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EXISTENCIA DE DIOS (Jaime Balmes) |
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Existencia de Dios
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EXISTENCIA DE DIOS |
| Estos dos artículos
fueron publicados en los cuadernos 11 y 12 de La Sociedad,
fechados en los días 3 y 15 de agosto de 1843, vol.
I, pp. 510 y 558. Después de la muerte de Balmes, fueron
reimpresos varias veces en la colección de la revista. |
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Por Jaime Balmes
ARTÍCULO I
SUMARIO.—Los ateos. El universo y el acaso. Demuéstrase por
la teoría de las combinaciones y probabilidades la imposibilidad
de arreglar el solo sistema planetario por el simple acaso.
Cálculo y geometría que se observan en toda la naturaleza.
Cada día nos estamos dirigiendo a los escépticos; justo es que
pensemos también en los incrédulos. Y no porque los argumentos
con que son combatidos los primeros no militen contra los segundos,
supuesto que unos y otros carecen de fe, sino porque, distinguiendo
como distinguimos entre el estado de sus espíritus, conviene,
según se disputa con éstos o aquéllos, presentar reflexiones
diferentes, o al menos ofrecerlas bajo diversa forma. Al abrir
en el primer número de esta revista la polémica religiosa los
clasificamos de esta manera: El escéptico dice: «No sé..., dudo...,
qué sé yo...» El incrédulo dice: «No creo nada», cuidando luego
de desenvolver con alguna latitud el significado de estas fórmulas.
Vamos ahora a examinar ese orgulloso dicho; vamos a demostrar
con toda evidencia en una serie de artículos que ese «no creo
nada» que tan satisfechos pronuncian ciertos hombres es el colmo
de una frívola vanidad que no se hermana muy bien con la conciencia,
ni siquiera con el sentido común.
Si dijerais que dudáis, si dijerais que vuestro espíritu, disipado
por el escepticismo de la época y distraído con las ilusiones
de un mundo seductor, siente un descaecimiento, una postración
que no le permiten levantarse a la altura necesaria para creer,
sabríamos lo que significáis; sabríamos que, sin que la religión
sea verdadera, tampoco afirmáis que sea falsa; fuerais como
soldados que, habiendo abandonado su bandera, no tienen bastante
avilantez para declararse en rebeldía y se contentan con andar
errantes; mostraríais en la incertidumbre de vuestros pasos
que receláis haberos extraviado, y que abrigáis algún deseo
de tornar al verdadero camino. Pero cuando proferís el orgulloso
«no creo nada» dais a entender algo más que la ausencia de la
fe; calificáis de falsa la eterna verdad; y los dogmas más venerandos
e inconcusos los miráis como cuentos a propósito para divertir
la infancia, como antiguas leyendas salidas de imaginaciones
exaltadas y enfermizas. Este suele ser el comentario con que
ampliáis vuestra seca negativa.
I
Es imposible entablar discusión religiosa de ninguna clase sin
tener antes asentada la existencia de Dios; porque sin Dios
no hay religión, y cuanto sobre ella pudiera decirse no fuera
más que una serie de necedades y absurdos. Temerosos, pues,
de que los que no creen nada cuenten también la existencia de
Dios entre las invenciones del hombre, será preciso detenerse
en este punto. Desgraciadamente, en nuestros tiempos es preciso
probar hasta aquellas verdades que, por ciertas y evidentes,
no debieran entrar en el terreno de las disputas; como todo
se contradice, todo necesita pruebas.
Los que niegan la existencia de Dios no pueden haber abrazado
semejante doctrina arrastrados por la fuerza de la autoridad
ajena; contra ellos está el linaje humano. Por lo mismo debieran
al parecer estar apoyados en razones poderosas, ya que se creen
con derecho de aislarse de todos los demás hombres, negando
lo que éstos han admitido. ¿Y qué razones son ésas? Son la negación
de todas, son el caos en las ideas, el anonadamiento de la inteligencia.
Si para convencerse de que hay un Dios fuese necesario penetrar
los misterios de la naturaleza, ahondar en las profundidades
del cálculo, poseer extensos conocimientos históricos y filosóficos,
no sería tan extraño que la pereza de examinar o la incapacidad
de comprender llegasen a tanto extravío; pero cuando basta levantar
los ojos al cielo para conocer al Criador del firmamento, cuando
la tierra con sus innumerables maravillas nos está presentando
a cada paso de mil maneras diferentes, a cual más claras y más
obvias, la mano del Supremo Hacedor, el profesar el ateísmo
es un abuso lamentable de las facultades intelectuales y morales;
mejor diremos, es empeñarse en embotarlas todas, en dejarlas
sin uso, para que no vean al que está en todas partes, y en
quien vivimos, nos movemos y somos.
Como quiera no nos contentaremos diciendo que es cierta, que
es evidente la verdad que sustentamos, procuraremos demostrar
que lo es. En cuanto nos sea posible hablaremos al alcance de
todas las inteligencias, sin dispensarnos jamás del rigor dialéctico;
pero si alguna vez nos engolfamos en cierta clase de argumentos
que no todos comprendan, recuérdese que los ateos han preguntado
al cielo y a la tierra de todas las maneras imaginables, para
arrancarles una respuesta que negase al Criador.
II
Si Dios no existe, el universo y cuanto hay en él ha sido hecho
por casualidad: es decir, sin designio, sin plan, sin inteligencia.
