|
LOS VALORES DE LA
FAMILIA
DE ADÁN
Por Scott Hahn
en
«Lo
primero es el Amor»,
cap. II.
Ediciones Rialp, 2005 *
Puede parecer del todo
evidente que la gente
tiende por naturaleza a
vivir en familia, y que
no es bueno que el
hombre esté solo. Hasta
los anuncios personales
del periódico dan fe de
estos principios. Por
tanto, ¿por qué habría
alguien de escribir un
libro sobre este tema? y
¿por qué ibas a leer un
libro así?
Porque hay muchas cosas
que debemos
desaprender para
poder entender lo que
significaba la familia
para los antiguos judíos
y cristianos. ¿Cuál es,
a fin de cuentas, la
clase de familia para la
que fuimos creados? ¿Qué
tipo de amor, y qué tipo
de hogar, constituyen
nuestras más profundas
necesidades? La
respuesta a estas
cuestiones puede
ayudarnos a ver por qué
tanta gente está
insatisfecha con el amor
y por qué muchos lo
buscan en todo tipo de
lugares equivocados.
¿Qué entiende la Biblia
por familia?' No es lo
que cabría pensar.
Para la mayoría de
nosotros, familia quiere
decir (al menos en
cierto sentido ideal)
«mamá,
papá y los niños».
Familia es ese grupo
estrechamente unido de
personas, relacionadas
por matrimonio o por
sangre, que comparten un
hogar común. Una familia
es lo que se encuadra en
un chalet o en un piso.
Algunos de nosotros
extenderíamos los lazos
un poco más, para
incluir a los tíos,
primos y los abuelos o
bisabuelos vivos. Otros
incluso extenderían el
concepto de familia
hasta los primos
segundos. Esto es lo que
los norteamericanos de
hoy llaman familia
extensa: toda la gente
que acude a las
reuniones familiares. A
veces pregunto a mis
alumnos de la
Universidad cuántos de
ellos pertenecen a tina
familia extensa. Por lo
general, una cuarta
parte de la clase
levanta la mano.
Entonces les pregunto
qué entienden por
«extensa»: ¿cuánta
gente? Las respuestas
suelen ser que alrededor
de treinta o cuarenta,
aunque algunos han
señalado hasta
quinientos.
Incluso esta cifra tan
alta es minúscula cuando
la comparamos con la
noción bíblica de
familia.
1. EL CINTURÓN TRIBAL
En el antiguo Israel, en
realidad en la mayoría
de las culturas
antiguas, la familia
extensa definía el mundo
de un sujeto dado. La
familia de cualquiera
incluía a todos los
descendientes de un
determinado patriarca,
normalmente un hombre
que vivió siglos antes.
La nación de Israel era
una familia de este
tipo, puesto que fue
poblada en su mayoría
por los que se
reconocían descendientes
del patriarca Jacob
(también conocido como
Israel). Los doce hijos
de Jacob, a su vez,
proporcionaron la
identidad familiar a las
«Doce Tribus» de Israel.
Cada tribu, entonces,
era una familia distinta
cuyos miembros se
llamaban entre sí
«hermanos» y «hermanas»,
hijos de un padre común,
el antiguo patriarca. De
esta forma, incluso a
los primos lejanos se
les consideraba
hermanos. De hecho, la
mayoría de las lenguas
semíticas antiguas no
tienen una palabra para
decir «primo», puesto
que «hermano» o
«hermana» servía para
tal propósito. En el
libro de Josué del
Antiguo Testamento,
vemos una expresiva
descripción de este
orden social, con
tribus, clanes y casas
que corresponden más o
menos a nuestras
modernas ideas de
federación, estado y
gobierno municipal. « Al
día siguiente, de
mañana, Josué hizo que
se acercara Israel por
tribus, y fue señalada
la tribu de Judá. Hizo
acercarse a las familias
de Judá, y fue señalada
la familia de Zare. Hizo
acercarse a la familia
de Zare, por casas, y
fue señalada la casa de
Zabdi» (7, 16‑18).
