Por
Pedro-Juan
Viladrich*
En
Alba, nº 69, 27.I-2-II
2006, p.3
No es la primera vez que
los cristianos oímos
tamaña -suprema-
revelación. Nos lo contó
san Juan, el
evangelista, en su
primera carta. Era el
siglo primero de nuestra
era. Me temo que muchos
cristianos no lo tomamos
demasiado en serio.
Tal vez nos cegaron los
significados que había
en nuestro diccionario
cultural. Quizá nos han
encarcelado y
empobrecido los modos
como malvivimos eso del
amor en nuestras vidas.
¿Amor?
¡Qué cosa menor,
sentimental e
irracional, erótica y
alocada, crónica de la
ilusión y la decepción,
cosa privada, doméstica
y hasta femenina,
palabrería poética,
cursi y, sobre todo,
inútil! Con el amor, no
se gana la vida en este
mundo, en ningún lugar,
en ninguna época...,
salvo que uno mercadee
con el sexo. ¿Amor?
Probablemente, una de
las palabras más
violadas y gastadas.
Y, sin embargo, ya nos
lo contó también san
Juan en el umbral del
primer milenio: la Luz
vino a este mundo, pero
nuestras tinieblas la
rechazaron. La Luz es
que Dios es Amor.
Ahora, al comienzo del
tercer milenio,
Benedicto XVI retoma la
grandísima revelación,
el centro del misterio
de la intimidad de Dios,
el meollo del sentido de
la vida de cada uno de
los seres humanos. No
recuerdo un documento
oficial del Magisterio
de la Iglesia que
contenga una exposición
tan amplia, sistemática
y específica sobre el
Amor.
La carta encíclica
Deus Caritas est es
un texto de primera
magnitud, que redime el
abuso de la palabra y
devuelve la Luz al Amor.
El mundo y la cultura
actuales, cada uno de
nosotros, necesitaba
este aliento puro y
fresco, lleno de vida.
Va a ser un hito
histórico. Revolucionará
miles de cosas, millones
de vidas. Recomiendo
vivamente leerla.
Lentamente. A veces un
solo epígrafe. Que el
alma identifique la idea
fuerte, el chispazo de
tierna luz, y se detenga
a paladearla sin prisas,
abiertos sin miedo a lo
que nos cambia. Uno no
será el mismo, ni
consigo mismo ni con los
demás, si lo hace.
Es una introducción
fuerte y clarividente al
amor verdadero, bueno y
bello. Una magnífica
lección de antropología.
Al mismo tiempo, es una
muy autorizada lección
de teología y
eclesiología sobre el
amor de caridad como
misión de la Iglesia y
de cada cristiano.
La encíclica es extensa
y muy rica. Precedida
por una extraordinaria y
breve introducción, la
primera parte -titulada
“La unidad del amor en
la Creación y en la
historia de la
salvación”- recorre la
historia de la división
y disociación entre eros
y ágape, entre aquellas
fuerzas que se nos
imponen, que son
necesidades y carencias,
en las que buscamos su
satisfacción mediante el
uso y posesión de un
amado y el otro mundo
del amor, la capacidad
de benevolencia, donde
el amador se abre de
veras a la búsqueda del
bien para el amado y se
entrega como en forma de
don y de acogida.
Benedicto XVI muestra la
unidad entre alma y
cuerpo al amar y el
camino para conseguirla
entre los amadores. En
este punto, la encíclica
alcanza una de las
aportaciones
principales, consistente
en mostrar las virtudes
y la transformación
ética como la única vía
que garantiza la
integración entre eros y
ágape, entre carne y
espíritu, el éxtasis y
elevación que son don y
acogida, en vez de
clausura narcisista y
ególatra, degradación y
abuso del otro como
objeto de placer y
provecho.
