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Por
Tirso de Andrés Argente
El gran
tema, la gran disputa de la
civilización occidental en estos
momentos -y viene de lejos- se
refiere a la oposición
liberalismo-socialismo, o
capitalismo-comunismo, o
libertad-igualdad, o Estado
pequeño-Estado grande, etc. La
cuestión se presenta de diversas
formas en ámbitos diferentes, pero
es claro que se trata del mismo
problema visto desde distintos
ángulos, con perspectivas varias.
Aparece como un gran dilema: los
opuestos son tan irreconciliables,
que casi no admiten solución que los
armonice. Asistimos así a
apasionadas discusiones de sordos,
cada uno montado en el burro de su
opinión, sin posible acuerdo con el
contrario. Ofrecen al mundo, como
única salida, optar entre una y
otra, sin más alternativas.
El
problema no parece cuestión baladí,
porque ambos contendientes, por lo
general, presentan sus teorías como
un todo completo, que incluye una
concepción acabada del hombre, del
mundo, de la moral y de la vida
entera. Es decir, se presentan como
ideologías que dan explicación a
todo y tienen respuesta para
cualquier pregunta posible. Conocen
el futuro y profetizan sin rubor
alguno. Casi no dejan hueco a
discrepancias; tienen la solución
para todos los problemas. Aceptar o
rechazar una u otra no es cosa de
poca monta, porque si no aciertas
destruyes el mundo y el hombre, pero
si das con la buena se te abren las
puertas del paraíso en la tierra: la
disyuntiva tiene toda la tensión
dramática del condenado a muerte al
que se le ofrece salvar la vida si
resuelve un dilema.
Algunos, cansados del estado de
nervios que supone la situación,
intentan una salida intermedia, de
centro. Procuran conciliar, llegar a
acuerdos; derraman aceite sobre las
olas encrespadas. En fin, hacen todo
lo posible por evitar la pelea, e1
enfrentamiento. Unos pocos de estos
conciliadores, que los más miran
como a irenistas y advenedizos,
consiguen hacer un batiburrillo con
recortes de uno y otro. Presentan
así al mundo, para aumentar la
confusión con terceros en discordia,
nuevas ideologías. E1 panorama se
oscurece, todo se confunde. Una nube
de médicos rodea al enfermo grave,
discutiendo a la vez en una Babel
confusa de diagnósticos y
tratamientos absolutamente
distintos.
Siguiendo la última metáfora, al
final del cuento el enfermo se
levanta, expulsa a los médicos y
discurre sobre el modo de remediar
sus males. Después de un rato llega
a la siguiente solución del dilema:
ni uno ni otro sino todo lo
contrario y ambos a la vez. Pero
esta respuesta parece un
trabalenguas, es más, no se
entiende, por lo que será necesario
explicarla.
Para
que la aclaración no se alargue
puede ser conveniente usar una nueva
metáfora, casi una parábola sobre la
ganadería del cerdo: es de ironía
casi cruel, pero necesaria para
desvelar e1 fondo del problema.
Porque la gran discusión no es para
hacer una rebelión en la granja,
sino una disputa entre los granjeros
sobre la mejor manera de
organizarla. Si alguna vez se
propugna una revolución -sea
libertaria o socializante-, nunca es
para convertirla de granja en
sociedad de personas, sino para
establecer la estructura óptima de
explotación de la granja, estructura
que ya sería definitiva y traería la
felicidad al ganado porcino que la
habita. Y esto último es lo que más
emociona de los ganaderos: está
repletos de buenos deseos, rebosan
magníficas intenciones. Si discuten
es sólo porque tienen una
preocupación sincera: buscan,
desean, anhelan dar la felicidad a
sus cerdos, a los que no consideran
más que eso: cerdos, unos simples
animales.
Todos
se desviven para que en su granja
haya cada vez mas bienestar
material. Producen y distribuyen
todo tipo de bienes; procuran dar
satisfacción a todos los gustos,
deseos y pasiones. Las granjas no
son mejores o peores por lo que
enriquecen a sus dueños, no, ellos
no son egoístas. Rivalizan entre sí
comparando, no sus bienes, sino el
nivel de vida que tiene su ganado.
Salvo los mal vistos pero abundantes
corruptos, no se construyen grandes
palacios como los propietarios
antiguos (aquellos escandalosos y
prepotentes palacios de los reyes
del Antiguo Régimen), sino que se
enorgullecen sólo de que en su
granja se viva mejor, con todos los
cerdos satisfechos. Tienen la
conciencia tranquila. Si, tras
muchos años revolucionarios, han
llegado a ser propietarios
-expulsando a los antiguos o
dejándolos de adorno en el salón- es
por puro altruismo, no por interés
propio sino ajeno, para que todos
vivan mejor.
