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PRESUPUESTOS DE LA DEMOSTRACIÓ (E. Moros.)

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Presupuestos de la demostración de la existencia de Dios

  titulo
Entradilla
Enrique Moros (*)

«Hablar acerca de Dios, aun diciendo la verdad, no es riesgo pequeño»[1]". Es verdad, tenemos que cuidarnos de hablar de Dios con ligereza, como si fuera un tema más de nuestra conversación o de nuestras clases. Ya Platón sabía bastante de eso: «Al padre y artífice del universo ni es fácil hallarle, ni seguro, para quien lo halla, hablar de Él a todos»"[2].

Pero esa dificultad no puede retraernos de ninguna manera. En primer lugar la invitación de la Sagrada Escritura es clara: «Esforcémonos por conocer al Señor»[3]". En segundo lugar, se trata de lo más necesario e insuprimible para cualquier hombre: «nosotros hablamos de Dios porque es una necesidad del hombre que no se puede suprimir»[4]". Se trata, en consecuencia, de situarnos en la posición correcta y con las disposiciones adecuadas para que nuestro hablar de Dios tenga sentido. Según el consejo de la Escritura, que manda: «pensad correctamente del Señor y buscadlo con corazón entero»[5]", hemos de procurar que nuestro discurso adopte las actitudes mencionadas por Juan Pablo II: la honestidad de la inteligencia y un corazón dócil y agradecido. [6]

Sirva esta introducción para centrar la cuestión que nos ocupa: la existencia de Dios y los presupuestos metafísicos, antropológicos y epistemológicos que permiten plantearla correctamente.

1. ¿QUÉ ES UNA DEMOSTRACIÓN?

Quizá conviene desarrollar el tema a partir del orden mismo en el que se presentan los términos: demostración de la existencia de Dios. Según esto, en primer lugar es preciso explicar qué se entiende por demostración. De entrada podemos decir que demostrar es un modo especial de razonar, una argumentación que posee unas características peculiares.

1.1. La argumentación

Razonar o argumentar puede definirse como «una interacción lingüística compleja que sirve, entre otras funciones, para dar cuenta y razón de algo a alguien en un marco de discurso[7]". Así, argumentar es el modo ordinario de intervenir en el mundo de las creencias y acciones de las personas, y a la vez el modo humano de sostener ideas y de realizar acciones. Se trata, en consecuencia, de una acción que tiene una doble finalidad[8]"; por un lado consiste en el intento de persuadir a alguien de algo; por otro lado, argumentar es el requisito imprescindible para que una creencia cualquiera adquiera el estatuto cabal y expreso de conocimiento, puesto que una creencia desasistida de razones no sería conocimiento de ningún modo.

Argumentar es, por tanto, una consecuencia necesaria de nuestra naturaleza racional y, a la vez, un elemento imprescindible de nuestra naturaleza social"[9]. «El propósito de los intercambios argumentativos es que las personas se comuniquen información, creencias y opiniones para persuadir a otros mediante razones de que sus creencias y opiniones son verdaderas o aceptables y para comprobar, y posiblemente cambiar, sus propias creencias y opiniones como resultado de la crítica y la evaluación racionales» [10]`. Argumentar es, en consecuencia, la expresión más sencilla del deseo humano de conocer la verdad y actuar según ella [11]. Por eso, toda persona que acuda a la argumentación para sostener sus creencias puede reclamar para sí la categoría de racional `[12].

Tanto por su naturaleza, como por sus fines, toda argumentación es compleja por sí misma no consiste sólo en una palabra, en una frase, sino en un conjunto articulado de actitudes y palabras, y exige adaptarse a la audiencia concreta a la que se dirige la argumentación. No tendría sentido decir: «yo tengo mis razones y punto»; significaría desistir del diálogo, aislarse y renunciar al carácter racional y social del ser humano.

Sin embargo, una vez dicho todo lo anterior es preciso añadir con L. Vega: «¿Qué es una argumentación? En realidad, no lo sé» [13]. Argumentar es un tipo de acción humana básica que no cabe explicitar adecuadamente a partir de conceptos más fundamentales y cuyo análisis, además, puede tomar diferentes derroteros. Como señala el mismo autor: «Uno [de los problemas de identidad en la "teoría" de la argumentación] que me parece primordial es el generado por la tensión entre dos directrices básicas de investigación y análisis: A/ la «lingüística» o «retórica» (digamos): entiende que la argumentación es una manera de hacer algo por medio del discurso y su valor depende substancialmente de la eficacia comunicativa y del rendimiento retórico de este acto complejo de habla; B/ la (digamos) «racional» o «metodológica»: considera que los argumentos son manera de dar cuenta y razón de algo ante alguien, y su evaluación supone ciertos estándares cognoscitivos y metodológicos. No son puntos de vista incompatibles ni tienen por qué alentar programas irreconciliables, pero de hecho suelen alinearse con planteamientos y análisis divergentes» [14]".

