Mensaje del Papa con
motivo de la Cuaresma 2001
S.S. Juan Pablo II
6/3/2001
La Cuaresma representa para los creyentes la
ocasión propicia
para una profunda revisión de vida
1."Mirad que subimos a Jerusalén" (Mc 10,
33). Mediante estas palabras el Señor invita
a los discípulos a recorrer junto a Él el
camino que partiendo de Galilea conduce
hasta el lugar donde se consumará su misión
redentora. Este camino a Jerusalén, que los
Evangelistas presentan como la culminación
del itinerario terreno de Jesús, constituye
el modelo de vida del cristiano,
comprometido a seguir al Maestro en la vía
de la Cruz. Cristo, también, dirige esta
misma invitación de "subir a Jerusalén" a
los hombres y mujeres de hoy. Y lo hace con
particular fuerza en este tiempo de
Cuaresma, favorable para convertirse y
encontrar la plena comunión con Él,
participando íntimamente en el misterio de
su muerte y resurrección.
Por tanto, la Cuaresma representa para los
creyentes la ocasión propicia para una
profunda revisión de vida. En el mundo
contemporáneo, junto a generosos testigos
del Evangelio, no faltan bautizados que,
frente a la exigente llamada para emprender
la "subida a Jerusalén", adoptan una
posición de sorda resistencia y, a veces,
también de abierta rebelión. Son situaciones
en las que la experiencia de la oración se
vive de manera bastante superficial, de modo
que la palabra de Dios no incide sobre la
existencia. Muchos consideran insignificante
el mismo Sacramento de la Penitencia y la
Celebración eucarística del domingo
simplemente un deber que hay que cumplir.
¿Cómo acoger la llamada a la conversión que
Jesús nos dirige también en esta Cuaresma?
¿Cómo llevar a cabo un serio cambio de vida?
Es necesario, ante todo, abrir el corazón a
los conmovedores mensajes de la liturgia. El
periodo que prepara la Pascua representa un
providencial don del Señor y una preciosa
posibilidad de acercarse a Él, entrando en
uno mismo y poniéndose a la escucha de sus
sugerencias interiores.
2. Hay cristianos que creen poder prescindir
de ese constante esfuerzo espiritual, porque
no advierten la urgencia de confrontarse con
la verdad del Evangelio. Ellos intentan
vaciar y convertir en inocuas, para que no
turben su manera da vivir, palabras como:
"Amad a vuestros enemigos, haced bien a los
que os odien" (Lc 6, 27). Tales palabras,
para estas personas, resultan difíciles de
aceptar y de traducir en coherentes
comportamientos de vida. De hecho, son
palabras que, si tomadas en serio, obligan a
una radical conversión. En cambio, cuando se
está ofendido y herido, se está tentado a
ceder a los mecanismos psicológicos de la
autocompasión y de la revancha, ignorando la
invitación de Jesús a amar al propio
enemigo. Sin embargo, los sucesos humanos de
cada día sacan a la luz, con gran evidencia,
cómo el perdón y la reconciliación son
imprescindibles para llevar a cabo una real
renovación personal y social. Esto vale en
las relaciones interpersonales, pero también
en las relaciones entre las comunidades y
entre las naciones.
3. Los numerosos y trágicos conflictos que
atenazan a la humanidad, tal vez causados
también por malentendidas cuestiones
religiosas, han hecho que profundos fosos de
odio y de violencia surgieran entre pueblos
y pueblos. En algunas ocasiones, esto se ha
producido entre grupos y fracciones de una
misma nación. De hecho, a veces asistimos
con doloroso sentido de impotencia, al
reflorecer de conflictos que creíamos
definitivamente superados y se tiene la
impresión que algunos pueblos viven
atrapados en una espiral de imparable
violencia, que continuará a cosechar
víctimas y víctimas, sin una concreta
perspectiva de solución. Y los auspicios de
paz, que se elevan de todas las partes del
mundo, resultan ineficaces: el compromiso
necesario para encaminar la concordia
deseada no logra afianzarse.Frente a este
inquietante escenario, los cristianos no
pueden permanecer indiferentes. Es por ello
que en el Año jubilar, apenas concluido, me
he hecho eco de la petición de perdón de la
Iglesia a Dios por los pecados de sus hijos.
Somos conscientes que, por desgracia, las
culpas de los cristianos han ofuscado el
rostro inmaculado, pero confiando en el amor
misericordioso de Dios que no tiene en
cuenta el mal al ver el arrepentimiento,
sabemos también que podemos continuamente
retomar el camino llenos de esperanza. El
amor de Dios encuentra su más alta expresión
justo cuando el hombre, pecador e ingrato,
es readmitido a la plena comunión con Él.
Bajo esta óptica, la "purificación de la
memoria" es ante todo una renovada confesión
de la misericordia divina, una confesión que
la Iglesia, en sus diferentes niveles, está
llamada constantemente a hacer propia con
renovada convicción.
4. El único camino de la paz es el perdón.
Aceptar y ofrecer el perdón hace posible una
nueva cualidad de relaciones entre los
hombres, interrumpe la espiral de odio y de
venganza, y rompe las cadenas del mal que
atenazan el corazón de los contrincantes.
