La especulación plantea cuestiones morales
Por Carlos Moreda de Lecea
Algunos la defienden en cuanto oficio de audaces y fuente de recursos para la economía productiva. Otros critican sus consecuencias, en ocasiones letales, sobre los mercados y su falta de visión social. Lo cierto es que la especulación tiene importante papel en la economía actual y plantea cuestiones. interesantes.
En sentido amplio, especular es comprar un activo para venderlo posteriormente y obtener un beneficio. En sentido estricto, la especulación consiste en una toma de posición en el mercado —puede ser comprar, vender, permutar, etcétera— ante un previsible y excepcional cambio de precios o variación de un índice, al que se le atribuye un valor económico, durante un período de tiempo, frecuentemente breve, con la finalidad de obtener un beneficio, generalmente elevado respecto al capital empleado y a la duración de la operación.
La finalidad propia de la especulación es el beneficio, y éste es fruto de un cambio de precios, no del rendimiento, los intereses o dividendos del activo. El cambio de precios no es ocasionado ni por el aumento de los costes ni por el uso directo de los bienes. Toda especulación exige la compra o venta de un activo para posteriormente vender o comprar ese mismo activo u otro. Por tanto, se efectúa una inversión de cara al futuro; se renuncia a unas ventajas presentes, de consumo, por unas ventajas futuras, un beneficio originado por la diferencia de valor de los activos en el período de tiempo. Pero la especulación, más que en la actividad como tal, está en la intención del agente que toma una posición porque prevé desequilibrios del mercado.
La decisión de invertir dependerá del beneficio que se espera obtener en relación con los beneficios que se obtienen en otras inversiones, del tiempo que transcurre y del riesgo inherente a la inversión. La tasa de rendimiento será el beneficio generado por la compra-venta del activo expresada como porcentaje del precio de compra.
El beneficio como fin absoluto
El beneficio está en la base de casi toda la actividad económica. En el caso de la especulación, el beneficio es el fin de esa actividad. Dice Camacho que “el finis operantium (el lucro de los especuladores) hace que se consiga también el finis operis (la estabilización de los precios)”. Los beneficios de una operación especulativa son estímulo para atraer nuevas inversiones que enseguida reajustan el mercado. Por esta razón, los grandes beneficios son siempre transitorios, en tanto el mercado está en desequilibrio. En este sentido, autores como por ejemplo Mises llegan a afirmar que la especulación como búsqueda del beneficio es la fuerza que mueve el mercado e impulsa la producción.
El beneficio tiene la capacidad de impulsar y coordinar las distintas fuerzas productivas, es instrumento de desarrollo, pero no debe perder su carácter medial para convertirse en fin en sí mismo. Cuando se hace fin en sí mismo se produce un desorden: lo que es medio se convierte en fin, y caemos en la codicia: un afán excesivo de riquezas materiales.
En esta situación, el sujeto condiciona su libertad interior y queda a merced de lo que algunos autores han llamado “la presión corruptora del dinero”, que engendra lo que Juan Pablo II denomina “el deseo exclusivo de ganancia a cualquier precio” que califica como una estructura de pecado, la más característica de nuestra época.
Entonces, el dinero, integrante material del beneficio, impone la ley del enriquecimiento, ofusca la conciencia y el sujeto se ve arrastrado por la pasión inmoderada de las riquezas y de su poder, cayendo en una especie de idolatría que prescinde de toda moral. A título de ejemplo, sirvan las declaraciones de uno de los más conocidos especuladores financieros: “Estoy seguro de que las actividades especulativas tienen consecuencias negativas. Pero no me lo planteo ni me lo puedo plantear. Si me abstengo de hacer algunas cosas a causa de los escrúpulos morales, dejaría de ser un especulador. No tengo remordimientos por haber ganado dinero en el momento de la devaluación de la libra. No he especulado contra la libra para ayudar a Inglaterra o para perjudicarla. Lo he hecho para ganar dinero”.
