Por André Frossard
En Preguntas sobre Dios.
Editorial Rialp. Madrid 1991, pp 70-71
"Esta pregunta se hace eco de un temor, muy habitual entre
los creyentes, ante el auge de las ciencias naturales que
contradicen en no pocos puntos su credo religioso, al tiempo
que manifiesta una esperanza avivada periódicamente por el
ateísmo militante. Ese temor fue el que indujo a los rectores
de la Iglesia a condenara Galileo, no a la hoguera, ciertamente,
sino a una especie de "arresto domiciliario", castigo que
no deja de tener su ironía referido á un hombre que se mostraba
seguro de estar dando vueltas alrededor del sol. Para aquellos
eclesiásticos, la tierra debía ocupar el centro del mundo
universo, y pretender lo contrario suponía infligir a la Escritura
santa un agravio lindante con la blasfemia. Tuvo que pasar
un siglo para que se reconociera el error y para que se cayera
en la cuenta de que la importancia de la tierra no dependía
de su localización en el espacio. Los creyentes sufrieron
mucho en el siglo XIX ante las declaraciones de Marcelin Berthelot
en el sentido de que "en adelante, el universo no guardará
secreto alguno para los sabios". En esa línea, es razonable
pensar que llegue el día en, que se prescinda de "la hipótesis
de Dios" forjada en los siglos oscuros de la ignorancia."
Sin embargo, el objeto de la ciencia no es más que lo observable
y lo medible, y Dios no es nulo uno ni lo otro.
Para demostrar que Dios no existe, sería menester que lo que
vosotros llamáis "la ciencia" descubriera un primer elemento
que no tuviera causa, que existiera por él mismo, y cuya presencia
explicara todo lo demás sin dejar nada fuera. Y justamente
ese elemento es lo que nosotros llamamos Dios.
El autor, André Frossard
André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar
Frossard, fue diputado y ministro durante la III República
y primer secretario general del Partido Comunista Francés,
Frossard fue educado en un ateísmo total. Encontró la fe a
los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla del
Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde
"católico, apostólico y romano".
Ateo perfecto, ni se planteaba el problema de Dios
El ateísmo en André Frossard y su posterior y repentina conversión
se entienden un poco más contemplando su propia familia, como
nos lo cuenta él mismo: "Eramos ateos perfectos, de esos que
ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales
que todavía predicaban contra la religión en las reuniones
públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente
igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar
la fábula de Caperucita roja. Su celo no hacia más que prolongar
en vano un debate cerrado mucho tiempo atrás por la razón.
Pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba la existencia
de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema.
(...)
El mundo: material y explicable
Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia
no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba
de Él. (...) No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra
era una combinación de elementos químicos reunidos en formas
caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones
naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre
los que no había en absoluto Dios.
¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los
medios avanzados, mis padres habían decidido, de común acuerdo,
que yo escogería mi religión a los veinte años, si contra
toda espera razonable consideraba bueno tener una. Era una
decisión sin cálculo que presentaba todas las apariencias
de imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea.
De hecho, es una edad impaciente y tumultuosa en la que los
que han sido educados en la fe acaban corrientemente por perderla
antes de volverla a encontrar, treinta o cuarenta años más
tarde, como una amiga de la infancia... Los que no la han
recibido en la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla
al entrar en el cuartel...
Mi padre era el secretario general del partido socialista.
Yo dormía en la habitación que, durante el día, servía a mi
padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx, bajo
un retrato a pluma de Jules Guesde (socialista que colaboró
en la redacción del programa colectivista revolucionario)
y una fotografía de Jaurès.
Fascinado por Marx
Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una erupción
solar. Karl Marx escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible
que era, transformada en piedra, la certidumbre de que tenía
razón. Ese bloque de dialéctica compacta velaba mi sueño de
niño. (...)
El domingo
El domingo era el día del Señor para los luteranos, que a
veces iban al templo, y para los pietistas, que se reunían
en pequeños grupos bajo la mirada falta de comprensión de
otros. Para nosotros era el día del aseo general, en el agua
corriente del arroyo truchero, después del cual mi abuelo
mi friccionaba la cabeza con un cocimiento de manzanilla..."
