Por
Josep-Ignasi
Saranyana
Profesor
de
Teología
Universidad
de
Navarra
La
petición
de
Jesús
al
Padre
eterno:
"No
pido
que
los
tomes
del
mundo,
sino
que
los
guardes
del
mal"
(Juan
17),
ha
sido
objeto
de
intensa
e
inagotable
meditación.
Las
reflexiones
de
san
Agustín,
en
el
siglo
V,
han
provocado,
además,
un
multisecular
debate:
"Los
cristianos
viven
con
los
otros,
pero
no
como
los
otros".
Desde
entonces,
muchos
han
considerado,
como
cosa
dada,
la
separación
entre
lo
religioso
y lo
mundano.
Tal
segregación
sólo
se
podría
suturar
-se
ha
dicho-
por
la
asunción
de
lo
mundano
en
lo
religioso.
Solamente
de
esta
forma
se
salvaría
lo
mundano.
En
el
antiguo
régimen,
esto
se
tradujo
en
sistemas
políticos
hierocráticos
o
teocráticos.
Después
del
ciclo
revolucionario,
se
optó
por
la
fundación
de
partidos
confesionales.
Maritain
lo
expresaba,
en
1936,
de
modo
lapidario,
distinguiendo
entre
hacer
una
política
en
cristiano,
y
actuar
como
cristiano
en
lo
espiritual
y
apostólico.
En
política,
el
compromiso
vendría
por
la
etiqueta
del
grupo;
en
lo
religioso,
no
habría
marca
corporativa,
sino
compromiso
personal.
Sólo
la
actuación
corporativa
se
traduciría
en
efectiva
cristianización
de
las
costumbres.
Maritain
fue
criticado,
aunque
sólo
por
los
más
perspicaces
de
aquella
hora.
Chenu,
por
ejemplo,
le
reprochó
aceptar
una
separación
total
entre
naturaleza
y
gracia
en
el
orden
político
y
social.
Le
recriminó
que
propusiera
desenganchar
lo
espiritual
de
lo
temporal.
Es
innegable
que
el
tema
es
importante.
Muchas
cosas
dependen
de
su
adecuada
solución.
La
reciente
entrevista
al
cardenal
Rouco
Varela,
publicada
en
"La
Vanguardia",
abordó
valientemente
la
cuestión.
Preguntado
sobre
si
los
obispos
sentían
"alguna
nostalgia
por
un
verdadero
partido
cristiano
demócrata
en
España",
el
cardenal
respondió:
"Lo
que
sentimos
como
necesario
es
un
compromiso
más
decidido
y
claro
de
los
cristianos,
de
los
católicos,
en
la
vida
política,
de
manera
que
actúen
más
en
consonancia
con
la
doctrina
católica.
Padecemos
un
déficit
en
este
sentido".
La
tentación
de
refugiarse
en
lo
corporativo
está
a la
vuelta
de
la
esquina.
Pero,
¿acaso
no
sería
esto
ceder
a la
comodidad
de
ocultarse
bajo
el
paraguas
de
unas
siglas,
aparcando
las
responsabilidades
personales?
Josep-Ignasi
Saranyana
es
profesor
de
Teología
en
la
Universidad
de
Navarra
y
colabora
con
Arvo
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