Excesiva fluctuación del mercado monetario
“El sistema monetario y financiero mundial se caracteriza por la excesiva fluctuación de los métodos de intercambio e interés” decía Juan Pablo II en 1987. Efectivamente, el capital que antes estaba repartido entre las distintas plazas financieras puede ahora, en un instante, merced a las comunicaciones electrónicas, trasladarse de un continente a otro. De esta forma, el dinero, que antes se repartía geográficamente, fácilmente puede concentrarse en unos pocos lugares. El mercado continuo permite una mejor utilización del capital, pero también puede distorsionar los mercados monetarios. La razón es que, mientras la componente especulativa es minoritaria, se beneficia la dinamicidad del mercado, pero a medida que crece lo distorsiona con fluctuaciones y tendencias que benefician al especulador en perjuicio de los demás agentes económicos.
Por otra parte, los gobiernos de cada nación intentan dar las máximas facilidades para atraer capitales con los cuales financiar la deuda y cubrir los déficit públicos y de la balanza de pagos. Esto se ha traducido en una batalla de tipos de interés y en una desreglamentación legislativa en lo concerniente a los movimientos de capitales. Incluso algunos países se han presentado con legislaciones laxistas y otros —llamados “paraísos fiscales”— dan todo tipo de facilidades para que capitales de origen dudoso (narcotráfico, contrabando, etcétera) se refugien en su soberanía nacional.
La inestabilidad del sistema financiero no es una novedad, y ya se refería a ella Keynes hace setenta años cuando pedía un impuesto sobre las transacciones. Pero se ha puesto más de manifiesto en los cracks bursátiles de 1987 y 1989 y las crisis monetarias de 1992 y 1993, que han dañado fuertemente varias monedas nacionales. Autores como el premio Nobel James Tobin hacen propuestas parecidas: “Se trataría de establecer un impuesto internacionalmente uniforme sobre las transacciones al contado en moneda extranjera ( spot transations in foreing exchange ), incluyendo entregas sobre opciones y contratos de futuros”. De esta manera se incrementaría el peso de los participantes en el mercado a largo plazo frente a las maniobras especulativas inmediatas. Pero un impuesto de esta naturaleza, aunque penaliza al especulador compulsivo daña las operaciones legitimas de hedging , en especial el mercado de la deuda pública y exige un acuerdo internacional, y la buena fe de cada gobierno para que no se convierta en una fuente de ingresos atípicos.
En este mismo sentido, el director gerente del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus , afirmaba en una conferencia en Madrid que el F.M.I. está considerando crear un servicio financiero a muy corto plazo, “de rápido desembolso”, que ayudaría a proteger las reservas de los países que sufrieran súbitos ataques especulativos. Este nuevo fondo nacería como consecuencia de los fuertes vaivenes a los que han sido sometidos los mercados financieros por los ingentes flujos de capitales que se mueven diariamente en el mundo, que son demasiado grandes para que un banco central pueda frenar ataques especulativos contra su moneda”.
Necesidad de un acuerdo internacional
La reciente aparición en los mercados financieros de los hedge funds , gestores de fondos especulativos, con el gran uso que hacen de los derivados financieros, opciones y futuros —mueven cerca de 140.000 millones de dólares al año— ha acentuado los altibajos de las cotizaciones y ha puesto más de relieve la necesidad de regular estos mercados. Las transacciones de capitales son tan elevadas y tienen tal presión que superan la capacidad de un banco central para contenerla. A veces da la sensación de que el poder económico está en mercados financieros incontrolados. El anonimato de los capitales permite actuar, incluso impunemente, contra la propia moneda o la moneda de otro país.
Además, el nacimiento y desarrollo de la economía productiva necesita como base la estabilidad económica y financiera. En definitiva, la interdependencia entre los países obliga a una solidaridad mutua y reclama de modo apremiante una cooperación internacional, incluso, de un modo más profundo, una autoridad mundial. Los problemas de tipo de interés, coordinación entre bancos centrales, etcétera, requieren algo más que un simple acuerdo: “La humanidad, enfrentada a una etapa nueva y más difícil de su auténtico desarrollo necesita hoy un grado superior de ordenamiento internacional” ( Sollicitudo Rei Socialis ). Uno de esos intentos es la Unión Económica y Monetaria europea.
