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LA EXPERIENCIA DE UN FILÓSOFO KANTIANO (y 2) (Manuel García Morente)

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La experiencia extraordinaria de un filósofo kantiano (y 2)

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El «hecho extraordinario»

Por Manuel García Morente

 

[...] En el relojito de pared sonaron las doce. La noche estaba serena y muy clara. En mi alma reinaba una paz extraordinaria. Me parece que debía sonreír. Me senté de nuevo en el sillón y me puse a pensar lenta y reposadamente sobre mi nueva condición y el modo de vida que debía de adoptar. ¡Como quien con sana alegría medita gozoso los preparativos de un anhelado viaje! «Lo primero que haré mañana será comprarme un libro devoto y algún buen manual de doctrina cristiana. Aprenderé las oraciones; me instruiré lo mejor que pueda en las verdades dogmáticas, procurando recibirlas con la inocencia del niño, es decir, sin discutirlas ni sopesarlas por ahora. Ya tendré tiempo de sobra, cuando mi fe sea sólida y robusta y esté por encima de toda vacilación, para reedificar mi castillo filosófico sobre nuevas bases. Compraré también los Santos Evangelios y una vida de Jesús. ¡Jesús, Jesús! ¡Bondad! ¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un ademán de amor, de perdón, de universal ternura. ¡Jesús!».

Aquí hay un hueco en mis recuerdos tan minuciosos. Debí quedarme dormido. Mi memoria recoge el hilo de los sucesos en el momento en que despertaba bajo la impresión de un sobresalto inexplicable. No puedo decir exactamente lo que sentía: miedo, angustia, aprensión, turbación, presentimiento de algo inmenso, formidable, inenarrable, que iba a suceder ya mismo, en el mismo momento, sin tardar. Me puse de pie, todo tembloroso, y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro.

Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una lámpara eléctrica de esas diminutas, de una o dos bujías, en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada. No tenía la menor sensación. Pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras —negro sobre blanco— que estoy trazando. Pero no tenía ninguna sensación ni en la vista, ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía al presente, con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es esto posible? Yo no lo sé. Pero sé que Él estaba allí presente y que yo, sin ver, ni oír, ni oler, ni gustar, ni tocar nada, le percibía con absoluta e indubitable evidencia. Si se me demuestra que no era Él o que yo deliraba, podré no tener nada que contestar a la demostración, pero tan pronto como en mi memoria se actualice el recuerdo resurgirá en mí la convicción inquebrantable de que era Él, porque lo he percibido.

No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Si sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello —Él allí— durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía. Era como una suspensión de todo lo que en el cuerpo pesa y gravita, una sutileza tan delicada de toda mi materia que dijérase no tenía corporeidad, como si yo hubiese sido transformado en un suspiro o céfiro o hálito. Era una caricia infinitamente suave, impalpable, incorpórea, que emanaba de Él y que me envolvía y me sustentaba en vilo, como la madre que tiene en sus brazos al niño. Pero sin ninguna sensación concreta de tacto.

¿Cómo terminó la estancia de Él allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba Él aún allí, y yo le percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después ya Él no estaba allí, ya no había nadie en la habitación, ya estaba yo pesadamente gravitando sobre el suelo y sentía mis miembros y mi cuerpo sosteniéndose por el esfuerzo natural de los músculos. ¿Cuánto tiempo duró su presencia? Ya he dicho que no lo sé. Intentando retrospectivamente computarlo, hice el siguiente cálculo. Debí quedarme dormido poco después del momento en que sonaron las doce en el relojito de pared. Suponiendo que durmiera un par de horas, mi despertar sobresaltado ante la inminencia del hecho debió ocurrir hacia las dos de la madrugada. Cuando Él desapareció caí de nuevo en el sillón delante de la ventana abierta, y recuerdo perfectamente que frente a la casa, por la vía férrea —el boulevard Sérurier está en el extremo este de París— pasó un tren que venía. Unos días después fui sigilosamente a informarme de los trenes y comprobé que a las tres y minutos de la madrugada llegaba a aquella estación un mercancías diariamente. Según esto debió durar Su presencia poco más de una hora. Lo que se confirma, en cierto modo, por el recuerdo de haber oído yo, mucho más tarde, sonar las cuatro en el relojito de pared. Supongo, pues, que Su presencia comenzó hacia las dos y terminó poco después de las tres de la madrugada. Pero estos cálculos pueden ser muy bien erróneos. Puede ser que yo haya dormido más de dos horas y que Su presencia haya empezado mucho después de las dos. Puede ser también que el tren haya pasado con retraso. Puede ser, por con siguiente, que Su presencia no haya durado más que minutos e incluso un brevísimo instante. No tengo sobre esto ninguna convicción firme.