Navidad sin sentido
En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban
eco entre nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre
la campiña muerta. Nosotros también nos poníamos nuestros
trajes domingueros para ir a ninguna parte (...) Almorzábamos
en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de los días
señalados.
Sus padres unidos por el socialismo
Entre las izquierdas la política se consideraba como la más
alta actividad del espíritu, el más hermoso de los oficios,
después del de médico, sin embargo. A ella debían mis padres,
por otra parte, el haberse encontrado. Mi madre de espíritu
curioso, había escuchado a mi padre hablar del socialismo
ante un auditorio obrero, con la fogosidad de sus veinticinco
años, una inteligencia combativa, una voz admirable. Desde
aquel día, ella le siguió de reunión en reunión, por amor
al socialismo, hasta la alcaldía. Cuando me contaba esa historia,
yo no comprendía gran cosa. Para mí, mis padres eran mis padres
desde siempre y no imaginaba que hubiesen podido no serlo
en un momento dado de su existencia. La honestidad, la natural
decencia de su vida en común, me habían dado del matrimonio
la idea de una cosa que no podía deshacerse y que, al no tener
fin, no había tenido comienzo.
La política llenaba la vida familiar
Mi madre vendía al pregón el periódico de la Federación Socialista,
completamente redactado por mi padre, entonces maestro destituido
por amaños revolucionarios y reducido a la miseria. Pero la
política llenaba la vida de mi padre. (...)
Jesucristo hubiera sido de los suyos
Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada
excepción para la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien
los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad,
a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral
y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría
podido ser de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad
con respeto a los poderosos, y sobre todo por el hecho de
que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso
de los situados más alto, el ajusticiado por el poder y por
su aparato de represión".
Encontró a Dios sin buscarlo
Pero sin tener mérito alguno Frossard, porque Dios quiso y
no por otra razón, fue el afortunado en recibir el regalo
de la conversión. El no buscaba a Dios. Se lo encontró: "Sobrenaturalmente,
sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más
antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré.
Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si
el azar cupiese en esta especie de aventura-, con el asombro
de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez
de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese
los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el
infinito.
Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado
a la existencia de Dios.
Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla
del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y
cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.
Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda,
y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente
y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera
tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado,
desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias
de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir,
algunos minutos más tarde, "católico, apostólico, romano",
llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría
inagotable.
Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo
para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos
desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía
suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían
caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que
acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos,
mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales
en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias
costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.
Cómo lo encontró
No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter
improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible,
para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos
intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada
vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana.
Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu
de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración
lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo
dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa
mutación, porque esas razones no existen; me es imposible
describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me
encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier
otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento
cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me
lo encontré. (...)
Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad
divina tiene sus actos gratuitos. Y si, a menudo, me resigno
a hablar en primera persona, es porque está claro para mí,
como quisiera que estuviese enseguida para vosotros, que no
he desempeñado papel alguno en mi propia conversión. (...)
Una revolución exraordinaria
Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria,
cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir,
transformando tan radicalmente mi carácter y haciéndome hablar
un lenguaje tan insólito que mi familia se alarmó. Se creyó
oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un
médico amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar
conmigo sosegadamente y de interrogarme indirectamente, pudo
comunicar a mi padre sus conclusiones: era la "gracia", dijo,
un efecto de la "gracia" y nada más. No había por qué inquietarse.
Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba
tales y cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una
enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había
un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia
la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo
había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban
ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia.
Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese
discreto, como lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese
de todo proselitismo en relación con mi hermana menor. Ella
se convertiría a pesar de todo al catolicismo, y mi madre
también, bastantes años después de ella".
Best-seller mundial
Frossard escribió el libro de su conversión, Dios existe.
Yo me lo encontré, que mereció el Gran Premio de la literatura
Católica en Francia en 1969, y que se convertiría en un best-seller
mundial.
En 1985 fue elegido miembro de la Academia y trabajó en la
Comisión del Diccionario. Muere en París en 1995 a los 80
años de edad, tras haber sido uno de los intelectuales católicos
franceses más influyentes de su país en el presente siglo.
De André Frossard. Dios existe. Yo me lo encontré.
Ediciones Rialp.
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