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Antonio Orozco, «Dios
es y génesis del ateísmo»
Antonio Orozco, «Si
Dios no existiese»
Krzysztof Zanussi, «Si
Dios no existiera»
Por Carlos Goñi Zubieta
Al fin, emerge la pregunta por el sentido
de la existencia. ¿Qué hago yo en medio del mundo? ¿Quién
me ha puesto entre las cosas? ¿Para qué? ¿Qué tengo que hacer
con mi vida? ¿Por qué hay lo que hay? ¿Por qué me ha tocado
a mí ser yo? Son interrogantes que, después del recorrido
filosófico que hemos llevado a cabo, surgen justificadamente
y con una mayor fuerza.
En el horizonte de la pregunta por el sentido de la existencia
aparece la cuestión de Dios. Responder a esta cuestión puede
despejar muchos interrogantes existenciales. «Si Dios no existe,
dice Dostoievski, todo está permitido», «Si Dios existe, piensa
Sartre, yo no puedo ser libre», «Sólo Dios, escribe Kierkegaard,
puede crear un ser libre». Estas afirmaciones muestran que
la respuesta que demos a la cuestión de Dios es esencial para
el planteamiento y la resolución de las preguntas más vitales.
Utilizando la terminología de Gabriel Marcel, podríamos decir
que la cuestión de Dios no es un problema, sino un «misterio».
Un problema es algo que puedo controlar técnicamente y que,
en cierto sentido, es ajeno a mí, su resolución no me compromete.
Si se estropea el ordenador, estoy ante un problema que tiene
una solución técnica: sólo tengo que llevarlo a que lo vea
un técnico. El problema en sí me preocupa porque no puedo
navegar por Internet, pero nada más: yo no me juego la vida
porque se haya estropeado el ordenador, no comprometo mi vida
en su solución. En cambio, si me he peleado con un amigo,
ya no estoy ante un problema (aunque puedo decir que he tenido
un problema con él), sino ante lo que Marcel llama un «misterio».
En este caso, no me vale con llamar a un técnico para que
lo solucione, lo tengo que hacer yo y en esa solución « me
juego la vida» (mi vida con mi amigo), yo me comprometo con
el problema y con su solución, por eso es un «misterio».
En este sentido, Dios es un «misterio», porque no se trata
de un problema técnico, sino de una cuestión en la que implico
toda mi existencia. De la respuesta que demos a este interrogante
depende en buena medida nuestra forma de vivir, de pensar,
de actuar. Por ser un misterio, no podemos vivir sin darle
una respuesta personal: se puede vivir sin saber cómo funciona
un satélite de comunicaciones, pero no sin responder a la
cuestión de Dios, sea la respuesta afirmativa o negativa.
La primera cuestión que se ha de aclarar para poder responder
al «misterio» de Dios es la posibilidad de demostrar su existencia.
A este problema se han dado varias respuestas:
El ontologismo mantiene que no es necesaria la demostración
de la existencia de Dios, porque es de evidencia inmediata.
El conocimiento de Dios es el conocimiento original y originario,
es decir, fuente de todos los demás conocimientos. Sus representantes
más importantes son: Malebranche, Gioberti y Rosmini.
Según Malebranche «vemos todas las cosas en Dios», o lo que
es lo mismo, nuestras ideas son causadas directamente por
Dios. Los ontologistas piensan que de la existencia de las
cosas se puede deducir inmediatamente la existencia de Dios.
El agnosticismo representa la negación de la posibilidad
de demostrar la existencia de Dios. El término fue usado por
primera vez en 1869 por Th. H. Huxley en su obra Agnosticism.
El agnosticismo se diferencia del escepticismo en que éste
niega taxativamente el conocimiento de realidades transcendentes
(Dios), mientras que el agnosticismo se abstiene de conocerlas
o simplemente renuncia a ellas. El agnóstico no niega, por
tanto, la existencia de Dios, como hace el ateo, sino que
afirma que es imposible saber si existe o no. El agnosticismo
ha adoptado a lo largo de la historia diversas formas:
Agnosticismo kantiano. Kant niega la posibilidad de
un conocimiento teórico de Dios. Para él, sólo podemos llegar
a Dios como un postulado de la Razón Práctica: hay Dios porque
hay un imperativo moral, pero esa existencia de Dios no es
la de un ser exterior al hombre: Dios y Razón Práctica coinciden.
Fideísmo. No admite las pruebas racionales de la existencia
de Dios. El conocimiento de que Dios existe lo tenemos por
fe. Cuentan que Antonio Machado, a la hora de tratar
con sus alumnos la existencia de Dios, comenzó pidiendo que
se pusieran de pie todos aquellos que creían en Dios; resultó
que todos se levantaron, con lo que el poeta dio por finalizada
la clase, sacando la conclusión de que si se cree en Dios
no hace falta demostrarlo.
Tradicionalismo. Una forma de fideísmo. Todas nuestras
creencias proceden de una revelación divina y que llega a
nosotros por tradición. Por ejemplo, Luis de Bonal,
para quien la tradición es norma objetiva de verdad, o Lammenais,
para quien la razón individual es incapaz de alcanzar cualquier
verdad.