Ahora permítame usted que de las infinitas reflexiones que yo mismo objetiva y serenamente he hecho sobre este acontecimiento, le comunique algunas que quizá puedan ayudar a usted a formar juicio.

La formulación psicológica del Hecho podría ser la siguiente: una percepción sin sensaciones. Sin duda, en buena ciencia psicológica, no se concibe bien que pueda existir percepción sin sensaciones. Las sensaciones no faltan nunca ni en la alucinación. Ello procede de que el acto de percibir una presencia o la presencia de un objeto es un acto del compuesto humano en donde necesariamente intervienen los órganos corpóreos sensoriales, los sentidos, y la alucinación es un funcionamiento subjetivo de todo el aparato psicofísico, aunque sin realidad objetiva alguna de lo representado como presente. Pero el Hecho por mí vivido se caracteriza por la total ausencia de sensaciones. Dijérase una percepción por el alma sola, sin áuxilio del cuerpo condicionante. Y si a la tal percepción por sola el alma no quiere dársele el nombre de percepción, llámesele como se quiera; en todo caso, el hecho es una intuición de presencia desprovista de toda condicionalidad corpórea (sensación).

Como el recuerdo del Hecho vivido por mí no se aparta de mí y no ha habido día desde que me aconteció que no lo rememore y piense en Él, poco o mucho, no es extraño que en mis lecturas esté siempre atento a ver si encuentro descrito en alguna parte algo de lo que yo experimenté.

Hace poco tiempo leí un pasaje de Santa Teresa en donde se describe algo parecido. Está en el capítulo XXVII de la Vida, y dice así: «Estando un día del glorioso San Pedro en oración, vi cabe mí, o sentí, por mejor decir, que con los ojos del cuerpo ni del alma no vi nada, más parecíame estaba junto cabe mí Cristo y veía ser Él el que me hablaba, a mi parecer... Luego fui a mi confesor harto fatigada a decírselo. Preguntóme en qué forma le veía. Yo le dije que no le veía. Díjome que cómo sabía yo que era Cristo. Yo le dije que no sabía cómo, mas que no podía dejar de entender estaba cabe mí y lo veía claro y sentía...». Tenga usted en cuenta que la terminología de Santa Teresa carece de rigor psicológico; ello explica la aparente contradicción en su texto, cuando dice que no le veía y pocas líneas después que lo veía claro. Porque cuando dice que no le veía, quiere decir que no tenía sensación visual, y cuando dice que lo veía claro y sentía, quiere decir que lo percibía e intuía sin sensaciones.

El hecho aquí descrito por la Santa es, pues, justamente el que yo viví: una percepción sin sensaciones o —si me permite usted la fórmula audaz— una percepción puramente espiritual. Hay, sin embargo, diferencias profundas entre la vivencia tenida por la Santa y la tenida por mí. A la Santa, Nuestro Señor le habla, sin duda, con palabras también percibidas sin sensación auditiva. A mí, en cambio, no. A la Santa acompáñale la presencia de Nuestro Señor largo tiempo, días y días, es decir, habitualmente —«parecíame andar siempre a mi lado Jesucristo»—. A mí, no. Fue sólo un breve espacio de tiempo, quizá segundos, quizá minutos, quizá una hora, en la noche del 29 al 30 de abril de 1937. Y no ha vuelto a repetirse jamás. En cambio, mi vivencia tiene algo que no he visto descrito en la de la Santa. En mi vivencia hay como un efecto producido en mí, en el sujeto, por la presencia del Señor, efecto de desgravitación, de aligeramiento, de volatilización; parecióme que me despojaba del cuerpo, que ya no tenía peso, que me convertía en soplo o que alguien me levantaba en vilo. De este efecto no encuentro nada en la descripción de la Santa.

