Jorge
Balvey
Arvo, 8 de
julio de
2005
Alfa y Omega
ofrece un
fragmento,
publicado
por el
diario
Corriere
della Sera,
de
L´Europa di
Benedetto
nella crisi
della
cultura,
el nuevo
libro del
Papa
Benedicto
XVI. El
Romano
Pontífice
desvela la
falacia que
esconden los
argumentos
del discurso
que niega la
necesidad de
que figuren
en la
llamada
Constitución
europea las
raíces
cristianas
de Europa:
ni los
hebreos, ni
los
musulmanes,
ni los
creyentes de
ninguna otra
religión se
molestarían.
Molesta a
los
herederos
radicales de
la
Ilustración
(«la cultura
ilustrada
radical, la
cual ha
alcanzado su
pleno
desarrollo
en nuestro
tiempo»).
Son los que
pretenden
imponer una
cultura sin
Dios, pero
no «como si
Dios no
existiera»,
sino
opuesta
a los
valores
fundamentales
de lo que
hoy
consideramos
Civilización
Occidental.
Uno de estos
valores es
el de la
preciada y
justamente
exaltada
libertad.
Pero los
nuevos
«ilustrados»
tienen y
tratan de
imponer «una
confusa
ideología de
la
libertad»,
que
paradójicamente
«conduce a
un
dogmatismo
que se
revela, como
siempre,
hostil a la
libertad.»
Cabe
recordar lo
que
Maritain
escribió
hace
lustros: «el
racionalismo
es el más
irracional
de los
sistemas»
(el
subrayado
del ismo,
es nuestro).
La
divinización
de la razón
(La diosa
Razón), de
la libertad,
o de
cualquier
criatura,
conduce
irremediablemente,
a la
negación de
la razón, de
la libertad
o de lo que
se trate.
Recordemos a
Jean Paul
Sartre
-sigue
presente-
comenzando
con la
negación
Dios para
afirmar la
libertad del
hombre y
finalizando
en la
libertad
como
condena, el
hombre como
pasión
inútil y los
otros como
el infierno.
Ciertamente
la libertad
humana es un
bien muy
alto: por la
libertad,
dice
justamente
Cervantes,
merece la
pena dar la
vida. Pero
si esto es
así, lo es
porque hay
un bien
mayor: la
Libertad
absoluta -
Verdad
absoluta -
Amor
absoluto.
Absolutizar
una libertad
esencialmente
limitada es
la locura.
Sólo cabe un
Absoluto, y
porque lo
hay, la
libertad de
la persona
creada puede
tener ese
valor
«absoluto-relativo»
que le
corresponde,
por ser don
del Absoluto
y siempre en
relación con
el Absoluto.
Y por eso -y
si no, no-
la persona,
como quería
Kant
y quiere
Dios y
quiere la
Iglesia
católica- es
un fin en sí
misma, y
como tal ha
de ser
tratada.
Benedicto
XVI
propone a
los
«ilustrados»
una
ingeniosa
fórmula en
la que todos
podríamos
encontrarnos:
edificar una
cultura no
con el viejo
«etsi
Deus non
daretur»,
como si
Dios no
existiera,
aunque
exista, sino
«etsi
Deus daretur»,
como si Dios
existiera,
que aunque
yo no me lo
creyera,
bien pudiera
ser que
exista. Esto
es mucho más
racional y
razonable.
Ahí la
libertad
como señorío
y dignidad
de la
persona
encontraría
un buen
punto de
apoyo. Pero
pasemos ya
al fragmento
del nuevo
libro del
Papa.
L´Europa di
Benedetto
nella crisi
della
cultura
[Fragmento]
En
el debate
acerca de la
definición
de Europa,
en torno a
su nueva
forma
política, no
está en
juego una
batalla
nostálgica
por una
cierta
vuelta a
épocas
pasadas,
sino sobre
todo una
gran
responsabilidad
por la
Humanidad de
hoy. Echemos
una mirada
de cerca a
la
contraposición
entre las
dos culturas
que han
marcado
Europa. En
el debate
sobre el
Preámbulo de
la
Constitución
europea, tal
contraposición
se hace
evidente en
dos puntos
concretos:
la
referencia a
Dios y la
referencia a
las raíces
cristianas
de Europa.