Todo está sujeto a una fatalidad ciega, que no es nada, que
no significa nada. De nada se puede dar razón, y cuando nos
parezca ver en alguna parte dos seres o dos fenómenos que se
enlazan admirablemente, que manifiestan tener relaciones íntimas,
que el uno se enderece al otro, deberemos afirmar que todo aquello
es casual, que no hay orden, que no hay dirección a un fin,
que es así porque es así. «¿Existe el mundo? —Ciertamente.—Y
¿por qué? Y ¿para qué? —No hay respuesta. Los astros recorren
sus órbitas con asombrosa regularidad; la observación y el cálculo
demuestran que sus movimientos están sometidos a leyes constantes
de que no se han desviado jamás. ¿Quién les ha señalado esa
marcha? ¿Quién ha establecido esas leyes? —Nadie; la misma naturaleza.
—¿Qué es la naturaleza? —El conjunto de todos los seres. —Entonces
los mismos astros son los que se han dado sus leyes. ¿Tenían
acaso inteligencia? —No.—Estando destituidos de conocimiento,
¿cómo ha sido posible que se diesen leyes tan admirables y que
se pusiesen de acuerdo de una manera tan asombrosa?»
Suponiendo el universo tan ordenado como le admiramos, salido
del caos, será preciso que haya llegado al estado en que ahora
se encuentra pasando antes por muchas otras combinaciones. Como
no hay ninguna razón por que ciertos átomos hayan debido unirse
entre sí con preferencia a otros, ni colocarse de suerte que
diesen por resultado esta o aquella configuración, ni distribuirse
en porciones que formasen cuerpos situados a tal o cual distancia,
si nos trasladamos a las épocas que precedieron la de un mundo
arreglado, es indispensable imaginar una confusión espantosa
en que, agitándose toda la masa de la materia en la inmensidad
de un espacio tenebroso, andaban los átomos revueltos en torbellinos,
sin más orden que la falta de todo orden, sin más ley que la
ausencia de toda ley. Que sin la dirección de la inteligencia
haya podido formarse de esta suerte el universo es cosa tan
absurda que a la primera ojeada se descubre la monstruosa imposibilidad,
no diremos con las reflexiones de la sana razón, sino con las
sugestiones del sentido común. Por manera que, aun dando por
supuesta la existencia de la materia sin haber precedido la
acción del Criador, es decir, concediendo gratuitamente a los
ateos un punto de apoyo en que estribar, no les es posible levantar
el edificio de su ruinoso sistema.
El acaso es nada, y por lo mismo es tan incapaz de ordenar como
impotente para crear. Quitad a los ateos el primer obstáculo,
que es el de la creación, dejadles suponer que la materia existe,
que es eterna y necesaria, a pesar de que es evidentemente finita
y accidental, y que, por tanto, ha debido ser criada; no les
opongáis por un instante otras dificultades que las que resultan
de la imposibilidad de ordenar sin inteligencia, y veréis que,
a pesar de tamaña concesión, nada adelantan.
Es general el convencimiento de que la palabra acaso aplicada
a la formación del mundo nada significa; sin embargo, creemos
que puede desenvolverse esta verdad hasta tal punto, puédese
demostrar con tal evidencia lo absurdo del sistema que pretende
ordenado el mundo de una manera fortuita, puede hacerse sentir
y palpar de tal suerte la necedad que aquí se oculta, que no
sea posible pensar en ella sin indignación o desprecio.
Para verificarlo echaremos mano de las ciencias matemáticas,
acomodándolas a la capacidad de toda clase de lectores. Tomemos,
por ejemplo, el sistema planetario, donde los cuerpos son pocos;
y veamos cómo se pueden arreglar por una simple casualidad los
doce cuerpos que los astrónomos apellidan planetas: el Sol,
Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Tierra, Urano, Ceres,
Palas, Juno y Vesta. Bien se echa de ver que no es poco el trabajo
que ahorramos al ateo que se proponga arreglar el mundo por
medio de combinaciones fortuitas, cuando le concedemos ya no
sólo la materia en desorden, sino que le entregamos los cuerpos
formados, y cuerpos como el Sol, la Tierra, Júpiter y los demás,
en cuya construcción es cierto que no le faltaría quehacer si
se los hubiese de formar él propio con el lo auxilio del acaso.
Pero esta concesión redundará en pro de la verdad; porque manifestado
con evidencia el absurdo de las combinaciones casuales con respecto
a lo fácil, crecerá de punto la fuerza de la demostración cuando
se pase a lo difícil[1].
Demos en primer lugar que para acertar en la verdadera combinación
de que resultase la armonía que estamos presenciando no fuese
necesario considerarlos ni en el espacio, ni siquiera en un
plano, sino que el arreglo hubiese de limitarse a colocarlos
con cierto orden en una línea recta. Es decir, que el ordenador
los tuviese ya formados tales cuales son, sin otro cuidado que
encontrar el orden en que habían de colocarse. O más claro,
expresaremos los doce cuerpos por las doce mayúsculas siguientes:
A, B, C, D, E, F, G, H, I, J, K, L, y supondremos que toda la
habilidad del artífice debiese limitarse a descubrir cierta
situación respectiva de las mayúsculas, estando, empero, colocadas
siempre en línea recta.
Salta a los ojos que así como empieza la línea por A, B, C,
D, podría empezar por A, C, B, D, por A, C, D, B, por A, B,
D, C, por B, A, C, D, por C, A, B, D, y así sucesivamente; y
que lo propio acontece con respecto a la disposición de la totalidad
de las letras. Pero no queremos que el lector se quede con la
idea confusa de la dificultad que habría en acertar en la verdadera
colocación; y así le pondremos a la vista el número de las permutaciones
que pudieran hacerse, mayor,. sin duda, de lo que él se imagina.