Afán excesivo de liquidez
El especulador necesita liquidez para moverse con agilidad y rapidez en el mercado, por eso concentra su actividad en los llamados activos líquidos. Con ellos se gana menos dinero, pero antes. A su vez, el especulador da liquidez al mercado, lo dinamiza y evita oscilaciones bruscas de precios. La situación cambia con la llamada “fiebre especulativa”, es decir, cuando la mayoría de los inversores se vuelven especuladores porque el afán de hacer dinero rápidamente, aun a costa de grandes riesgos, es mayoritario en el mercado.
La falta de liquidez actual se cubre hipotecando el futuro a través de la deuda; es el denominado “fetichismo de la liquidez”: la deuda contraída es, muchas veces, imprudente e irresponsable. Entonces priman los activos líquidos sobre los verdaderamente productivos, que son los que crean más riqueza y puestos de trabajo. Las ganancias de la actividad financiera son más rápidas porque el ciclo económico es más corto, ya que en los mercados financieros la producción y el consumo son casi inmediatos. La rentabilidad de una inversión productiva queda desdibujada por su valoración especulativa, lo que provoca las consiguientes tensiones en el mercado. El agente económico actúa entonces en el mercado financiero de un modo agresivo, buscando una eficiencia y una aceleración del “tiempo económico” —prácticamente sólo cuenta el corto plazo— que en el fondo cambia los fines de la economía y da una concepción economicista de la vida.
La economía financiera y la productiva se complementan, pero la actividad financiera está, en principio, subordinada a la productiva para aportarle los recursos de inversión necesarios para su nacimiento y desarrollo. Cuando hay un cambio en este orden y la actividad financiera toma un papel protagonista, la miopía financiera del corto plazo ahoga la actividad productiva, se deshacen muchas empresas y se produce una parálisis empresarial.
Hace poco más de un año Akio Monta , presidente de Sony, declaraba ante el Foro Económico Mundial que la recesión actual “es el fruto de una economía basada en la especulación”. El empresario japonés propuso terminar con la preponderancia de las finanzas diciendo: “El sector financiero debe volver a sus orígenes. El dinero debe ser invertido en apoyo de la investigación y el desarrollo de nuevos productos”.
Conviene recordar que, como señala la encíclica Laborem Exercens , “el trabajo (...) ocupa el centro mismo de la cuestión social” y “es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social”; además, la propiedad se adquiere, ante todo mediante el trabajo para que ella sirva al trabajo”. Por tanto, un excesivo protagonismo de la economía financiera puede producir una desviación del capital de su objeto —la inversión en medios de producción que sirvan al trabajo— en detrimento de la economía real, la que produce y distribuye bienes y servicios.
Aparición de nuevos oligopolios
La desreglamentación y el grado de sofisticación de los productos financieros ha dado lugar a otro problema. El buen especulador se caracteriza por su capacidad de utilizar más inteligente o más rápidamente los elementos de análisis, entre los cuales la información es fundamental. Las entidades financieras, para buscar la máxima rentabilidad al menor plazo posible, han creado organismos especializados en la concentración de información. De esta forma, sólo quien tiene grandes medios financieros para organizar estas entidades tiene posibilidades de obtener beneficios importantes. Se crea así un muro que separa los que tienen más recursos de los que tienen menos. El nuevo mercado tiene ciertas condiciones oligopólicas que “ya no responden a las míticas condiciones de competitividad que caracterizan teóricamente el marco dentro del cual los especuladores llevaban a cabo su actividad estabilizadora”, como ha señalado Panizza .
En la contratación de valores, que es intensiva en la información, ésta tiene especial importancia. Muchas veces, los agentes con una participación mayoritaria en el mercado forman bolsas de información particular que les permite realizar operaciones especulativas. En estos mercados opacos el tamaño tiene sus ventajas y se origina un flujo recíproco de información informal. Los grandes inversores eligen como agentes a aquellos que conocen mejor la textura del mercado y pueden recomendarles determinadas compras y ventas. A su vez, estos inversores suministran a sus agentes la información más valiosa que les permite ir por delante en la contratación, al menos unos minutos. Esta ventaja de posición les da una confianza mayor para actuar con agresividad en la determinación del precio de cotización.
Anonimato del capital
La aparición de las sociedades anónimas separó a los dueños de la propiedad de los que la administran, mermando el carácter personal de la propiedad. El desarrollo de la economía financiera ha distanciado esta separación. El ahorro es canalizado hacia instituciones financieras en las que profesionales de las finanzas gestionan los capitales. Así, el derecho de propiedad se ejercita desde un anonimato y el dueño del capital tiene derecho a cobrar una renta sin conocer dónde se invierte su dinero.
