Por
Tomás
Salas
Arvo Net, 02.10.2002
UNA MIRADA PENETRANTE
SOBRE
EL
TOTALITARISMO
(LA DIVINI REDEMPTORIS DE PÍO
XI)
TOMÁS
SALAS
1.
Una mirada penetrante
Hay
documentos del Magisterio católico
que se han convertido en clásicos y
puede decirse que en recurrentes.
Muchos cuando hablan de la cuestión
social sacan a colación la Rerum
Novarum, o si se refieren a la
Iglesia y el mundo moderno, no puede
faltar la referencia a la
Gaudium et Spes. Los críticos de
la Iglesia siempre citan el
Syllabus cuando quieren destacar
el antiliberalismo (?) católico. Y
así un largo etcétera. En esta misma
línea, hay muchos documentos que
tratan sobre el comunismo, pero el
texto por excelencia es la encíclica
Divini
Redemptoris
que el papa Pío XI promulga en
1937. Pero sospecho que, con estos
grandes textos, pasa como con los
clásicos: son más citados que
leídos. Quizá se espera encontrar en
la DR el arsenal de tópicos
condenatorios sobre el comunismo
con una retórica que hoy nos resulta
un poco antigua. Sin embargo, una
lectura atenta del texto revela que
(a) el papa Ratti tiene una mirada
aguda y analítica para enfrentarse
al tema del comunismo más allá de
las meras expresiones condenatorias
y de los elementos doctrinales que
toma y desarrolla de sus
antecesores; (b) que trata algunos
aspectos que son claves para
comprenderlo, si bien es verdad que
descuida otros, como no podía ser
menos en un texto de esta
naturaleza, no exhaustivo ni mucho
menos; (c) que no cae en los tópicos
que muchos intelectuales ya
manejaban en su tiempo y siguieron
manejando todavía durante largos
años; y (d) que se adelanta a
muchas ideas y valoraciones de los
analistas posteriores. Esto es: han
hecho falta varias décadas y
evidencias incontestables para que
los intelectuales de Occidente
(dejando de lado a algunos
recalcitrantes que no cambiarán
nunca) admitan ciertas cosas y
rechacen otras. Sin embargo, muchos
de estas ideas, a las que se ha
llegado tan trabajosamente, ya están
en la DR en la fecha
prematura de 1937.
2.
Algo sobre el contexto
La Iglesia Católica venía de vivir
los tiempos convulsos y complejos de
las últimas décadas del siglo XIX,
con su enfrentamiento al liberalismo
y la búsqueda un poco desesperada de
identidad que supone el Concilio
Vaticano I. Y se encuentra, al
comienzo del nuevo siglo (aunque las
elaboraciones teóricas vienen de
antes), con un nuevo problema, con
un enemigo enconado al que quizá
nunca había sospechado tan poderoso:
el nuevo fantasma que recorre
Europa. No hace falta que la
Iglesia señale al comunismo como uno
de sus enemigos. Ya Marx, en el
famoso comienzo del Manifiesto
(1848), indica bien a las claras
quiénes son sus antagonistas: “Un
fantasma recorre Europa: el fantasma
del comunismo. Todas las potencias
del la vieja Europa, el Papa y el
Zar, Metternich y Guizot se han
aliado en una caza despiadada contra
este fantasma”. En esta lista de
enemigos no es casual, que la
Iglesia aparezca la primera, junto
con las otras fuerzas históricas que
Marx consideraba la encarnación del
mal antiproletario: la vieja Europa
de las grandes monarquías (el Zar,
Metternich), pero también la nueva
liberal, la de los Estados
nacionales (Guizot). Esta enemistad
teórica se hizo plenamente práctica
cuando, en 1917, las ideas marxistas
cristalizan en la revolución
bolchevique. Es conocida la historia
de cómo el nuevo Estado desde el
principio persigue la religión (la
ortodoxa, como la más importante en
Rusia, pero también la católica) con
todos los medios, alternando épocas
de mayor tolerancia, pero siempre en
la misma línea.