La Santa, por último, intenta también una interpretación del estado que ha descrito, y encuentra para ello algunas fórmulas que me parecen muy afortunadas y exactas. Por ejemplo: «Porque parecer que es como una persona que está a oscuras, que nó ve a otro que está cabe ella, o si es ciega, no va bien. Alguna semejanza tiene, más no mucha, porque siente con los sentidos o la oye hablar o menear o la toca. Acá (en el estado que la Santa ha descrito) no hay nada de esto ni se ve oscuridad, sino que se representa por una noticia al alma más clara que el sol...». Es perfecta la interpretación de la Santa; efectivamente, se trata de una «noticia al alma» o, como antes decía yo, una percepción puramente espiritual, sine corpore interposito.

La posibilidad de semejantes hechos sólo pueden negarla los psicólogos que estén aferrados a una interpretación puramente naturalista, humana, de los hechos místicos.

Pero una cosa es que el hecho sea en sí posible y otra que efectiva y realmente haya yo experimentado la presencia de Nuestro Señor. Entienda usted bien lo que quiero decir. Es absolutamente cierto que yo he experimentado todo eso que he descrito. Es también, a mi parecer, absolutamente cierto que en si mismo puede eso que descrito ser una vivencia de Nuestro Señor presente. Ahora bien, esa posibilidad intrínseca ¿es, efectivamente, también extrínseca y real? En otros términos: aunque lo que a mí me sucedió puede, desde luego, en cualquier persona en general ser, en efecto, la percepción espiritual de Nuestro Señor presente, ¿pudo, empero, serlo en mí precisamente? He aquí el problema.

Yo no dudo un instante de que el Señor puede, si quiere, presentarse a un alma en esa manera incorpórea, sin sensaciones, sin cuerpo interpuesto sensible. Pero tengo muy fuertes razones para pensar que a mí precisamente no puede querer Nuestro Señor hacerme esa insigne merced, porque, ¿qué había hecho yo para merecerla? Nada. Había hecho mucho malo para no merecerla. Es decir, que no sólo había en mí un estado privativo de méritos para la obtención de esa merced, sino un estado negativo, un estado positivamente malo.

Nadie mejor que yo —a no ser Nuestro Señor mismo, que todo lo sabe— sabe lo pecador, lo radicalmente perverso que soy en mi fondo natural. Toda la lira, toda la escala de los más abyectos pecados, había sido recorrida por mi alma. Con la agravante de una superestructura doctrinal o ideológica que los encubría bajo el manto mendaz de una ética natural, humana, más o menos filosófica y racional, rematada en una concepción absurda e impía de Dios y su Providencia. ¿Y a semejante tipo iba Dios Nuestro Señor a presentarse para derramar sobre él mercedes extraordinarias? No. No lo puedo creer.

Todavía, si hubiera precedido al Hecho una larga y continua serie de años pasados en penitencias y oración, en contrición perfecta, robustecida por los Santos Sacramentos, acaso fuera posible que Nuestro Señor quisiera al fin conceder la limosna de una mirada benévola a su siervo fiel. Pero así, de pronto, es de todo punto increíble. ¿Cómo? ¿Porque un alma perversa y apartada de Dios sienta una buena tarde algunos movimientillos de conversión, ya eso va a ser motivo suficiente para que, sin más ni más, Dios la regale con tanta merced? No puedo admitirlo. Y me inclino resueltamente a pensar que, aunque lo que a mí me sucedió pueda ser en sí mismo vivencia de Nuestro Señor presente, no lo fue, empero, en mi, en mi caso particular y concreto. Luego lo que a mí antes fue pura fantasía, pura imaginación, efecto de un estado patológico anormal de la subjetividad. O una ficción diabólica.

