Por Julio
de la Vega-Hazas
Arvo Net
El término y
el concepto
de
solidaridad
se
introducen
en los
documentos
doctrinales
de la
Iglesia muy
recientemente.
Antes del
magisterio
de Juan
Pablo II
apenas puede
encontrarse.
Sí que era
conocida, en
cambio, la
noción de
responsabilidad
solidaria,
un concepto
de
naturaleza
jurídica
trasladado,
como tantos
otros, a la
moral. Su
origen hay
que
encontrarlo
en el
Derecho
romano,
donde se
designaba
como
responsabilidad
in
solidum
la
correspondiente
a las
personas que
contraían
conjuntamente
una
obligación.
Este sentido
permanece
hasta
nuestros
días, y la
moral lo
recogió
sobre todo
para señalar
que la
responsabilidad
solidaria
era la que
correspondía
a la
restitución
o reparación
de
injusticias
cometidas
conjuntamente
por varios
autores.
Como puede
apreciarse
fácilmente,
el papel de
este
concepto en
la teología
moral es
bastante
secundario.
A partir de
la segunda
mitad del
siglo XX, el
término
aparece cada
vez con más
frecuencia
en contextos
de
reivindicación
social. Su
uso más
común era
para pedir a
unos
colectivos
que hicieran
suya la
reivindicación
y lucha
social de
otros; así,
por ejemplo,
se pedía a
los
estudiantes
que se
“solidarizaran”
con las
huelgas
obreras, o
que “por
solidaridad”
con los
despedidos
de una
empresa
acudieran a
la
manifestación
de protesta
gentes de
todo tipo
ajenas a la
empresa en
cuestión.
Las voces
que pedían
esta
solidaridad
provenían
sobre todo
de
instancias
políticas y
sindicales
de
izquierda,
mayoritariamente
marxistas, y
eso provocó
ciertos
recelos en
el
pensamiento
católico.
Con
frecuencia
se
consideraba
que el
concepto
respondía a
un intento
de construir
una moral
ajena a la
cristiana,
de cuño
marxistoide,
en la que la
solidaridad
se convertía
en el valor
supremo en
la relación
con el
prójimo,
desplazando
así a la
caridad. De
ahí nació un
cierto
desprecio a
lo que se
consideraba
como un
sucedáneo a
los valores
auténticos
de la
justicia y
la caridad,
y la
consiguiente
renuencia a
utilizarlo.
No es de
extrañar por
tanto que a
algunos les
resultara
extraño,
cuando
adquirió
notoriedad
el único
sindicato
fuerte de
cariz
católico en
un país de
régimen
marxista –o
sea, la
situación
inversa a la
occidental-,
éste
adoptara el
nombre de
“Solidaridad”
(el polaco
Solidarnösc).
Su
existencia
sirvió para
replantear
el sentido
del término,
y en cierto
modo también
para ayudar
a comprender
el uso que
empezaba a
hacer del
mismo Juan
Pablo II en
sus
escritos.
Aparecía en
numerosos
lugares,
cada vez con
más
frecuencia,
hasta su
empleo
reiterado
una y otra
vez en la
encíclica
Laborem
exercens.
Sin embargo,
es un poco
más tarde,
con la
encíclica
Sollicitudo
rei socialis,
cuando
encontramos
una
definición,
precedida
por el
fundamento
antropológico
que le sirve
de contexto:
“Ante todo
se trata de
la
interdependencia,
percibida
como sistema
determinante
de
relaciones
en el mundo
actual, en
sus aspectos
económico,
cultural,
político y
religioso, y
sumida como
categoría
moral.
Cuando la
interdependencia
es
reconocida
así, su
correspondiente
respuesta,
como actitud
moral y
social, y
como
“virtud”, es
la
solidaridad”.
Si el
término
“virtud”
figura entre
comillas es
porque no se
pretende
añadir un
tercer
elemento al
binomio
justicia-caridad,
ya que, como
señala el
Pontífice,
se trata más
de una
actitud que
de un hábito
propiamente
dicho. Pero
a la vez es
una actitud
fundamental,
ya que
responde a
lo que
constituye
el núcleo de
la vida en
sociedad: la
interdependencia,
resultante
de la misma
naturaleza
humana, que
es la de un
ser social.
Se entiende
bien, a
partir de
esta
consideración,
el papel de
la
solidaridad
como uno de
los dos
pilares
fundamentales
sobre los
que debe
asentarse
toda
sociedad. Su
complementario
es la
subsidiaridad,
de forma que
juntos
forman los
dos
principios
básicos de
configuración
social.
Plasman el
lema que
popularizó
la novela de
los tres
mosqueteros:
“uno para
todos, y
todos para
uno”. La
primera
parte es la
solidaridad,
que pide a
cada persona
responsabilizarse
del bien
común, y
aceptar las
cargas que
ello supone,
poniendo así
al individuo
al servicio
del bien
general. La
segunda
parte es la
subsidiaridad,
que no se
limita a la
suplencia
del poder
público en
casos de
ausencia de
iniciativa
privada,
sino que va
más allá,
pues pide a
la sociedad
en su
conjunto
servir a la
persona, de
forma que
establezca
las mejores
condiciones
para su
desarrollo y
desenvolvimiento,
incluidos
incentivos
cuando son
necesarios y
la asunción
de servicios
públicos
sólo cuando
es necesario
por falta de
iniciativa
social.
