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Por Alberto Dellacqua
Arvo Net 04/07/05
Una de las novelas más
interesantes del siglo
XX es, sin duda, al
menos para muchos
lectores, la titulada «1984»,
escrita George Orwel
en 1950. El autor, de
ideología izquierdista,
se dio cuenta no sólo de
las barbaridades
prácticas que cometía
por aquel entonces el
comunismo marxista, sino
de las que podrían venir
en un régimen como el
que era y podía llegar a
ser la Unión Soviética.
En su novela - que tiene
un complemento
significativo en otra
posterior, La
rebelión en la granja-,
el gobierno de la nación
posee un llamado
«Ministerio de la
Verdad», que se encarga
de toda la prensa
escrita y de reescribir
cada día toda la
historia de la
humanidad, por supuesto
conforme a las
conveniencias del
momento político. Es
normal que cada uno
escriba y cuente la
historia condicionado
por sus ideas y
perspectivas elegidas,
sobre todo a la hora de
interpretar los hechos.
Pero los «Ministerios -orwelianos-
de la Verdad» no sólo
cambian la
interpretación,
distorsionan los hechos
o los borran del mapa.
Orwel, con su parábola,
vio lo que siempre ha
pasado en cierta medida,
lo que pasó a grandes
dosis en la Unión
Soviética, y lo que
sigue pasando hoy en
diversos puntos del
planeta. La mentira se
ha instalado en muchos
medios de comunicación
al servicio de su propia
economía o de alguna
ideología de partido.
Tenemos un ejemplo muy
reciente en España: la
manifestación a favor de
la familia del 18 de
junio. En las
televisiones libres de
presiones
gubernamentales, se pudo
ver una tupida masa de
cerca de un millón de
personas y seguramente
más, pero la cifra que
dieron los órganos
oficiales fue
increíblemente de ciento
sesenta mil. Una
diferencia sustancial.
Pero una parte
importante del país no
pudo verlo, porque el
«ministerio de la
verdad» le tapó los ojos
y la prensa pro
gubernamental silenció
la magnitud del
acontecimiento, por
cierto inédito hasta esa
fecha. Es un simple
ejemplo de lo sucedido
en un país donde existe
el derecho a la libertad
de prensa. En la
práctica hay medios
libres, aunque hayan de
abrirse paso con
dificultades, y en
ocasiones mantenerse con
mucho esfuerzo; pero
existen. ¿Qué estará
sucediendo donde no está
reconocida la libertad
de expresión? ¿De qué se
entera la ciudadanía?
¿Qué puede llegar a ser
nuestro mismo país si va
cuajando un monopolio
fáctico progubernamental
de la información? Es de
esperar que el sentido
común, la honradez, un
mínimo de respeto a la
dignidad de la persona,
sea cual sea su
ideología, su religión,
etc., se impongan. La
mayoría de los
ciudadanos creemos en
ello; debemos poner
todos los medios
legítimos para que así
sea.
Este largo párrafo, con
su ejemplo, me ha
parecido oportuno para
subrayar la importancia
que tiene hoy el estudio
riguroso de la Historia.
No podemos permitir que
nos la cambien. Pero
también debemos hacer un
esfuerzo por conocerla
en verdad. No podemos
entender bien lo que
está pasando hoy si no
sabemos lo que pasó
ayer. La ignorancia del
pasado tiene
consecuencias enormes en
la vida -social,
económica, política,
religiosa, personal,
familiar-, del presente.
Muchos errores se
cometen por ignorancia
de la historia y esa
ignorancia sirve de arma
tanto defensiva como
ofensiva a quienes no
están interesados en el
conocimiento de la
verdad sino más bien en
la confusión entre
verdad y error, entre el
bien y el mal. Impera,
como advierte con
lucidez antigua y nueva
el actual Papa
Benedicto, la
dictadura del
relativismo, lo
cual, deriva con
frecuencia, por pura
lógica, hacia el odio
a la verdad de los
hechos. Todos
sabemos que los hechos
son «tozudos». Por eso
al relativista
vehemente, al que
interesa que la
realidad no sea lo que
es, se empeñe también en
que los hechos sean de
otra manera. Y si el
sujeto es de natural
agresivo, entonces
agrederá a los hechos,
los distorsionará, o, si
puede, los aniquilará de
la memoria histórica.
Por eso la Iglesia, que
a pesar de los pesares -
flaquezas, errores y
pecados de los hombres y
de las mujeres que
estamos en la tierra,
dentro de la Iglesia -
es fiel a la misión
ineludible de conducir a
los fieles a la Verdad
que salva, de hecho,
casi podríamos decir
necesariamente, es
objeto de ataques
continuos. Si impera el
relativismo, si no se
tolera la verdad
objetiva, es preciso
acabar con la Iglesia,
como han intentado
-inútilmente por cierto-
tantos, desde hace
veinte siglos.
