Roberto Bosca *
Arvo Net, 30.03.2007
Eran momentos
de tinieblas. La encíclica fue
introducida clandestinamente en
Alemania y leída en todas las
iglesias en las misas del 21 de
marzo de 1937, domingo de ramos. En
realidad el documento estaba fechado
una semana antes, el 14. Su nombre
era Mit Brennender Sorge (Con
viva preocupación) y en él el papa
Pío XI enfrentó las pretensiones
totalitarias del neopaganismo nazi.
Divini Redemptoris, otra
encíclica por la que el mismo Papa
condenó al comunismo como
“intrínsecamente perverso” es de
fecha levemente posterior, 19 de
marzo del mismo año, pero fue
conocida precisamente dos días antes
por esa circunstancia.
No fue
ciertamente el único caso en que se
han anunciado noticias importantes
para la Semana Santa o para la
Pascua. Exactamente treinta años
después, el 26 de marzo de 1967, un
domingo de resurrección, Pablo VI
hizo el anuncio de Populorum
Progressio, su encíclica sobre
el desarrollo de los pueblos. Dos
días más tarde el Papa firmaba cinco
copias dirigidas a altos
funcionarios como el secretario
general de las Naciones Unidas y el
Presidente de la Comisión Justicia y
Paz, hoy convertida en consejo
pontificio.
Cuando pasaron
cuarenta años desde que León XIII
escribió la célebre encíclica
Rerum Novarum, que dio comienzo
a la formulación actual de la
doctrina social de la Iglesia, Pío
XI celebró ese aniversario con la
encíclica Quadragésimo Anno.
A los veinte años de Populorum
Progressio Juan Pablo II
escribió Sollicitudo Rei Socialis,
que consistió en una puesta a punto
en la consideración del mismo
problema. Ahora han transcurrido
cuarenta años desde la aparición de
Populorum Progressio y este
nuevo aniversario acredita un
recuerdo de este pronunciamiento
magisterial que ha pasado a la
historia como el gran documento
social de Pablo VI.
Paul Poupard,
presidente de la sección francesa
de la Secretaría de Estado de la
Santa Sede fue el encargado de la
presentación pública de la
encíclica. Desde el mismo comienzo
de su pontificado el Papa había
abierto un expediente escribiendo de
su puño y letra en la carátula:
“Material de estudio para una
encíclica sobre los principios
morales del desarrollo humano”.
Luego de su viaje a la India, el
Papa había afinado su sensibilidad
sobre el drama de los pueblos que ya
en ese momento eran conocidos como
los sufrientes habitantes de un
“Tercer Mundo” subdesarrollado,
frente al opulento primer mundo de
las naciones capitalistas
occidentales y el bloque comunista
de los países del este.
Diversos
representantes de organismos de la
Santa Sede y otros expertos
asesoraron a Pablo VI en la factura
del documento, y el primer esquema
ya estaba redactado hacia septiembre
de 1964. Se sucedieron siete
redacciones. “Todo está bien”
estampó el Papa sobre la última, en
febrero de 1967. El texto reflejaba
un cuidadoso trabajo de síntesis que
expresaba plenamente su sentir. Era,
como él lo había querido, algo
breve, aunque sustancioso, donde su
espíritu cristiano revela la
diligencia del amor.
La doctrina
social de la Iglesia es una unidad
donde existe una continuidad
evolutiva. El nuevo documento
ampliaba y profundizaba lo que ya
Juan XXIII en Mater et Magistra
(1961) y sobre todo en Pacem in
Terris (1963) había planteado
sobre el grave problema de los
pueblos pobres y de los pobres de
los pueblos, ambos necesitados de
una urgente ayuda. En los años
siguientes esta preocupación muy
propia del mensaje evangélico se
desarrollaría en la pastoral de la
Iglesia con el nombre de “opción
preferencial”.
En realidad las
ideas fundamentales de Populorum
Progressio se encuentran
prefiguradas en los puntos 64 a 66
que constituyen la primera sección
del capítulo tercero referido a la
vida económica y social de la
constitución pastoral Gaudium et
Spes del Concilio Vaticano II,
promulgada el 7 de diciembre de
1965, último día de la asamblea
conciliar. El núcleo esencial de ese
pensamiento, que constituye la razón
de ser de Populorum Progressio,
y del cual no es sino su explanación
en el escenario internacional,
consiste en que si bien la actividad
humana tiene unas leyes que
funcionan en forma independiente de
la ética y de la religión (lo cual
sería reconocido por el mismo
Concilio como “autonomía relativa de
lo temporal”) pierde su sentido
propio, -humano- si es despojada de
su constitutiva dimensión moral (GS,
64 in fine).
Desde el primer
momento el documento llamó la
atención, por varias razones. En
primer lugar por su brevedad, su
estilo directo e incisivo, casi
telegráfico, pero que no tiene la
fría severidad de un reproche sino
el enérgico reclamo del amor. El
tono angustioso de ese reclamo asume
por momentos acentos dramáticos. Al
mismo tiempo late en él un claro
aliento profético.
En segundo
lugar, es la primera vez que en un
pronunciamiento de este tipo
aparecen citas de autores
particulares, incluso
contemporáneos. Lo tradicional en
los documentos anteriores había sido
citar a Santo Tomás, o a diversos
pasajes de la Escritura, sobre todo
del Nuevo Testamento, y en todo caso
hacer referencias a textos
magisteriales previos del mismo
tenor.