Magistralmente, en ese
momento, la encíclica
vincula esta enseñanza
antropológica con las
novedades sobre el amor
humano y la revelación
de Dios como Amor que la
fe bíblica aportó al
pueblo de Israel y así
preparó la manifestación
viva del Amor de Dios en
la persona de
Jesucristo, Dios por
Amor hecho Hombre para
salvar a cada hombre con
un amor que alcanza la
entrega total de su vida
y la muerte en redención
amorosa de todos.
La segunda parte de la
encíclica -bajo el
título “Caritas, el
ejercicio del amor por
parte de la Iglesia como
comunidad de amor”- está
centrada en la
presentación, mediante
una sugestiva
encadenación de temas
capitales en secuencia,
del amor de caridad como
el gran servicio de la
Iglesia y de los
cristianos.
Hay en esta parte una
revolucionaria
presentación del papel
de la Iglesia, a través
de sus diferentes
instituciones y
movimientos, en la tarea
de comprometerse, sin
falsas retóricas y con
atenciones secundarias,
en las más concretas
tareas de solucionar las
miserias y pobrezas de
la Humanidad, empezando
por la tolerancia cero
respecto de aquellas
condiciones de vida que
no alcanzan un nivel
mínimo de dignidad.
En este punto, tan
delicado, la encíclica
desarrolla una magistral
presentación de la
Doctrina Social de la
Iglesia, sobre la base
de una exquisita
distinción entre la
responsabilidad por la
justicia que corresponde
al mundo de la política
y de sus máximas
instituciones -como el
Estado- y la presencia
del amor de Dios a
través de la misión de
servicio de amor de la
Iglesia y de los
cristianos,
especialmente los
laicos.
Los pasajes son claves,
porque sientan la
distinción de
competencias sobre el
orden social justo, pero
iluminan sin dudas la
específica
responsabilidad de la
Iglesia, sin salirse de
su campo espiritual y
misión religiosa, en la
tarea de contribuir a la
justicia del mundo,
mediante la iluminación
purificadora de la razón
humana -que a solas e
inmanente engendra
totalitarismos
ideológicos- y mediante
el fortalecimiento de la
ética. Estos pasajes,
podemos vaticinarlo, van
a tener repercusiones
muy importantes e
inmediatas respecto de
los actuales
desequilibrios mundiales
y situaciones de
objetivo escándalo e
injusticia.
Estamos ante un texto
magisterial de primera
magnitud histórica.
Permítasenos terminar
con una sugerencia sobre
las primeras palabras de
la encíclica, las que
citan el texto de san
Juan: “Dios es amor, y
quien permanece en el
amor permanece en Dios y
Dios en él “(1 Jn,4,16).
Tan fuerte debió de ser
en los primeros tiempos
del cristianismo esta
colosal revelación, que
fue frecuente entre los
Padres de la Iglesia
-por ejemplo san Juan
Crisóstomo o san
Gregorio de Nisa-
insistir a sus lectores,
los primeros cristianos,
que llamar Padre a Dios
era el mejor modo de
acceder a su intimidad,
porque definía de una
manera más profunda su
intimidad el amarle como
Padre que, incluso, el
llamarle Dios.
Es muy fuerte, pero muy
consolador e iluminador,
ese consejo de la
Patrística. Pongamos un
sencillo ejemplo
práctico. Cuando en
nuestras familias nos
dedicamos a amar de
veras a nuestros padres,
hijos, hermanos o
abuelos -sabiendo que
Dios es amor y que quien
permanece en el amor
permanece en Dios-, en
ese amor de familia Dios
verdaderamente, tal cual
es de íntimo, habita en
nuestro amor y en
nuestras familias. Dios
es Amor. La tarea
cristiana -en esta hora
de odios, violencias e
injusticias de este
mundo- ha sido
recentrada en su íntima
esencia y relanzada con
la Luz del Amor.
* Pedro-Juan Villadrich,
catedrático de
Universidad y
vicepresidente del Grupo
Intereconomía