Mas, por otra parte, encuentro también, serenamente pensando, dificultades graves en esta última conclusión. Porque ficción diabólica no me parece realmente que pueda ser. En efecto, no se concibe que sea diabólico un hecho que produce las consecuencias que el Hecho produjo en mi alma: una resolución inquebrantable, mantenida sin desmayo hasta hoy —¡Dios quiera seguir alimentándola con su gracia!— y a través de mil dificultades y obstáculos, de dedicarme, incluso por estado y ministerio, al servicio de Dios; una gracia que se conservó actual durante más de un año hasta convertirse en gracia santificante, cuando el 29 de junio de 1938 recibí del señor obispo, en Vigo, lo que yo llamo mi segunda primera comunión; una perseverancia que ha triunfado hasta ahora — quiera seguir protegiéndome— de todos los inconvenientes. ¿Es posible que sea diabólica una causa que produce estos efectos?

Pero si prescindimos de la hipótesis diabólica, no queda sino reconocer que he sido engañado por mi subjetividad, harto conmovida, y que el Hecho por mí vivido no es sino el efecto subjetivo de una honda crisis mental. Sin duda, ni en lo que precedió, acompañó y siguió al Hecho puedo rastrear el menor indicio de anormalidad, ni en mí mismo he sentido yo nunca elementos patológicos de cierto orden psíquico, salvo los dos ataques nerviosos que he referido a usted y que fueron evidente consecuencia de la fatiga mental. Precisamente esos dos ataques se caracterizan por su índole exclusivamente somática, sin mezcla alguna de desorden psíquico, y fueron únicamente fisiológicos, nerviosos, sin afectar en nada ni a la ideación, ni a la representación, ni a la imaginación. Yo jamás he tenido alucinaciones, ni complejos mentales, ni sobreexcitaciones excesivas, ni, en suma, ninguna perturbación de la vida psíquica. Ningún psiquiatra que me examinase encontraría fundamento para diagnosticar en mí la menor dolencia psíquica. Ninguna de las personas que me conocen y me han conocido desde la niñez podrá jamás creer que yo sea un perturbado mental.

Pero yo tengo una imaginación y una sensibilidad quizá más intensas y abundantes de lo que es corriente, circunstancia ésta que con frecuencia me causa padecimientos morales y reacciones interiores más intensas también de lo que es corriente. Y aunque generalmente domino y contengo ese exceso de sensibilidad e imaginación, merced a una facultad de autocrítica o de autoobservación, que el estudio filosófico y la afición a meditaciones solitarias han desarrollado en mí, sin embargo, no es nada imposible, sino, por el contrario, muy probable, que en ocasiones excepcionalísimas, como en esta ocasión única de la profunda crisis anteriormente descrita, la sensibilidad y la imaginación, fuertemente conmovidas y mal reprimidas, se hayan precipitado en con creciones informes, conduciéndome a una especie de alucinación sin sensaciones concomitantes. No encuentro otra manera de explicar la vivencia que experimenté en esa noche inolvidable para mí. Porque me resisto resueltamente a pensar que a mí, tan depravado y miserable, haya querido Dios concederme un minuto siquiera de Su presencia.

A lo sumo, podría quizá suponer que Dios, queriendo afianzar mi conversión con una gracia tan profunda que se me grabase inolvidablemente en mi alma, permitió que se produjese en mi mente ese fenómeno subjetivo cuyo recuerdo indeleble fuese capaz de ayudarme a perseverar victorioso frente a todas las acechanzas, dificultades e inconvenientes que por necesidad habían de oponerse a mi vocación.