El primer estilo de análisis convierte todo acto lingüístico en una argumentación. De este modo se subraya el aspecto social de la transmisión del conocimiento, pero se carga con el inconveniente de no poder distinguir entre las diversas clases de argumentaciones aquellas que gozan de características peculiares, ya sea por la fuerza lógica de sus premisas, ya sea por el valor epistemológico que poseen. Así esta perspectiva de análisis suele prescindir de la verdad de las premisas y del rigor de los procesos argumentales en favor del valor exclusivo de los elementos retóricos [15]`. Esta posición tiene a su favor la verdad indudable de que toda prueba y demostración es también una argumentación y, en ocasiones, conviene resaltar que toda demostración posee elementos retóricos, importancia social y comunicativa y aporta conocimiento [16].

Ahora bien, en estas páginas vamos a adoptar el segundo estilo de análisis de la argumentación. De este modo, las pruebas y demostraciones son argumentaciones que satisfacen determinados criterios cognoscitivos y epistemológicos. La razón de esta elección es sistemática: el objetivo de estas páginas es fundamentalmente científico e interesa, por tanto, una perspectiva que subraye los elementos diferenciadores de la actividad propiamente científica sobre los elementos retóricos y sociales, aunque lógicamente no prescindamos de éstos [17].

1.2. La prueba

Una prueba es una modalidad peculiar de argumentación que reúne determinados requisitos. En una prueba no se parte simplemente de creencias, sino de determinados conocimientos. «Una prueba procura hacer más inteligible el objeto de la argumentación, aumentar o explicar su contenido informativo, o también (deslizándose hacia una perspectiva de segundo orden) justificar el crédito que conferimos a una proposición, respaldar nuestro grado de adhesión a ella, etc.» "[18],_y nuestras actitudes y obras que la tienen como principio. En una prueba comparecen, por tanto, ordenadamente las razones que fundamentan nuestros conocimientos con la esperanza de que nuestras razones no sean sólo particulares, sino que permitan a otros comprenderlas en profundidad y aceptarlas como verdaderas y, en consecuencia, podamos desarrollar un curso de acción concertada.

La diferencia entre argumentación y prueba reside principalmente en la dimensión informativa o cognoscitiva de ésta. Es decir, definimos una prueba restringiendo la amplitud del concepto de argumentación. Esta diferencia no siempre se señala y, mucho menos, se aprecia adecuadamente. En muchas ocasiones prueba es un mero sinónimo de argumentación y, en otras ocasiones, funciona como término alternativo con fines literarios de demostración. La razón que impulsa la distinción que se está estableciendo es fundamentalmente analítica: de este modo se puede hablar diferencialmente de las pretensiones cognoscitivas y del rigor metodológico de las demostraciones.

Pero las pretensiones cognoscitivas y el rigor metodológico no pueden hacernos olvidar los elementos prácticos y sociales que debe reunir una prueba, porque toda prueba es de algo y para alguien. «El valor de una prueba sólo será apreciable, en general, por comparación con otras pruebas y otros elementos de juicio ante los que haga valer su presunta contribución a la extensión o a la calificación del conocimiento disponible. (...) La calidad de significar de una prueba es una función esencialmente contextual y pragmática (...) La sanción de un argumento como prueba no es un asunto privado, sino público; como tampoco es una cuestión meramente personal el dar razón de algo ante alguien. (...) Toda pretensión de conocimiento deberá atenerse a ambos supuestos de modo que deja de ser una cuestión personal para convertirse en una cuestión de dominio público, al menos en principio. En este medio abierto, las pruebas son las credenciales con las que una pretensión de conocimiento afronta su destino. Por lo tanto, es obvio que una prueba, como cualquier credencial, carece de sentido al margen de unas instituciones y unas convenciones de uso y de valor»[19]. Por eso es preciso decir con el mismo autor: «"Veritas filia temporis», suelen proclamar algunos historicismos. Pero a la luz de la historia del pensamiento filosófico y científico, no es «la Verdad» sino las pruebas las que son hijas del tiempo» [20].

1.3. La demostración

Por último, la demostración es un tipo especial de prueba y, por tanto, de argumentación que incluye una deducción lógicamente concluyente a partir de unas premisas convincentes para la persona a la que se dirige, y debe resultar, por tanto, una prueba que podemos llamar de momento «cogente» [21]". Cogencia significa «la mayor fuerza o poder de convicción» [22]. Por esta razón, una demostración supone el grado más alto de trasmisibilidad y seguridad del conocimiento.

Esto significa que las demostraciones tienen su lugar propio en la ciencia, en el conocimiento científico, puesto que exigen por parte de las personas que intervienen en el diálogo la presencia de los hábitos científicos de fundamentación y la habilidad para captar el rigor de un razonamiento de acuerdo a criterios estrictamente lógicos.

Por otro lado, podemos describir la «cogencia» de una demostración como «una normatividad semejante a la sugerida por Wittgenstein: «Recorro la demostración y digo: "Sí, así tiene que ser"»; aquí está hablando el «yo» de una comunidad epistémica o, si se quiere, de la comunidad científica, pues es el dominio de unos lenguajes y métodos determinados lo que nos depara en principio la habilidad para reconocer una demostración cuando nos hallamos ante ella. Además la cogencia implica una disposición a tomar lo demostrado como algo establecido, y a tomar su deducción como una prueba a salvo de cualquier contraprueba» [23].