Se dice que,
visto que en
el artículo
52 se
garantizan
los derechos
institucionales
de la
Iglesia,
podemos
estar
tranquilos.
Pero eso
significa
que, en la
vida de
Europa, la
Iglesia
tiene un
lugar en el
ámbito del
compromiso
político,
mientras
que, en lo
que se
refiere a
las bases de
Europa, la
impronta de
su contenido
no encuentra
espacio
alguno. Las
razones que
se dan en el
debate
público a
este neto
No son
superficiales,
y es
evidente
que, más que
indicar la
verdadera
motivación,
la esconden.
La
afirmación
de que la
mención a
las raíces
cristianas
hiere los
sentimientos
de muchos
que no son
cristianos,
es poco
convincente,
ya que se
trata, ante
todo, de un
factor
histórico
que nadie
puede negar
seriamente.
Naturalmente,
esta mención
histórica
contiene
también una
referencia
al presente,
desde el
momento en
que, al
hablar de la
raíces, se
indican las
fuentes de
orientación
moral, y
éstas son un
factor de
identidad en
esta
formación
que es
Europa.
¿Quién se
siente
ofendido?
¿Quién ve su
identidad
amenazada?
Los
musulmanes,
con los que
tanto
cuidado se
tiene, no se
sienten
amenazados
por nuestras
bases
morales
cristianas,
sino por el
cinismo de
una cultura
secularizada
que niega
estas mismas
bases.
Tampoco
nuestros
conciudadanos
hebreos no
se sienten
ofendidos
por la
referencia a
las raíces
cristianas,
en cuanto
esas raíces
se extienden
al monte
Sinaí:
llevan la
impronta de
las voces
que se
hicieron
sentir sobre
el monte de
Dios, y nos
ligan a las
grandes
orientaciones
fundamentales
que el
Decálogo ha
legado a la
Humanidad.
Lo mismo
vale para la
referencia a
Dios: no es
la mención
de Dios lo
que ofende a
los que
pertenecen a
otras
religiones,
sino sobre
todo la
intención de
construir la
comunidad
humana
absolutamente
sin Dios.
Las
motivaciones
para este
doble No
son
profundas.
Presupongo
la idea de
que
solamente la
cultura
ilustrada
radical, la
cual ha
alcanzado su
pleno
desarrollo
en nuestro
tiempo,
podría ser
constitutiva
de la
identidad
europea.
Junto a ella
pueden
coexistir
diferentes
culturas
religiosas
con sus
respectivos
derechos, a
condición de
que respeten
los
criterios de
la cultura
ilustrada y
se
subordinen a
ella. La
cultura de
la
Ilustración
está
sustancialmente
definida por
el derecho a
la libertad.
Parte de la
libertad
como un
valor
fundamental
que lo mide
todo: la
libertad de
elección
religiosa,
que incluye
la
neutralidad
religiosa
del Estado;
la libertad
de expresar
la propia
opinión, a
condición de
que no ponga
en duda este
canon; el
ordenamiento
democrático
del Estado,
con el
consiguiente
control
parlamentario
de los
organismos
estatales;
la libre
formación de
partidos; la
independencia
del poder
judicial; y
la tutela de
los derechos
del hombre y
la
prohibición
de
discriminación.
Aquí el
canon está
todavía en
vías de
formación,
ya que hay
derechos que
parecen
confrontados,
como por
ejemplo el
deseo de
libertad de
la mujer y
el derecho a
la vida del
nasciturus.
Así, el
concepto de
discriminación
se alarga
cada vez
más, y la
prohibición
de
discriminar
se puede
transformar
en una
limitación
de la
libertad de
opinión y de
la libertad
religiosa.
