Extracto textual de la
«Nota
doctrinal
sobre algunas cuestiones relativas
al compromiso y la conducta de los católicos
en la vida política»
Congregación para la
Doctrina de la Fe
16-01-2003
Los católicos deben comprometerse en la
política
Concilio Vaticano II es que «los fieles
laicos de ningún modo pueden abdicar de la
participación en la “política”; es decir, en
la multiforme y variada acción económica,
social, legislativa, administrativa y
cultural, destinada a promover orgánica e
institucionalmente el bien común»,[10] que
comprende la promoción y defensa de bienes
tales como el orden público y la paz, la
libertad y la igualdad, el respeto de la
vida humana y el ambiente, la justicia, la
solidaridad, etc.
Se puede verificar hoy un cierto relativismo
cultural, que se hace evidente en la
teorización y defensa del pluralismo ético,
que determina la decadencia y disolución de
la razón y los principios de la ley moral
natural. Desafortunadamente, como
consecuencia de esta tendencia, no es
extraño hallar en declaraciones públicas
afirmaciones según las cuales tal pluralismo
ético es la condición de posibilidad de la
democracia[12]. Ocurre así que, por una
parte, los ciudadanos reivindican la más
completa autonomía para sus propias
preferencias morales, mientras que, por otra
parte, los legisladores creen que respetan
esa libertad formulando leyes que prescinden
de los principios de la ética natural,
limitándose a la condescendencia con ciertas
orientaciones culturales o morales
transitorias,[13] como si todas las posibles
concepciones de la vida tuvieran igual
valor. Al mismo tiempo, invocando
engañosamente la tolerancia, se pide a una
buena parte de los ciudadanos – incluidos
los católicos – que renuncien a contribuir a
la vida social y política de sus propios
Países, según la concepción de la persona y
del bien común que consideran humanamente
verdadera y justa, a través de los medios
lícitos que el orden jurídico democrático
pone a disposición de todos los miembros de
la comunidad política. La historia del siglo
XX es prueba suficiente de que la razón está
de la parte de aquellos ciudadanos que
consideran falsa la tesis relativista, según
la cual no existe una norma moral, arraigada
en la naturaleza misma del ser humano, a
cuyo juicio se tiene que someter toda
concepción del hombre, del bien común y del
Estado.
La libertad política no está ni puede estar
basada en la idea relativista según la cual
todas las concepciones sobre el bien del
hombre son igualmente verdaderas y tienen el
mismo valor, sino sobre el hecho de que las
actividades políticas apuntan caso por caso
hacia la realización extremadamente concreta
del verdadero bien humano y social en un
contexto histórico, geográfico, económico,
tecnológico y cultural bien determinado.
Cuando la acción política tiene que ver con
principios morales que no admiten
derogaciones, excepciones o compromiso
alguno, es cuando el empeño de los católicos
se hace más evidente y cargado de
responsabilidad. Ante estas exigencias
éticas fundamentales e irrenunciables, en
efecto, los creyentes deben saber que está
en juego la esencia del orden moral, que
concierne al bien integral de la persona.
Este es el caso de las leyes civiles en
materia de aborto y eutanasia (que no hay
que confundir con la renuncia al
ensañamiento terapéutico, que es moralmente
legítima), que deben tutelar el derecho
primario a la vida desde de su concepción
hasta su término natural. Del mismo modo,
hay que insistir en el deber de respetar y
proteger los derechos del embrión humano.
Análogamente, debe ser salvaguardada la
tutela y la promoción de la familia, fundada
en el matrimonio monogámico entre personas
de sexo opuesto y protegida en su unidad y
estabilidad, frente a las leyes modernas
sobre el divorcio. A la familia no pueden
ser jurídicamente equiparadas otras formas
de convivencia, ni éstas pueden recibir, en
cuánto tales, reconocimiento legal. Así
también, la libertad de los padres en la
educación de sus hijos es un derecho
inalienable, reconocido además en las
Declaraciones internacionales de los
derechos humanos. Del mismo modo, se debe
pensar en la tutela social de los menores y
en la liberación de las víctimas de las
modernas formas de esclavitud (piénsese, por
ejemplo, en la droga y la explotación de la
prostitución). No puede quedar fuera de este
elenco el derecho a la libertad religiosa y
el desarrollo de una economía que esté al
servicio de la persona y del bien común, en
el respeto de la justicia social, del
principio de solidaridad humana y de
subsidiariedad, según el cual deben ser
reconocidos, respetados y promovidos «los
derechos de las personas, de las familias y
de las asociaciones, así como su
ejercicio».[21] Finalmente, cómo no
contemplar entre los citados ejemplos el
gran tema de la paz. Una visión irenista e
ideológica tiende a veces a secularizar el
valor de la paz mientras, en otros casos, se
cede a un juicio ético sumario, olvidando la
complejidad de las razones en cuestión. La
paz es siempre «obra de la justicia y efecto
de la caridad»;[22] exige el rechazo radical
y absoluto de la violencia y el terrorismo,
y requiere un compromiso constante y
vigilante por parte de los que tienen la
responsabilidad política.
Principios de la doctrina católica acerca
del laicismo y el pluralismo
Ante estas problemáticas, si bien es lícito
pensar en la utilización de una pluralidad
de metodologías que reflejen sensibilidades
y culturas diferentes, ningún fiel puede,
sin embargo, apelar al principio del
pluralismo y autonomía de los laicos en
política, para favorecer soluciones que
comprometan o menoscaben la salvaguardia de
las exigencias éticas fundamentales para el
bien común de la sociedad. No se trata en sí
de “valores confesionales”, pues tales
exigencias éticas están radicadas en el ser
humano y pertenecen a la ley moral natural.