1.3.1. Estrategias de uso

Todo lo anterior implica que hay diferentes niveles de argumentación, que se corresponden con las distintas características de las personas que dialogan y que es muy importante respetar los diferentes planos en los que puede discurrir su diálogo. Quizá entre personas que participan de una misma tradición y gozan de un determinado nivel de amistad mutua, basten sencillas argumentaciones, aun para asuntos profundos. Pero en ocasiones se advierte que las argumentaciones sencillas no sirven, porque no se consigue transmitir la verdad de los propios conocimientos. Entonces, es preciso, por así decir, volver hacia atrás hasta descubrir los conocimientos comunes que se comparten para desde ellos desarrollar una prueba. Finalmente, si es el caso, se acude a la demostración para dar un último paso, para alcanzar los primeros principios y asentar definitivamente sobre evidencias últimas nuestros conocimientos.

Además, toda argumentación conduce subjetivamente a una mayor seguridad en los conocimientos y objetivamente a una mayor facilidad para su transmisión y aceptación por parte de los demás. Por eso su ámbito natural es el desarrollo de la ciencia y la formación de los nuevos científicos. Pero la ciencia no es sino una actividad histórica del hombre, que comenzó en un momento determinado y se desarrolló hasta alcanzar un determinado nivel de rigor en la búsqueda de la verdad. Y, desde entonces, vuelve constantemente a recomenzar: ninguna ciencia pretende haber llegado definitivamente al culmen del saber. Por eso es razonable escribir una historia de la ciencia e, incluso, de la demostración [24].

1.3.2. Demostración y certeza

Una demostración produce seguridad en el saber poseído. Esto suele expresarse diciendo que la demostración revela la necesidad de una determinada verdad. Y, en ocasiones, esta peculiaridad de las demostraciones se explica afirmando que una demostración «establece una proposición de manera tan cierta y evidente que nos fuerza a asumirla» [25] y de ese modo no deja libertad para el no reconocimiento de la verdad.

Pero esta explicación incurre en la confusión entre la certeza subjetiva y la verdad científicamente (re)conocida. De la anterior explicación de la demostración no se sigue que «exista a nuestro alcance una vía infalible y atemporal de conocimiento. La cogencia de una demostración no es un estado de gracia ahistórico. La cogencia de una demostración implica el entendimiento pleno de la prueba, la compresión de su estrategia global y la compresión de cada paso deductivo, de donde se deriva el poder de convicción inherente a una prueba demostrativa. Por consiguiente, una demostración debe tener efectividad pragmática, ha de ser entendida, y debe tener eficacia retórica, ha de ser convincente» [26].

Todavía se puede dar un paso más, pero en una dirección errónea. Cuando se sostiene que una demostración debe reunir inexcusablemente la fuerza de las razones de la verdad, el valor epistémico y la relevancia pragmática, entonces aparecen problemas. Si se afirma que «una demostración fallida no es una demostración» [27], entonces se está afirmando que las demostraciones están más allá del tiempo, puesto que una demostración debe hacer valer la verdad de la conclusión a pesar de los cambios históricos conceptuales y científicos que necesariamente afectan al valor epistémico y pragmático de una demostración.

Lo que sorprende es que sea el mismo autor de esta frase el que explica como «fundamentalista e dogmática» la glosa de Juan de Santo Tomás sobre la eficacia causal de los principios y de las premisas demostrativas, «porque convierte la fuerza lógica y la cogencia epistemológica en una determinación no ya normativa sino coercitiva. Los principios y premisas evidentes obligan directamente al entendimiento al asentimiento expreso de la conclusión; en la demostración, en general, el asentir a las premisas es causa eficiente y determinante del asentimiento a la conclusión; y así como nadie puede negarse a ver con los ojos abiertos a plena luz, la voluntad no puede impedir el asentimiento del entendimiento y su rendición a la evidencia (Ars Logica, 11, q. 24, a. 3; cfr. también a. 2 y q. 25, a. l). Diríase que la cogencia epistémica y las reglas lógicas vienen a materializarse en una especie de necesidades naturales» [28]". Pero es verdad que en el conocimiento no hay nunca ningún tipo de necesidad natural en sentido físico: es el ámbito donde la libertad se adhiere libremente a la verdad, ya sea necesaria o contingente, o renuncia a ella. Precisamente por eso, el conocimiento humano de la verdad e incluso el conocimiento demostrativo de la verdad tiene historia y las demostraciones necesitan actualización y en ocasiones, ser rehechas para los nuevos marcos teóricos que vigen en diferentes momentos históricos.

El mismo autor hace referencia a un diálogo entre Aquiles y la tortuga que apareció en un artículo de Lewis Carrol[29]". Ante un simple modus ponens formulado por Aquiles, la tortuga responde preguntando porqué dice «por tanto» y, al citarle Aquiles la regla lógica, la tortuga insiste en preguntar por «por tanto», y de ese modo se produce un regreso al infinito. Ante esto, comenta Vega, Russell «habría saltado hasta una regla de deducción, [mientras que Juan de Santo Tomás] se habría limitado a internar a la tortuga en un centro de discapacitados o en una clínica psiquiátrica»[30]. Lo que no advierte Vega es que la enseñanza de esa historia es que la validez lógica de una demostración no se deriva de las reglas de la lógica: Russell estaba equivocado. Además, como sostiene Searle, aquí aparece el problema del reconocimiento. «Necesitamos distinguir entre el entrañamiento como una relación lógica, y el inferir como actividad humana voluntaria. (...) Las premisas entrañan la conclusión, de modo que la inferencia es válida. Pero no hay nada que fuerce a ningún ser humano a hacer esa inferencia. El fenómeno de la brecha existe tanto para la actividad de inferir como para cualquier otra actividad voluntaria. (...) La brecha se aplica incluso a las inferencias lógicas»[31]". Es decir las inferencia lógicas, como cualquier otra regla, no determinan unívocamente la libertad ni la racionalidad. El reconocimiento de una demostración sólo puede darse libremente y esa libertad es sumamente razonable.