Eso hace que sean muchos los
documentos y manifestaciones del
Magisterio católico que atacan al
comunismo. Aunque no puede olvidarse
que este ataque ha sido sobre todo
un defensa, como con magnífica
humildad lo ha expresado Pablo VI:
“Nuestro reproche es, en realidad,
lamento de víctimas más que
sentencia de jueces” ( Eclesiam
suam, 94). En el mismo DR
se cita, como antecedentes, el
Syllabus y el Quod
Apostolici muneris de
León XIII. Sin embargo, si bien en
estos documentos el rechazo de esta
ideología está claro, en ocasiones
adolece de ciertas carencias. Por
una parte, cierta retórica propia
de la época y de la solemnidad de
los documentos pontificios puede dar
un aspecto algo trasnochado a los
textos. El Syllabus habla de
“nefanda doctrina [...] tan
contraria al mismo derecho natural”
y el Quod Apostolici lo
define de forma dramática como
“mortal pestilencia que serpentea
por las más íntimas entrañas de la
sociedad humana y conduce al peligro
extremo de la ruina”. Además en este
último hay una referencia global y
sin hacer matizaciones, al
“comunismo, socialismo y
nihilismo”. En la DR, sin
embargo, como hemos dicho, se entra
en una serie de aspectos del tema
arrojando luz sobre ellos.
Destacamos algunos.
3.
Coherencia del sistema
Ha
sido casi una constante en las
visiones sobre este fenómeno
considerar las tachas y
contradicciones del régimen no como
algo consustancial al régimen, sino
como una desviación que ha de ser
reconducida, un fallo que ha de ser
subsanado. Es decir, lo accidental
no desdice lo sustancial. El mito
del socialismo sigue en pie, como
una fortaleza inexpugnable a todas
las contradicciones empíricas, a
pesar de las pruebas negativas que
la experiencia acumule. Muchas han
sido las críticas a la realidad
política del socialismo real, pero
la mayoría ha salvado el sistema
como tal y ha interpretado sus
errores como desviaciones de la
recta aplicación de sus principios.
Una de
las idea principales y que más
escándalo produjeron de los
Nouveaux philosophes, a finales
de los 70 y en los 80,
fue precisamente establecer un
vínculo causal entre el marxismo (la
base teórica) y el Gulag (la
consecuencia práctica). El Gulag,
vienen a decir Gluckmann, Lévy y
algunos más, es la consecuencia
directa de Marx y, a su vez, éste es
la consecuencia del absolutismo
hegeliano. No hay desviación sino
coherencia.
En la DR -quizá ésta sea su
idea de mayor alcance- está clara la
coherencia interna del sistema y la
relación causal entre teoría y
práctica. Considera al comunismo
enraizado filosóficamente “en los
principios del materialismo llamado
dialéctico e histórico [...] Esta
doctrina enseña que no existe más
que una sola realidad, la materia
con sus fuerzas ciegas” (9). Estas
leyes también rigen la sociedad y la
historia: “La misma sociedad humana
no es sino una apariencia y una
forma de materia, que evoluciona del
modo dicho, y que por ineluctable
necesidad tiende, en un perpetuo
conflicto de fuerzas,
hacia la síntesis final” (9). Desde
estos presupuestos filosóficos, “la
lucha de clases, con sus odios y sus
destrucciones, toma el aspecto de
una cruzada por el progreso de la
humanidad” (9). La cosmovisión
materialista “despoja al hombre de
su libertad, principio espiritual de
su conducta moral” y hace que el
protagonista y señor de la historia
no sea el individuo, sino la
colectividad. “Todo esto que los
hombres llaman autoridad y
subordinación deriva de la
colectividad como de su primera y
única fuente” (10). Y “reconoce a la
colectividad el derecho, o más bien
el arbitrio ilimitado de obligar al
individuo al trabajo colectivo, sin
atender a su bienestar particular,
aun contra su voluntad y hasta con
la violencia” (12). Por supuesto,
una de las consecuencia de este
principio es la negación de la
familia como vínculo jurídico-moral
(11). Este planteamiento desemboca
en una sociedad “sin más jerarquía
que la del sistema económico” (12),
es decir, una sociedad que rompe sus
vínculos orgánicos, naturales
(familia, clase, estamento
profesional, grupo religioso) para
relacionarse sólo como productores y
consumidores, en una visión
unidimensional del hombre. Pero,
¿quién controla esta situación?
¿Quién encarna concretamente esa
abstracta y supuesta voluntad de la
colectividad? El Estado,
precisamente llamado a desaparecer
al final de este proceso, es quien
asume este poder. El comunismo, se
ha demostrado en todos los casos
históricos, se convierte en un
estatalismo, en totalitarismo
estatal. “El Estado político
-continúa la DR-, que ahora
se concibe sólo como instrumento de
la dominación de los capitalistas
para esclavizar a los proletarios,
perderá toda su razón de ser y se
disolverá; pero hasta que no se
realice aquella feliz condición, el
Estado y el poder estatal es para el
comunismo el medio más eficaz y
universal de conseguir su fin” (13).
