| Por Ramón Pi
Vivimos tiempos de relativismo moral. Los pensadores contemporáneos tratan de establecer una ética social basada en el consenso, ante la falta o el desvanecimiento de criterios de comportamiento ajenos y superiores a los hombres, y aceptados pacíficamente por éstos. Esta situación es nueva, propia de lo que alguien ha llamado la “era poscristiana”, que rechaza no sólo la aceptación de una divinidad que se comunica con los hombres, sino incluso el reconocimiento de una ley natural de alcance universal inscrita en la conciencia de cada individuo. El relativismo moral es, me parece, una consecuencia ineludible de la entronización de la autonomía individual como norma suprema de la conducta o, al menos, como criterio legitimador de ella, con la sola traba de la colisión con comportamientos ajenos o con las leyes establecidas por los propios hombres para convivir superando la selvática ley del más fuerte.
Este tiempo relativista ha dado origen a la aparente paradoja de la proliferación de comisiones, comités, normativas y prontuarios de ética en casi todos los aspectos de la existencia. La paradoja, sin embargo, es como digo sólo aparente, porque la orfandad de normas morales universales y superiores a la voluntad humana exige, en efecto, la búsqueda permanente de los criterios aplicables, que habrán de variar precisamente en función de los consensos sociales de cada momento y lugar. El resultado es un considerable desconcierto social que se manifiesta también en las mismas legislaciones, necesitadas de definir cada vez lo que está bien y lo que está mal.
Está muy extendido el error de creer que la ética de los negocios es autónoma, de suerte que conductas consideradas reprochables en otras actividades pueden aceptarse en el mundo de la empresa y los negocios. Sin embargo, nada más falso: si se llevase a sus últimas consecuencias este criterio, la inseguridad jurídica haría la convivencia sencillamente imposible. La ética, para merecer este nombre, ha de fundarse en la antropología, en una concepción coherente y global del ser humano, único bicho viviente sobre la Tierra dotado de sentido moral. De lo contrario queda reducida a un modesto manual de instrucciones para sobrevivir.
Porque tampoco es cierta la entera independencia entre lo privado y lo público, como lo demuestra la práctica en las sociedades más acrisoladamente liberales, en las que los comportamientos privados de los hombres públicos se observan con enorme atención: si un hombre no es capaz de gobernar su casa, ¿cómo se le va a confiar el gobierno de la comunidad? Y en el mundo de los negocios, si un jefe de compras no tiene asimilada en su vida -en toda su vida, también la privada- la noción de que el dinero no es el móvil último y definitivo de su actuar, ¿qué confianza merecerá a la hora de aceptar o rechazar los regalos que pueda recibir de los proveedores?
La ética de los negocios no existe más que como una parte de la Ética, de una única Ética, la ética de las virtudes, sólo que aplicada al mundo de los negocios.
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Ramón Pi: ramonpi@intereconomia.com
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Arvo Net, 17.11.2003
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