En obsequio de la importante verdad que nos proponemos demostrar
creernos que nos será permitido aducir aquí algunas luces matemáticas.
Los ateos no reparan en llamar en su auxilio todas las ciencias;
los que defendemos la existencia de Dios no debemos ser de peor
condición.
Si tenemos dos letras por permutar: A, B, es evidente que las
podremos colocar de dos maneras: A, B, y B, A. Luego el número
de permutaciones que podremos hacer será 2. Si las letras son
tres: A, B, C, podremos colocar la A al principio, en medio
y al fin. Poniéndola al principio nos dará las dos combinaciones
siguientes:
A, B, C
A, C, B
Puesta en medio, colocando al principio la B, resultará:
B, A, C
Colocando al principio la C tendremos:
C, A, B
Poniendo al fin la A, si tomamos por primera la B, nos dará:
B, C, A
Tomando por primera la C, resulta:
C, B, A
De esto inferiremos que las combinaciones serán:
A, B, C
A, C, B
B, A, C,
C, A, B
B, C, A
C, B, A
Con dos letras teníamos dos combinaciones, con tres tenemos
seis; es decir, que así como antes era 2, o bien 2 x 1, ahora
será 6, o lo que es lo mismo: 3 x 2 x 1.
Si nos dan a permutar cuatro letras: A, B, C, D, es claro que
dejando la A al principio, podemos disponer de seis maneras
las tres restantes: B, C, D, observando la regla del caso anterior.
En seguida, si ponemos al principio la B, las restantes: A,
C, D, podrán ordenarse de seis maneras, de las que ninguna se
confundirá con las tres primitivas. De la propia suerte, tomando
por primeras la C o D nos darán cada una seis diferentes colocaciones,
y así resultará un total de 24 combinaciones, o 4 x 6, o 4 x
3 x 2 x 1.
Continuando el mismo raciocinio es fácil alcanzar que con cinco
letras: A B C, D, E, poniendo cada una de ellas al principio,
tendremos 24 combinaciones con las cuatro restantes, o sean
en todo cinco veces 24. El resultado, pues, vendrá expresado
por:
5 x 24 = 5 x 4 x 3 x 2 x 1
Observando la ley que siguen estos factores inferimos que, expresando
por m el número de las letras, el de las permutaciones se expresará
por (m-1) x (m-2) x (m-3) x (m-4)... 3 x 2 X 1; o en otros términos:
si el número de las letras es por ejemplo, 100, el número de
las permutaciones será igual al producto que resulte de la siguiente
multiplicación:
100 x 99 x 98 x 97 x 96 x 95 x ... 3 x 2 x 1
Aplicando, esta teoría al caso que nos ocupa resulta que las
colocaciones de que en sólo una línea recta son susceptibles
los doce planetas expresados por las doce mayúsculas son:
12 x 11 x 10 x 9 x 8 x 7 x 6 x 5 x 4 x 3 x 2 x 1
que ejecutando la operación da: 479.001.600.
Quien, pues hubiese de encontrar una combinación determinada
se hallaría en el mismo caso del que hubiese de sacar una bola
determinada de una urna en que el número de éstas fuese: 479.001.600.
Los jugadores de lotería saben por experiencia cuán difícil
es que les caiga la suerte, aun no siendo más que de 25 o 30.000
el número de los billetes y habiendo muchos centenares de suertes;
¿qué sería, pues, si éstas quedasen reducidas a una sola, siendo
el de los billetes de 479.001.600?
Para hacer sentir más vivamente lo improbable que fuera el acertar
en el número deseado, o en la combinación sobredicha, pediremos
prestadas algunas luces a la Teoría de las probabilidades. Cuando
se quiere conjeturar el grado de probabilidad que tiene un suceso
casual se atiende al número total de los eventos posibles, y
en seguida se llevan en cuenta los favorables y los contrarios,
deduciendo de la comparación de unos con otros la conjetura
que se trata de formar. Así, suponiendo en una urna cien bolas,
de las cuales cincuenta sean blancas y cincuenta negras, la
probabilidad sería igual con respecto a sacar blanca o negra,
porque el número total es 100, y el número de las blancas igual
al de las negras. Entregando, pues, el evento a la suerte podríase
apostar con igual probabilidad por una y otra parte. Pero si
de las 100 bolas las 75 fuesen negras y las 25 blancas, la probabilidad
de sacar una blanca disminuiría, estando la de las negras con
respecto a la de las blancas como 75 a 25. De esto se deduce
que si tomamos un quebrado cuyo denominador sea el número de
la totalidad de los casos y el numerador el de los favorables,
expresará exactamente la probabilidad buscada. Así en los dos
ejemplos anteriores tendríamos en el primero 50/100 para las
blancas como para las negras, y en el segundo, 75/100 en favor
de las negras y 25/100 en favor de las blancas.
Aplicando esta doctrina al objeto principal resultará que la
probabilidad de acertar en la verdadera combinación estará expresada
por este quebrado: 1/479.001.600, cantidad tan pequeña que en
ella no se podría fundar ninguna conjetura razonable; por manera
que quien apostase que no saldría la combinación deseada tendría
479.001.600 veces más de probabilidad en su favor que quien
apostase que saldría. Y fuera de temer que se estuviese haciendo
la prueba por los siglos de los siglos sin obtenerse el resultado
apetecido.
