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Dios: un reto para la razón (Pablo María Ozcoidi)

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«Dios: un reto para la razón»

«Dios: un reto para la razón»

 

 

Ahora que en amplios sectores sociales el agnosticismo parece ser la actitud intelectual dominante, el autor de este libro se plantea el problema de la existencia de Dios por medio de la “sola razón”

 

Dios,un reto para la razón

AUTOR: Pablo María Ozcoidi.

EDICIONES EUNATE. PAMPLONA 2006.

PÁGINAS: 180.

ISBN: 84-7768-178-3.

 

 

Ahora que en amplios sectores sociales el agnosticismo parece ser la actitud intelectual dominante, el autor de este libro se plantea el problema de la existencia de Dios por medio de la “sola razón” y lo hace procurando conjugar la seriedad que impone la Filosofía con la sencillez en la exposición. ¿Es posible alcanzar la existencia de Dios tomando como punto de partida el libro de la Naturaleza? El autor una vez expuestos los fundamentos filosóficos del agnosticismo y las razones por las que lo considera inaceptable, desarrolla seis vías de acceso al Ser Supremo. Interesantes puntos de reflexión —la reflexión personal es imprescindible— tanto para el creyente como para el no creyente. El contenido de este libro está en consonancia con la doctrina de Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio y con las enseñanzas del actual Papa Benedicto XVI, quienes convencidos de la sintonía entre fe y razón invitan a los católicos a una valiente reflexión sobre los grandes problemas del hombre, sabiendo que es preciso “dar al mundo razón de nuestra esperanza”.

 

Ofrecemos la Introducción de esta obra:

 

 

Una cuestión ineludible, la existencia de Dios 

 

En el año 2000 publiqué un ensayo filosófico titulado La Huella de la Trinidad en el arjé de la Naturaleza. Este título resultó muy poco afortunado pues no expresaba adecuadamente el verdadero contenido del libro en el sometía a crítica dos temas claves de la filosofía de Aristóteles:  el Hilemorfismo y las Categorías.

 

En aquella obra eludí intencionadamente plantearme el tema de las causas últimas, dicho con otras palabras la cuestión de la existencia de Dios. Me limité en aquella ocasión al estudio de las causas próximas, especialmente de las intrínsecas — causa material y  causa formal— para concluir, frente al hilemorfismo, que para explicar el cambio no hace falta acudir a dos co-principios (materia y forma), sino que basta una sola causa, la materia prima, entendida como arjé que es a la vez causa material y formal.

 

El lector de aquel ensayo habrá podido comprobar como, al estudiar las cuestiones que me iba planteando, evitaba afrontar los temas límite permaneciendo de ese modo en el plano de lo empírico. Una muestra de lo que vengo diciendo es que mientras trataba de demostrar que el mundo ha tenido necesariamente un inicio temporal, al mismo tiempo evitaba plantearme el por qué de su existencia. Este no era tema que en “aquel momento” me interesara afrontar. De modo semejante, aunque, por una parte, dejaba bien claro el innegable dato de la «inteligibilidad» del obrar de la Naturaleza, sin embargo, evitaba preguntarme por la causa de tal modo de proceder. El planteamiento de este libro es justamente el contrario, pues, dejando de lado las cuestiones inmanentes, voy a afrontar de lleno el problema de la trascendencia. Dicho con otras palabras, ¿ciertamente el Universo es autosuficiente o, por el contrario, necesita de una causa extrínseca y ajena a él para existir?, ¿puede o no la razón humana dar respuesta a esta pregunta?[1].

 

El discurso de la razón sobre tales temas puede llevar a una de estas tres conclusiones: al teísmo, es decir a la afirmación de la existencia de Dios; a su negación, el ateísmo; y, finalmente, al agnosticismo, es decir, a la negación de la posibilidad de su conocimiento. Sin embargo, no conviene olvidar que en cualquier caso lo importante no son las conclusiones a las que lleguen los raciocinios humanos sino la realidad. Si Dios existe, todos (ateos, agnósticos y teístas) nos encontraremos con Él, pero si no existe nadie encontrará nada después de la muerte.

 

Estas cuestiones son de tal gravedad que desentenderse de ellas es una frivolidad peligrosa. A continuación recojo unas sugerentes palabras de Balmes al respecto:

 

Impropio fuera de este lugar un tratado de religión, pero no lo serán algunas reflexiones para dirigir el pensamiento en esta importantísima materia. De ellas resultará que los indiferentes o incrédulos son pésimos pensadores.