Procuran ver cuáles son las formas
óptimas de producción y
distribución; también averiguan cuál
sea el número ideal de cerdos y
regulan los nacimientos, para que no
haya tantos que falten el espacio o
los bienes. Resuelven las pequeñas
peleas que surgen por la comida o el
mejor sitio, cuidan de que los
cerdos tengan un ambiente agradable.
Les dan suficiente estiércol para
que puedan disfrutar revolcándose en
él, pero no tanto que peligre su
salud y la de toda la granja.
Procuran mejorar la raza e
investigan nuevos métodos de
selección mediante la fertilización
artificial y las técnicas genéticas.
Eliminan a los deficientes, que no
podrían gozar de una vida plenamente
porcina, impidiendo que nazcan;
también lo hacen con los que tienen
una vida limitada y caduca por la
edad o la enfermedad; y facilitan
todo tipo de placeres a los demás.
En definitiva, son granjeros de
intenciones modélicas.
Suelen
discutir los propietarios entre sí,
incluso llegan a pelearse. Todos
justifican las guerras, pero siempre
por motivos altruistas, hay que
reconocer que no desean nada para
sí, sólo anhelan extender a otras
granjas la forma óptima de
organización para que los cerdos
tengan más bienestar. Aparte de
muchas otras pequeñas disensiones,
suelen agruparse en dos bandos
fundamentales (que se pueden llamar,
por ejemplo, izquierdas y derechas)
de acuerdo con las dos grandes
maneras de entender una buena
explotación porcina feliz.
Para
unos el cerdo debe estar en
montanera, sin estabular, libre por
el campo, alimentándose a su aire y
buscando la vida según su parecer.
Consideran que la intervención del
granjero debe ser mínima: la
indispensable para que los cerdos
-esos felices inconscientes- no
hagan daños mayores e impidan la
vida feliz de todos. También la
organización debe ser pequeña, sólo
la suficiente para asegurar las
cuatro cosas imprescindibles para
todos. La vida del cerdo tiene así,
es verdad, algunos riesgos,
especialmente para los mas débiles;
pero todo se compensa porque el
cerdo da productos de más calidad,
más genuinos, sin ningún sabor
sintético. Para los otros, el cerdo
debe permanecer estabulado, con
zahúrdas normalizadas, piensos
uniformes y controlados; todo dentro
de una estricta organización. Sólo
de esta manera, argumentan, se puede
conseguir que todos, y no sólo los
más fuertes, sean felices. La meta
es que todos puedan alcanzar los
mismos placeres y no haya
desigualdades hirientes. Esta
discusión, con tonos diversos y
diferentes épocas de pelea, lleva ya
un tiempo; es la gran cuestión que
divide el mundo, en general, y a
todos los altruistas que hay en él,
en particular.
La
parábola ha querido desvelar el
fondo del problema, que es este: las
dos grandes ideologías del momento,
y sus subproductos y
actualizaciones, son
bienintencionadas, pero
insuficientes. Son ideas de
granjeros que sirven para un mundo
de animales, pero no de personas.
Porque ambas tienen el mismo fondo
común, y no son tan diferentes corno
puede parecer. Las dos ideologías
consideran que el hombre es un
animal, algo más evolucionado que el
cerdo o que el mono, pero no muy
distinto. Es sólo materia; el
espíritu es un mito. Sólo importan
los placeres materiales y el
bienestar; cualquier otra cosa más
elevada es irrelevante. Este es el
error profundo y, además, es la
causa de que el dilema se presente
como tal, sin posible conciliación.
Partiendo de esta falsedad, ambas
ideologías se han empeñado en
recluir la moral al ámbito de lo
privado; obligan a todos a tenerla
escondida en el último rincón de la
casa, siendo de mal gusto enseñarla
a nadie. Lo que no sea esto lo
consideran dogmático, infantil,
retrógrado, obsoleto y represivo.
Sólo reconocen una moral: la
impuesta por la organización eficaz
de la granja. El cerdo debe obedecer
en todo a los propietarios, en caso
contrario llueven los palos; pero en
su tiempo libre no importa lo que
haga: puedo revolcarse en el
estiércol que más le plazca. Ambas
ideologías requieren esclavos
sociales sumisos, mas sumisos en la
socializante; en la otra basta con
que sean buenos productores,
consumidores e impositores. En ambos
casos sólo se les pide cumplir su
papel para que la maquina funcione:
la moral de un buen engranaje
económico.