Hasta aquí hemos supuesto que la colocación de los cuerpos fuese
en una línea recta sin relación a ningún espacio ni plano, lo
que simplificaba mucho el problema; pero como es evidente que
los cuerpos no están en disposición semejante, veamos ahora
las nuevas complicaciones que consigo traerían las otras condiciones
que necesariamente van envueltas en la cuestión. Para proceder
gradualmente supondremos todavía que los doce cuerpos se hallan
en una línea recta, pero de manera que esta línea, después de
ordenados en ella los cuerpos, ha de tener una posición determinada
en el mismo plano. Entonces la dificultad de dar por casualidad
en la verdadera posición crece hasta un punto a que la imaginación
no alcanza. Demostración: Si suponemos que los cuerpos están
en un plano elíptico, y que el extremo de la recta en que se
hallan los cuerpos se confunde con el centro de la elipse, es
evidente que tomando dicha recta como radio se la podrá hacer
girar en torno, obteniendo infinidad de posiciones diferentes,
medidas por el ángulo que formará la recta con uno cualquiera
de los ejes de la elipse. Y como, además, es evidente que podremos
tomar por centro del movimiento de rotación uno cualquiera de
los puntos del eje mayor o, menor u otro de los infinitos que
se contienen dentro la superficie encerrada en la curva, tendremos
que para encontrar al acaso una posición determinada deberíamos
divagar entre una infinidad de combinaciones de las que fuera
imposible salir. Si, pues, la probabilidad venía antes expresada
por un quebrado tan insignificante como 1/479.001.600, entonces
lo sería por una cantidad infinitamente menor. La razón es clara:
el caso favorable fuera uno, es decir, una posición determinada,
y, por tanto, el numerador del quebrado fuera el mismo, y como
la totalidad de los casos posibles sería tanto mayor cuanto
serian las posiciones posibles de la línea en el plano, resultaría
que habríamos de multiplicar el denominador por una serie de
cantidades infinitamente grandes, lo que daría un quebrado infinitamente
pequeño, o bien una cantidad igual a cero.
Todavía más: aquí suponemos los cuerpos colocados en una línea
recta, es así que no lo están; luego se añaden las dificultades
que consigo trae el acertar en el polígono que ha de resultar
de la unión de los puntos en los que pueden suponerse colocados
respectivamente los cuerpos. Agréguese a todo esto que los cuerpos
no están en un mismo plano sino en el espacio, y la imaginación
se pierde en calcular lo difícil del acierto. En efecto: sobre
la dificultad de la línea y del plano vienen entonces las infinitas
posiciones que así el plano como la línea pueden ocupar en un
espacio. Para concebirlo imaginemos que el plano gira alrededor
de una recta: es evidente que las posiciones que puede tomar
son infinitas, pues son tantas cuantos son los ángulos que es
dable hacerle formar con otro plano que se halle fijo, los que
son infinitos. Considérese entonces que la recta que serviría
de eje de rotación puede estar colocada también en infinitas
posiciones, y resultará una serie de nuevos factores, por los
cuales multiplicado el denominador del quebrado, que ya lo teníamos
infinitamente pequeño, si cabe disminuirá todavía.
He aquí reducida a cálculo riguroso la misma verdad que a todos
los hombres está dictando el sentido común; he aquí la razón
por qué al proponerse semejantes efectos de la casualidad a
un hombre sano de juicio exclama desde luego, sin reflexionar:
«¡Imposible! ¡Absurdo!» Y es que el Criador nos ha otorgado
la intuición de ciertas verdades, no queriendo que hubiésemos
menester el andarlas buscando por medio de dilatados raciocinios.
Sin embargo, ¡dolor causa el decirlo!, todavía es necesario
insistir en probar lo que el Autor de la naturaleza ha querido
que viésemos y sintiésemos como una iluminación instantánea;
todavía hay quien hace fuerza a su propia razón, a los sentimientos
más íntimos, para hacerlos deponer contra la existencia del
que se los ha otorgado.
Para completar la demostración precedente la presentaremos de
manera que, sin mediar esfuerzo de razón ni de imaginación,
alcancen a comprenderla las inteligencias más limitadas. Supóngase
un vasto campo donde se hallen colocados doce blancos con su
numeración respectiva, y que allí son llevados de la mano doce
tiradores con los ojos vendados, teniendo cada uno su número
correspondiente a uno de los blancos. ¿No sería el mayor de
los despropósitos el creer posible que, disparando todos a la
ventura, el tiro de cada cual fuese a dar por casualidad en
el número que le corresponde? ¿Quién no ve que es más que probable
que repitiendo los disparos por espacio de siglos no se llegaría
a obtener que cabalmente, a un mismo tiempo, el tirador de número
1 acertase en su blanco de número 1, el de 2 en el número 2,
y así sucesivamente? Reflexiónese ahora que no se trata de un
campo de algunos centenares de varas, sino de un espacio de
millones de leguas, y dedúzcase la imposibilidad de arreglar
en él doce cuerpos, en una combinación determinada, sin más
auxilio que el ciego acaso.