La violencia y represión sistemática
son, pues, consecuencia directa del
sistema. “Ni se diga que tales
atrocidades
son un fenómeno transitorio, que
suele acompañar a todas las grandes
revoluciones, o excesos aislados de
exasperación, comunes a toda guerra;
no, son frutos naturales de un
sistema falto de todo freno
interior” (2; el subrayado es mío).
4.
Una forma de salvación laica
El
comunismo ha sido algo más que una
ideología política al uso; ha sido
-muchos autores lo destacan- un
forma de cuasi-religión, una oferta
de salvación; salvación laica, pero
con un indudable elemento
escatológico. Algunos autores
marxistas, el más destacado es Ernst
Bloch, hacen uso frecuente de los
términos “esperanza”, “utopía”,
“salvación”. El comunismo aspira a
algo más que a la mejora de
condiciones económicas, laborales,
materiales en una palabra.
Aspira a una especie de “nuevo
mundo”, a crear eso que San Pablo
llama un “hombre nuevo”. Así, lo
utópico y lo escatológico se
relacionan íntimamente y casi se
identifican.
Esa especie de mística puede
explicar en parte su enorme poder de
sugestión, lo que le ha llevado a
fascinar a millones de personas,
entre ellos a una buena parte de la
intelectualidad occidental; explica
también su enorme capacidad de
supervivencia en los más distintos
ambientes y en diversos momentos
históricos. “La nueva doctrina se
difunde con la fuerza que no le
podía dar su endeble armazón
intelectual, por muy científico que
pretendiera ser, sino la mística que
tantas veces ha hecho ver en el
marxismo un visión secularizada del
profetismo hebreo”.
El hombre, vaciado de la esperanza
religiosa, se llena de una esperanza
laica, que va más allá de los
social, que no puede ser sólo una
simple mejora de las condiciones
materiales y económicas. La DR,
con gran clarividencia, sabe ver
este carácter “salvífico”: “El
comunismo de hoy […] contiene en sí
un idea de falsa redención. Un
seudoideal de justicia, de igualdad
y de fraternidad en el trabajo,
impregna toda su doctrina y toda su
actividad con cierto falso
misticismo” (8).
5.
Propaganda y silencio
La
DR se hace una pregunta que
muchos asombrados observadores de
este fenómeno se han hecho después:
“¿Cómo un tal sistema, anticuado ya
hace mucho tiempo, desmentido por la
realidad de los hechos, ha podido
difundirse tan rápidamente?” (15).
Una de las respuestas, si no la
única sí una de las más
explicativas, está en su capacidad
de propaganda. Hoy muchos estudiosos
del tema tienen clara la capital
importancia del aspecto
propagandístico y de la infiltración
cultural (preconizada por Gramcsi),
pero en los años 30 no era esto tan
evidente. La mirada de águila de Pío
XI sí sabe verlo. “Se explica [la
propagación de esta ideología] por
una propaganda verdaderamente
diabólica, tal como jamás conoció el
mundo: propaganda dirigida desde un
solo centro y hábilmente adaptada a
las condiciones de lo diversos
pueblos” (17). Aquí se vislumbra un
rasgo que ha sido fundamental en el
aparato de propaganda comunista;
podría expresarse como centralismo y
diversidad. Esto es, centrado en un
solo punto de poder, que extiende su
dominio de forma casi omnímoda
y capacidad de adaptarse a las
distintas coyunturas y momentos.
Capacidad que parece inagotable y
que puede ir desde los campesinos
asiáticos que viven aún en un mundo
casi medieval, hasta los
intelectuales de las más
prestigiosas universidades europeas;
desde el ateísmo oficial de Albania,
hasta las comunidades de base
hispanoamericanas. Y toda esta
diversidad, sin perder nunca de
vista sus objetivos finales.
