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POLÍTICA Y ÉTICA (Antoniette Kankindi)

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POLÍTICA Y ÉTICA
 



Antoniette Kankindi
escribe sobre «La relación entre política y ética en Charles Péguy». Destacamos "El tiempo como creación y como de-creación" y "Tiempo y política".

 

ES BUENO LEER el libro que ha tenido el acierto de publicar el INSTITUTO EMPRESA Y HUMANISMO,  de la Universidad de Navarra (España), de Antoniette Kankindi *, La relación entre política y ética en Charles Péguy (Cuadernos Empresa y Humanismo, 95, febrero 2006, malito:yeih@unav.es  ),  en el que se pone de relieve la actualidad de las ideas de fondo del gran escritor francés, más conocido quizá por su prosa poética que POR su profundo pensamiento social.

 

Kankindi, con la agudeza peculiar de la mujer inteligente –que consigue hacer entendible lo más difícil y concretar lo más abstracto- recupera para la actualidad lo esencial del pensamiento de Péguy (1873-1914) por cuanto se refiere a la relación tan relevante para la vida de la sociedad como es la que existe entre ética y política.

 

Aquí sólo extraigo  un par de ideas, para animar a la lectura del libro:

 

 

1.  El tiempo como creación y como de-creación

 

La experiencia del tiempo, como otras dimensiones de la vida del hombre, toma distintas tonalidades en la obra de Péguy. Nos limitaremos a considerar sólo una de ellas: la experiencia del tiempo como algo ambivalente. Es envejecimiento y enriquecimiento. El ser se alcanza porque vive en una duración (del tiempo). Su vida, a medida que envejece, se enriquece. Es la memoria que "recoge" al ser cuando, en apariencia, el sucederse del tiempo lo dispersa o lo fragmenta. La memoria, lejos de jugar un papel narcisista, constituye un esfuerzo y una tensión hacia algo transcendente, y así, permite evitar la frivolidad del presente.

 

Si bien Péguy reconoce la negatividad del tiempo en el envejecimiento también subraya que eso sucede sólo cuando la apertura, la disponibilidad natural del espíritu, se encierra en la rigidez de la rutina. Por eso, incluso las mentes brillantes pueden envejecer, aun sin tener muchos años, cuando pierden su capacidad de sorpresa ante la realidad. Esto pasa en todo tipo de realidad humana y en todo tipo de sucesos. Si los encerramos en esquemas rutinarios perdemos la capacidad creativa que desarrollamos en el tiempo. Lo cual quiere decir que el tiempo se vuelve de-creativo cuando fijamos nuestra actividad en sistemas sin salida.

 

2. Tiempo y política

 

En el plano político, su modo de entender el tiempo le llevó a darse cuenta de cómo el funcionarismo conducía necesariamente al inmovilismo. Un daño serio a la comunidad porque sofoca la libertad y, por consiguiente, la creatividad, que son inseparables, aunque distintas. También cabe el inmovilismo en el mundo del pensamiento. Aquí pensaba particularmente en la racionalización a ultranza del intelectualismo francés. Pero también pudo formular con cierta ironía alguna crítica contra las Críticas de Kant. Afirma que Kant hubiera podido ser un perfecto funcionario, pues lo tenía todo en orden; quiso tenerlo todo bajo control, sin dejar nada a la creatividad que el tiempo permite; lo tuvo todo inmovilizado en un sistema perfecto que no se abre al abandono`.

 

Ahora bien, ¿qué hacer para que el tiempo no implique degradación o de-creación? Hacen falta esa clase de héroes, santos, personas virtuosas, tanto en el ámbito político como en el mundo del pensamiento, para que se mantenga la creatividad en la comunidad. El fervor de esos místicos, los verdaderos sabios, es lo que permite que el paso del tiempo sea un enriquecimiento aunque implique envejecimiento en años, renuncias, sacrificios y cualquier otro obstáculo que exige superación. Quienes tachan a Péguy de pesimista encuentran aquí un optimismo absolutamente original. De hecho, cuando vuelve a la fe, entiende la virtud de la esperanza en el sentido de este optimismo, dándole matices de una profundidad excepcional. Desde esa esperanza también humana, puede ver que la eternidad se hace presente en el tiempo y que el hombre, por su naturaleza espiritual y su capacidad de contemplación, puede entender el tiempo de un modo nuevo. Pero la recuperación positiva de lo temporal desde lo eterno requiere unos fundamentos teológicos que superan el ámbito de este trabajo.

 

Afirmemos, una vez más, que su pensamiento político es válido hoy, quizás más que en tiempos anteriores. Es sabido que el comunismo ha fracasado en su pretensión de configurar un orden social. El capitalismo, aunque indudablemente ha creado más riqueza, se muestra carente del

principio capaz de resolver el problema de las injusticias sociales.

 

Este sigue siendo el argumento más proclamado por los partidos socialistas para justificar sus pretensiones de poder. Sin embargo, sabemos que no solucionan las injusticias sino que tienden a agravarlas. Hoy día, Péguy nos diría que ambos siguen careciendo de mística y que por eso conculcan la dignidad humana, cada uno según su propia lógica interna.

 

En su acepción religiosa, la mística suele evocar un grado sumo de contemplación en el que el alma humana se aquieta por-que lo divino se le hace presente. Para Péguy, la mística es activa, se acompaña de vigilancia y de acción. De hecho, para él, el místico se desenvuelve en el ámbito propio de los héroes. El mejor criterio para reconocer la mística es la disponibilidad para asumir la propia responsabilidad hasta el sacrificio. Piensa como Pascal y afirma que ser místico equivale a ser capaz de morir por la verdad, el bien y la justicia. Para que la acción mística no acabe en activismo o en cálculos, para que sea legítima, debe coincidir con el sentido del deber que deriva de la verdad, del bien y de la justicia. Es así como entiende que la política se define en función de la mística. Una línea de acción que empieza en la mística es legítima y debida. Su esencia garantiza una acción sincera, pura, desinteresada y responsable. Implica un compromiso personal, un sentido del deber unido al sentido de honor que es siempre del contenido moral inequívoco.

 

Desde la pluralidad de perspectivas que ofrece el pensamiento de Péguy podemos esbozar una conclusión. En realidad acabará siendo a su vez una apertura a la posibilidad de profundizar más en la aportación de un autor cuyo pensamiento político no parece haber suscitado interés, sin que por eso deje de ser original y fresco. Un actual admirador suyo no duda en poner a Péguy a la misma altura que Nietzsche, Benjamin y Heidegger.

 

Antonio Orozco Delclós

 

(*) Nota Biográfica

Antoinette Kankindi es licenciada en derecho por la Universidad de Kinshasa (Congo). Posteriormente estudió Filosofía en el Centro Internazionale di Studi Villa Balestra en Roma. Trabajó en la asesoría jurídica de la compañía petrolera americana Chevron Overseas y en la embajada de Chile en el Congo. Actualmente es profesora asistente en la Universidad de Strathmore (Kenia). Ha colaborado en la puesta en marcha de diversos proyectos de desarrollo social, fundamentalmente dedicados a la promoción de la mujer. Recientemente completó sus estudios cursando el Máster en Gobierno y Cultura de las Organizaciones, impartido por el Instituto Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra.
 

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Arvo Net, 02/03/2006

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Enviado por ARVO - 02/03/2006 ir arriba
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