 

La vida es breve, la muerte cierta: de aquí a pocos años el hombre que disfruta de la salud más robusta y lozana habrá descendido al sepulcro y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religión sobre los destinos de la otra vida. Si no creo, mi incredulidad, mis dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo insensato no destruyen la realidad de los hechos; si existe otro mundo donde se reservan premios al bueno y castigos al malo, no dejará ciertamente de existir porque a mí me plazca el negarlo, y además esta caprichosa negativa no mejorará el destino que según las leyes eternas me haya de caber. Cuando suene la última hora será preciso morir y encontrarme con la nada o con la eternidad. Este negocio es exclusivamente mío, tan mío como si yo existiera solo en el mundo: nadie morirá por mí; nadie se pondrá en mi lugar en la otra vida, privándome del bien o librándome del mal. Estas consideraciones me muestran con toda evidencia la alta importancia de la religión, la necesidad que tengo de saber lo que hay de verdad en ella, y que si digo: «Sea lo que fuere de la religión, no quiero pensar en ella», hablo como el más insensato de los hombres.

 

Un viajero encuentra en su camino un río caudaloso; le es preciso atravesarle, ignora si hay algún peligro en este o aquel vado, y está oyendo que muchos que se hallan como él a la orilla ponderan la profundidad del agua en determinados lugares y la imposibilidad de salvarse el temerario que a tantearlos se atreviese. El insensato dice: «¿Qué me importan a mí esas cuestiones?», y se arroja al río sin mirar por dónde. He aquí al indiferente en materias de religión[2].

 

No queriendo hacer mía la actitud del irresponsable me he tomado muy en serio el tema de Dios y he procurado, en la medida en que me ha sido posible, reflexionar sobre la posibilidad de demostrar la existencia de Dios con la sola razón. Fruto de tal esfuerzo es este libro que espero pueda ser de utilidad al lector.

 

A continuación de esta introducción abordaré, en el capítulo primero, un tema clásico en Filosofía, el de la «posibilidad» del acceso racional a Dios, para exponer después en un capítulo segundo «seis argumentos» que a mi parecer son vías válidas para llegar a Dios. Los dos primeros toman como punto de partida la Naturaleza para afrontar en ellos los temas  ya mencionados de la causa de la existencia del Universo  y de la racionalidad de su proceder.  A continuación trataré de proporcionar una formulación original del tan discutido argumento ontológico. Y por último, en los tres últimos argumentos, la búsqueda de Dios tomará como punto de partida la singularidad del hombre.

 

No pretendo que estos argumentos sean indiscutibles: no me gustaría ser tachado de dogmático.  Se trata de formulaciones que a mí me convencen y que ofrezco al público, tanto por si pueden ser de utilidad para otras personas, como para que quien lo juzgue oportuno señale aquellos puntos que le parezcan inaceptables. Los tres primeros argumentos pretender llegar a una certeza metafísica, mientras que los tres últimos llevan a una certeza moral sin que por esto sean desdeñables. Ambos modos de argumentar me parecen válidos.

 

La existencia de Dios es el tema clave de la filosofía, con independencia de la solución a la que se llegue, ya que como dice el Estagirita: La llamada Sabiduría versa, en opinión de todos, sobre las primeras causas y los principios[3]. Si Dios existe es la primera causa de toda la realidad y, por lo tanto, el objeto de la Filosofía por excelencia. Voy, por ello, a emprender una difícil tarea, particularmente ardua en el ambiente agnóstico en que se mueve la sociedad humana en la actualidad. Para conseguir este ambicioso y difícil objetivo en primer lugar es preciso «proponérselo»: es muy difícil encontrar lo que no busca. Sin embargo, en el mundo en el que nos ha tocado vivir son pocos los que se interesan por tan comprometida cuestión. No cabe duda que hay masas de población en las que reina una generalizado agnosticismo pragmático y absolutamente acrítico.

 

Incluso quien se propone tan laboriosa tarea encuentra notables dificultades. Cave señalar entre ellas las siguientes: las limitaciones de la inteligencia humana, la influencia de las ideas en boga difundidas por los poderosos medios de comunicación y  las disposiciones de aquellos que aunque afirman buscar a Dios en realidad no desean en absoluto encontrarlo, porque podría complicarles la vida.