Estos dos
principios
funcionan
como
contrapesos
mutuos; si
se sostiene
uno sin el
otro, la
sociedad
resultante
queda
desfigurada,
y deja de
responder a
las
exigencias
humanas. Las
sociedades
colectivistas
como las
propiciadas
por el
marxismo han
apelado a la
solidaridad,
pero
rechazando
de plano la
subsidiaridad,
y ya se ha
visto cuál
ha sido el
resultado.
Lo que hay
que darse
cuenta, hoy
en día y en
Occidente,
es que se
están
pidiendo
continuamente
asistencia y
garantías a
los poderes
públicos,
mientras que
entra en un
progresivo
declive la
solidaridad;
es el
fenómeno
contrario. O
sea, que nos
estamos
volviendo
individualistas,
y eso no es
bueno ni
para los
individuos
ni para la
sociedad.
Lo acaba de
advertir
Juan Pablo
II en la
reciente
exhortación
Ecclesia
in Europa:
“Junto con
la difusión
del
individualismo,
se nota un
decaimiento
creciente de
la
solidaridad
interpersonal:
mientras las
instituciones
asistenciales
realizan un
trabajo
benemérito,
se observa
una falta de
sentido de
solidaridad,
de manera
que muchas
personas,
aunque no
carezcan de
las cosas
materiales
necesarias,
se sienten
más solas,
abandonadas
a su suerte,
sin lazos de
apoyo
afectivo”.
Quizás pueda
parecer
sorprendente
este
diagnóstico
en un
momento en
el que crece
el número de
organizaciones
asistenciales
de todo
tipo, con o
sin cariz
religioso, y
sobre todo
el número de
voluntarios
que
colaboran a
través de
ellas, tanto
dentro del
propio país
de
residencia
como en
zonas
particularmente
necesitadas
del mundo.
Es, qué duda
cabe, un
fenómeno
positivo,
tanto por la
labor que
realizan
como por
constituir
una
verdadera
educación en
la
solidaridad
para sus
protagonistas.
Pero el
peligro
radica en
identificar
la
solidaridad
con este
tipo de
actividades,
que son en
el fondo un
aspecto
secundario
de la
cuestión. Lo
es por
cuanto, para
la mayoría,
no pueden
pasar de ser
una
actividad
marginal en
sus vidas,
una tarea de
tiempo libre
que sólo se
puede
ejercer en
los márgenes
de
disponibilidad
que permite
la actividad
normal. Y
esta
mentalidad
puede dar
origen a una
deformación,
al
identificar
la
solidaridad
con una
dedicación
voluntaria,
dejando al
margen el
hecho de
que, al ser
un principio
conformador
de la
sociedad,
lleva
consigo unos
deberes
importantes
en la vida
cotidiana.
Por esta
vía, se
puede llegar
a una
dicotomía en
personas que
habitualmente
viven de una
forma
egoísta sin
un mínimo
sentido del
bien común,
a la vez que
emplean
parte de su
tiempo libre
en unas
meritorias
labores
asistenciales,
sin que
conecten
ambas
facetas, y
quizás en
algunos
casos
alistándose
en esas
tareas
precisamente
para
tranquilizar
una
conciencia
que de una
manera u
otra avisa
de que no se
puede vivir
exclusivamente
para uno
mismo. No es
esto a lo
que se
refiere el
Papa en esta
última
exhortación
cuando pide
la
construcción
de una
“cultura de
la
solidaridad”.
Conviene por
tanto
conocer y
dar a
conocer el
sentido
auténtico de
la
solidaridad.
“Esta no es,
pues –afirma
Juan Pablo
II en la
encíclica
Sollicitudo
rei socialis-,
un
sentimiento
superficial
por los
males de
tantas
personas,
cercanas o
lejanas. Al
contrario,
es la
determinación
firme y
perseverante
de empeñarse
por el bien
común; es
decir, el
bien de
todos y cada
uno, para
que todos
seamos
verdaderamente
responsables
de todos”.
La
solidaridad
tiene unas
primeras
manifestaciones
en el ámbito
familiar,
precisamente
cuando, por
un lado, hay
una
tendencia a
desprenderse
de los
integrantes
ancianos; y,
por otro, la
tasa de
natalidad es
muy baja y
son muchos
los que no
quieren
cargar con
descendencia
o limitarla
al hijo
único,
contribuyendo
así al
desequilibrio
de la
sociedad
futura, y
pretendiendo
a la vez
cobrar en
sus años
avanzados
unas
pensiones
sostenidas
con el
trabajo de
los hijos de
los demás.