Las observaciones presentadas hasta aquí bastan y sobran para
demostrar lo que nos hemos propuesto; sin embargo, todavía queremos
llevar a más alto punto la evidencia de la verdad. Toda la fuerza
del argumento presentado estribaba en que se hubiese de encontrar
en el espacio una determinada combinación de doce cuerpos, siquiera
por un solo instante; y sin que se supusiese que habían de continuar
en la misma, o bien en un movimiento arreglado sometido a reglas
fijas, lo que ciertamente es todavía más difícil de alcanzarse
por una simple casualidad. Dando, pues, que la deseada combinación
se encontrase, entonces preguntaremos: ¿Por qué los cuerpos
habían de continuar en ella, y lo que es aún más admirable,
prosiguiendo en un movimiento perenne, sin desviarse jamás de
una ley fija y constante? ¿Al acaso, al ciego acaso, a esa palabra
que nada significa deberán atribuirse también las admirables
leyes que rigen el movimiento del universo? En viendo una combinación
por ligera que sea, un artefacto por sencillo que se presente,
preguntamos instintivamente, sin reflexionar: ¿Quién lo ha hecho?
¿Quién lo ha inventado? La casualidad no se ofrece siquiera
a nuestra mente como un recurso para explicar la causa del artefacto,
porque la casualidad es nada, y la nada no produce nada. Donde
hay un ser hay razón suficiente de su existencia, donde hay
artefacto hay artífice, donde hay combinación hay inteligencia.
¡Casualidad, un mundo donde se descubren por todas partes
cálculo y geometría! ¡Casualidad, unos movimientos sujetos a
la ley de la razón directa de las masas e inversa del cuadrado
de las distancias! ¡Casualidad, las revoluciones de los planetas,
describiendo los radios vectores áreas proporcionales a los
tiempos! ¡Casualidad, el que los cuadrados de los tiempos de
las revoluciones de los planetas sean entre sí como los cubos
de los ejes mayores de sus órbitas! Asómbranos la vista de un
planetario en que el ingenio del hombre haya llegado a representar
el movimiento de un sistema; ¿y no reconoceremos inteligencia,
no veremos la mano de la sabiduría infinita al levantar los
ojos al planetario real y verdadero, con sus cuerpos de colosales
dimensiones, recorriendo órbitas inmensas, con velocidad inconcebible
con precisión rigurosa?
Acabamos de ver que el solo arreglo del sistema planetario es
un palpable absurdo si se le encomienda a la casualidad, y,
sin embargo, este sistema con todo su grandor es nada comparado
con el universo. Las estrellas fijas observadas hasta el presente
no bajan de cien millones; y para formarse alguna idea de esta
inmensidad basta recordar que, según los cálculos astronómicos,
distan de nosotros lo que la imaginación no puede concebir.
Observadas con telescopios que aumentan hasta 200 veces el tamaño
del objeto no se nota diferencia en su magnitud, y sólo se presentan
como puntos luminosos: ¿cuánta no será una distancia sobre la
cual nada significa el que se la haga doscientas veces menor?
¿Qué serán aquellos cuerpos? ¿Serán centros de otros tantos
sistemas planetarios semejantes al en que vivimos? ¿Qué habrá
en aquellas regiones en que los soles son a nuestros ojos y
a nuestros instrumentos puntos casi invisibles, donde las distancias
de millones de leguas se convierten en espacios de pocas pulgadas?
El entendimiento se abruma bajo el peso de tanta inmensidad;
la imaginación se fatiga, y el espíritu se abate y anonada bajo
la omnipotencia del Autor de tantas maravillas.
ARTÍCULO II
SUMARIO —Absurdo que resulta de suponer ordenada por el acaso
la combinación de los astros. Nuevas razones que lo hacen más
y más evidente. Divisibilidad de la materia. Imposibilidad de
que el orden naciese del caos. Leyes que rigen los cuerpos de
universo. Con ellas no pudo formarse el mundo. Opinión de Newton.
Consideraciones sobre la atracción universal. Existiendo el
caos, nada podía para crear el orden la ley de atracción, que
obra en razón directa de las masas e inversa del cuadrado de
las distancias. Combinación de la atracción universal con la
molecular, o sea la afinidad. Complicaciones que esta última
acarreaba para que no pudiese ordenarse el caos. Ceguera de
los ateos. Esto indica la caída de la especie humana. Consideraciones
sobre la historia de las ciencias. Lo que fue la filosofía del
siglo pasado.
En el número anterior demostramos la imposibilidad de arreglarse
por el mero acaso el sistema, planetario, y, de consiguiente,
con mayor razón el del universo. Con riguroso cálculo se puso
de manifiesto que no sólo era absurda semejante suposición tratándose
de un movimiento ordenado continuo, sino también con respecto
a una colocación momentánea. Pero al esforzar aquel argumento
estribamos siempre a la hipótesis de que los cuerpos celestes
estaban ya formados, habiéndose reunido los átomos para constituir
aquellas masas enormes. Así, absurdo como era, el supuesto de
la ordenada combinación casual, no lo era tanto, sin embargo,
cual se presentará si abandonamos aquella hipótesis que por
un momento permitíamos a nuestros adversarios, pero que no dejaba
de ser enteramente arbitraria. En efecto, ¿qué razón existe
para suponer, por ejemplo, las partículas que forman el cuerpo
celeste que apellidamos Saturno reunidas ya en una sola masa?
¿La formaron desde toda la eternidad o no? ¿Qué razón puede
imaginarse para apoyar esta sentencia? Se hablará de necesidad,
será así porque es así; es decir, se afirmará gratuitamente
la existencia de un hecho que en nada puede afianzarse. Movidos
sin duda por esta reflexión los defensores del acaso, han sostenido
que el universo había pasado por una infinidad de transformaciones,
y de una u otra manera admitieron el caos primitivo, suponiendo
entregados todos los átomos a un movimiento ciego, necesario,
perenne, hasta encontrar la conveniente situación, las leyes
de armonía que en la actualidad vemos dominar sobre la materia.