A menudo la familia
tribal estaba vinculada
por herencia a una
determinada parcela de
tierra. Por
consiguiente, la «tierra
de Judá» (Judea) era la
casa de los
descendientes de Judá.
La tierra era su
patrimonio, recibido de
los antepasados, que era
conservado por la
generación actual para
las futuras generaciones
familiares. La familia
se identificaba con la
tierra; vender el solar
familiar era algo
impensable, y a veces
legalmente imposible
(cf. Lv 25, 23‑34).
La movilidad personal
también estaba limitada.
En general, uno vivía y
trabajaba dentro de los
confines de la tierra de
su tribu y moría en la
tierra donde había
nacido. Si alguien se
marchaba lejos de la
tierra de los ancestros,
seguía identificándose
con su tribu y, durante
toda su vida, su «hogar»
seguía siendo la tierra
de los antepasados, y no
aquella a la que había
emigrado. Es más, sus
descendientes heredarían
este sentimiento,
considerándose a sí
mismos «extranjeros en
tierra extraña», incluso
en la tierra en la que
nacieron.
2. UNA EXPERIENCIA DE
HEREDERO
Las relaciones
familiares tampoco
terminaban con la
muerte. En las culturas
antiguas, se veneraba a
los antepasados 3. La
veneración se debía
sobre todo, pero no de
forma exclusiva, al
patriarca. La tumba de
los antepasados se
consideraba un segundo
hogar. Por medio de la
tradición oral, las
familias conservaban
cuidadosamente sus
genealogías, que
enlazaban las
generaciones y unían a
los hijos de hoy con el
patriarca.
Los miembros de la
familia vivían bajo unas
normas, por lo general
no escritas, que
establecían sus deberes
dentro del clan y su
comportamiento hacia los
de fuera. Todos los
miembros estaban
obligados a defender el
honor de la familia. Un
hombre no elegía un
oficio sobre la base de
sus intereses, ni
siquiera de sus
habilidades; su trabajo
estaba determinado por
las necesidades
familiares, y sus
ganancias se acumulaban
para provecho de la
familia.
Por último, la
pertenencia a una
familia determinaba la
religión. La familia era
por encima de todo una
comunidad religiosa,
perpetuada para el culto
de sus particulares
«dioses familiares». El
sacerdocio pasaba de
padre a hijo
(preferentemente el
primogénito), quien
dirigía el culto según
la tradición de sus
antepasados. El dios de
la familia era el dios
de los antepasados'. Los
israelitas, por ejemplo,
se referían
al Señor Dios como «el
Dios de Abrahán, de
Isaac y de Jacob, el
Dios de nuestros padres»
(Hch 3, 13, cf.
también Mt 22, 32; Mc
12, 26, Lc 20, 37).
Esto era así no sólo
para los israelitas,
sino también para la
mayoría de los pueblos
de la tierra, en todo
Oriente Medio, en la
antigua Grecia y Roma,
en la India, Japón,
China y en toda África.
En las civilizaciones
antiguas, la religión
era un amplio fenómeno
local, una cuestión
familiar. Más que los
lazos de sangre, era
este culto común el que
unía a una familia a
través de muchas
generaciones y de muchos
grados de parentesco.
Entrar en una familia
por matrimonio suponía
aceptar los deberes
religiosos de esa
familia. Vivir fuera de
la familia, alejarse de
las tierras de los
antepasados, negarse a
vivir bajo las normas
familiares, significaba
cortar de raíz con el
culto familiar, y por
tanto con la vida
familiar.
3.
ADOPTAR HERENCIAS
Pero la puerta no se
abría sólo hacia fuera.
Una familia podía
aceptar, y aceptaba de
hecho, a forasteros como
miembros de pleno
derecho, pero sólo
después de que se
hubieran convertido en
miembros. Y la forma
ritual y legal de dar la
bienvenida al nuevo
miembro era mediante un
«pacto». El pacto era la
forma que tenían las
familias de extender las
obligaciones y
privilegios de
parentesco a otras
personas o grupos'.