Este es, pues, principalmente el objeto de mi consulta a usted, don José María. A nadie en el mundo, ni aun en confesión, he hablado jamás de las cosas que contiene esta tan larga relación. Ni pienso, ni deseo, ni quisiera jamás hablar de ello con nadie ni a nadie, a no ser, claro está, que usted me lo mandase. Es más: siento tan profundo pudor y tanta vergüenza de estas cosas, que un año que hace que me he puesto bajo su dirección, no me he atrevido hasta ahora a decir a usted mismo nada de ello. Mi más profundo deseo sería conocer su opinión y su consejo y no volver ni a aludir a esto siquiera ni aun con usted mismo.

Antes de terminar, quizá le convenga a usted saber algunas circunstancias posteriores relacionadas con el Hecho. Hace ya más de tres años que aconteció. Desde entonces nada he vuelto a notar en mí que se parezca a lo que suele llamarse estados extraordinarios o sobre naturales. Mi vida espiritual ha seguido un curso normal y robusto. He ofrecido a Dios todos los padecimientos morales que necesariamente mi conversión ha traído consigo, y que no han sido pocos. Siempre el recuerdo del Hecho ha constituido para mí un consuelo extraordinariamente eficaz, y me ha servido de escudo y me ha ayudado a triunfar en todas las dificultades y adversidades. Al principio, o sea durante aproximadamente un año y medio después de sucedido, deseaba a veces que algo más o menos parecido se repitiera en mí, y a veces, aunque pocas, lo pedí a Dios. Pero ya antes de conocer a usted había cancelado definitivamente esos deseos y peticiones. Sometido a la voluntad de Dios, no apetezco ni pido nada de eso; es más: me asusta la idea de que algo parecido pueda repetirse, y lo que pido a Dios es que no se turbe la paz que he logrado en mi alma. Mi único anhelo y mi petición constante es que Nuestro Señor me conserve la fe, en la que desde entonces no he flaqueado un momento, ni aun cuando comencé el estudio —tan peligroso para mí— de la teología dogmática. Que me conserve la fe íntegra y me dé su gracia para servirle con honradez y fidelidad, con dedicación plena y total hasta el límite de mis ya escasas fuerzas. Que conserve en mi alma la paz de que disfruto y que, a mi parecer, no es fácil ya de perturbar si la protección de Dios no me abandona.

Añadiré a usted algunos datos concretos. Al día siguiente del Hecho tomé ya la resolución de consagrarme a Dios y abrazar el estado sacerdotal. Pero como el porvenir estaba tan oscuro, sombrío e incierto, y no era cosa, en aquellos días de mayo de 1937, de realizar actos definitivos, como además comprendía que necesitaba aquilatar y purificar mi alma y probar la capacidad de perseverancia que en ella hubiera, aplacé prudentemente toda manifestación exterior. El día 3 de mayo recibí carta de mis hijas, que ya se habían trasladado a Barcelona, instalándose en casa de nuestros buenos parientes. Entonces, y viendo que la guerra iba para largo, pensé que mejor sería abandonar París y reducirme a la mayor soledad y retiro posibles. El trabajo del diccionario, con que ganaba mi sustento, podía hacerlo igualmente en cualquier otro lugar apartado. Recordé que un amigo mío, sacerdote francés, el abate Pierre Jobit, que entonces vivía en Angulema —actualmente reside en Madrid—, era muy familiar de los benedictinos de la Abadía de Ligugé, cerca de Poitiers. El lugar, que yo conocía por visita de turismo, me gustaba por lo apartado, frondoso y apacible. Escribí, pues, al abate Jobit, y por medio de él me puse en relación epistolar con el abad de Ligugé, que tuvo la bondad de admitirme como huésped en su convento. Ya me disponía al viaje cuando recibí la noticia de la inminente llegada de mis hijas a París.