Ahora en cambio
aparecían nombrados Oswald Von Nell
Breuning, un jesuita alemán experto
en doctrina social de la Iglesia,
Blaise Pascal, científico y pensador
cristiano del siglo XVII, y Colin
Clark, prestigioso economista inglés
ajeno al catolicismo. También son
mencionados varios eclesiásticos
como los teólogos Marie Dominique
Chenu y Henri de Lubac, uno,
dominico y el otro, jesuita, que
adelantaron tesis y se contaron
entre los grandes peritos del
Concilio Vaticano II. Finalmente, no
es ociosa la mención del obispo
chileno Manuel Larraín, que fue
presidente del CELAM (Comisión
Episcopal para América Latina) y
autor de una precursora pastoral
sobre la misma temática.
Sin embargo, no
obstante la importancia de estos
nombres, puede considerarse que las
dos grandes padres inspiradores de
la encíclica fueron el dominico
francés Louis-Joseph Lebret, creador
del movimiento “Economía y
Humanismo”, y el célebre filósofo
neotomista francés Jacques Maritain.
Lebret fue
tanto un teórico como un hombre de
acción y en tal sentido promovió
proyectos para mejorar las
sociedades en diversas naciones del
Tercer Mundo, siendo consultor de
gobiernos e iniciativas privadas y
organismos internacionales. Sus
ideas no eran tanto consecuencia de
una reflexión abstracta sino el
fruto de experiencias en las que
procuró presentar una concepción del
hombre entendido unitariamente, con
una visión integral, como una
unidad. Como él mismo dijo en una de
sus principales obras, Dinámica
concreta del desarrollo,
“Économie et Humanisme” nació del
sentimiento de que era posible
dirigir una evolución técnica y
económica en un sentido favorable a
los hombres, si se empezaba por
estudiar la realidad compleja que se
debe dominar, si se elaboraba una
doctrina y si se creaban las fuerzas
colectivas deseosas de aplicarla.
Jacques
Maritain fue una de las figuras más
brillantes de la filosofía en el
siglo veinte y comparte con Lebret
una visión sobre el sentido
integral de la persona que se
expresa en la búsqueda de una
antropología que integre todas las
dimensiones de la vida humana. Para
Maritain, el cultivo del hombre
culmina en la dimensión religiosa,
en la apertura a Dios. Su obra más
conocida es Humanismo integral,
precisamente citada por la
encíclica, donde desarrolla los
fundamentos de una nueva sociedad
inspirada en los valores cristianos.
Su pensamiento humanista está
claramente presente en cada palabra
del documento paulino. Por otra
parte, su concepción de la sociedad
como una comunión de personas se
percibe con nitidez también en todo
el pensamiento social de Juan Pablo
II.
El sentido de
la encíclica se conecta con otra muy
posterior de este último,
Sollicitudo Rei Socialis,
escrita precisamente como una
actualización de Populorum
Progressio. En el punto 41 de
este documento, en efecto, se define
el estatuto epistemológico de la
doctrina social de la Iglesia como
una Teología moral: interpretar la
realidad a la luz del Evangelio para
orientar la conducta cristiana según
el querer divino. “Se observará así
inmediatamente -dice el papa Juan
Pablo II- que las cuestiones que
afrontamos son ante todo morales; y
que ni el análisis del problema del
desarrollo como tal, ni los medios
para superar las presentes
dificultades pueden prescindir de
esta dimensión esencial”.
La Populorum
Progressio
constituyó un grito y un llamado
ante corrientes antropológicas que
en los últimos años desarrollaron
una concepción relativista y hoy se
expresan en el llamado “humanismo
secular” (en realidad un
antihumanismo) que excluye la
dimensión ética de la organización
de la convivencia social. Ello
explica que Pablo VI acudiera a
Maritain y a su humanismo pleno. La
encíclica representa por esto mismo
una paternal y amorosa advertencia
en el sentido de que el progreso no
es algo ajeno a la dimensión moral y
religiosa de la existencia, también
en el plano social, y que el olvido
de esa realidad genera gravísimos
males a la vida humana.
Es un dato de
la realidad, que se encuentra
también muy presente en el
magisterio social de Juan Pablo II y
Benedicto XVI, que ese olvido no
denuncia la mera ausencia de un
suplemento de virtud, sino que
atenta contra el propio hombre. El
sentido sacrificial de la cuaresma
-el ayuno y la limosna- constituye
una unidad y se vincula también con
esta consideración del otro, en el
amor preferencial.
Significativamente, Benedicto XV
quiso dedicar su mensaje cuaresmal
del pasado año al problema del
desarrollo, recordando a Pablo VI y
a su documento social. Recuerda el
actual Papa que ya su predecesor
Pablo identificaba los efectos del
subdesarrollo como un deterioro de
humanidad. En su mensaje de este
año, el Papa nos ha sugerido
reflexionar sobre las formas
amorosas fundamentales del agapé
y el eros, que constituyen el
tema central de su encíclica
programática Deus Caritas Est.
Seguramente ha querido recordarnos
que tampoco se trata de reducir el
cristianismo a un moralismo, porque
si hay algo que constituya un
verdadero progreso hacia una vida
más humana, ese quid es la
dilección. El secreto es el amor.
*Roberto
Bosca
Universidad Austral