Cuando una familia
recibía nuevos miembros,
por medio del matrimonio
u otro tipo de alianzas,
ambas partes, los nuevos
miembros y la tribu
establecida, sellaban el
pacto que les vinculaba
con un juramento
solemne, con una comida
en común y ofreciendo un
sacrificio.
Algunas alianzas
llegaban incluso a unir
dos amplias familias
tribales para darse
apoyo y protección
mutua. Pero una alianza
era más que un mero
tratado, y las partes
contratantes eran más
que aliados. Por la
fuerza del pacto
quedaban unidos como una
familia. El estudioso de
la Biblia Dennis
McCarthy, S. J.,
escribió que « la
alianza entre Israel y
Yahvé constituyó a
Israel en familia de
Yahvé, en un sentido muy
real... como
resultado... la alianza
se consideraba como un
tipo de relación
familiar»
6.
Los sociólogos han
desarrollado muchos
modelos para entender
esta organización
familiar. El que me ha
parecido más útil es el
de Carle C. Zimmerman,
de la Universidad de
Harvard, que se refería
a las familias antiguas
como «familias
depositarias».
En su monumental obra
Family and Civilization,
explicaba Zimmerman:
« la familia depositaria
se llama así porque se
considera a sí misma,
más o menos, como
inmortal: existe de
forma perpetua y no se
extingue jamás. Por
consiguiente, los
miembros que viven no
son la familia en sí,
sino simplemente
"depositarios" de su
sangre, derechos,
propiedades, nombre y
posición, mientras
viven» 7.
La familia depositaria
enfoca la familia
principalmente en
términos religiosos. No
es sólo la familia
nuclear, ni siquiera la
extensa, sino todos los
miembros de la familia
del pasado y del futuro,
así como los de la
generación presente. Un
lazo sagrado une a los
miembros de la presente
generación con los
antepasados que les
dieron la vida; el mismo
lazo los une con sus
futuros descendientes,
que perpetuarán el
nombre de la familia, su
honor y sus ritos.
Esto se parece poco a lo
que la mayoría de la
gente de hoy se refiere
al hablar de familia.
Las familias modernas
tienden a caer bajo lo
que Zimmerman
clasificaría como
«familia doméstica» o
«familia atomista». La
familia doméstica
describe un hogar basado
en el vínculo
matrimonial: marido,
mujer e hijos. En esta
estructura los miembros
de la familia hacen
hincapié en los derechos
individuales junto con
los deberes familiares.
En las familias
atomistas, sin
embargo, los derechos
individuales están muy
por encima de los
vínculos familiares, y
la familia en sí misma
existe para el placer
del individuo.
Hay muchas diferencias
destacables entre estas
etapas históricas'. En
las sociedades de
familia depositaria, la
familia se ve como una
realidad mística; en las
sociedades de familia
doméstica, se trata de
una tradición moral;
cuando predomina la
familia atomista, el
hogar se ve como una
especie de capullo de la
crisálida, algo en lo
que uno nace para
escapar de él. En las
sociedades depositarias,
el matrimonio es un
acuerdo sagrado; en las
domésticas, es un
contrato; en el hogar
atomista, es un modo
práctico de compañía. En
la familia depositaria,
los hijos son
bendiciones divinas; en
la doméstica, agentes
económicos
indispensables; en la
familia atomista, sin
embargo, se convierten
en una carga económica,
un «gasto» y un
obstáculo para la
realización personal. En
la familia depositaria,
el padre es el
patriarca, un
rey‑sacerdote que debe
servir a sus antepasados
tanto como a su
descendencia; en la
doméstica, es el
autoritario director
jefe de la unidad
económica fundamental de
la sociedad; en la
familia atomista, es una
patética figura que hay
que dejar atrás para
poder crecer como
individuo. Y cada tipo
de familia ve la
inmoralidad sexual de
forma diferente. Para la
familia depositaria, es
un acto criminal; para
la doméstica se trata de
un pecado individual;
para la familia atomista
es un asunto privado,
una elección, un estilo
de vida alternativo.
