«Getsemaní»
(Ed. Planeta), un libro en el que
Mons. Javier Echevarría, Prelado del
Opus Dei, fija su atención en las
horas que Cristo pasó en el huerto
de los olivos, en agonía y oración.
Contemplando la súplica de ‘El gran
Rezador’, como llama a Jesús, nos
enseña a tratar a Dios Padre.
Prólogo del autor
Al sentirnos un personaje más en el
Evangelio, como aconsejaba San Josemaría
(1), detengámonos con sosiego en este
pasaje, que nos muestra la fuerza divina
del amor de Jesús a sus hermanos los
hombres y, a la vez, hasta qué extremos
asumió nuestra flaqueza y nuestra
debilidad. Por eso, lo que haremos es
sencillamente mirar a Jesús en Getsemaní
y, en el trasfondo, a los Apóstoles.
Cada detalle de esa noche memorable nos
afecta: hemos de vernos en ese trance,
para agradecer la bondad de Dios, para
afrontar personalmente la Pasión y
Muerte del Redentor y profundizar en
este misterio. Así aprenderemos a amar y
a rectificar nuestra vida. Vamos a
proceder como Teresa de Jesús, que, al
contemplar la vida de Cristo, hallábase
mejor adonde le veía más «solo y
afligido». «En especial —nos dice— me
hallaba muy bien en la oración del
Huerto. Allí era mi acompañarle. Pensaba
en aquel sudor y aflicción que allí
había tenido... Deseaba limpiarle aquel
tan penoso sudor... Muchos años, las más
noches antes que me durmiese, cuando
para dormir me encomendaba a Dios,
siempre pensaba un poco en este paso de
la oración del Huerto... Y tengo para mí
que por aquí ganó muy mucho mi alma,
porque comencé a tener oración sin saber
qué era...» (2).
Vaya por delante esta doctrina clara:
todos podemos rezar; con más exactitud,
todos debemos rezar, porque hemos venido
al mundo para amar a Dios, alabarle,
servirle y luego, en la otra vida —aquí
estamos de paso—, gozarle eternamente.
¿Y qué es rezar? Sencillamente, hablar
con Dios, mediante oraciones vocales o
en la meditación. No cabe la excusa de
que no sabemos o nos cansamos. Hablar
con Dios, para aprender de Él, consiste
en mirarle, en contarle nuestra vida
—trabajo, alegrías, penas, cansancios,
reacciones, tentaciones—; si le
escuchamos, oiremos que nos sugiere:
deja aquello, sé más cordial, trabaja
mejor, sirve a los demás, no pienses mal
de nadie, habla con sinceridad y con
educación... No despreciemos el tesoro
de la oración, porque se ama como se
reza, y se reza como se ama. De seguro
que, al contemplar al Maestro en
Getsemaní, se abrirá paso en nuestra
mente la necesidad de orar, también
cuando no resulta fácil.
La «agonía» de Getsemaní, como llama San
Lucas al trance que vivió Jesús en aquel
evento salvífico, posee una fuerza
extraordinaria de interrogación: «Jesús
sufre, por cumplir la Voluntad del
Padre... Y yo, que quiero también
cumplir la Santísima Voluntad de Dios,
siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré
quejarme, si encuentro por compañero de
camino al sufrimiento?
»Constituirá una señal cierta de mi
filiación, porque me trata como a su
Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré
gemir y llorar a solas en mi Getsemaní,
pero, postrado en tierra, reconociendo
mi nada, subirá hasta el Señor un grito
salido de lo íntimo de mi alma: Pater
mi, Abba, Pater,... fiat!» (3).
Dispongámonos a recorrer paso a paso y
palabra por palabra esos relatos
evangélicos, y a desagraviar por las
deficiencias de los hombres que allí se
hacen patentes. Metidos en el Evangelio
entenderemos que Jesús nos convoca, como
a los discípulos, a la oración y nos
fijaremos en la actitud que tuvieron,
con el deseo sincero de que no se repita
de nuestra parte aquella falta de
atención y de solicitud por quien tanto
nos ama.
Éste es el misterio: la Redención se ha
cumplido ya —semel pro semper: de una
vez por todas y para siempre— en la
Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro
Señor; pero se va realizando en las
almas cada día, día a día. Y los
cristianos —hombres y mujeres, jóvenes y
ancianos, sanos y enfermos,
intelectuales y trabajadores manuales,
solteros y casados— somos apóstoles:
pero no apóstoles dormidos sino bien
despiertos, portadores de Cristo, para
conocerle y darle a conocer.
(1) Cfr. San Josemaría Escrivá de
Balaguer, Amigos de Dios, n. 222; Forja,
n. 8.
(2) Santa Teresa de Jesús, Libro de la
vida, 9, 4.
(3) San Josemaría, Via Crucis, I
estación, punto 1.
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El Prelado contempla en el libro
la oración de Jesucristo en el huerto.
“Getsemaní. Horas de amargura humana
para Jesús; horas de paz inefable en el
hondón de su espíritu, porque cumple la
Voluntad santa de su Padre. Unas horas
éstas, las de la oración de Jesús en el
Huerto, que llegan muy al fondo del alma
del cristiano”. Así comienza Mons.
Javier Echevarría la contemplación
sosegada del diálogo de Jesucristo con
su Padre en las horas previas a la
Pasión.
‘Getsemaní’ va desgranando la oración de
Jesucristo a lo largo de más de 250
páginas. El autor deja por escrito su
oración, en la que alterna la reflexión
personal con la invocación directa al
Salvador.
“Cada detalle de esa noche memorable nos
afecta –continúa-: hemos de vernos en
ese trance, para agradecer la bondad de
Dios, para afrontar personalmente la
Pasión y Muerte del Redentor y
profundizar en este misterio. Así
aprenderemos a amar y a rectificar
nuestra vida”.
El libro invita continuamente a tratar a
Dios en la oración, “porque hemos venido
al mundo para amar a Dios, alabarle,
servirle y luego -en la otra vida-
gozarle eternamente”. Por eso, no es
casual que el Prelado del Opus Dei haya
escogido ese momento en el que Cristo
acepta su muerte por nosotros para
contemplarlo con detenimiento : “Vamos a
proceder como Teresa de Jesús, que, al
contemplar la vida de Cristo, hallábase
mejor adonde le veía más «solo y
afligido»”.
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El Prelado del Opus Dei es autor de
otros libros, como ‘Itinerarios de vida
cristiana’ (Ed. Planeta), ‘Para servir a
la Iglesia’ (Rialp) y ‘Memoria del beato
Josemaría Escrivá’ (Rialp).