2. LAS DEMOSTRACIONES DE LA EXISTENCIA DE DIOS

Una vez explicado el sentido general de la demostración, es preciso ahora detenernos en la aplicación de esta noción de demostración a la existencia de Dios. En efecto, hay al menos un elemento que distingue unas argumentaciones de otras: el objeto sobre el que versa, ya que toda argumentación se dispone también conforme a lo que trata[32]". Razonar significa, por otro lado, cosas diversas según el objeto sobre el que razonemos. Los razonamientos varían también según el objeto que queramos tratar. Y lo mismo ocurre con las pruebas y las demostraciones. «"Demostrar" es un concepto análogo que cobra su sentido exacto por el objeto de demostración» [33]. Ya Aristóteles advirtió al comienzo de la Ética a Nicómaco que la argumentación debe adaptarse al objeto sobre el que se pretende dialogar. Así, sería tan absurdo buscar demostraciones de todas las cosas"[34] como intentar demostrar una existencia matemática de Dios, puesto que no es una fórmula matemática.

2.1. Demostración metafisica

En particular, no puede haber demostraciones estrictas salvo que el objeto que está en cuestión no se incluya en una disciplina que sea plenamente científica. La demostración de la existencia de Dios tiene además la peculiaridad de que se dirige hacia el ámbito de lo infinito, mientras que las demás cosas que conocemos son finitas. De tal manera que la demostración de la existencia de Dios no puede ser igual a cualquier otra demostración, porque si no trataríamos a Dios como un ente más del mundo y, entonces, más que conocérsele se le ignoraría. Por eso, hay que intentar un procedimiento general de fundamentación susceptible de comprobación apto para lo infinito. Y el único ámbito científico en el que éste puede tener lugar es la metafísica"[35]. Éste es el sentido del proceso deductivo a posteriori usado por Santo Tomás y que, en sus líneas generales, fue establecido por Aristóteles, desarrollado por Temistio y Grosseteste, y ampliamente usado por los contemporáneos de Santo Tomás [36]`.

Una vez llegados a este punto, el primer problema con el que nos encontramos en las demostraciones de la existencia de Dios es que pertenecen necesariamente a la metafísica, cuyo carácter científico en la actualidad suscita muchas dudas o es enteramente desconocido[37]`. Sin metafísica no puede haber demostraciones de la existencia de Dios. Pero la cuestión decisiva ahora es si un filósofo cristiano puede conformarse con este estado de cosas, que no es en absoluto irrelevante. Y aquí la Fides et ratio es absolutamente precisa y radical, porque considera que están en juego elementos relevantes de la antropología cristiana.

2.2. La metaflsica es imprescindible

Juan Pablo II afirma en la citada encíclica, comentando el texto de Rm 1, 20, que «en este importante texto paulino se afirma la capacidad metafísica del hombre» [38]. Pero el lugar decisivo a mi entender es el número 83:

«Es necesaria una filosofía de alcance auténticamente metafísico, capaz de trascender los datos empíricos para llegar, en su búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y fundamental. [...] Reivindicar la capacidad que el hombre tiene de conocer esta dimensión trascendente y metafísica de manera verdadera y cierta, aunque imperfecta y analógica [...] Un gran reto que tenemos al final de este milenio es el de saber realizar el paso, tan necesario como urgente, del fenómeno al fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia; incluso cuando ésta expresa y pone de manifiesto la interioridad del hombre y su espiritualidad, es necesario que la reflexión especulativa llegue hasta su naturaleza espiritual y el fundamento en que se apoya. Por lo cual, un pensamiento filosófico que rechazase cualquier apertura metafísica sería radicalmente inadecuado para desempeñar un papel de mediación en la comprensión de la Revelación».

La razón última de esta defensa apasionada de la metafísica es estrictamente antropológica. Sin metafísica el carácter racional del hombre quedaría en entredicho; si la verdad última y absoluta fuera radicalmente inalcanzable para nosotros, entonces la verdad no podría regir nuestra vida, estaríamos encerrados en un mundo de utilidades sin sentido, y tendríamos que conformarnos con que, en expresión de Hume, la razón fuera una mera esclava de las pasiones. Es obvio que entonces Dios quedaría fuera de nuestro alcance: el agnóstico tendría razón. Ratzinger lo vio muy bien, cuando afirmó que «el problema de Dios, en último término, no es otra cosa que el problema de la verdad como tal» [39]". La fe en Dios, en consecuencia, no podría ser racional, porque en el fondo el hombre no podría ser racional. Pero «lo propio de la fe cristiana en el mundo de las religiones es que sostiene que nos dice la verdad sobre Dios, el mundo y el hombre, y que pretende ser la religio vera, la religión de la verdad» "[40].