Éstas no exigen de suyo en quien las
defiende una profesión de fe cristiana, si
bien la doctrina de la Iglesia las confirma
y tutela siempre y en todas partes, como
servicio desinteresado a la verdad sobre el
hombre y el bien común de la sociedad civil.
Por lo demás, no se puede negar que la
política debe hacer también referencia a
principios dotados de valor absoluto,
precisamente porque están al servicio de la
dignidad de la persona y del verdadero
progreso humano.
La enseñanza social de la Iglesia no es una
intromisión en el gobierno de los diferentes
Países. Plantea ciertamente, en la
conciencia única y unitaria de los fieles
laicos, un deber moral de coherencia. «En su
existencia no puede haber dos vidas
paralelas: por una parte, la denominada vida
“espiritual”, con sus valores y exigencias;
y por otra, la denominada vida “secular”,
esto es, la vida de familia, del trabajo, de
las relaciones sociales, del compromiso
político y de la cultura. El sarmiento,
arraigado en la vid que es Cristo, da fruto
en cada sector de la acción y de la
existencia. En efecto, todos los campos de
la vida laical entran en el designio de
Dios, que los quiere como el “lugar
histórico” de la manifestación y realización
de la caridad de Jesucristo para gloria del
Padre y servicio a los hermanos. Toda
actividad, situación, esfuerzo concreto
–como por ejemplo la competencia profesional
y la solidaridad en el trabajo, el amor y la
entrega a la familia y a la educación de los
hijos, el servicio social y político, la
propuesta de la verdad en el ámbito de la
cultura– constituye una ocasión providencial
para un “continuo ejercicio de la fe, de la
esperanza y de la caridad”»
Al mismo tiempo, la Iglesia enseña que la
auténtica libertad no existe sin la verdad.
«Verdad y libertad, o bien van juntas o
juntas perecen miserablemente», ha escrito
Juan Pablo II.[27] En una sociedad donde no
se llama la atención sobre la verdad ni se
la trata de alcanzar, se debilita toda forma
de ejercicio auténtico de la libertad,
abriendo el camino al libertinaje y al
individualismo, perjudiciales para la tutela
del bien de la persona y de la entera
sociedad.
8. En tal sentido, es bueno recordar una
verdad que hoy la opinión pública corriente
no siempre percibe o formula con exactitud:
El derecho a la libertad de conciencia, y en
especial a la libertad religiosa, proclamada
por la Declaración Dignitatis humanæ
del Concilio Vaticano II, se basa en la
dignidad ontológica de la persona humana, y
de ningún modo en una inexistente igualdad
entre las religiones y los sistemas
culturales.[28] En esta línea, el Papa Pablo
VI ha afirmado que «el Concilio de ningún
modo funda este derecho a la libertad
religiosa sobre el supuesto hecho de que
todas las religiones y todas las doctrinas,
incluso erróneas, tendrían un valor más o
menos igual; lo funda en cambio sobre la
dignidad de la persona humana, la cual exige
no ser sometida a contradicciones externas,
que tienden a oprimir la conciencia en la
búsqueda de la verdadera religión y en la
adhesión a ella».[29] La afirmación de la
libertad de conciencia y de la libertad
religiosa, por lo tanto, no contradice en
nada la condena del indiferentísimo y del
relativismo religioso por parte de la
doctrina católica,[30] sino que le es
plenamente coherente.
Conclusión
Las orientaciones contenidas en la presente
Nota quieren iluminar uno de los aspectos
más importantes de la unidad de vida que
caracteriza al cristiano: La coherencia
entre fe y vida, entre evangelio y cultura,
recordada por el Concilio Vaticano II. Éste
exhorta a los fieles a «cumplir con
fidelidad sus deberes temporales, guiados
siempre por el espíritu evangélico. Se
equivocan los cristianos que, pretextando
que no tenemos aquí ciudad permanente, pues
buscamos la futura, consideran que pueden
descuidar las tareas temporales, sin darse
cuenta de que la propia fe es un motivo que
les obliga al más perfecto cumplimiento de
todas ellas, según la vocación personal de
cada uno». Alégrense los fieles
cristianos«de poder ejercer todas sus
actividades temporales haciendo una síntesis
vital del esfuerzo humano, familiar,
profesional, científico o técnico, con los
valores religiosos, bajo cuya altísima
jerarquía todo coopera a la gloria de
Dios».[31]
ALGUNAS CONSECUENCIAS QUE SE DERIVAN DEL
DOCUMENTO
Lo que se debe evitar:
1- Apasionarse y poner la afiliación
política por encima de la razón y de la
moral.
2- Un concepto teocrático de la política:
«La justa laicidad de la política excluye la
teocracia»
Lo que no se debe evitar:
1- Existen valores morales absolutos que
deben regir la política.
2- Estos valores deben defenderse siempre,
incluso cuando la mayoría sea contraria a
ellos. Son innegociables, pero no hay más
remedio que dialogar para mostrar el valor
de la verdad, exigiendo, porque es de
justicia, todos los derechos que amparan a
cualquier ciudadano en un Estado que se
supone democrático, cualquiera que sea su
religión; tanto más cuanto se trata de
asuntos de razón natural.
RELACIONADOS:
EL VALOR DE SER CATÓLICOS