Además, la
solidaridad
tiene
manifestaciones
de cara a la
sociedad en
general, que
van mucho
más allá de
la mera
educación
cívica o el
respeto del
orden
social. Hay
una
solidaridad
en el mundo
del trabajo,
que se rompe
cuando, por
ejemplo, un
sector de
trabajadores
genera
conflictos
para obtener
una
remuneración
desproporcionada
en
comparación
con otros
trabajadores
que no están
en posición
de poder
hacer una
presión tan
eficaz; o
cuando se
pide al
trabajador
una
fidelidad y
dedicación a
la empresa
que no es
correspondida
por ésta; o
cuando se
toman
posturas de
fuerza que
perjudican a
los
ciudadanos
ajenos a la
empresa. Los
ejemplos se
podrían
multiplicar,
pero en todo
caso lo que
se trata es
de armonizar
los
intereses
particulares
con los
generales,
de forma que
se llegue a
soluciones
justas para
todos, y de
cuidar de
las personas
laboralmente
más
desamparadas
en cualquier
sentido.
Existen
también
manifestaciones
de
solidaridad
que se
refieren al
bien común
general, y
que podrían
resumirse
diciendo que
consisten en
asumir las
legítimas
cargas
sociales. La
primera y
más evidente
es el pago
de todos los
impuestos
justos,
evitando
engaños y
circuitos
comerciales
que generan
el llamado
“dinero
negro”. Pero
no es la
única.
Últimamente
estamos
siendo
testigos en
nuestra
sociedad de
un
inconformismo
generalizado
a toda
instalación
pública que
sea vista
como un
potencial
engorro.
Todos
quieren
circular por
autopistas,
pero nadie
quiere que
pasen junto
a su pueblo.
La opinión
pública pide
mano dura
para la
delincuencia,
pero el
anuncio de
construcción
de una
cárcel
provoca
manifiestos
municipales,
manifestaciones
y carteles
en la
localidad
elegida para
su
emplazamiento
“exigiendo”
que no se
haga. Se
ponen encima
de la mesa
estudios
desfavorables
de impacto
medioambiental
ante la
construcción
de una línea
férrea, pero
curiosamente
sólo cuando
el tren no
para en la
localidad.
Se aplaude
cualquier
programa de
erradicación
de chabolas
e
infraviviendas,
pero se
protesta
airadamente
cuando el
realojo es
en el propio
barrio. La
gran mayoría
se opone a
cualquier
discriminación
cuando se
les
pregunta,
pero si
introducen
algunos
niños
gitanos en
el colegio
se produce
una
avalancha de
padres que
protestan o
que, sin
atreverse a
protestar,
maniobran
para cambiar
de escuela a
los hijos.
Quizás lo
más grave,
cuando
ocurre
alguna de
estas cosas,
es que se
contemple
con la mayor
naturalidad
que no hay
otro
argumento
real que el
simple “no
quiero”,
como si
nadie
tuviera
derecho a
interferir
en la
soberanía
individual,
ni a imponer
otras cargas
que no
fueran los
impuestos,
aceptados de
mala gana.
El interés
social queda
fuera del
horizonte
vital de la
persona. Un
termómetro
para ver
este modo de
pensar se
encuentra en
las
elecciones
políticas, y
se trata de
examinar si
la intención
de voto se
dirige sólo
teniendo en
cuenta
intereses
individuales,
o de verdad
se vota a
quien se
piensa que
gobernará
mejor el
país. Es
difícil de
medir, pero
en líneas
generales un
indicador
bastante
fiable es el
índice del
llamado
“populismo”
en la
argumentación
de los
candidatos
–y su
incidencia-,
que consiste
en jugar a
efectuar
promesas
irresponsables
que halagan
los diversos
intereses
particulares
sin atender
la sensatez
que postula
el bien
común.
El
significado
de la
solidaridad
no se agota
en los
aspectos
mencionados,
pero éstos
ponen de
manifiesto
dos cosas.
La primera
es que
ilustran el
deterioro de
la
solidaridad
en nuestra
sociedad, y
muestran que
si el
colectivismo
es una
doctrina
perniciosa,
no lo es
menos el
individualismo.
La falta de
solidaridad
puede en
muchos casos
permitir,
gracias a la
subsidiaridad
del sistema,
mantener
unas
condiciones
materiales
dignas, pero
siempre deja
tras de sí
un rastro de
soledad,
sentido de
abandono y
frustración
crecientes,
a la vez que
también
evidencia
que la mera
concatenación
de intereses
individuales
no permite
edificar
bien una
sociedad, de
forma que se
hace cada
vez más
ingobernable
cuanto más
se pierde el
sentido del
interés
general. Y
la segunda
es que la
solidaridad
es una
actitud que
se ha de
vivir en
primer lugar
en el
entorno
propio y la
vida
cotidiana.
Si esto se
logra,
además de
conseguir
una sociedad
más justa y
sobre todo
más humana,
se irá
creando una
mentalidad
solidaria
que sin duda
alguna
trascenderá
el ámbito en
el que se
vive, y se
plasmará en
atender a
los más
necesitados
y los
colectivos
marginados,
en el propio
país y en el
mundo
entero. Una
vez más,
para
arreglar el
mundo hay
que empezar
por la
propia casa.
Pero también
es cristiano
no quedarse
ahí, y
promover
iniciativas
para
arreglar o
al menos
aliviar la
miseria
humana, del
tipo que sea
y
dondequiera
que se
halle.