Por
Rodrigo
Guerra
López
9 de
junio de
2005
Arvo
Net,
20/06/05
Los
tiempos
políticos
se han
adelantado
en
México.
Los
precandidatos
a la
presidencia,
a las
gubernaturas
y a
municipios
diversos
recorren
nuestras
comunidades
con su
mejor
sonrisa
tratando
de
convencer
que
ellos
son las
opciones
idóneas
para
nuestra
sociedad.
En este
contexto
la
conciencia
de los
cristianos
no puede
dejar de
sentirse
interpelada.
El
cristiano
es
ciudadano.
Seguir a
Jesús es
indiscutiblemente
una
gracia
que
acontece
en el
corazón
pero que
no debe
quedar
recluida
en él.
Los
problemas
de la
comunidad
son
también
parte
del
itinerario
que la
fe debe
iluminar
y en la
que la
misma fe
debe
incidir.
La
«incidencia
de la
fe» en
los
desafíos
sociales
y
políticos
no es
meramente
«inspiracional».
No basta
tener a
Jesús y
a la
moralidad
derivada
de su
encuentro
como un
tema
distante
y más o
menos
ideal.
Es
necesario
entender
que la
persona
concreta
de Jesús
exige de
manera
igualmente
concreta
obligaciones
precisas
en los
temas
fundamentales
de la
vida
personal
y
comunitaria.
Ningún
candidato
es
perfecto.
Todos
tienen
deficiencias
propias
de la
condición
humana.
Sin
embargo,
es
preciso
que los
cristianos
como
sociedad
y
eventualmente
como
autoridades
partidistas
busquemos
a
quienes
con
coherencia
y más
allá de
las
promesas
de
campaña
han
mantenido
fidelidad
a
valores
fundamentales
en los
que no
es
posible
transigir.
En
efecto,
el
discernimiento
cristiano
de los
candidatos
si bien
versa
sobre
sus
planes y
proyectos,
sobre su
doctrina
política
y sobre
su
efectividad
probada
en
responsabilidades
previas
requiere
pasar
por el
momento
delicado
pero
importante
de la
coherencia
personal
en los
temas y
asuntos
que más
cercanos
se
encuentran
al
respeto
y
promoción
efectiva
de la
dignidad
de la
persona
humana y
del bien
común.
El
Cardenal
Joseph
Ratzinger
como
Prefecto
de la
Congregación
para la
Doctrina
de la Fe
publicó
con
autorización
del Papa
Juan
Pablo II
el 24 de
noviembre
de 2002
el
documento
«Nota
doctrinal
sobre
algunas
cuestiones
relativas
al compromiso
y la
conducta
de los
católicos
en la
vida
política».
En
él se
resumen
algunas
de las
más
importantes
indicaciones
de la
ética
cristiana
en estos
asuntos.
No es un
documento
exhaustivo,
sin
embargo,
es sin
duda una
guía
básica
que
permite
entender
que en
política
los
católicos
no
debemos
de
buscar
fines
buenos a
través
de
medios
malos.
Más aún,
que en
política
los
católicos
estamos
muy
obligados
a
mostrar
la
primacía
del bien
moral
sobre la
lógica
del
poder
tanto en
la
elección
de los
fines
como en
la
decisión
sobre
los
medios.
No ha
sido
extraño
que en
México
como en
otras
partes
del
mundo
muchos
católicos
al
participar
en la
vida
pública
piensen
que el
«realismo
político»
es la
norma
principal
que han
de
seguir.
No es
extraño
escuchar
que los
católicos
comprometidos
en
actividades
sociopolíticas
afirmen
que «no
hacen lo
ideal
sino lo
que
pueden».
Esto es
parcialmente
verdadero.
La
actividad
política
es
contingente,
versa
sobre
situaciones
sumamente
diversas
en las
que es
menester
tomar
decisiones
prudenciales.
Sin
embargo,
en
ninguna
situación
los
católicos
podemos
apoyar
candidatos,
partidos
o
propuestas
que
lastimen
o
violenten
bienes
fundamentales:
la
dignidad
de la
vida
humana,
la
identidad
esencial
del
varón y
de la
mujer,
el valor
de la
familia
basada
en el
matrimonio
monogámico
y
heterosexual,
etc.
Dicho de
otro
modo: en
la vida
social y
política
muchos
males se
tienen
que
tolerar
al ser
imposible
extirparlos
todos de
una vez.
Sin
embargo,
los
católicos
al
momento
de
elegir
candidatos
tenemos
que
tener
claro
que
existe
un
conjunto
elemental
de
mínimos
de
justicia
en los
que
transigir
se torna
complicidad,
se torna
mal
moral
explícito.
Jesús es
misericordioso
con la
fragilidad
humana.
Pero la
misericordia
evangélica
no
significa
claudicar
a la
verdad,
al bien,
a la
justicia.
Cuando
el bien
común
está en
juego
sería
tramposo
afirmar
que la
misericordia
evangélica
o la
conciencia
de la
frágil
condición
humana
justifican
al
cristiano
permitiéndole
ceder en
aspectos
fundamentales
de su
agenda
ética al
elegir
candidatos
o al
tener
que
apoyar
determinadas
políticas
públicas.
Joseph
Ratzinger
sabedor
de esta
situación
comenta
en el
documento
antes
señalado:
“La
Iglesia
es
consciente
de que
la vía
de la
democracia,
aunque
sin duda
expresa
mejor la
participación
directa
de los
ciudadanos
en las
opciones
políticas,
sólo se
hace
posible
en la
medida
en que
se funda
sobre
una
recta
concepción
de la
persona.
Se trata
de un
principio
sobre el
que los
católicos
no
pueden
admitir
componendas,
pues de
lo
contrario
se
menoscabaría
el
testimonio
de la fe
cristiana
en el
mundo y
la
unidad y
coherencia
interior
de los
mismos
fieles.”
Es
preciso
decir
esto
debido a
que “en
circunstancias
recientes
ha
ocurrido
que,
incluso
en el
seno de
algunas
asociaciones
u
organizaciones
de
inspiración
católica,
han
surgido
orientaciones
de apoyo
a
fuerzas
y
movimientos
políticos
que han
expresado
posiciones
contrarias
a la
enseñanza
moral y
social
de la
Iglesia
en
cuestiones
éticas
fundamentales”.
En
efecto,
la
subordinación
existencial
de la fe
a los
intereses
del
poder
eclipsa
la
mirada
sobre lo
real y
distorsiona
la
capacidad
de
interpretación
de las
exigencias
morales
aún más
elementales.
Muy por
el
contrario
recuperar
la
soberanía
del bien
y de la
verdad
al
elegir
candidatos
o
partidos
permite
que las
personas
descubramos
con
novedad
el
significado
de la
libertad
en la
vida
política
y
eventualmente
también
la
misión
que
poseemos
como
testigos
de Aquel
que no
sólo es
el más
grande
«Bien
común»
sino
además
(por su
Comunión)
el
modelo
de toda
la vida
social.