Este es
el drama: resulta sorprendente
comprobar como en esos dos tipos de
teorías sociales se cava alegremente
1a tumba que las sepultará, al
intentar construir un organismo
social vivo con células cancerosas,
insolidarias. Porque con animales,
sin personas, no se puede hacer una
sociedad viable. Cuando la gran
colmena se llena con hombres a los
que no se les deja serlo, se acaba
siempre derrumbando. Y es que el
hombre no puede, por más que quiera,
vivir como un animal, dejándose
llevar por los instintos. Es animal
racional, espiritual, lo quiera o
no. E1 libre juego de las pasiones
no le lleva a ninguna parte; ni
tampoco puede ser llevado por otro,
ya que no es amaestrable: no se le
puede domar manejando sus pasiones.
Cuando intenta ser sólo animal, cosa
que puede pretender precisamente por
no serlo, nunca lo consigue y se
acaba autodestruyendo. Para el
hombre la existencia no tiene nunca
la facilidad del automatismo
instintivo de los animales; no se
puede dejar llevar, tiene que ir él.
Es irreductiblemente libre. La vida
para el hombre no viene dada: es una
tarea que debe asumir como algo
propio. No tiene una Madre
Naturaleza que vele por él. Si no
toma las riendas de la propia
existencia y la dirige con mano
fuerte, no tiene un instinto
mecánico que le impida acabar en el
precipicio. Cuando renuncia a ser
libre, nada le salva de la
aniquilación personal.
Por eso
es una tragedia social reducir la
moral al ámbito privado, personal,
ya que sólo lo personal es el
fundamento de lo social. La moral no
es algo privado, en el mal sentido
cerrado y autista en el que se suele
usar la palabra, pues la moral versa
sobre los actos libres, que vienen
de dentro, del señorío propio, no de
fuera. Sólo por ese enseñorearse de
si mismo es el hombre apertura
radical; en tanto que hay un yo
puede haber un tú, y sociedad, y
proyectos compartidos, y diálogo, y
amor... Precisamente por ser
persona, interioridad, vive el
hombre en sociedad y no en rebaño,
manada o piara. Sólo se da sociedad
entre personas libres, y la planta
de la libertad crece dentro del
corazón de cada hombre.
Tenemos
desvelado el primer error de fono
del dilema: reducir la vida humana a
material animalidad desprovista de
ética, o dotada tan solo de la ética
mínima suficiente para no dañar al
bienestar de la manada. Junto a este
hay otro no menos grave, que es
consecuencia del anterior: porque si
el hombre es sólo un animal, por muy
evolucionado que esté, sin alma
inmortal, resulta que toda
perspectiva de futuro es
intramundana; es decir, deja de
esperarse un cielo eterno y se
comienza a creer en dos mitos
sustitutorios: el progreso o el
paraíso socialista. Esto es
gravísimo, ya que esta nueva fe, tan
bienintencionada, paraliza al hombre
en su actuar propio, libre, y hace
que la historia comience a ir para
atrás. Con el mito del progreso se
inicia una alocada carrera hacia
ninguna parte, y el del paraíso
comunista conduce a la rigidez fría
de la momificación.
La
razón es la siguiente: ambos mitos
dan la falsa tranquilidad de un
seguro de vida, tranquilidad tan
falsa como el mismo nombre del
seguro, que si existe es sólo
gracias a la muerte. Las compañías
aseguradoras encuentran clientes en
abundancia por el simple hecho de
que lo más seguro es que todos han
de morir. En realidad son seguros de
muerte; aunque hacen bien en
rebautizarlo con otro nombre para no
intranquilizar, ya que prestan un
servicio conveniente. pero tonto
sería que quien tuviera una de esas
pólizas se creyera de verdad
asegurado contra la muerte, y
actuase siempre con absoluta
temeridad. Esto es 1o que ha
sucedido con los dos mitos:
adormecen la viva vigilancia del
existir auténtico y producen un
actuar alocado, sin centro ni meta.
Son como un nuevo fatum, una forma
moderna del Destino inexorable, pero
en versión optimista, que es mucho
más grave.
Los
liberalizantes creen en un progreso
automático, mecánico; es algo que
sucede, simplemente. No hay que
hacer nada, sólo dejar que se
sucedan los acontecimientos: le
monde va lui-mème, y marcha siempre
hacia un futuro mejor. Se supone que
una fuerza misteriosa irá ordenando
el caos de egoísmo que fomenta la
sociedad permisiva. Para los
socializantes son las estructuras
adecuadas las que traerán el
paraíso: únicamente hay que
organizarlo todo, todo, para que se
produzca el mayor bien posible.
Ambos dicen a las buenas gentes del
mundo: no os preocupéis, dejaos
llevar, si me hacéis caso
encontraréis la suprema felicidad en
una tierra que, sola, mana leche y
miel.
Los dos
engañan, porque no hay ningún
automatismo histórico. Nada está
dado, todo está por hacer cada día.
