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La teóloga Burggraf:
"El ecumenismo es cuestión de
oración y caridad"
La teóloga Jutta Burggraf afirma que
el ecumenismo no es una cuestión de
doctrina teológica ni de
colaboración pastoral, sino de
oración y de caridad.
25 de enero de 2007
Zenit.org
Jutta Burggraf es profesora
de Teología Sistemática y de
Ecumenismo en la Facultad de
Teología de la Universidad de
Navarra. Zenit ha querido
interpelarla acerca de la Semana de
Oración para la Unidad entre los
Cristianos (18-25 enero).
Burggraf recuerda a que «la esperada
unidad no será un producto de
nuestras fuerzas, sino «un don que
viene de lo alto». Su verdadero
protagonista es el Espíritu Santo».
Jutta Burggraf, alemana de origen y
profesora en la Universidad de
Navarra desde hace años, es autora
de «Conocerse y comprenderse. Una
introducción al ecumenismo», Madrid
2003, 2ª ed. 2003 y del folleto:
«Ecumenismo: ¿Qué es? ¿Cómo se
vive?», Madrid 2006.
--¿Por qué es necesaria, la semana
de oración para la unidad?
--Burggraf: Durante el octavario,
los cristianos católicos, ortodoxos
y protestantes de todas las
denominaciones --esparcidos por el
mundo entero-- están invitados
«expresamente» a rezar juntos por su
unidad. La Semana se celebra cada
año del 18 al 25 de enero, día en
que la Iglesia conmemora la
conversión de San Pablo.
La fecha es significativa: nos
recuerda que no podemos acercarnos
unos a otros sin una profunda
conversión interior, sin buscar cada
uno vivir en intimidad con Cristo.
Es en él donde nos uniremos algún
día.
La esperada unidad no será un
producto de nuestras fuerzas, sino
«un don que viene de lo alto». Su
verdadero protagonista es el
Espíritu Santo, quien nos conduce,
por los caminos que quiere, hacia la
madurez cristiana.
En la oración encontramos sobre todo
a Dios, pero de manera especial
también a los demás. Cuando rezo por
alguien, le veo a través de otros
ojos, ya no con aquellos llenos de
sospecha o de ánimo de control, sino
con los ojos de Dios. De esta
manera, puedo descubrir lo bueno en
cada persona, en cada planteamiento.
Dejo aparte mis prejuicios y
comienzo a sentir simpatía por el
otro. Rezar significa, purificar el
propio corazón, para que el otro
verdaderamente pueda tener sitio
dentro de él. Si tengo prejuicios o
recelos, cualquiera que entre en ese
recinto recibirá un golpe rudo.
Tenemos que crear un lugar para los
demás en nuestro interior. Tenemos
que ofrecerles nuestro corazón como
lugar hospitalario, donde puedan
encontrar mucho respeto y
comprensión.
Si conseguimos esto, será más
auténtico el diálogo. A veces,
creemos poder disimular fácilmente
nuestros sentimientos y pensamientos
negativos. Tratamos de guardar las
apariencias, y luego nos asombramos
que los demás desconfíen de
nosotros. La razón es muy sencilla:
los demás suelen percibir con gran
nitidez lo que pasa en nuestro
interior. Notan si los aceptamos o
los rechazamos, y actúan en
consecuencia. Así vemos la
importancia de empezar por nosotros
mismos en la búsqueda de la unidad.
--Se insiste mucho en el llamado
«ecumenismo espiritual»...
--Burggraf: Con razón, porque el
ecumenismo no es, en primer lugar,
una cuestión de doctrina teológica
ni de colaboración pastoral, sino de
oración y de caridad. Así como la
falta de amor engendra desuniones,
la «santidad de vida» puede
considerarse como el «alma»o motor
de todo el movimiento ecuménico.
Es significativo que Juan Pablo II
haya invitado repetidas veces a una
purificación de la memoria a todas
las personas y asociaciones. Sabemos
bien que la memoria no es sólo una
facultad relativa al pasado; por el
contrario, influye profundamente en
el presente. Lo que recordamos
afecta, con frecuencia, a nuestras
relaciones con los demás. Si una
herida del pasado queda en la
memoria, esta herida puede llevar a
una persona a encerrarse en sí
misma; puede traducirse en una
cierta resistencia a encontrarse de
una manera serena entre los demás, y
puede dificultar o incluso impedir
una amistad.
Teniendo esto en cuenta, Benedicto
XVI ha dado recientemente un ejemplo
elocuente: cuando, a causa de su
famosa conferencia de Ratisbona
había llegado a ser la víctima de
una campaña organizada por algunos
adversarios de la Iglesia, no culpó
a nadie; es más, sobrepasó las
reglas de la mera justicia y pidió
perdón a los musulmanes por las
palabras que podrían haberles
herido.