Tiene en cuenta el Papa Ratti el
fundamental aspecto cultural, que ha
sido uno de los grandes campos de
batalla de la lucha ideológica:
“Propaganda que dispone de grandes
medios económicos, de organizaciones
gigantescas, de congresos
internacionales, de innumerables
fuerzas bien adiestradas; propaganda
que hace folletos y revistas, en el
cinematógrafo y en el teatro, en la
radio, en las escuelas y hasta en
las Universidades” (17). Estas
palabras parecen anticiparse a una
de las más oscuras y complejas
páginas de la historia intelectual
de Occidente, que es la que escriben
sus pensadores e intelectuales en su
actitud con respecto al comunismo,
ese “opio de los intelectuales” del
que hablaba Raymon Aron. Esta
actitud puede resumirse en dos
polos: fascinación y ceguera. No han
faltado, ciertamente, quienes han
sabido tener una mirada crítica y no
se han dejado engañar, aunque se
hayan expuesto a las iras de sus
correligionarios. Pero estos, en
cierto momento, han sido una
minoría, aunque hayan contado con
nombre representativos. En todo
caso, muchos de ellos han atacado
los aspectos evidentemente negros
del totalitarismo (comunista en este
caso), pero sin llegar al fondo de
la cuestión, considerando estos
aspectos como una especie de
accidentes. Los que lo han atacado
sin ambages y de frente (el citado
Aron, Revel, Paz, Solzhenitsin,
nuestro Ortega en algunos textos
tardíos) la reducida nómina de los
valientes e insobornables, han
recibido el rechazo de muchos medios
culturales y la excomunión de sus
compañeros.
Otro
importante aspecto en este gran
esfuerzo propagandístico es el
pacifismo. “Ante el deseo general de
paz, los jefes comunistas fingen ser
celosos fautores y propagandistas
del movimiento por la paz mundial,
pero al mismo tiempo excitan a una
lucha de clases que hace correr ríos
de sangre; y sintiendo que no tienen
garantías internas de paz recurren a
armamentos ilimitados” (57). Estas
palabras trazan un certero panorama
estratégico de lo que luego sería la
guerra fría (rearme y expansionismo
agresivo de la Unión Soviética al
mismo tiempo que apoyo a los
movimientos pacifistas y “verdes”
del mundo democrático) y se adelanta
lo que, décadas más tarde,
denunciaron Revel, Aron, Gluckmann.
Precisamente el primero, tiene
palabras claras y durísimas para
desenmascarar este gigantesco
ejercicio de hipocresía: “El único
pacifismo racional es el de los
partidarios del imperialismo
soviético”.
Y señala rotundamente cuál es el
objetivo de este pacifismo: “La cara
escondida de la lucha contra la
disuasión nuclear occidental es un
lucha por el monopolio atómico
soviético. La paz del pacifismo
consiste en entregar el planeta a
Andropov. El único blanco del
movimiento es la civilización
democrática”.
6. Lo
que falta: la reconciliación con el
liberalismo
Este
texto, tan penetrante en tantos
aspectos, profético si lo vemos
desde la perspectiva del
cumplimiento histórico de sus
denuncias, adolece de una carencia
explicable desde el punto de vista
de la fecha en que fue escrito: en
su visión del liberalismo. Pío XI,
en la línea de sus antecesores y de
la doctrina expuesta claramente en
el Syllabus, se declara
antiliberal. Se queja de “la triste
ruina en que el liberalismo amoral
lo [al mundo actual] ha hundido”
(32). Es más, establece una especie
de relación de causalidad entre
liberalismo y comunismo. “Ya se
recogen los frutos de errores tantas
veces denunciados […] no cabe
maravillarse de que en un mundo,
hace ya tiempo tan intensamente
descristianizado, se propague
inundándolo todo el error comunista”
(16). Ese mundo descristianizado es,
para el papa Ratti, el mundo
conformado por el nuevo liberalismo,
el que establece las libertades
individuales y la separación de la
Iglesia y el Estado; mundo que, para
el papa, es el abono ideal para que
en él arraiguen las ideas
comunistas. No deja de ser curioso
que también Marx pensaba que era en
el mundo liberal (capitalista) donde
se produciría, a causa de las
contradicciones mismas del sistema,
la revolución proletaria. La
historia, como se sabe, ha
demostrado todo lo contrario. Las
sociedades liberales y democráticas
(las de tradición cristiana, no lo
olvidemos) no sólo han sido las que
más riqueza han creado, sino las que
mejor la han repartido, con lo que
el comunismo se ha convertido en
ellas en una posibilidad impensable.
El liberalismo (junto al
cristianismo) ha sido, a la postre,
el gran enemigo -un enemigo
vencedor- del comunismo. En
compensación a esta carencia, hay
que afirma dos cosas. La primera,
que no era posible en los años 30,
en plena crisis del sistema
demo-liberal, tener esa visión que
ha sido posible a partir de los 80.