Como los medios a
disposición de esas
corrientes opuestas a la
verdad objetiva son
muchos y poderosos y la
verdad sólo puede y debe
imponerse por la fuerza
de la misma verdad, sin
violencias de ningún
género, es preciso
conocerla bien. Nos va
en ello tanto la propia
paz interior como la
capacidad de razonar con
los demás, para
ayudarles a conocer y
reconocer sin miedo la
verdad de los hechos,
cosa que siempre es
mejor que la ignorancia
y el error. También
harían bien en
interesarse en "lo que
puede haber de verdad"
en la interpretación que
hace la Iglesia de los
acontecimientos: lo que
dice y entiende de sí
misma, de sus cosas, de
su historia. Es lo que
suelen hacer las
personas inteligentes
cuando desean hacer uso
de su razón para
comprender a sus
semejantes, sin lo cual
poco se comprenderían a
sí mismos. No somos
ostras. Todo tiene que
ver con todo.
El
profesor José
Orlandis, en su
Introducción a su
breve Historia de
la Iglesia. Iniciación
teológica (Ediciones
Rialp, Madrid 2001),
dice que «la
historia del
Cristianismo interesa al
lector católico porque
viene a ser como su
historia de familia;
pero ha de interesar
también a cualquier
persona culta, porque
constituye una parte
esencial de la historia
de la humanidad en los
dos últimos milenios,
aquellos, precisamente,
que han configurado de
modo más decisivo
nuestra civilización y
forman la Era que
llamamos cristiana.»
Esta obra ha sido
escrita pensando en
todos esos lectores se
ha incorporado a la
Biblioteca de Iniciación
Teológica esta breve
«Historia de la
Iglesia», elaborada con
la intención de que su
lectura resulte
asequible a un público
amplio, que difícilmente
podría acceder a otro
tipo de obra más
extensa. Ha hecho falta
no poco esfuerzo para
intentar conjugar la
sencillez y la
profundidad, de tal
suerte que dejando de
lado un sinfín de
cuestiones y
acontecimientos‑ la
exposición se ciña a
seguir fielmente aquello
que cabría denominar sin
impropiedad el hilo
conductor de la historia
cristiana.
El libro
lleva a la cabeza de
cada uno de los
capítulos un corto
sumario que puede servir
para orientar al lector
sobre las principales
cuestiones que allí van
a examinarse. Esta
«Historia de la
Iglesia», por razón de
su temática, es
primordialmente un libro
de historia religiosa;
pero se ha tratado
siempre de encuadrar esa
historia en un contexto
general y tener bien
presente el momento
social, cultural y
político en que vivieron
los cristianos de cada
época: aquellos que,
desde los orígenes hasta
hoy, han integrado la
Iglesia, el Pueblo de
Dios que peregrina en la
tierra a través de los
tiempos. La tabla
cronológica que figura
al final del volumen
podrá ayudar a situar
los acontecimientos en
el marco que les
corresponde.
Todo libro se escribe
con un determinado
propósito: también éste.
El propósito que ha
tenido el autor ‑y que
se ha esforzado por
alcanzares simple, pero
no deja de ser
ambicioso: que cualquier
persona con el nivel
cultural común a los
hombres de hoy, al
terminar la lectura de
estas páginas, haya
podido formarse una idea
clara de cómo han sido y
de lo que han
representado veinte
siglos de historia del
Cristianismo.
José Orlandis,
autor de
Historia de la Iglesia,
Orlandis es autor de
unos estudios magníficos
de divulgación
histórica, escritos con
amenidad, con el rigor
de un gran especialista
y particularmente
asequibles para los
jóvenes. Se ha
convertido justamente en
un clásico de la
divulgación histórica
con su Historia
Breve del Cristianismo,
La Iglesia
Católica en la segunda
mitad del siglo XX,
La Historia
antigua y medieval,
La Iglesia
Católica en la segunda
mitad del siglo XX.
Además cuenta con más de
un centenar de libros,
entre los cuales habría
que mencionar varios de
alta investigación.
Ofrecemos de
Historia de la Iglesia.
Introducción teológica,
Parte Quinta:
Capítulo I:
La Revolución francesa y
la Restauración
Capítulo II:
CATOLICISMO Y
LIBERALISMO
Del mismo autor:
Balance del siglo XX y
acción de la Iglesia en
la Historia |