Confusa
ideología de
la libertad
Bien pronto
no se podrá
afirmar que
la
homosexualidad,
como enseña
la Iglesia
católica,
constituye
un desorden
objetivo en
la
estructuración
de la
existen-
está
convencida
de no tener
el derecho a
conferir la
ordenación
sacerdotal a
las mujeres,
está
considerado
por algunos
como algo
irreconciliable
con el
espíritu de
la
Constitución
europea. Es
evidente que
este canon
de la
cultura
ilustrada
contiene
valores
importantes,
de los que
no podemos
prescindir;
pero también
es evidente
que la
concepción
mal definida
–o no
definida, de
hecho– de la
libertad,
comporta
inevitablemente
contradicciones.
Un uso
radical de
la libertad
conlleva
limitaciones
que esta
generación
no puede
siquiera
imaginar.
Una confusa
ideología de
la libertad
conduce a un
dogmatismo
que se
revela, como
siempre,
hostil a la
libertad. En
el diálogo,
necesario,
entre no
creyentes y
católicos,
nosotros los
cristianos
debemos
permanecer
fieles a
esta línea
de fondo:
vivir una fe
que proviene
del Logos,
de la Razón
creadora, y
por tanto
abierta a
todo aquello
que es
verdaderamente
racional.
Pero en este
punto
quiero, en
mi calidad
de creyente,
hacer una
propuesta a
los no
creyentes:
en la época
de la
Ilustración
se intentó
entender y
definir las
normas
morales
esenciales
diciendo que
serían
válidas
etsi Deus
non daretur,
aun en el
caso de que
Dios no
existiese.
Ante las
contraposiciones
de las
diferentes
confesiones
y en la
crisis
referida a
las
distintas
imágenes de
Dios, se
intentó
poseer
valores
morales
esenciales
más allá de
contradicciones,
y buscar
para ellos
una
evidencia
independiente
de las
divisiones e
incertezas
de las
distintas
filosofías y
confesiones.
Así, se
quería
asegurar las
bases de la
convivencia
y, en
general, de
la
Humanidad.
En aquella
época
parecía
posible, en
cuanto que
las grandes
convicciones
de fondo,
procedentes
en gran
parte del
cristianismo,
parecían
innegables.
Pero ya no
es así. La
búsqueda de
una certeza
tranquilizadora,
que pudiese
mantenerse
incontestada
más allá de
todas las
diferencias,
es algo
fallido. Ni
siquiera el
esfuerzo,
verdaderamente
grandioso,
de Kant ha
podido crear
la necesaria
certeza
compartida.
Kant había
negado que
Dios pudiese
ser conocido
en el ámbito
de la sola
razón; pero,
al mismo
tiempo,
había
situado a
Dios, la
libertad y
la
inmortalidad
como
postulados
de la razón
práctica,
sin los
cuales,
según él, no
era posible
la actuación
moral. ¿La
situación al
día de hoy
no nos
podría hacer
pensar que
puede tener
razón? Lo
diré con
otras
palabras: la
tentativa,
llevada
hasta el
extremo, de
plasmar las
cosas
humanas
dejando
completamente
de lado a
Dios nos
conduce
siempre a lo
más hondo
del abismo,
al desamparo
total del
hombre.
Deberíamos,
entonces,
dar la
vuelta al
argumento de
los
ilustrados y
decir:
también
quien no ha
encontrado
la vía de
Dios debería
buscar vivir
y dirigir su
vida si
Deus da -
retur,
como si Dios
existiese.
Éste es el
consejo que
ya daba
Pascal a los
amigos no
creyentes;
es el
consejo que
damos
también hoy
a los amigos
que no
creen. Así
ninguno
queda
limitado en
su libertad,
y así todas
nuestras
cosas
encuentran
un sostén y
un criterio
del cual
tenemos
urgente
necesidad.
Benedicto
XVI