Podemos estar seguros de que una
persona contribuye más a la unidad
de la Iglesia cuando procura
transmitir el amor de Dios a los
demás, que cuando se dedica a los
diálogos teológicos más eruditos con
un corazón frío.
--El Papa está demostrando
continuamente su compromiso
ecuménico. ¿Advierte un celo
análogo, entre los católicos en
general?
--Burggraf: Benedicto XVI señaló,
desde el comienzo de su pontificado,
que está dispuesto a «trabajar sin
ahorrar energías en la
reconstitución de la unidad plena y
visible de todos los seguidores de
Cristo». Está realizando una gran
labor ecuménica, hecha no sólo de
palabras, sino, sobre todo, de
gestos fraternos.
Así, por ejemplo, ha donado una
considerable cantidad de dinero al
patriarcado de Moscú para la
reconstrucción de la catedral de la
Trinidad en San Petersburgo. Y, a
pesar de las dificultades, que se
experimentan actualmente entre
anglicanos y católicos por
cuestiones de carácter teológico y
ético, ha firmado, hace apenas dos
meses, una animante declaración
conjunta con el primado de la
Comunión anglicana.
Los católicos están cada vez más
familiarizados con el reto que
supone la unidad de todos los
cristianos. A la vez, se dan cuenta
--y el Papa insiste también en
esto-- de que el diálogo tiene
distintos niveles o «círculos».
Tiene que comenzar antes, en la
«propia casa», entre los mismos
católicos, que tienen que conocerse
para entenderse bien. No debemos
excluir de nuestro interés y cariño
a las personas de otras comunidades
católicas. Hay mucha variedad en
nuestra Iglesia.
No puede ser que las múltiples
familias religiosas se cierren unas
a otras, que cada una vaya a lo
suyo, que quizá haya incluso
competencias y rivalidades entre
ellas. De este modo, nunca podremos
dar a nadie un testimonio
convincente de la cercanía de Dios.
Asimismo, los católicos tienen una
viva conciencia de que el diálogo va
más allá del ecumenismo. Se dirige
también a los seguidores de otras
religiones y al mundo secularizado.
Allí nos espera una inmensa tarea,
que sólo podemos afrontar si estamos
unidos: con Dios, entre nosotros los
católicos y con todos los
cristianos.
--Cuando usted explica el ecumenismo
y sus pasos desde el Concilio
Vaticano II a sus estudiantes: ¿nota
interés, recelo, sorpresa?
--Burggraf: En la Facultad de
Teología, tengo alumnos de cuatro
continentes, que se llevan muy bien
entre sí. La pluralidad es riqueza.
En este clima, no es de sorprender
que haya interés por el ecumenismo,
mucho antes de empezar las clases.
Los alumnos están abiertos para
conocer la historia, los
razonamientos, las costumbres y
mentalidades de los otros
cristianos, no sólo de modo teórico,
sino también práctico: algunos
acuden a los encuentros en Taizé,
otros hacen --en las vacaciones--
una peregrinación a Santiago con
algún amigo de otra confesión.
Tienen muchas iniciativas
personales.
Hay también alumnos que pertenecen a
Iglesias orientales católicas y nos
explican, en clases especialmente
dedicadas a ello, el sentido
profundo de su modo tan diferente de
celebrar la liturgia.
También en las otras Facultades se
ha despertado un cierto interés por
el ecumenismo. Los estudiantes de
hoy ya no tienen los recelos que,
quizás, hayan sufrido otras
generaciones. Sin embargo, no
conocen muy bien la propia fe;
muchos no tienen una clara identidad
católica.
Por esto, antes de «dialogar»con
otros cristianos, es preciso para
ellos descubrir la belleza de su fe.
Porque, en un auténtico diálogo, el
otro quiere saber quién soy yo, y yo
quiero saber quién es él. Si hacemos
amistad con una persona de otra
confesión religiosa, nos interesa
realmente lo que piensa y cree. Si
ignoramos lo que nos separa, creamos
un ambiente de confusión que no
ayuda a nadie.
Cuando, en cambio, los miembros de
las diversas comunidades cristianas
siguen cada uno fielmente sus
propias creencias, puede parecer, en
ciertas circunstancias, que tienen
poco en común, que están bastante
alejados unos de otros. Pero
interiormente se parecen mucho más
que cuando se juntan en acuerdos
superficiales y dejan de lado la
pregunta por la verdad.
Si cada uno sigue su propia fe, se
encuentran unidos en lo más hondo de
su ser. Tienen la misma actitud
fundamental que es la fidelidad a
sus propias convicciones. Existe
entre ellos una unidad no plenamente
visible, pero sumamente real. Es tan
real como el Espíritu de Cristo que
actúa en ellos. |