Por
Sunsi
Estil-les Farré
*
Arvo
Net, 06.09.2006
“LOS RICOS INVIERTEN EN COSAS;
LOS POBRES INVIERTEN EN PERSONAS.”
He apuntado la frase en negrita y
mayúsculas. Tiene muchas
aplicaciones. Pienso que ninguna de
ellas es un compartimiento estanco;
funcionan como peldaños de una
escalera, que no se puede subir sin
pasar por todos sus tramos.
Invertir en cosas o invertir en
personas... En la esfera individual
esta disyuntiva marca la frontera
entre dar y darse, vaciar la
calderilla del bolsillo o vaciar
todo el bolsillo cuando es necesario
y el corazón ... con la presencia
física y afectiva para aliviar al
que está solo, para reconfortar al
que lo necesita. En el ámbito
familiar distingue dos puntas del
mismo palo; construir una casa y
llenarla de objetos valiosos o
hacer de una casa un hogar en lo que
lo valioso son los individuos que
conviven en ella. En el entorno
social contrapone el intercambio
mercantilista de tomar del prójimo
lo que nos reporta algún beneficio o
la relación interpersonal del que da
y toma beneficios intangibles; se
aprende mucho de la gente buena,
pero una condición básica para
aprender es dejarse enseñar.
Creo que no; que no me he ido por
las ramas. Los cayucos que llegan a
las costas canarias y desembarcan
miles de seres oscuros como si
fueran bultos es el final de esta
escalada.
Hace poco buscaba material escrito
para otro tema. Y encontré “Somos
el presente”, el discurso que
pronunció Xavier Sala en la
aceptación del Premio Rey Juan
Carlos de Economía. Un brillante y
detenido estudio sobre las causas de
la pobreza en el continente
africano. África... un continente “plagado
de conflictos bélicos que ahuyenta
la inversión internacional”; un
continente donde la aparición del
sida y el resurgimiento de la
malaria han dejado a “millones
de huérfanos que deambulan sin la
ayuda de sus padres”; un
continente donde las empresas de los
países ricos se niegan a formar una
mano de obra que no alcanzará la
edad de 30 años; un continente donde
la ciencia, la que inventa
artilugios tan complejos como naves
espaciales, no puede solucionar un
problema que se transmite con la
picadura de un mosquito. ¿No puede
o no compensa?. ¿Porque afecta sólo
a países tropicales –pobres por
definición- y no resulta rentable a
la industria farmacéutica?. Tal vez.
África es un continente donde la
globalización ni se huele; sobra
burocracia y la ayuda humanitaria
no llega a quien tiene que llegar.
El único camino, el más efectivo y,
paradójicamente, más complejo es la
educación de los niños.
En las últimas décadas, el Banco
Mundial ha desembolsado miles de
millones en la construcción de
escuelas, libros y retribución a
profesores y maestros. La situación
no mejora, luego algo falla. La
clave habrá que buscarla en el
objeto de la inversión. ¿Se
invierte en cosas o en personas?
Los niños africanos, como relata
Xavier Sala, son el presente. En
África, el presente de nuestro
privilegiado primermundo es una
minoría que malvive, agoniza, yace
bajo una tierra árida y estéril o en
aguas del Atlántico. ¿Qué más da que
existan escuelas y libros y
profesores cualificados? Los niños
no pueden dedicar tiempo al estudio
porque necesitan trabajar. “
Muchas familias pobres no pueden
sobrevivir con la fruta que
buenamente recolecta la madre o los
mejillones que haya podido pescar el
padre”. ”Los ingresos que genera el
trabajo de los hijos pasan a ser un
factor esencial” “ Y ¡sí!,
todos entienden que, si el niño o la
niña van al colegio y aprenden a
leer, escribir, sumar y multiplicar
y aprenden un oficio, sus
posibilidades económicas futuras se
van a multiplicar. Pero la familia
no puede permitirse prescindir de
los ingresos de los menores. Esa es,
precisamente, una de las
consecuencias de la pobreza”.
¿Es imposible invertir en la
educación de los menores?. ¿Es una
batalla perdida de antemano?. En
absoluto. Lo demostró el presidente
mejicano Ernesto Zedillo cuando
diseñó y llevó a cabo el programa
“Progresa”. “El objetivo –
indica Salas- era inducir a los
niños más pobres de las regiones de
Chiapas, Guerrero y Oaxaca a ir al
colegio en lugar de trabajar. Para
ello, el presidente Zedillo entendió
que la única manera de conseguirlo
era dar al niño unos ingresos
alternativos, por lo que decidió
pagar un salario a los niños que
iban al colegio. No era una beca que
se daba al empezar el curso. Era un
salario: el niño no cobraba si no
acudía a clase y su remuneración
aumentaba a medida que iba mejorando
sus notas y pasando de curso” .
El programa de Zedillo fue un éxito
espectacular, digno de ser exportado
si hay voluntad y empeño en
construir desde la base, invirtiendo
en la base de la sociedad: el ser
humano. Sin esa voluntad y ese
empeño seguiremos lamentando cayucos
que naufragan o cayucos que llegan a
buen puerto para ser enviados a
cualquier punto de la Península, con
una botella de agua y un bocadillo.
Pan para hoy y hambre para mañana.
Si nos preocupa, deberíamos buscar
soluciones reales. Y quien busca,
encuentra. Si no, somos también
culpables.
*Sunsi
Estil-les Farré
Diari de Tarragona