Modernismo. Dios se me presenta en una experiencia
vital (inmanencia vital) como un sentimiento que es producido
sin juicio intelectual previo. Sus representantes más importantes
fueron: A. Loisy, A. Fogazzaro y A. Buonaiutti.
Positivismo. A. Comte mantiene, siguiendo
a Hume y a toda la tradición nominalista, que es imposible
trascender los fenómenos. El único modo cierto de acceder
a la realidad es el conocimiento científico que atiende únicamente
a lo positivo, lo tangible y mesurable; Dios es una realidad
no positiva y, por tanto, cualquier intento de demostrar su
existencia fracasará.
Neopositivismo. Para Wittgenstein es
preciso delimitar el ámbito de lo que se puede pensar o decir
con sentido. Todas las proposiciones filosóficas, como la
existencia de Dios, carecen de sentido porque son supraempíricas.
Dios, por tanto, es inexpresable, indecible y sólo se muestra
místicamente.
De una u otra forma, todos los géneros de agnosticismo coinciden
en la negación de la metafísica, es decir, de nuestra capacidad
para trascender racionalmente lo fenoménico y captar realidades
metasensibles. Si no admitimos la posibilidad de poder remontarnos
a Dios desde los efectos conocidos por la experiencia, estamos
truncando de raíz el camino metafísico. Debemos recordar que
el conjunto de las ciencias experimentales no agota la vía
científica, por encima de ellas está la metafísica, única
capaz de permitirnos un acceso racional a la existencia de
Dios.
Aparte de los que piensan que no se puede demostrar racionalmente
la existencia de Dios, hay quienes la niegan de manera explícita
o implícita. Estos últimos son los ateos. El ateísmo
presenta dos formas fundamentales: teórico, pues niega
la existencia de Dios como conclusión de un proceso intelectual,
en cierto modo, se dan razones o se demuestra su no existencia;
y práctico, es decir, sin elaboraciones teóricas, se
vive como si Dios no existiera, organizando la propia vida prescindiendo
de su existencia. El ateísmo práctico es muy parecido al indiferentismo,
aunque en este último hay una cierta elaboración intelectual
que lleva a considerar que el hombre no tiene necesidad de Dios.
Se ha discutido mucho sobre la posibilidad de un ateísmo teórico,
es decir, de una demostración de la inexistencia de Dios. Blondel,
por ejemplo, niega esta posibilidad y Lagneau considera que
la negación de Dios es más que otra cosa un juicio sobre la
insatisfacción que produce la idea habitual de Dios. Para ambos
autores, sólo existiría el ateísmo práctico. Sin embargo, hay
que decir que en todas las épocas ha habido ateos. El ateo hace
la opción de la autosuficiencia de la vida, es decir, piensa
que la vida es lo que es y que se basta a sí misma.
Hay que advertir, sin embargo, que el ateísmo no es una actitud
inicial o, en cierto sentido, natural, ya que supone la negación
o la reacción contra la existencia de un Absoluto. El ateísmo
no es una actitud originaria ya que supone también un cierto
conocimiento de lo que se niega, como dice Xavier Zubiri:
«el ateísmo no es posible sin un Dios».
Una característica que presenta el ateísmo contemporáneo es
su carácter postulatorio. El ateísmo se presupone para
la plena realización del hombre. La destrucción de Dios no es
un fin, sino un medio para que la grandeza de Dios pase al hombre.
Así, para Feuerbach, Dios es la reunión de todas las
perfecciones de la naturaleza humana, lo que los hombres llaman
Dios es el hombre mismo. Para Marx, Dios es una creación
de la clase dominante para someter a la clase dominada, «la
religión es el opio del pueblo» y hay que eliminarla para liberar
al hombre. Para Nietzsche, Dios es una creación de los
débiles para frenar la aparición del Superhombre: si hubiera
Dios, dice, yo sería Dios; luego, no hay Dios.
Sin embargo, hay muchos pensadores que creen posible la demostración
de la existencia de Dios. Aunque existe un conocimiento natural
espontáneo de la existencia de Dios, que tiene su fundamento
en el paso del conocimiento del mundo como efecto al conocimiento
de Dios como Causa, estos autores piensan, contra el ontologismo,
que su existencia no es inmediatamente evidente, sino que necesita
una demostración. Del mismo modo, contra el agnosticismo, creen
que se debe reivindicar la capacidad de nuestra razón (en su
uso metafísico) de demostrar la existencia de Dios.
Sería imposible siquiera nombrar todas las pruebas que a lo
largo de la historia se han utilizado para demostrar la existencia
de Dios, por ello, vamos a presentar las más significativas:
El argumento ontológico. Prescindiendo de la experiencia
y partiendo de simples conceptos intenta llegar a una causa
primera. El primero en formularlo fue San Anselmo de Canterbury
y lo hizo de esta manera: todos los hombres tienen la idea de
un ser sumamente perfecto, mayor que el cual no cabe pensar
otro; ese ser tiene que existir en la realidad, porque si solamente
existiera en nuestra mente no sería el ser sumamente perfecto
y, además, podríamos pensar en otro más perfecto que existiera
en la mente y en la realidad. Por lo tanto, es necesario que
Dios exista.