Claro es que, si la probabilidad de situarse los cuerpos en
la combinación correspondiente no existía, o más bien, era infinitamente
grande la probabilidad en contrario, será si cabe más infinita
esta última, cuando no supongamos formadas ya las masas; porque
entonces los objetos combinables serán en un número infinitamente
mayor, y, de consiguiente, la teoría de las combinaciones y
de las probabilidades arrojará nuevos torrentes de luz, haciendo
más sensible y palpable el absurdo que se ven precisados a devorar
los que no admiten la existencia de Dios.
El lector recordará el punto de evidencia a que llegó la mostración
del absurdo, suponiendo la combinación de solos doce cuerpos.
¿Qué será si los descomponemos en partes y recordamos los experimentos
que nos manifiestan la inconcebible divisibilidad de la materia?
¿Si atendemos a razones que la prueban tan grande, hasta el
punto de que algunos sostienen que es infinita?
Tomemos, por ejemplo, la tierra; las operaciones geodésicas
manifiestan que es un esferoide en que el eje mayor, o sea el
diámetro del Ecuador, es de 15.254.598 varas, y el eje menor,
o la distancia de polo a polo, de 15.209.063 varas. Aplicando
el cálculo resulta que el volumen de la tierra de 1.8533116.0422409.0791468.459
varas cúbicas, que evaluado en pies nos da 50.0343133.1452045.1451648.393
pies cúbicos.
Demos que la tierra se hubiese de formar de pequeñas masas cuyo
volumen fuese un pie cúbico. ¿No se pierde la imaginación al
pretender orden, concierto, en ese número de cuerpos abandonados
a la casualidad? ¿Y qué será si la evaluación se hace en pulgadas
y luego en líneas y puntos, y así en cantidades menores multiplicando
los valores que resulten por el cubo de los antecedentes?
Después del número inmenso de partes que nos darían esas multiplicaciones
sucesivas, todavía no habríamos hecho nada, porque estarían
intactas las demás consideraciones físicas que demuestran la
estupenda divisibilidad de la materia. Un grano de almizcle
llenará de olor un dilatado espacio durante mucho tiempo; en
todos los puntos existirán moléculas de aquel cuerpo, pues dondequiera
que se sitúe el órgano que recibe sus impresiones se siente
afectado, y, no obstante, el grano de almizcle no habrá tenido
disminución sensible; ¡tanta es la divisibilidad a que han llegado
sus partes! Suponed una división semejante en el globo de la
tierra; ¿podría expresarse en guarismos el número que resultara?
Arrojad ahora todas aquellas partículas en la inmensidad del
caos, hacedlas mover por el tenebroso espacio, sin más guía
que la casualidad: ¿os atreveréis a esperar orden y concierto?
Adviértase ahora que, este cálculo está fundado en el solo supuesto
de arreglar las partículas de la tierra; ¿y qué es ésta en comparación
del universo? Calcúlase que la masa del sol es 329.630 veces
mayor que la de la tierra; añadid a esto la masa de todos los
planetas, de todos los cometas, con todos sus satélites, la
de todas las estrellas fijas, la de los otros cuerpos que no
conocemos y que vamos descubriendo cada día, la de la luz desparramada
por todo el universo y la de los demás fluidos que divagan por
la inmensidad del espacio; imaginadlo todo descompuesto, reducido
a átomos, mezclado, confundido, nadando en la inmensidad; ¿quién
se atreverá a pedir orden a ese desorden elevado a una potencia
infinita? El espíritu se abate al fijar la mirada sobre semejante
caos; la cabeza se desvanece al contemplar aquella espantosa
imagen de la confusión que nos figuramos en la eterna noche
del averno.
Los ateos nos objetarán que, existiendo en medio del caos una
ley necesaria que llevaba a los cuerpos a una combinación armónica,
había de brotar el orden del seno del desorden. La materia,
dirán ellos, está sujeta a leyes constantes e invariables, como
nos lo está mostrando la experiencia; luego entregándola al
movimiento vendría a parar a una combinación determinada, donde
resaltarían el orden y la armonía. Pero, en primer lugar, ¿quién
estableció esas leyes? Sin Dios, sin inteligencia, habremos
de confesar que son una necesidad; es decir, afirmaremos gratuitamente
un hecho que es de la mayor trascendencia. Cuanto más poderosas
se supongan esas leyes para hacer salir el orden del seno del
desorden, tanto más están clamando que quien las ha establecido
estaba dotado de inteligencia. En todas las observaciones hechas
hasta aquí sobre la materia nunca se ha notado otra cosa que
indiferencia para el reposo como para el movimiento. Sometida
a ciertas reglas que apellidamos con distintos nombres pierde
la dirección que aquéllas le comunican y aumenta o disminuye
la velocidad que de las mismas recibe, si nuevos motores la
impulsan o algunos obstáculos la detienen. La aserción, pues,
que atribuye a su íntima naturaleza la propiedad de unas leyes
altamente geométricas es el mayor de los absurdos. Pero demos
a los ateos. que existiesen esas leyes anteriormente a la máquina"
del universo; demos que los átomos, revolviéndose en la inmensidad
del espacio, hubiesen estado sometidos a esa necesidad ciega,
origen de un orden tan admirable; ¿será posible que con ellas
se hubiese formado el mundo? Newton, que conocía ciertamente
las dichas leyes mejor que todos los ateos, confiesa con ingenuidad
que, si bien ellas bastan para dar razón del movimiento del
universo una vez formado, no son suficientes, empero para explicar
su formación. Sabido es que el ilustre geómetra se humillaba
al descubrir el dedo omnipotente en aquellas maravillas que
su genio contemplaba tan de cerca; no consideraba los movimientos
de los astros como efectos de una mera casualidad, sino que,
señalando las reglas a que estaban sometidos, se abstenía de
decir cuál era la causa; pero si no entraba en cuestiones metafísicas
sobre la naturaleza de la misma, reconocía que, fueran cuales
fuesen las causas secundarias, al fin era preciso llegar a una
primera, a una inteligencia infinita, a un poder sin límites,
a Dios.