Tampoco es liberalismo de principios
de siglo, en algunos aspectos muy
radical, es igual al posterior. La
segunda, que la Iglesia sabe
reconciliarse con la democracia y lo
hace de manera clara. En la noche de
navidad de 1944 Pío XII hace un
radiomensaje que ha pasado a la
historia como el primer documento
pontificio en el que se acepta
claramente el sistema democrático.
“En nuestros tiempos, en que tan
vasta y decisiva es la actividad del
Estado, la forma democrática de
gobierno aparece a muchos como un
postulado natural impuesto por la
misma razón” (14). Está claro.
“Ahora Pío XII habla de la
democracia sin ponerle calificativos
que la desnaturalicen, sino tal y
como el mundo habla de ella, y lo
hacer para aceptarla”.
Esa sería luego la actitud del
Vaticano II (que desde cierto punto
de vista, puede convidarse la
adaptación de la Iglesia a la
democracia) y la posterior. ¿Habría
sido esto antes posible? Parece que
no. Pero lo fue en su momento.
-
Coda: el misterio del
totalitarismo
El
totalitarismo, como el mal en
general, nos deja fuera de juego,
sin saber no ya qué justificación
moral, sino que argumentación
racional usar para explicarlo.
Cierta ingenuidad heredada del
optimismo ilustrado lleva al
pensamiento occidental a considerar
el bien como algo “natural”,
mientras que el mal tendría causas
socio-económicas, culturales o
simplemente patológicas. Por eso,
desde estos presupuestos
intelectuales, le cuesta tanto
trabajo a los intelectuales concebir
y asimilar el fenómeno del
totalitarismo. De forma especial,
los grandes totalitarismos del siglo
XX, por sus enormes dimensiones, por
lo amplio y profundo de sus
consecuencias, tienen algo de
misterio cuya explicación se nos
escapa. “Seguimos tan impotentes
como antes -escribe Annie Kriegel en
su estudio sobre los procesos en la
URRSS- para dar cuenta cabal de las
aberraciones más desconcertantes de
nuestro siglo […] Para explicar el
hecho de que Hitler experimentara el
deseo de quemar a seis millones de
judíos, de que Stalin sintiera la
necesidad de encerrar en campos
-entre 1931 y 1953- a ocho millones
de personas de promedio, provocando
en menos de un cuarto de siglo la
muerte de entre 12 y 20 millones de
hombres y mujeres, hay todo tipo de
teorías, pacientemente enumeradas;
sin embargo, todas se esfuman como
gases demasiado volátiles cuando
queremos, finalmente, establecer un
esquema definitivo de
interpretación”.
El totalitarismo se presenta, así,
como un misterio de la insondable
naturaleza humana; como un misterio
que es muy difícil penetrar
manteniéndose en un plano meramente
sociológico o político, sin apelar a
categorías morales y religiosas.
Ninguna institución como la Iglesia
ha comprendido (en parte, porque lo
ha sufrido) el totalitarismo desde
sus orígenes y ha profundizado en
sus auténticas causas y
consecuencias.
Congreso Católicos y Vida Pública
“Llamados a la libertad”
Universidad San Pablo-CEU
Madrid, 18, 19 y 20 noviembre 2005
NOTAS
Un ejemplo que me parece
significativo es el de
Octavio Paz, que, en 1950,
recoge una serie de
documentos y testimonios
sobre el tema y los publica
en la revista argentina
Sur de Victoria Ocampo.
Esto le valdría ser tachado
por la intelectualidad
progresista (a la que, por
otra parte, Paz sin duda
pertenece) de cosas tan
curiosas como “espía a las
ordenes de la CIA” o
“estructuralista burgués”.
Más de dos décadas después,
recordando y comentando
aquella publicación,
reconoce: “Mi comentario
repetía la explicación
usual: los campos de
concentración soviéticos
eran un tacha que
desfiguraba el régimen, pero
no constituía un rasgo
inherente al sistema.
Decir eso en 1950 era un
error político; repetirlo
ahora, en 1974, sería algo
más que un error” (“Polvos
de aquellos lodos”, en El
ogro filantrópico,
Barcelona, Seis Barral,
1990, págs. 242-3, el
subrayado es mío). No sería
difícil acumular testimonios
que vayan en este sentido.
Elijo éste por ser
especialmente aleccionador.
Por un lado, Paz es un autor
laico y de izquierdas; por
otro, es lo suficientemente
honesto para reconocer sus
errores, lo que en el mundo
intelectual es una cualidad
escasísima.