Como los gestores de los fondos compiten entre sí para dar la máxima rentabilidad, se puede dar la contradicción que dinero procedente de buenos cristianos financie, sin ellos saberlo, actividades contrarias a sus creencias, e incluso que sean intrínsecamente malas. Y también que, beneficiándose de la desreglamentación legal, no se sepa de dónde procede el capital, por lo que el dinero procedente de la evasión fiscal o aduanera pase a engrosar los fondos de inversión internacionales. Se ve así conveniente y necesario estudiar nuevos modos del ejercicio del derecho de propiedad.
Además, por el afán de captar activos que financien la deuda, se puede primar las rentas de capital sobre las rentas procedentes de actividades productivas, de forma que las rentas de trabajo podrían sufrir mayor presión fiscal que las rentas de capital, cuando en aras de la justicia deben cotizar al menos de la misma manera.
Para terminar, el lector querrá un juicio final sobre la especulación. Indudablemente, la especulación aporta a la vida económica una serie de efectos positivos en condiciones normales: estabilización de las fluctuaciones de los precios, estabilización relativa del consumo y la oferta mediante la retención de excedentes e igualar los precios de mercado en el espacio y darles mayor dinamismo. Como hemos visto, también tiene efectos negativos cuando hay una alteración del mercado, por ejemplo a causa de la inflación, dando una mayor velocidad de circulación al dinero; o cuando es mayoritaria en el mercado y entonces crecen las oscilaciones de los precios.
La actividad especulativa no puede considerarse mala en sí misma, pues, como ha señalado Juan Pablo II , “perseguir la ganancia, por sí, no es algo injusto si la ganancia se obtiene de modo lícito”, pero tampoco puede considerarse como una técnica de gestión del riesgo que es indiferente, ya que puede tener consecuencias muy importantes, a veces graves, sobre la actividad económica y sobre los valores que configuran la sociedad.
Luces y sombras
Como hemos estudiado, la especulación es una operación habitualmente muy arriesgada, que se realiza con el objeto de conseguir un gran beneficio; a diferencia de otras actividades, este beneficio no depende del servicio que se preste o del valor económico añadido, sino que se ocasiona por una excepcional variación de los precios del activo en el mercado; es decir, el especulador obtiene un beneficio porque predice con acierto, por su estudio e investigación, y antes que los demás, un cambio en las circunstancias del mercado, y sabe acomodarse a ellas sacando el mayor partido.
En este sentido, el especulador, en cuanto aventaja a los demás, es considerado por ellos como un competidor ventajista. Como no realiza una aportación a la economía productiva proporcional al beneficio, sino que se aprovecha del cambio de circunstancias del mercado, muchas veces se le juzga también como un oportunista que sin demasiado esfuerzo obtiene un fácil y elevado beneficio.
De modo concreto, hemos señalado más arriba los efectos positivos de la actividad especulativa como estabilizadora de precios y dando liquidez al mercado. Conviene señalar que esos aspectos positivos no son buscados directamente por el especulador, como si esa tarea diese lugar a un beneficio, sino que son efectos indirectos, pues surgen a consecuencia de su actividad. Porque la finalidad de su actividad es invertir aprovechando un posible, y por tanto arriesgado, cambio de circunstancias.
Por otra parte, y desde el punto de vista del bien común, la “hipoteca social” de toda propiedad puede traducirse en que la opción de invertir “en un sector productivo en vez de otro, es siempre una opción moral” ( Centessimus Annus ). Aunque la especulación puede prestar un servicio, parece más conforme con la solidaridad cristiana destinar las inversiones a actividades productivas que, además de producir un beneficio propio, cooperan al bien de la sociedad: desarrollo económico, puestos de trabajo, valor económico añadido, etcétera. O también, destinar a ellas los beneficios obtenidos por medio de operaciones de especulación. En cualquier caso, cuanto mayor es el capital de que se dispone, mayor es la responsabilidad de hacerlo rendir para contribuir al bien común.
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Publicado en el mes de abril de 1996, nº 502 de Nuestro Tiempo
Edición autorizada de arvo.net
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