Una de las leyes que se consideran como fundamentales es la
que se llama de atracción o gravitación universal. Sabido es
que ésta obra en razón directa de las masas e inversa del cuadrado
de las distancias, y que de esta suerte se explican los movimientos
de los cuerpos celestes, no siendo las famosas leyes de Keplero
más que aplicaciones o consecuencias del principio universal.
Admitida la verdad de éste, tal como suelen establecerle los
físicos, y sin descender a ninguna de las cuestiones que en
diferentes tiempos han dividido las escuelas, observaremos que,
suponiendo el mundo entregado al caos, es imposible que de él
saliera por la mera fuerza de la gravitación. Para que ésta
obrase de manera que pudiera producir orden y armonía sería
preciso suponer esta armonía y este orden en las masas y en
las distancias; porque de otra suerte no habría probabilidad
de que saliese un mundo tan ordenado cual el que tenemos a la
vista, sino una de las infinitas monstruosidades que podemos
imaginar. ¿Quién nos ha dicho que debieran formarse nunca masas
compactas? ¿Cómo sabemos que se establecerían determinados centros
en torno de los cuales comenzaran a verificarse las revoluciones
que dieran al fin por resultado ordenados sistemas? Al sol o
a las materias de que está formado, ¿quién los constituyó centro
de los movimientos de los átomos que componen los otros planetas?
Antes que las fuerzas centrípeta y centrífuga se combinasen
para producir el movimiento elíptico, ¿por qué no se precipitaron
los cuerpos al centro de atracción, o, escapándose por la tangente,
no anduvieron corriendo a inmensa distancia? Para que pueda
existir la ley es necesario que existan los términos de la proporción
que la enuncia; es necesario suponer que están determinadas
las distancias y las masas; en faltando esta condición, tan
lejos estuviera la ley de ser un elemento de armonía, que antes
bien lo fuera de nuevo desorden. Atracción en todos sentidos,
centro en todas partes; es decir, en ninguna: todo desorden,
todo confusión.
Suponiendo existente la fuerza de la atracción universal antes
de ordenarse el mundo y de formarse los grandes cuerpos de que
se compone, mediaban obstáculos para que esta ley pudiese producir
nada ordenado. Sabido es que, a más de la dicha atracción, la
experiencia ha manifestado que hay otra que por analogía se
apellida atracción molecular, más conocida generalmente con
el nombre de afinidad. Así como la primera obra a largas distancias,
ésta ejerce su acción a distancias insensibles, cuando los cuerpos
están en contacto o en mucha proximidad. Estando todos los átomos
que componen la máquina del universo desparramados por la inmensidad
del espacio, claro es que andarían de mil maneras diferentes,
revueltos y confusos, de modo que la acción de la afinidad pudiese
desarrollarse en varios sentidos. ¿Quién es capaz de calcular
las modificaciones que las fuerzas de la atracción molecular
causarían sobre los efectos de la universal? Ahora, formadas
ya las masas, no es posible que las leyes de la afinidad desconcierten
el mundo, porque, estando limitada su acción a distancias muy
pequeñas, se halla, por decirlo así, aprisionada. Pero cuando
este obstáculo no existía, cuando divagando sueltos los átomos
estaba lleno el mundo de una mole informe de fluidos de naturaleza
muy diferente, claro es que debían resultar infinitas combinaciones
que modificasen los efectos de la gravitación universal.
Concebiremos fácilmente la variedad de resultados a que esta
concurrencia de causas podía dar lugar, si advertimos que las
leyes de la afinidad están de suyo sujetas a muchas alteraciones.
En efecto: la experiencia ha manifestado que para determinar
con alguna exactitud sus resultados es preciso atender nada
menos que a siete circunstancias: 1ª., cantidad relativa de
los cuerpos que se ponen en contacto; 2ª., si los cuerpos son
simples o compuestos; 3ª., cohesión que entre sí tienen; 4ª.,
grado de calor a que se hallan expuestos; 5ª., cantidad y calidad
del fluido eléctrico que contienen; 6ª., peso específico de
las mismas; 7ª., presión qua sufren. Andando los cuerpos revueltos,
entregados al mero acaso, es evidente que se cambiarían a cada
paso las indicadas circunstancias, de lo que resultaría una
confusión que no es necesario ponderar.