Además, si alguien afirma que no se puede ser racional, ¿por qué habría que hacerle caso? ¿qué valor tendría esa afirmación? Si pretende decir la verdad, entonces intenta que nosotros adaptemos nuestro comportamiento a la misma, pero esa verdad impediría radicalmente lo que se pretende con ella, y de ese modo sería pragmáticamente inconsistente. Pero si no pretende decir la verdad, ¿para qué habla? ¿qué puede pretender su afirmación? ¿cuál podría ser su valor? Su única intención podría ser una irrazonable renuncia mutua al deseo de infinito que está encerrado en el corazón del hombre, la decisión de limitarse al ámbito de lo finito. Pero esa decisión y esa renuncia sólo son posibles si existe previamente la apertura humana, y es, en consecuencia, mera impostura arbitraria [41].

Que la demostración de la existencia de Dios depende, en último término, de la metafísica es algo que también se puede comprobar en la evolución intelectual de uno de los mejores filósofos analíticos de las últimas décadas: Alvin Plantinga. En su primer libro realizó un profundo análisis de los argumentos clásicos para demostrar la existencia de Dios[42]`. La idea era que la existencia de Dios se podía acreditar en filosofía mediante argumentos rigurosos. Pero su análisis determinó que ninguno estaba libre de problemas, pero que lo mismo ocurría para cualquier otro argumento filosófico interesante. Así, por ejemplo, el mejor argumento para demostrar la existencia de las demás personas padece el mismo tipo de deficiencia que el argumento teleológico para demostrar la existencia de Dios, y si el primero se da por bueno razona Plantinga ,entonces el segundo también ha de servir para probar la existencia de Dios. El supuesto que guió la construcción de aquella obra era que es preciso encontrar buenos argumentos para justificar la racionalidad de una creencia. Todavía este supuesto funciona en su siguiente obra sobre la metafísica modal, en ella Plantinga piensa que ha conseguido formular un argumento ontológico válido y fundado"[43]. Pero las críticas epistémicas contra ese argumento son muy fuertes[44]". A continuación se dedica a la epistemología. Su primera idea es que la existencia de Dios puede ser una creencia básica y, por tanto, no necesitada de demostración, porque está justificada de entrada. Pero la profundización que ha supuesto la elaboración de una epistemología propia the proper function epistemology[45] le condujo al desarrollo de un argumento con cierto aire de familia a los argumentos morales: una epistemología evolucionista funciona mejor con una base metafísica teísta. Finalmente, la elaboración del último volumen de su trilogía sobre epistemología le hace declarar sencillamente que la cuestión de las demostraciones de la existencia de Dios tiene su lugar natural y depende enteramente de la metafísica y de la antropología que se sostenga[46]`. Plantinga reconoce no tener una demostración de la existencia de Dios, aunque eso no le impide hablar de la existencia de buenos argumentos teístas"[47]. De ese modo, su largo recorrido intelectual conduce a la misma posición que sostiene la escolástica clásica: la existencia de Dios es una cuestión metafísica, y que la cuestión epistemológica de la racionalidad de la creencia en Dios no puede resolverse sin la metafísica.

2.3. Metafísica y antropología

La existencia de una ciencia de la verdad, como la metafísica, es antropológicamente decisiva. No se trata de una cuestión exclusivamente intelectual, sino que afecta a toda la persona. El Papa es explícito en este punto:

«Santo Tomás no abandona la vía de los filósofos. Inicia la Summa Theologiae con la pregunta: An Deus sit?, («Dios existe?», Cfr. 1, q. 2, a. 3). Esa pregunta ha demostrado ser muy útil. No solamente ha creado la teodicea, sino que toda la civilización occidental, que es considerada como la más desarrollada, ha seguido acorde con esta pregunta. Y si hoy la Summa Theologiae, por desgracia, se ha dejado un poco de lado, su pregunta inicial sigue en pie, y continua resonando en nuestra civilización (...) Se advierte claramente que la respuesta a la pregunta An Deus sit? No es sólo una cuestión que afecte al intelecto; es, al mismo tiempo, una cuestión que abarca toda la existencia humana. Depende de múltiples situaciones en las que el hombre busca el significado y el sentido de la propia existencia. El interrogante sobre la existencia de Dios está íntimamente unido a la finalidad de la existencia humana. No es solamente una cuestión del intelecto, sino también una cuestión de la voluntad del hombre, más aún, es una cuestión del corazón humano (las razones del corazón de Blas Pascal). Pienso que es injusto considerar que la postura de santo Tomás se agote en el solo ámbito racional. Hay que dar la razón a Étienne Gilson cuando dice con Tomás que el intelecto es la creación más maravillosa de Dios; pero eso no significa en absoluto ceder a un racionalismo unilateral. Tomás se esfuerza por esclarecer la riqueza y complejidad de todo ser creado, y especialmente del ser humano. No es justo que su pensamiento se haya arrinconado en este periodo posconciliar; él, realmente, no ha dejado de ser el maestro del universalismo filosófico y teológico. En este contexto deben ser leídas sus quinque viae, es decir, las cinco vías que llevan a responder a la pregunta: An Deus sit?» [48]