Había sucedido entre tanto que, en la primera quincena de mayo, había caído el Gobierno de Largo Caballero, siendo sustituido por el Gabinete presidido por el doctor Negrín. En este nuevo Gobierno no figuraba Galarza, principal autor de la negativa a permitir la salida de mis hijas. Mis amigos de París me aconsejaban que, puesto que Negrín se había mostrado anteriormente favorable a mis deseos, reanudase ahora mi petición, ya que ahora, siendo presidente del Consejo, le sería más fácil acceder a ella si, efectivamente, quería complacerme. Sin gran confianza escribí directamente a Negrín una carta, que permaneció sin respuesta. Yo daba ya la cosa por perdida y, no habiendo motivo para ninguna esperanza, tenía ya ultimados mis preparativos para mi traslado al convento de Ligugé, cuando recibí un telegrama de Barcelona anunciándome que mis hijas salían para Francia y telegrafiarían desde Cerbére. Efectivamente, al día siguiente recibí un telegrama de Cerbére con la hora de la llegada a París. El 9 de junio tuve la alegría inmensa de abrazar a mis hijas y nietos. Me encontraba al frente de una familia de seis personas mayores y dos niños. No había que pensar en otra solución sino la de América. Aplacé, pues, todo. En pocos días quedó arreglado el viaje a Buenos Aires, recibido el dinero, obtenidos los pasaportes. El 20 de junio embarcamos en Marsella. El 10 de julio llegamos a Buenos Aires. El 17, a Tucumán. Y empecé inmediatamente mis conferencias y clases. Las empecé, y por dentro estaba yo literalmente aterrado. La prueba que a mi incipiente fe y a mi problemática perseverancia se imponía era rudísima. Ganaba mucho, me pagaban bien. Vivíamos con holgura, y aun más que holgura: ahorrábamos dinero. Por otra parte, tenía yo que explicar dos cátedras: una de Filosofía general y otra de Psicología. ¡Qué de peligros, qué de acechanzas, qué de facilidades para deslizarme de nuevo hacia los viejos cauces que tan dramáticamente había abandonado!

No quiero abusar más de su paciencia, don José María. Baste decir a usted que, con la ayuda de Dios, triunfé de todos los peligros. Procuré —creo que con buen éxito— dar a mis cursos en la Universidad de Tucumán un carácter nodino en lo que toca a los problemas coincidentes con la Santa Religión. Guardé mi secreto tan cuidadosamente que ni mis hijas pudieron descubrirlo.

A los once meses de haber llegado a Tucumán, o sea en mayo de 1938, me despedí de la Universidad. Con lo que habíamos ahorrado y una tournée de conferencias muy lucrativas que hice en Montevideo, Buenos Aires, Rosario, Panamá, Córdoba y Santa Fe, reuní la cantidad suficiente para sufragar los gastos de viaje a España y conservar un sobrante capaz de mantenernos a mi familia y a mí durante un año entero. No me parecía que la guerra pudiese durar más.

Escribí una larguísima carta al señor obispo —con quien desde 1930 mantenía muy buenas relaciones personales— descubriéndole mis planes, refiriéndole todos los detalles de mi conversión, aunque sin aludir para nada al Hecho extraordinario que acabo de referir a usted. El señor obispo me contestó por cablegrama, aprobando todo y dándome su parabién emocionado. Embarcamos en Buenos Aires el 3 de junio. Arribamos a Lisboa el 24. Llegamos a Vigo el 27 por la noche. Ya durante el viaje había comunicado a mis hijas mi nuevo ser de cristiano y aun de futuro sacerdote. Lloraban conmigo de sentimiento y de alegría.

El 28 por la mañana abracé al señor obispo con insuperable emoción. El mismo día 28 por la tarde me confesé con él, en confesión general. En ella, aunque fue larguísima y detallada, no pude atreverme a aludir al Hecho extraordinario, que es objeto de esta relación. No me pareció necesario, y el pudor invencible me con tuvo irremediablemente. El 29 por la mañana, en la capilla de Atalaya de Castro, donde vive el señor obispo, oímos todos la misa, que dijo Su Ilustrísima, y de su propia mano recibí la Sagrada Comunión con las mejillas surcadas por gruesas lágrimas. Dos meses y medio después, el 10 de septiembre de 1938, ingresaba en el convento de los Padres Mercedarios de Poyo y comenzaba propiamente mi preparación para el sacerdocio.

Septiembre de 1940. Laus Deo.
Edición electrónica autorizada por ediciones Rialp para Arvo.net

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