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Por Pedro-Juan
Viladrich
¿Qué es el matrimonio?
Un momento antes de
responder se
experimenta una
inquietante paradoja. Lo
que parece evidente y
fácil en el plano de la
vida y de la
naturaleza, se
convierte en una
cuestión difícil y
compleja en el orden del
pensamiento y de la
cultura. ¿Cuál es el
escenario de la
definición del
matrimonio: el de la
naturaleza o el de la
cultura?
Si nos dejamos llevar
por aquella perspectiva
desde la cual la
humanidad parece una
especie entre las
especies animales, los
impulsos sexual y
reproductivo toman un
papel protagonista.
Nada más «natural»,
podríamos suponer sin
más, que los impulsos
instintivos. Con aquella
fácil y soberana fuerza
que manifiesta esa
«naturaleza», entre los
hombres y las mujeres de
cualquier lugar y
tiempo, incluso en
aquellos que según los
parámetros de las
diversas culturas serían
los más pobres y
desposeídos del poder y
la gloria, fluye una
recíproca inclinación
sexual y reproductiva.
Estos impulsos ocurren
todos los días y se
renuevan de generación
en generación, con
inagotable e
incontenible fuerza,
desde que tenemos
noticias de nuestra
historia. El matrimonio
sería el resultado de la
realización de aquellos
impulsos naturales: el
cauce natural al hombre.
Pero en el orden de la
reflexión intelectual y
de la organización
social política y
jurídica, el panorama
sobre el matrimonio
cambia bruscamente: se
presenta difícil,
complejo, múltiple,
oscuro, hasta
contradictorio. Basta
sólo con abrir algunos
interrogantes.
¿En qué consiste ser
varón o ser mujer? ¿Son
realidades uniformes,
universales, inmutables
e innatas? ¿Son roles
configurados dentro de
un determinado escenario
cultural? ¿Hay una sola
forma conveniente de
relación entre el hombre
y la mujer, o hay
varias? ¿Cuál entre las
posibles es la mejor?
¿Cuál es el criterio
para determinar la
«mejor» fórmula? ¿Quién
tiene poder para
instituir un matrimonio?
¿Con qué forma se hace y
cuándo está fundado?
¿Pueden hacerlo por sí
mismos los cónyuges o
necesitan de algún otro
poder social? ¿Quién
selecciona al cónyuge?
¿Pueden casarse los
niños o los ancianos?
¿Todos tienen capacidad
para casarse o sólo
algunos? ¿Quién
determina esa capacidad
y en base a qué
autoridad y criterios?
¿Puede un hombre tener
varias mujeres como
esposas? ¿Y una mujer
varios hombres? ¿El
varón es superior a la
mujer, o viceversa? ¿A
quién corresponde, en
última instancia, el
gobierno de la
convivencia conyugal?
¿Es compatible la
relación matrimonial con
otras relaciones
sexuales? ¿Cuánto dura
un matrimonio? ¿Pueden o
no pueden los cónyuges
disolverlo? ¿Sólo tiene
ese poder el varón? ¿Lo
posee sólo la autoridad
social? ¿Qué fines
justifican el matrimonio
y su persistencia en el
tiempo? ¿Sin hijos o sin
posibilidad de
concebirlos existe el
matrimonio? ¿Es
necesario el matrimonio
para determinar las
grandes relaciones del
parentesco? ¿Quién y por
qué es el padre? ¿Quién
y por qué es la madre?
¿Quiénes son reconocidos
como hijos y en base a
qué criterio? ¿El
matrimonio y la
procreación deben
articularse entre sí o
pueden vivir en completa
disociación? ¿A quién le
corresponde el poder de
decidir sobre todas
estas cuestiones? Y esa
autoridad ¿es de
naturaleza política o
religiosa?
Aun con ser muchos, me
temo que todos
recordamos ahora más
interrogantes que añadir
a los anteriores.
Sabemos que las
respuestas han sido muy
diversas, incluso
contradictorias.
Interrogantes y
respuestas forman parte
de las vicisitudes de la
historia de las culturas
sobre el matrimonio y la
familia con las que
convive la concepción
canónica.
Terminemos con algunos,
quizás más próximos al
reciente escenario
cultural del mundo
occidental: ¿las
relaciones entre los
sexos son una cuestión
privada y de libre
creatividad subjetiva
que pertenecen al campo
de la intimidad del
ciudadano y son ajenas
al mundo del Derecho o,
por el contrario,
configuran una
institución jurídica, el
matrimonio, que contiene
una muy precisa
estructura objetiva y
posee un interés
esencial para el orden
público del modelo
social? Aun aceptando
cierta naturaleza de
institución social,
reconocida por las
leyes, ciertos sectores
de la cultura actual se
preguntan: ¿Por qué el
matrimonio no ha de ser
disoluble en sí mismo?
¿Por qué debe ser
heterosexual y monógamo?