La importancia de la metafísica como ciencia no excluye, sino que precisamente supone la posibilidad de un conocimiento no científico de la existencia de Dios, tanto en el sentido de un conocimiento natural como en el sentido de un conocimiento de fe. En efecto, si es posible la demostración, entonces también pueden tener lugar pruebas de la misma, que es lo que los clásicos llamaban pruebas morales de la existencia de Dios, y es posible también argumentar no científicamente sobre ella; pero a la inversa no tiene lugar esa implicación. Y, por supuesto, también podemos creer sobrenaturalmente en su existencia, por lo que para demostrar la existencia de Dios no es preciso prescindir en ningún sentido de la fe. Pero las argumentaciones y las pruebas carecen de esa referencia a la verdad última que es característica de la metafísica como ciencia, referencia que concluye en Dios.

Esta perspectiva equilibrada de Santo Tomás sobre el saber humano es subrayada por Luis Vega: «aunque el saber demostrativo de la scientia estricta cumpla en Tomás de Aquino un papel programático de paradigma del conocimiento racional, no llega a determinar el carácter fundamentalista de su "epistemología". Tomás de Aquino reconoce de buen grado la existencia de formas más débiles de saber, bien en atención a la índole de los objetos de conocimiento (...), bien en atención a la propia constitución cognitiva de los sujetos humanos de carne y huéso. (...) No ignora, por lo demás, la eficacia de otro tipo de justificación inferencial y discursiva que procede sobre la base de premisas y estrategias dialécticas, capaces de deparar cierta convicción, «fides», aunque no certeza (In APo., Pról.); ni, en fin, está dispuesto a renunciar a sus virtudes críticas y heurísticas» [49]. Por eso demostrar la existencia de Dios en un sentido lógico y metafísicamente riguroso significa tomarse la racionalidad del hombre en serio definitivamente.

Ésta es la concatenación que muestra el siguiente texto de Juan Pablo II:

«Esta fe en un Dios que se revela, encuentra también un apoyo en los razonamientos de nuestra inteligencia. Cuando reflexionamos, constatamos que no faltan las pruebas de la existencia de Dios. Éstas han sido elaboradas por los pensadores bajo forma de demostraciones filosóficas, de acuerdo con la concatenación de una lógica rigurosa. Pero pueden revestir también una forma más sencilla y, como tales, son accesibles a todo hombre que trata de comprender lo que significa el mundo que lo rodea» [50].

Además, puesto que la demostración es el medio ordinario de adquisición de conocimiento científico, esto es, conocimiento de la forma más rigurosa y cierta posible, para el que cree en Dios conseguir una demostración es algo que se sigue de su misma fe, «porque la fe, si lo que se cree no se piensa, es nula» [51]. Por esa razón, «la demostración de la existencia de Dios no es primariamente una exigencia lógica que se esgrime frente a quienes no creen en Dios, sino una exigencia lógica que se dirige exactamente igual al creyente, una exigencia que reclama de éste una estricta justificación de aquello en que cree» [52]. Newman lo plantea, como es característico en él, en primera persona: «Yo sentía entonces, y he sentido siempre, que era una cobardía intelectual no encontrar una base racional para mi fe, y cierta cobardía moral en el hecho de no confesar esta base» [53].

Por otro lado, puesto que «todos los tipos de demostración coinciden en ser un procedimiento general de fundamentación susceptible de comprobación» [54], y como la demostración supone la culminación del proceso que conduce a la posesión de la verdad que le es dado al hombre alcanzar, y por tanto, también significa su máxima capacidad para transmitir la verdad conocida, demostrar la existencia de Dios supone alcanzar el máximo de la dimensión apostólica de la propia fe.

Demostrar, en este sentido, significa una invitación razonada a algo porque nos pone en contacto con una realidad que antes no conocíamos. La fe, en cuanto virtud sobrenatural no puede ser adquirida por las propias fuerzas porque es un don que presupone la apertura de la razón, apertura que conlleva la posibilidad de conocer siempre más"[55]. Y así es posible entender lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «Al defender la capacidad de la razón humana para conocer a Dios, la Iglesia expresa su confianza en la posibilidad de hablar de Dios a todos los hombres y con todos los hombres. Esta convicción está en la base de su diálogo con las otras religiones, con la filosofía y las ciencias, y también con los no creyentes y los ateos» [56].

Tengo que estar abierto a la verdad para saber de la existencia de Dios. Para ello se requiere que mi libertad asienta. La filosofía es amor a la sabiduría, esto significa la correspondencia máxima entre saber y libertad. Sólo amando el saber podré llegar a saber más. No hay conocimiento posible en metafísica sin la intervención de la libertad. Pero esta libertad es inteligente; es decir, una libertad que razona, que se deja determinar por razones. Por eso una de las cuestiones que está en juego a lo largo del desarrollo de la teología natural es precisamente saber si un lenguaje responsable sobre Dios puede aclararse o explicarse a la luz de la razón. Por esa razón, «nuestro camino hacia Dios afecta a la totalidad de la persona no sólo al intelecto, sino también a la voluntad libre, a la afectividad y al punto de vista de la vida moral de cada uno» [57].