E1 protagonista de la historia es el
hombre, cada persona, no una ciega
mecánica de fuerzas o unas
estructuras impersonales. La
historia corre el mismo riesgo que
cada hombre con su libertad, puede
avanzar hacia el paraíso o hacia el
abismo. No existe el seguro contra
el fracaso histórico. El hombre,
cada uno, es señor de su vida y de
la historia; ésta marcha hacia donde
aquel camine.
Una
escatología intramundana, poner el
cielo en la tierra, es un error
paralizante. Menos mal que hoy ya
son muchos los que no creen en esos
mitos: el del progreso, porque el
abismo se ve como cercano y posible
en una destrucción total rápida
-desastre nuclear- o lenta -desastre
ecológico-; y el del paraíso
comunista porque se le ha caído la
careta al Gulag. Las ideologías,
gracias a Dios, están muriendo.
Vivimos una época confusa en la que
mucha gente, perdidos los mitos, no
sabe donde ir. Es el momento óptimo
para que, destruidos los ídolos de
la historia, se vuelva a poner el
hombre en su centro.
Esta es
precisamente la tarea que el
cristianismo sabe hacer: formar
personas. Sólo él enseña la ascética
que forja a la persona y le permite
ser libre con la única libertad que
no es palabra vacía: la del señorío
propio. Sólo él dice a cada hombre
que su vida es una tarea para hacer
todos los días, igual que la
historia. E1 cristiano sabe que el
mundo es su trabajo, es la heredad
que Dios le ha dado al hacerle
participar en la creación, y de su
libre actuar depende que progrese o
se destruya. También conoce que el
cielo se da después, que la paz y el
bien aquí en la tierra son frágiles
y arduos, y debe cuidarlos en cada
momento; no se puede dormir en
falsas seguridades, pues la cizaña
se multiplica. Tiene muy
experimentado que nunca puede decir:
ya está, lo alcancé, aquí me paro;
debe luchar siempre, sin caer en la
tentación de espejismos vanos,
repletos de desilusión y amargura
para quien los persigue.
Ha sido
un error, una tremenda equivocación,
querer expulsar al cristianismo de
la civilización occidental, porque
era su vida, su fuerza interior. Lo
más curioso es que los dos mitos
tienen su origen en ideas cristianas
y, por eso, son tan atractivas. Son
los peores errores: verdades que se
han vuelto locas, destructivas, al
desgajarse del tronco, del todo vivo
al que pertenecían. Además, si en
algo han triunfado ha sido gracias
al cristianismo, a su sedimento
social de siglos: han vivido de
rentas ajenas, que ya se les están
acabando y ahora puede verse con
claridad que todo error es estéril a
la larga. Sólo el cristianismo sabrá
devolverlas a su lugar propio, y así
vivificarlas. De nuevo la libertad
será el mayor don dado por Dios al
hombre, pues le hace semejante a
Dios, le hace señor de si y capaz de
amar, También así se descubrirá que
solo es libre quien ama, quien vive
para los demás, quien sirve al bien
común.
Además,
como consecuencia, se conseguiría
que la política volviera a ocupar su
sitio: el de ciencia de lo
contingente que exige el ejercicio
de la prudencia personal, y así
dejase de inundar todo, ahogando la
vida con asfixiantes plétoras
legislativas. Los problemas de la
sociedad se estudiarían en serio,
sabiendo que no hay soluciones ya
dadas, ideológicas y acartonadas,
que encorsetan las cuestiones con
prejuicios y enseñan al hombre a no
pensar. La Universidad podría ser la
Universitas Studiorum que su
fundadora, la Iglesia, quiso que
fuera; un miembro vivo de una
sociedad viva, y no la Universitas
Imbecillitatis que producen las
ideologías, paralizando las mentes
-riqueza primordial del hombre- con
viejas monsergas que explican todo y
no comprenden nada. Podría haber
diálogo verdadero y fecundo; no un
simple enfrentamiento que, para que
no llegue la sangre al río, se
procura paliar con compromisos, que
más parecen treguas armadas. Se
conseguirla así que cada parte del
tejido social contribuyera a la vida
de todo el organismo. La
organización de la sociedad perderla
rigidez y a problemas nuevos se
buscarían soluciones adecuadas, no
las tonteras decimonónicas que ahora
se presentan como panaceas
universales. Esas falsas respuestas,
anquilosadas y rancias, no están a
la altura de los problemas nuevos;
es tonto y cruel obligar a la gente
a elegir entre las dos: la misma
historia las ha dejado obsoletas.
El
cristianismo ha fecundado el mundo
para que este dé sus mejores frutos.
No ofrece soluciones concretas a
ningún problema, no hace política,
pero da al mundo el mejor regalo:
personas libres, capaces de amar,
que saben que están en la tierra
para dar lo mejor que tienen dentro.
Forma las personas que resolverán
los problemas: los señores de si
mismos y de la historia.
© Tirso
de Andrés Argente
© 2003
Edición digital Arvo Net
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