Zimmerman señala que
sólo las sociedades
basadas en la familia
depositaria han sido
capaces de alcanzar el
nivel de civilizaciones.
Pero ninguna de esas
sociedades fueron
capaces de mantener para
siempre el orden
depositario. En algún
momento de la historia
de las civilizaciones,
la gente empieza a vivir
según el modelo de
familia doméstica. El
período de predominio
de la familia doméstica,
sin embargo, es por lo
general de corta
duración, una fase de
transición hasta que la
familia atomista ocupa
su lugar. Cuando la
familia atomista llega a
ser el modelo dominante
de la sociedad, entonces
las obligaciones
familiares se ven
habitualmente como
impedimentos para el
desarrollo personal. La
familia atomista,
caracterizada por la
generalización del
divorcio, la actividad
sexual desenfrenada y el
descenso de la
población, indica
normalmente que una
civilización está en su
declive final.
Todo esto puede
ayudarnos a entender lo
que la gente del antiguo
Israel ‑y Jesucristo, y
los primeros cristianos‑
quería decir cuando
hablaba de los temas más
cercanos a sus intereses
y a los nuestros.
Debemos tener cuidado,
después de todo, para no
proyectar nuestras ideas
modernas sobre las palaBras
de los autores bíblicos.
Familia, sociedad y
religión eran, en gran
medida, intercambiables
para los israelitas.
¡Empresa familiar era
sinónimo de culto
religioso, y la «unidad
familiar» era la
sociedad misma!
Por tanto, si te
contabas entre los hijos
e hijas de Israel,
contabas tus «hermanos y
hermanas» por decenas de
miles, cientos de miles
o incluso millones.
Se trata ciertamente de
una interpretación
amplia de la observación
de Dios: « no es bueno
que el hombre esté
solo». Pero podemos ver
la lógica de la familia
depositaria también en
el primer mandamiento
que dio a la primera
familia: «Creced y
multiplicaos, y poblad
la tierra».
No es suficiente con que
el hombre sea creado
«bueno». Ni parece que
sea suficiente para él
con «tener una ayuda
adecuada a él». Un
romance, por grande que
pueda ser, da la
impresión de que es
insuficiente para
satisfacer a esas
criaturas, para que
cumplan sus obligaciones
ante Dios o para que completen
la imagen de Dios en la
tierra. Un romance
basta, de forma
limitada, para sacar al
hombre de sí mismo. Los
hijos bastan para llevar
a una pareja de
enamorados más allá de
su románticas miradas.
Pero parece que Dios nos
hizo para vivir en una
familia más amplia, para
experimentar un amor
mucho más grande... un
amor que se extiende
hasta el infinito. Sólo
con una clara
comprensión del
«lenguaje familiar» de
Jesús podemos entender
su mensaje salvador.
Porque, en los
Evangelios, éste es el
lenguaje que usa para
describir su misión, sus
mandamientos, sus
relaciones con Dios y
con los demás, su legado
y su Iglesia.
La terminología de
familia ‑palabras como
padre, hijo, hermano,
hermana, madre, hijos,
hogar, primogénito,
herencia, matrimonio y
nacimiento
predomina en el habla de
Jesús. Es más, resulta
predominante en los
escritos de sus primeros
seguidores: San Pedro,
San Pablo, San Juan y
otros autores de las
sagradas Escrituras. No
es que Jesús y los
primeros cristianos no
tuvieran otro
vocabulario religioso a
su disposición. Tanto
Jesús como San Pablo,
por ejemplo, hicieron
con toda libertad
metáforas de carácter
religioso con términos
sacados de otros ámbitos
de la sociedad:
agricultura, deportes,
derecho, ejército e
incluso juegos de niños.
Sin embargo, el lenguaje
al que volvían, sobre
todo cuando se referían
a ideas centrales del
cristianismo, era
mayoritariamente el
lenguaje de familia.
Agradecemos a Ediciones
Rialp esta edición
electrónica para Arvo
Net |