En ocasiones se achaca a las demostraciones clásicas de la existencia de Dios, a las cinco vías de Santo Tomás, por ejemplo, que son precisivamente "cosmológicas» , y, por tanto, que no pueden interesar a sujetos personales [58]. Pero cuando se argumenta de este modo es que no se ha advertido suficientemente la profunda radicación antropológica de la metafísica ni la importancia que el ser humano adquiere en su mismo desarrollo y culminación"[59]. La metafísica no es nunca mero conocimiento abstracto, sino en todo caso y siempre amor al saber que una persona en su integridad desarrolla. Tampoco se cae en la cuenta que el máximo respeto a la libertad de cada persona sólo puede consistir en ponerle delante de la máxima verdad con la esperanza que sea captada como tal y determine la libertad desde su propia intimidad. «Sólo cabe esperar de las demostraciones de Dios que sean una invitación razonada a la fe. Si la libertad y el conocimiento están siempre ligados entre sí, el conocimiento de Dios, de modo particular, sólo es posible en libertad. Por eso las demostraciones de Dios constituyen una llamada racional a la libertad humana y una prueba de la honestidad intelectual de la creencia en Dios»[60] `. Por esa razón, un lenguaje responsable sobre Dios sólo puede ser aquel que razona o argumenta, y, en definitiva, sólo aquel que entiende el propio saber en su máxima capacidad, es decir, que argumenta demostrativamente.

Conviene señalar que la preocupación del Catecismo de la Iglesia Católica en este tema parece que viene determinada por la influencia de las ciencias naturales en la configuración de la mentalidad actual. «Creado a imagen de Dios, llamado a conocer y amar a Dios, el hombre que busca a Dios descubre ciertas «vías» para acceder al conocimiento de Dios. Se las llama también «pruebas de la existencia de Dios», no en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales, sino en el sentido de «argumentos convergentes y convincentes» que permiten llegar a verdaderas certezas. Estas «vías» para acercarse a Dios tienen como punto de partida la creación: el mundo material y la persona humana» [61]. El tenor literal de las palabras apunta a la multiplicidad de argumentos dirigidos a mostrar la existencia de Dios que son convincentes. En este caso, convincente significa capaces de convencer, y cuando el convencido soy yo mismo, entonces ese convencimiento implica la certeza en mi conocimiento. De este modo, parece reafirmarse todo lo anteriormente explicado.

Y así pasamos ya al tercer punto de nuestra exposición. Después de haber visto el significado de la demostración de la existencia de Dios, hay que desarrollar qué significa existencia y qué significa Dios en este contexto.

3. LA EXISTENCIA DE DIOS

El problema que se presenta en este momento es qué significa «existencia» y qué significa «Dios». La existencia por la que se inquiere es la realidad. Preguntar por Dios es investigar si Él es real, si forma parte de la verdadera realidad a la que pertenecemos nosotros y el mundo, o es sólo un sueño, una imagen sin objeto, mero concepto subjetivo de nuestra inteligencia. Tiene razón D. Turner cuando dice que «afirmar "Dios existe" es hacer una afirmación existencial en el sentido perfectamente ordinario de "existe", porque no hay ningún otro disponible para nosotros; no hay ningún sentido teológico o religioso especial de "existencia" disponible para afirmarlo de la existencia de Dios»[62]`. Por eso suele adjetivarse esta realidad como objetiva. Y, en ese sentido, la vías tomistas para demostrar la existencia de Dios suponen el máximo esfuerzo de la mente humana para hacerse con la verdad objetiva del mundo y de la realidad [63]".

Se trata, en efecto, de demostraciones de la existencia de Dios. Todas las vías tomistas acaban con una expresión semejante: «y esto es a lo que todos llaman Dios» [64]. Es decir, la vías suponen el significado del nombre de Dios, es decir, un cierto conocimiento natural de Dios por parte del hombre [65]. «Por conocimiento natural de Dios entendemos la comprensión de una fuerza superior en la experiencia natural pura, y no la teología natural» [66]. Por eso puede decirse que «las demostraciones de Dios no fabrican la idea de Dios, no la crean, sino que la explicitan, concretizan y acreditan por la vía de la consideración intelectual del mundo» [67]". Esto significa que puede sostenerse que el conocimiento ordinario del hombre es capaz de llegar de algún modo a Dios.

En este sentido, Santo Tomás afirma que «se da un conocimiento de Dios vulgar y confuso, que tienen la mayoría de los hombres [...] porque el hombre puede llegar inmediatamente por la razón natural a conocer a Dios de alguna manera. Por ejemplo, viendo los hombres que las cosas naturales se desenvuelven sujetas a cierto orden, y no habiendo orden sin ordenador, caen en la cuenta con frecuencia de que ha de haber un ordenador de las cosas visibles. Aunque con esta común consideración no se llega inmediatamente a conocer quién, cómo y si es sólo uno ese tal ordenador»[68]". Este concepto natural de Dios que requieren las cinco vías ha sido analizado del siguiente modo por David Twetten: «La expresión formal de la definición de "un Dios" propia de las cinco vías es "aquello que es 1) una causa de cosas que está 2) o bien a) más allá de todas las cosas o b) es distinto de todas las cosas". Esta "definición" expresa formalmente lo que se encuentra materialmente en las cinco diferentes definiciones nominales que se encuentran de hecho en las pruebas»[69].