¿No sería más
congruente, en nombre de
la libertad propia del
progreso democrático,
abandonar la pretensión
de las parejas de hecho
hetero y homosexuales de
obtener su equiparación
con la institución
jurídica del matrimonio
civil, la cual, a pesar
de todos los cambios, es
en el fondo heredera y
tributaria del modelo de
institucionalización que
inventó la tradición
canónica, y que sea el
matrimonio quien se
equipare al escenario
cultural, vital y
jurídico de las parejas
de hecho, para así
liberarlo de todo rastro
de dogmatismo ideológico
y religioso.
Aquellos interrogantes,
aun sin quedar
satisfechos, no logran
detener nunca la vida.
De la misma forma que el
universo se mueve,
imponente y
sobrecogedor, sin
detenerse a esperar que
la astrofísica
desentrañe su misterio,
así también los hombres
y las mujeres se unen,
conviven y tienen hijos,
sin suspender sus
impulsos naturales a
unirse y generar
aguardando que las
culturas definan con
unánime concordia qué
cosa es el matrimonio y
qué cosa es la familia.
Simplemente, con mayor o
menor dificultad, los
hombres y las mujeres,
de generación en
generación, realizan sus
naturales tendencias
unitivas y procreativas
mediados por aquel
escenario cultural y
social dentro del cual
nacen, viven y mueren:
unas veces, en
conformidad con las
previsiones del modelo
cultural y social;
otras, al margen o,
incluso, en contra de
él, pero siempre sin
detenerse por él, pues
la fuerza natural de la
vida es superior a las
previsiones del modelo
cultural y social.
A1 modo como nos
manifiesta San Agustín
su perpleja experiencia
acerca del ser del
tiempo, también el
matrimonio se entiende
de algún modo por
connaturalidad si nos
ponemos a vivirlo, sin
pensarlo demasiado, pero
deja de comprenderse si
nos detenemos a
reflexionarlo
intelectualmente, si
queremos interpretarlo y
organizarlo a través de
la razón y la cultura.
No debe sorprendernos,
por tanto, que
especialistas muy
notables confiesen que
definir el matrimonio es
una cuestión muy difícil
[2]. Y mientras se hace
esta confesión y la
razón científica
prosigue entre penumbras
escarbando en la mina
del matrimonio, cientos
de hombres y mujeres se
casan cada día con
aquella suerte de
sencilla facilidad con
la que la vida y la
naturaleza humillan a la
razón y a la ciencia.
_______
1 Como todos saben, en
estos últimos años, la
bibliografía sobre las
parejas de hecho, en el
marco de las
alternativas sexuales
hetero y homosexuales a
la institución legal del
matrimonio, se ha hecho
muy abundante y
compleja. Una primera
aproximación al tema y a
su bibliografía, desde
un horizonte
comparatístico
occidental, puede
encontrarse en MARTÍN
CASALS, M., Informe
de Derecho comparado
sobre la regulación de
la pareja de hecho,
en «Anuario de Derecho
Civil»,
octubre‑diciembre MCMXCV,
pp. 1709‑1808. Cfr. en
este mismo volumen
homenaje al Prof.
Guitarte, la aportación
de Viguiri PERSA, A.,
Uniones homosexuales en
el ámbito del Derecho
comparado. Debemos
seguir recomendando, en
nombre de la calidad y
profundidad del
criterio, el libro de
GLENDON, M. A., The
transformation of Family
Law.
State, Law and Family in
the United States and
Western Europe,
University of Chicago
Press, ChicagoLondon
1989.
Además de abundante y
selecta bibliografía, el
lector encontrará un
análisis histórico muy
profundo y una
sobresaliente
interpretación de la
problemática actual en
NAVARRO VALLs, R.,
Matrimonio y Derecho,
Madrid 1994; y en
MARTÍNEZ DE AGUIRRE, C.,
Diagnóstico sobre el
Derecho de Familia,
en Documentos del
Instituto de Ciencias
para la Familia, núm 21,
Madrid 1996.
2 La dificultad en
definir el matrimonio,
pese a su aparente
facilidad, ha sido
expresada por J. HERVADA
‑uno de los juristas
contemporáneos a los que
más debe la ciencia
canónica una reflexión
sobre el matrimonio en
la gran linea de
continuidad con los
grandes clásicos‑ con
particular claridad: «El
matrimonio es una de las
instituciones sociales
más difíciles de
comprender en toda su
profundidad, a la vez
que, por ser vida de los
hombres..., existe en
todo ser humano el
conocimiento nuclear y
suficiente para
contraerlo y vivirlo.
Ocurre con el matrimonio
algo parecido a lo que
sucede con el hombre
mismo. Misterio profundo
para el científico,
verdad suficientemente
desvelada para que cada
ser humano pueda
encontrarse a sí mismo y
conseguir sus fines...».
En Escritos de
Derecho Natural,
Pamplona 1986, p. 15. |