 

Voy, pues, a afrontar un tema polémico que trascendiendo el plano especulativo afecta a la moral. La reflexión del hombre sobre el tema de Dios no es algo puramente intelectual pues compromete el obra moral de las personas. De manera que lo que debería ser posterior frecuentemente pasa a ser lo primero. El estilo de conducta de cada hombre debería ser posterior a la reflexión especulativa, sin embargo, no es raro que suceda al revés que lo primero sea la elección del modo de vida que se desea llevar para platearse a continuación el tema de Dios buscando la teoría que se ajuste al modo de vida elegido.

 

Todo hombre si quiere ser recto debe reflexionar y tomar postura respecto a este tema de tan capital importancia. El desconocimiento de la existencia de Dios, realidad conocida por personas muy sencillas, coloca al agnóstico en el club de los grandes ignorantes por notables que sean  sus conocimientos en otros ámbitos del saber. Su saber, si así se puede llamar, es un saber ignorante por desconocer lo fundamental, lo que es verdaderamente importante saber. Además esta docta ignorancia conlleva la pérdida de criterios rectos para la conducta. El hombre, si prescinde de Dios, queda desquiciado y sin punto de apoyo necesario para un recto comportamiento, llegando de este modo a ser un peligro para sí mismo y para los demás. Ciertamente, ignorar a Dios es el colmo de la ignorancia.

 

Dios es el «Ser Supremo» —primer principio en el orden ontológico— ya que es principio y razón de ser de todo lo que existe. Por ello, como la verdad es adecuación entre la inteligencia y la realidad, al ser Dios el ser supremo también es la «Verdad Suprema» —primero en el orden lógico—. Así el conocimiento de Dios está en el vértice de la Sabiduría de manera que en Él encuentra su fundamento y plenitud todo otro conocimiento.

 

Sin embargo, conviene aclarar que, cuando afirmo que Dios es la Verdad Suprema, no pretendo decir que sea lo primero que el hombre conoce, sino lo más radical. Lo primero conocido es la realidad sensible, pero esa realidad sensible encuentra su fundamento en Dios, por ello quien desconoce a Dios, desconoce el mundo.

 

Todavía es preciso añadir que, como Dios es el Ser perfectísimo, es Bien Supremo y, por tanto, fin último al que todo hombre debe tender. Dios, en efecto, es «el fin del hombre». Él es el fundamento de la moralidad, el valor supremo ante el que debe posponerse cualquier otro. Sustituir a Dios por otro bienes como los honores, el placer, la riqueza, supone, además de una usurpación sacrílega, un craso error.

 

Este Dios, que no perciben ni escépticos ni agnósticos, es un bien asequible para el hombre de buena voluntad. A Dios, tema central de la filosofía, muchos hombres no lo encuentran, pero la razón principal de ello no es tanto la dificultad intelectual que el tema entraña, sino algo tan simple como es el hecho de «no buscarlo», o de buscarlo «sin querer encontrarlo». Gráficas y sentidas son las palabras del S. Agustín quien, refiriéndose a tales personas que desconocen a Dios, dice:

 

¡Desgraciado el hombre que, sabiéndolo todo, no te conoce a ti, Dios y Señor mío! ¡Dichoso aquel que te conoce a ti, aunque ignore todo lo demás!

 

El que une en sí este doble conocimiento no es más feliz por conocer las cosas terrenas. Lo es por conocerte a ti, si, conociéndote, te honra y glorifica como a Dios, te da gracias y no se envanece en sus pensamientos.

 

Pues así como el que posee un árbol y te da gracias por el fruto que recoge de él, aunque no sepa cuántos codos tiene de alto ni cuánto mide su perímetro, es mejor que el que lo mide y cuenta todas sus ramas pero no posee ni conoce ni ama al que lo creó; así, el hombre fiel, cuyas son todas las riquezas del mundo, y todas las posee como si no tuviera cosa alguna, pero está unido a ti a quien sirven todas las cosas. Y esto es así aunque este hombre no tuviera idea de la órbita de la Osa Mayor. Sería disparatado negar que es mucho más éste que quien se dedica a tomar las medidas del cielo, a hacer el cómputo de las estrellas y a pesar los elementos, teniéndote abandonado a ti, que todo lo has dispuesto conforme a número, peso y medida[4].