Este argumento es uno de los grandes retos lógicos y filosóficos.
Lo han seguido, con variaciones, grandes pensadores como San
Buenaventura, Duns Escoto, Descartes, Leibniz, Hegel...
y ha sido criticado por Gaunilón, Santo Tomás y Kant. Según
sus críticos, el argumento pasa del plano de las ideas al ámbito
de la realidad, lo cual no es lícito.
Las vías tomistas. Tomás de Aquino, después
de haber criticado el argumento ontológico de San Anselmo, propone
un ascenso metafísico (causalidad metafísica) hasta Dios mediante
cinco caminos o vías. Las cinco vías que él propone tienen esta
estructura argumental:
Punto de partida: un hecho de experiencia, pero considerado
en su rango metafísico, es decir, no considerando, por ejemplo,
a un ser concreto que se mueve, sino en cuanto es ser móvil.
Aplicación de la causalidad al punto de partida: todo
lo que se mueve debe ser movido por otro.
Imposibilidad de proceder al infinito en la serie de causas:
una infinidad de causas no explicaría nada porque supondría
no admitir una causa primera y, por tanto, ningún efecto.
Término final: necesidad de la existencia de Dios.
Las vías tomistas son:
Primera vía: parte del movimiento para llegar a Dios
como Motor inmóvil.
Segunda vía: parte de la causalidad para llegar a Dios
como Causa Primera Incausada.
Tercera vía: parte del ser contingente para llegar
a Dios como Ser Necesario.
Cuarta vía: parte de las perfecciones de las cosas
para llegar a Dios como Ser Perfectísimo por esencia.
Quinta vía: parte del orden del universo para llegar
a Dios como Causa Inteligente Ordenadora.
Otras pruebas. Entre las múltiples pruebas sobre
la existencia de Dios podríamos destacar:
La prueba por las verdades eternas de San Agustín:
las verdades necesarias, inmutables y eternas que puede captar
nuestra razón no deben su necesidad, inmutabilidad y eternidad
a las cosas ni al hombre mismo, sino a un ser necesario, inmutable
y eterno que es Dios.
Prueba por la conciencia de la ley moral natural.
En la naturaleza humana se manifiesta la existencia de la ley
natural. Esta ley no puede estar fundamentada en sí misma, sino
en una primera causa legisladora que sería Dios.
Prueba del deseo natural de felicidad. El anhelo
natural de felicidad que hay en el hombre supondría la existencia
de lo anhelado, pero como el corazón del hombre no puede ser
llenado por nada finito, debe existir un ser Infinito que colme
sus deseos, que sería Dios. Al final de la película de F. Zinnemann,
Un hombre para la eternidad (1966), cuando Tomás Moro va a ser
decapitado, le dice a su verdugo entregándole una moneda: «Haz
tu trabajo sin preocuparte, que a mí me llevas junto a Dios».
«Muy seguro estás de ello Sir Thomas», le dice el alguacil.
A lo que Tomás responde: «No puede defraudarme Aquel a quien
tanto deseo ver».
La experiencia estética. En la experiencia profunda
de la belleza, el artista, el poeta, descubre una carencia esencial
en lo finito que clama completarse en un más allá extraordinario.
Baudelaire habla de un inmortal instinto de belleza que
nos hace considerar lo finito como un esbozo de lo infinito.
El poeta francés escribe: «Es a la vez por la poesía y a través
de la poesía, por y a través de la música, como el alma entrevé
los esplendores situados tras la tumba; y cuando un poema exquisito
hace venir las lágrimas al borde de los ojos, estas lágrimas
no son la prueba de un exceso de gozo; son, más bien, el testimonio
de una melancolía irritada, de una postulación de los nervios,
de una naturaleza exiliada en lo imperfecto y que querría apoderarse
inmediatamente, en esta misma tierra, de un paraíso revelado».
Argumento de la apuesta. Propuesto por Pascal.
No es concluyente, pero es el argumento más vital, que nos anima
a dar una respuesta al «misterio» de Dios. Dice así: Se trata
de un juego (muy serio) al que hay que apostar: cara Dios existe-,
cruz -Dios no existe-. Si apostamos cara y ganamos, lo ganamos
todo -la felicidad eterna-, pero si perdemos, no perdemos nada.
Si apostamos cruz y ganamos, no ganamos nada, pero si perdemos,
lo perdemos todo -esa felicidad eterna-. El ser humano no puede
inhibirse y no apostar, debe hacerlo porque se trata de una
apuesta en la que a uno le va la vida. La cuestión no es tanto
si se ha apostado bien o no, sino que hay que tomarse en serio
la apuesta.
Recuerda que eres hombre: ¿has hecho tu apuesta?
Publicado en este Sitio por cortesía de autor
y editor. Puede verse también la Sección de Arvo Filosofía
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