| Vaticano, 11 de octubre
de 2005
Al senador Marcello Pera (Presidente del
senado italiano)
Presidente honorario de la Fundación «Magna Carta»
He recibido con gusto la noticia de que la Fundación
«Magna Carta» y la «Fundación para
la Subsidiariedad» han promovido en Nursia un encuentro
de estudio sobre el tema «Libertad y laicidad».
Con este motivo, le envío con alegría mis mejores
auspicios a usted, señor presidente, a los organizadores,
a los relatores y a cuantos participarán en las sesiones
de trabajo, que pretenden contribuir en la necesaria confrontación
sobre un argumento de una importancia tan grande.
Formulo, además, el deseo de que la reflexión
que se realice en torno al argumento tenga en cuenta la dignidad
de la persona y de sus derechos fundamentales, que representan
valores previos a cualquier jurisdicción estatal. Estos
derechos fundamentales no son creados por el legislador, sino
que están inscritos en la naturaleza misma de la persona
humana, y se remontan por tanto en último término
al Creador. Por tanto, parece legítima y provechosa
una sana laicidad del Estado, en virtud de la cual las realidades
temporales se rigen según normas que les son propias,
a las que pertenecen también esas instancias éticas
que tienen su fundamento en la existencia misma del hombre.
Entre estas instancias, tiene seguramente una relevancia primaria
ese «sentido religioso» con el que se expresa
la apertura del ser humano a la Trascendencia. Un Estado sanamente
laico también tendrá que dejar lógicamente
espacio en su legislación a esta dimensión fundamental
del espíritu humano. Se trata, en realidad, de una
«laicidad positiva», que garantice a cada ciudadano
el derecho de vivir su propia fe religiosa con auténtica
libertad, incluso en el ámbito público.
Será necesario trabajar por una renovación
cultural y espiritual de Italia y del continente europeo para
que la laicidad no se interprete como hostilidad contra la
religión, sino por el contrario, como un compromiso
para garantizar a todos, individuos y grupos, en el respeto
de las exigencias del bien común, la posibilidad de
vivir y manifestar las propias convicciones religiosas.
Con estos deseos, le renuevo a usted y a los participantes
en el congreso mi deferente y cordial saludo.
Benedicto PP XVI
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