador. Me quedaría sentado, con mi Biblia abierta junto a mí.

EMPAPADO DE ESCRITURA

Sin embargo, a medida que avanzaba la Misa, algo me golpeaba. La Biblia ya no estaba junto a mí. Estaba delante de mí: ¡en las palabras de la Misa! Una línea era de Isaías, otra de los Salmos, otra de Pablo. La experiencia fue sobrecogedora. Quería interrumpir a cada momento y gritar: «Eh, ¿puedo explicar en qué sitio de la Escritura sale eso? ¡Esto es fantástico!» Aún mantenía mi posición de observador. Permanecía al margen hasta que oí al sacerdote pronunciar las palabras de la consagración: «Esto es mi Cuerpo... éste es el cáliz de mi Sangre».

Sentí entonces que toda mi duda se esfumaba. Mientras veía al sacerdote alzar la blanca hostia sentí que surgía de mi corazón una plegaria como un susurro: « ¡Señor mío y Dios mío. Realmente eres tú! »

Desde ese momento, era lo que se podría llamar un caso perdido. No podía imaginar mayor emoción que la que habían obrado en mí esas palabras. La experiencia se intensificó un momento después, cuando oí a la comunidad recitar: «Cordero de Dios... Cordero de Dios... Cordero de Dios», y al sacerdote responder: « Éste es el Cordero de Dios...», mientras levantaba la hostia.

En menos de un minuto, la frase «Cordero de Dios» había sonado cuatro veces. Con muchos años de estudio de la Biblia, sabía inmediatamente dónde me encontraba. Estaba en el libro del Apocalipsis, donde a Jesús se le llama Cordero no menos de veintiocho veces en veintidós capítulos. Estaba en la fiesta de bodas que describe San Juan al final del último libro de la Biblia. Estaba ante el trono celestial, donde Jesús es aclamado eternamente como Cordero. No estaba preparado para esto, sin embargo...: ¡estaba en Misa!

¡SANTO HUMO!

Regresaría a Misa al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente. Cada vez que volvía, «descubría» que se cumplían ante mis ojos más Escrituras. Sin embargo, ningún libro se me hacía tan visible en aquella oscura capilla como el libro de la Revelación, el Apocalipsis, que describe el culto de los ángeles y los santos en el cielo. Como en ese libro, también en esa capilla veía sacerdotes revestidos, un altar, una comunidad que cantaba: «Santo, santo; santo». Veía el humo del incienso; oía la invocación de ángeles y santos; yo mismo cantaba los aleluyas, puesto que cada vez me sentía más atraído hacia este culto. Seguía sentándome en el último banco con mi Biblia, y apenas sabía hacia dónde volverme, si hacia la acción descrita en el Apocalipsis o hacia la que se desarrollaba en el altar. Cada vez más, parecían ser la misma acción.

Con renovado vigor me sumí en el estudio de la primitiva cristiandad y encontré que los primeros obispos, los Padres de la Iglesia, habían hecho el mismo «descubrimiento» que yo estaba haciendo cada mañana. Consideraban el libro del Apocalipsis como la clave de la liturgia, y la liturgia, la clave del Apocalipsis. Algo tremendo me estaba pasando como estudioso y como creyente. El libro de la Biblia que había encontrado más desconcertante -el Apocalipsis-, estaba iluminando ahora las ideas que eran más fundamentales para mi fe: la idea de la alianza como lazo sagrado de la familia de Dios. Más aún, la acción que yo había considerado como la suprema blasfemia -la Misa- se presentaba ahora como el evento que sellaba la Alianza de Dios. «Éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna».

Estaba entusiasmado con la novedad de todo ello. Durante años, había intentado encontrar el sentido del libro del Apocalipsis como una especie de mensaje codificado acerca del fin del mundo, del culto en unos remotos cielos, de algo que la mayoría de los cristianos no podrían experimentar mientras estuvieran aún en la tierra. Ahora, después de dos semanas de asistir a Misa a diario, me encontraba a mí mismo queriendo levantarme durante la liturgia y decir: «¡Eh, vosotros! ¡Dejadme enseñaros en qué lugar del Apocalipsis estáis! Id al capítulo cuatro, versículo ocho. Estáis en el cielo, justamente ahora».

ME ROBAN LA IDEA

¡En el cielo, justamente ahora! Los Padres de la Iglesia me mostraban que éste no era mi descubrimiento. Ellos lo habían predicado hace más de mil años. Con todo, estaba convencido de que tenía el mérito del redescubrimiento de la relación entre la Misa y el libro del Apocalipsis. Entonces descubrí que el Concilio Vaticano II me había sacado la delantera. Fíjate en las siguientes palabras de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia:

«En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y acompañados; aguardamos al Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos con Él en la gloria»[2].

¡Un momento! Eso es el cielo. No; se trata de la Misa. No; es el libro del Apocalipsis.¡Un momento!: es todo lo anterior.