Si esto es verdad, de ahí se deduce que hay dos niveles en los cuales el hombre puede cerrarse a Dios. Así se explica, además, que en ocasiones la respuesta a las demostraciones sea un mero encogimiento de hombros: si no se dispone de un cierto concepto de Dios, entonces no se le puede reconocer en la conclusión de la demostración. Eso también supone que «es imposible también buscar a Dios o preguntarse por él sin conocerlo previamente. Y reconocerlo al encontrarlo o sea, decir, éste es ,sólo es posible si ya previamente lo conocíamos. Por lo tanto, el capítulo que suele aparecer al comienzo de los tratados de teología natural y que versa sobre el conocimiento "vulgar" o "precientífico", común o espontáneo de Dios, es el decisivo. O sabemos ya esencialmente qué o quién es Dios, o no lo sabremos nunca» [70]`. La cerrazón a la transcendencia al nivel de conocimiento natural implica la imposibilidad de toda demostración.

Pero justo a ese nivel es donde se muestra que una de las características esenciales de la naturaleza intelectual del ser humano es la apertura, tantas veces mencionada en la Fides et ratio[71]". Desde este punto de vista, la actitud de indiferencia se descubre como antinatural para seres que se alegran descubriendo constantemente cosas nuevas. Y, además, este punto tiene una relevancia especial: «Lo que está en juego en este tema que, después de todo, es central a nuestras responsabilidades como universitarios, es una cuestión acerca de la naturaleza del intelecto, y acerca de cómo asumir la responsabilidad de todo lo que es capaz de alcanzar, acerca de cómo responder a las exigencias que, por su naturaleza, nos presenta para insistir en preguntar. Es acerca de la legitimidad de una cierta clase de cuestiones y acerca de si puede ser correcto establecer a priori límites a una capacidad que es, como decía Aristóteles, potencialmente infinita; que siendo así, añade Santo Tomás, no es satisfecha incluso por un objeto infinito. Negar esto (...) es negar a Dios y así se consigue llegar a ser un ateo con un solo movimiento. Pero negando la legitimidad de estas cuestiones se niega también la naturaleza del intelecto. (...) De este modo, en nombre de una mera posibilidad intelectual se excluye, no sólo la explicación sobre cómo es el mundo, (...) sino la admiración del intelecto, y cualquier clase de aquella primaria gratitud de espíritu, porque existe algo en absoluto en vez de la nada, y que hay alguien más que nadie por el que existimos» `[72].

4. DIOS

Ahora bien, a lo que se llega en las demostraciones de la existencia de Dios es ciertamente a Dios. Y aquí por Dios hay que entender al verdadero Dios, y no sólo porque sino no podrían llamarse verdaderamente demostraciones de Dios, sino también y sobre todo porque una demostración aporta verdadero conocimiento de Dios.

En este punto es necesario hacer algunas aclaraciones. Las demostraciones de la existencia de Dios no se puede decir que alcanzan sólo el concepto nominal de Dios el significado del nombre «Dios» , que sirve como término medio de la demostración, sino que desvelan el concepto metafísico de Dios, a Dios como acto puro, como el Ipsum Esse Subsistens. Es decir, en las demostraciones de la existencia de Dios a la vez que se acredita la objetividad o realidad de Dios se llega a un concepto más preciso de Dios que lógicamente va más allá del mero significado nominal del nombre, y entonces surge la posibilidad de aplicar la analogía para el conocimiento de la esencia divina.

Para comprender acabadamente este punto conviene atender a dos dificultades que pueden cerrarnos el paso. En primer lugar, pensar que Dios es una mera conclusión lógica, producto de un proceso lógico de deducción. Esto significaría efectivamente no haber llegado en absoluto a Dios, pero supone también no comprender lo que es el propio proceso demostrativo. ,Las demostraciones de la existencia de Dios no son meros procesos deductivos, sino razonamientos a posteriori de fundamentación. En ellos las criaturas, que constituyen el punto de partida, no funcionan lógicamente como fundamentos, sino como seres necesitados de explicación y fundamentación.

Así lo explica Polo: «dada la criatura, Dios no es, en correspondencia con ella, una pura indiferencia sino, precisamente, la entera positividad de su Ser. [...] O lo que es igual, advertida la criatura, Dios no es una conclusión lógica sino un Ser vivo. [...] En la demostración la criatura no funciona como un supuesto, base de conclusiones, sino como un necesitado de explicación, explicación que es todo el Ser divino. La criatura no fundamenta necesidad divina alguna; no podríamos decir que alcanzamos a Dios en virtud de una razón suficiente de postulaciones que se dan en la criatura esto es contradictorio con la noción misma de criatura ;sino que, en orden a la criatura, el Ser divino es entero, precisamente por la imposibilidad de admitir una determinación parcial de Dios en función de la criatura. Nótese que en cualquier otro sentido no podría hablarse de demostración de la existencia de Dios» [73].

La segunda dificultad a la que hay que atender es la opinión que formula la conclusión de las vías como la mera ve
24/05/2005 ir arriba
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