Para las naciones en busca de reconciliación
y para cuantos esperan una coexistencia
pacífica entre los individuos y pueblos, no
hay más camino que éste: el perdón recibido
y ofrecido. ¡Cuan ricas de saludables
enseñanzas resuenan las palabras del Señor:
"Amad a vuestros enemigos y rogad por los
que os persigan, para que seáis hijos de
vuestro Padre celestial, que hace salir su
sol sobre malos y buenos, y hace llover
sobre justos e injustos!" (Mt 5, 44-45).
Amar a quien nos ha ofendido desarma al
adversario y puede incluso transformar un
campo de batalla en un lugar de solidaria
cooperación.Éste es un desafío que concierne
a cada individuo, pero también a las
comunidades, a los pueblos y a la entera
humanidad. Afecta, de manera especial, a las
familias. No es fácil convertirse al perdón
y a la reconciliación. Reconciliarse puede
resultar problemático cuando en el origen se
encuentra una culpa propia. Si en cambio la
culpa es del otro, reconciliarse puede
incluso ser visto como una irrazonable
humillación. Para dar semejante paso es
necesario un camino interior de conversión;
se precisa el coraje de la humilde
obediencia al mandato de Jesús. Su palabra
no deja lugar a dudas: no sólo quien provoca
la enemistad, sino también quien la padece
debe buscar la reconciliación (cfr. Mt 5,
23-24). El cristiano debe hacer la paz aún
cuando se sienta víctima de aquel que le ha
ofendido y golpeado injustamente. El Señor
mismo ha obrado así. Él espera que el
discípulo le siga, cooperando de tal manera
a la redención del hermano.En nuestro
tiempo, el perdón aparece principalmente
como dimensión necesaria para una auténtica
renovación social y para la consolidación de
la paz en el mundo. La Iglesia, anunciando
el perdón y el amor a los enemigos, es
consciente de introducir en el patrimonio
espiritual de la entera humanidad una nueva
forma de relacionarse con los demás, una
forma ciertamente fatigosa, pero rica en
esperanza. En esto, ella sabe que puede
contar con la ayuda del Señor, que nunca
abandona a quien, frente a las dificultades,
recurre a Él.
5. "La caridad no toma en cuenta el mal" (l
Cor 13,5). En esta expresión de la primera
Epístola a los Corintios, el apóstol Pablo
recuerda que el perdón es una de las formas
más elevadas del ejercicio de la caridad. El
periodo cuaresmal representa un tiempo
propicio para profundizar mejor sobre la
importancia de esta verdad. Mediante el
Sacramento de la reconciliación, el Padre
nos concede en Cristo su perdón y esto nos
empuja a vivir en la caridad, considerando
al otro no como un enemigo, sino como un
hermano.
Que este tiempo de penitencia y de
reconciliación anime a los creyentes a
pensar y a obrar bajo la orientación de una
caridad autentica, abierta a todas las
dimensiones del hombre. Esta actitud
interior los conducirá a llevar los frutos
del Espíritu (cfr Gal 5, 22) y a ofrecer,
con corazón nuevo, la ayuda material a quien
se encuentra en necesidad. Un corazón
reconciliado con Dios y con el prójimo es un
corazón generoso. En los días sagrados de la
Cuaresma la "colecta" asume un valor
significativo, porque no se trata de dar lo
que nos es superfluo para tranquilizar la
propia conciencia, sino de hacerse cargo con
solidaria solicitud de la miseria presente
en el mundo. Considerar el rostro doliente y
las condiciones de sufrimiento de muchos
hermanos y hermanas no puede no impulsar a
compartir, al menos parte de los propios
bienes, con aquellos que se encuentran en
dificultad.Y la ofrenda de Cuaresma resulta
todavía más rica de valor, si quien la
cumple se ha librado del resentimiento y de
la indiferencia, obstáculos que alejan de la
comunión con Dios y con los hermanos.
El mundo espera de los cristianos un
testimonio coherente de comunión y de
solidaridad. Al respecto, las palabras del
apóstol Juan son más que nunca iluminadoras:
"Si alguno que posee bienes de la tierra y
ve a su hermano padecer necesidad y le
cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en
él el amor de Dios?" (1 Jn 3, 17).
¡Hermanos y Hermanas! San Juan Crisostomo,
comentando la enseñanza del Señor sobre el
camino a Jerusalén, recuerda que Cristo no
oculta a los discípulos las luchas y los
sacrificios que les aguardan. Él mismo
subraya cómo la renuncia al proprio "yo"
resulta difícil, pero no imposible cuando se
puede contar con la ayuda que Dios nos
concede "mediante la comunión con la persona
de Cristo" (PG 58, 619s).
He aquí porque en esta Cuaresma deseo
invitar a todos los creyentes a una ardiente
y confiada oración al Señor, para que
conceda a cada uno hacer una renovada
experiencia de su misericordia. Sólo este
don nos ayudará a acoger y a vivir de manera
siempre más jubilosa y generosa la caridad
de Cristo, que "no se irrita; no toma en
cuenta el mal; no se alegra de la
injusticia; se alegra de la verdad" (1 Cor
13, 5-6).
Con estos sentimientos invoco la protección
de la Madre de la Misericordia sobre el
camino cuaresmal de la entera Comunidad de
los creyentes y de corazón imparto a cada
uno la Bendición Apostólica.
Ciudad del Vaticano, 7 de Enero 2001
Joannes Paulus II