Me encontré haciendo esfuerzos por avanzar despacio, con cautela, atento a evitar los peligros que acechan a los conversos, puesto que me estaba convirtiendo rápidamente en un converso a la fe católica. Pero este descubrimiento no era producto de una imaginación exaltada; era la enseñanza solemne de un concilio de la Iglesia católica. A la vez, descubriría que era también la conclusión inevitable de los estudiosos protestantes más rigurosos y honestos. Uno de ellos, Leonard Thompson, había escrito que «incluso una lectura superficial del libro del Apocalipsis muestra la presencia del lenguaje litúrgico relativo al culto [...]. El lenguaje cultual juega un papel importante dando unidad al libro» [3]. Las imágenes de la liturgia, por sí solas, pueden hacer que ese extraño libro tenga sentido. Las figuras litúrgicas son centrales en su mensaje, que revela, escribe Thompson, «algo más que visiones de "cosas que van a venir"».

¡PRÓXIMAMENTE...!

El libro del Apocalipsis trataba de Alguien que iba a venir. De Jesucristo y su «segunda venida», que es el modo en que los cristianos han traducido normalmente la palabra griega parousía . Hora tras hora en aquella capilla de Milwaukee en 1985, llegué a conocer que ese Alguien era el mismo Jesucristo, a quien el sacerdote católico alzaba en la hostia. Si los primeros cristianos estaban en lo cierto, yo sabía que, justo en ese momento, el cielo bajaba a la tierra. « Señor mío y Dios mío. ¡Realmente eres tú! ».

Todavía albergaba en mi mente y en mi corazón serias preguntas, acerca de la naturaleza del sacrificio, de los fundamentos bíblicos de la Misa, de la continuidad de la tradición católica, de muchos de los pequeños detalles del culto litúrgico. Esas cuestiones iban a definir mis investigaciones en los meses preparatorios a mi recepción en la Iglesia católica. En cierto sentido, continúan hoy definiendo mi trabajo. Sin embargo, ya no pregunto como un acusador o un buscador de curiosidades, sino como un hijo que se acerca a su padre pidiendo lo imposible, pidiendo coger con la mano una brillante y lejana estrella.

No creo que nuestro Padre Dios me niegue, o te niegue, la sabiduría que buscamos referente a su Misa. Después de todo, es el acontecimiento en el que sella su Alianza con nosotros y nos hace sus hijos. Este libro es más o menos un informe de lo que he encontrado mientras investigaba las riquezas de nuestra tradición católica. Nuestra herencia incluye la totalidad de la Biblia, el testimonio ininterrumpido de la Misa, la constante enseñanza de los santos, la investigación de las escuelas, los métodos de la oración contemplativa, y el cuidado pastoral de papas y obispos. En la Misa, tú y yo tenemos el cielo en la tierra. La evidencia es abrumadora. La experiencia es una revelación.

_____________________________________________________

[1]. La afirmación de Juan Pablo II está tomada de su Discurso en el Angelus (3 de noviembre de 1996). Juan Pablo II dirigió también un «Discurso sobre la Liturgia» a los Obispos de los Estados Unidos en su visita ad limina de 1998, en el que declara: «el desafío ahora consiste [...] en alcanzar el punto exacto de equilibrio, en especial entrando más profundamente en la dimensión contemplativa del culto [...]. Esto sucederá sólo si reconocemos que la liturgia tiene dimensiones tanto locales como universales, tanto temporales como eternas, tanto horizontales como verticales, tanto subjetivas como objetivas. Precisamente estas tensiones dan al culto católico su carácter distintivo. La Iglesia universal está unida en un gran acto de alabanza, pero es siempre el culto de una comunidad particular en una cultura particular. Es el eterno culto del cielo, pero a la vez está inmerso en el tiempo». Y concluía: «en el centro de esta experiencia de peregrinación está nuestro viaje de pecadores a la profundidad insondable de la liturgia de la Iglesia, la liturgia de la creación, la liturgia del cielo que, en definitiva, son todas culto de Jesucristo, el eterno Sacerdote, en quien la Iglesia y toda la creación se ordenan a la vida de la Santísima Trinidad, nuestra verdadera morada» (9 de octubre de 1998; traducción de L"Osservatore Romano , ed. esp., en DP 130/1998). Cf. Juan Pablo II, Springtime of Evangelization , Basilica Press, San Diego 1999, pp. 130, 135. Juan Pablo n desarrolla más a fondo esta visión en su Carta Apostólica de 1995 Orientale lumen «La Luz de Oriente»).
[2]. Sacrosanctum Concilium , 8.
[3]. Leonard L. Thompson, The Book of Revelation: Apocalypse and Empire , Oxford University Press, Nueva York 1990, p. 53.



(*) Scott Hahn, La cena del Cordero , Rialp, Madrid, 2003, 4ªed. pp. 21-33
Edición autorizada de arvo.net
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13/07/2005 ir arriba
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