Extrañeza causa, por no decir indignación, el ver que se echa
mano de tamaños despropósitos para eludir las inconcusas razones
con que se demuestra la existencia de Dios; imposible parece
que el hombre dotado de razón como de un glorioso distintivo
forcejee hasta tal punto para desterrar del universo la razón
suprema. ¿En tan poco estimáis la inteligencia que así odiéis
el nombre de ella cuando se trata de ordenar el mundo? Os envanecéis
de la vuestra, la mostráis como blasón de nobleza, encarecéis
su alcance y se exalta vuestro orgullo a la sola idea de que
se pretende rebajar alguno de sus quilates; ¿y no admitiréis
una inteligencia de donde haya dimanado la vuestra, y que haya
dado orden y concierto a esa máquina que os asombra con su grandor
y sus maravillas?
Si no existieran otros motivos para convencer que la naturaleza
del hombre ha sufrido algún quebranto, el cual la ha rebajado
de su dignidad primitiva, y ha obscurecido la mente, y torcido
la voluntad, bastarían sin duda a probarlo los inconcebibles
extravíos a que se abandona nuestro espíritu. Se escribe la
historia de las naciones, se pintan sus revoluciones y sus guerras,
en las que vemos retratada ciertamente, y torcido la voluntad,
bastarían sin duda a probarlo en ninguna parte se presente tan
negro el cuadro como en la historia del espíritu, es decir,
de las ciencias. En esa región sublime donde, al parecer, debiera
reinar señora la cuerda sabiduría, donde las pasiones no debieran
tener entrada ni ser toleradas en los alrededores, para que
no contaminasen la atmósfera con su apestado aliento; allí campean
también la locura, el orgullo, la ciega presunción, manifestando
al hombre en toda su desnudez, llenando de cruel amargura a
quien creyera que había de encontrar a los sabios a manera de
coros de ángeles. Pero nunca, nunca como en el pasado siglo
se vio al genio del mal insultar con tanta impudencia al buen
sentido de la humanidad; nunca se le vio con tan perversos designios,
cubierto con las ínfulas de la ciencia para extraviar a los
incautos; nunca se vio tamaño esfuerzo para reducir a sistema
la irreligión, estableciéndola sobre su digna base: el ateísmo.
La naturaleza, las fuerzas superiores, las leyes necesarias,
la sucesiva transformación de los seres, y cien otras palabras
semejantes, fueron adoptadas como motes del enigma; ellas no
expresaban nada, es cierto; pero envolvían las ideas en misteriosa
obscuridad, hacían que el sencillo lector no advirtiese toda
la absurdidad de las hipótesis sobre que se intentaba cimentar
el sistema, y quizás se le hacía creer que era científica una
explicación que no estribaba sino en una palabra empleada con
la más insigne mala fe. Las matemáticas, los conocimientos físicos,
habían dado grandes pasos. Se explicaban muchos fenómenos de
una manera, si no satisfactoria, a lo menos plausible; y todo
esto se empleaba para alucinar a los ignorantes, haciéndoles
creer que la cadena de las causas terminaba en la región de
la materia. ¡Ingratos! El haber adelantado en el conocimiento
de la criatura, ¿no debía elevaros hacia el Criador?
* NOTA BIBLIOGRÁFICA.—Estos dos artículos fueron publicados
en los cuadernos 11 y 12 de La Sociedad, fechados en los días
3 y 15 de agosto de 1843, vol. I, pp. 510 y 558. Después de
la muerte de Balmes, fueron reimpresos varias veces en la colección
de la revista. Tomamos el texto de la primera edición. Los sumarios
están tomados del índice del volumen I de la revista.
[1] El argumento que objetamos a los incrédulos no es nuevo;
pero quizás lo podremos presentar con mayor desarrollo y claridad
de lo que han hecho algunos otros. Por lo demás, ni los modernos
deben lisonjearse de haberlo inventado, pues que se halla en
Cicerón el siguiente notabilísimo pasaje: «¿Cómo podré menos
de admirarme de que haya quien se persuada que ciertos cuerpos
sólidos e indivisibles se mueven por su fuerza y gravedad, y
que de su concurso fortuito se ha formado un mundo tan adornado
y hermoso? Quien se imagina que esto es posible paréceme que
del mismo modo diría que arrojando a la ventura por el suelo
innumerables caracteres de oro, u otra materia, que representasen
las veintiuna letras, pudieran caer ordenados de tal suerte
que resultasen formados los Anales de Enio; yo dudo que la casualidad
llegase a darnos un solo verso.» Hic ego non mirer esse quemquam
qui sibi persuadeat corpora quaedam solida atque individua vi
et gravitate ferri, mundumque effici ornatissimum, et pulcherrimum
ex eorum corporum concursione fortuita? Hoc qui existimat fieri
potuisse, non intelligo cur non idem putet si innumerabiles
unius et viginte formae litterarum vel aureae vel quales libet,
aliquo coniiciantur, posse ex his in terram excusis Annales
Ennii ut deinceps legi possint effici. Quod nescio an ne in
uno quidem versu possit tantum valere fortuna. (Cic., De Natura
Deorum, II.) Si bien se observa, este argumento es dictado por
el simple sentido común: no es patrimonio de los filósofos,
está al alcance de todas las inteligencias, es propiedad del
linaje humano. Lo que puede hacerse de nuevo es presentarle
con claridad, con viveza, sujetando, por decirlo así, a riguroso
cálculo la inmensidad del absurdo en que caen los ateos cuando
pretenden que el mundo ha sido formado por casualidad. Esto
es lo que nos proponemos ejecutar.
Los caracteres de oro u otra materia (formae litterarum vel
aureae, vel quales libet), de que habla Cicerón, ¿podrían haber
inspirado la invención de la imprenta? Es posible, y no falta
quien lo ha dicho. |
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