 

El agnosticismo es fruto, en muchos casos, del paganismo que reina en el mundo, incluso en países de larga tradición cristiana. Dejando a un lado los casos de ignorancia religiosa debidos a una educación atea —sea teórica o práctica—, me parece importante destacar que la razón por la que muchos desconocen a Dios se suele deber más bien a razones éticas que intelectuales.

 

La aceptación de la existencia de Dios lleva consigo unas exigencias muy concretas para la conducta. Por eso, quienes no quieren aceptar los modos de obrar que tal existencia implica, se dejan llevar fácilmente por un modo de razonar que excluye de la existencia a un Dios que es un estorbo para una libertad falsamente entendida. A Dios hay que buscarlo con pureza de corazón, sin prejuicios y aceptando las consecuencias, es decir, con el propósito firme de reconocer nuestra dependencia respecto de Él. Por lo tanto, aquellos que se van alejando de Dios por no querer obedecer sus mandamientos no es extraño que acaben por perderle también de vista.

 

Hay hombres que no encuentran a Dios, pero, también es verdad que a la inmensa mayoría el mayor valor, aquel en el que deberían poner todo su empeño para poseerlo y que no es otro que «la verdad», les importa —perdóneseme la expresión— un bledo. Y como es lógico que no se busque lo que no se ama, podemos preguntarnos si es posible encontrar lo que ni se ama ni se busca. ¡Cuántas personas hay que solamente buscan lo útil en el sentido más materialista de esta expresión!, ¡Cuantos aparentan interesarse por la verdad, cuando lo único que realmente les interesa es una dialéctica con la que justificar la satisfacción de sus pasiones. Es comprensible que para éstos hombres sea imposible alcanzar una verdad que no aman.

 

La rectitud moral exige que todo hombre se plantee el problema de la existencia de Dios, principio  y fin de todas las cosas, y que lo haga con la máxima pureza de intención, es decir, con la objetividad más absoluta. Ambas, objetividad y  rectitud, resultan particularmente difíciles puesto que el reconocimiento de la existencia de Dios —ya se ha dicho— compromete toda la existencia humana y entraña dependencia y sumisión. Por eso no es extraño  que cuando no se quiere tal sujeción, se pierda la objetividad y se acabe negando la misma evidencia. Lo que está en juego no es una fría verdad teórica, sino una verdad que afecta a toda la conducta humana. Ante cada persona se presenta la opción entre dos modelos de vida. Uno de ellos levanta la bandera de la independencia, de la autonomía, de la falta de sujeción; el otro, la de la humildad, dependencia y servicio. El primero lleva al egoísmo, en definitiva al amor sui; el segundo, a la entrega y la obediencia, es decir al amor Dei. La primera elección conduce a una vida de placer con una aparente dicha, pero sin esperanza; mientras que la segunda conduce al sacrificio gustoso acompañado de una alegría profunda, fruto del ejercicio  bien y de la esperanza.

 

La investigación de tema tan clave como el que nos ocupa está fuertemente presionada por el modelo de vida que cada hombre quiere para sí; por eso, aunque lo nieguen, los que se alejan de Dios con la cabeza ya antes le habían abanado con el corazón. Este modo de proceder viene de lejos. Ya en el Génesis se recoge la actitud de nuestros primeros padres, quienes, seducidos por la serpiente, quisieron ser autónomos respecto de Dios. «Seréis como Dios» les dijo la serpiente. Esa tentación sigue presente: ser autónomos, no tener legislador. De la ruptura con Dios a la negación de su existencia hay un pequeño paso fácil de recorrer, incluso inconscientemente.

 

Por tanto, el camino que aparta de Dios no suele ser intelectual sino mas bien moral: la mala conducta. Por tal motivo, aunque en el capítulo segundo presente argumentos racionales de la existencia de Dios, sin embargo, el camino para encontrar a Dios es normalmente otro menos intelectual, a saber el encuentro con la propia limitación y miseria. El hombre se pone en condiciones de encontrar a Dios cuando se encuentra a sí mismo y descubre la pobreza de su ser.

 

 En definitiva creo poder decir que el indiferentismo religioso se apoya en la irreflexión y esconde un pretexto para el libertinaje como con gran sensatez denunció Balmes:

 

La humanidad entera se ha ocupado y se está ocupando de la religión; los legisladores la han mirado como el objeto de la más alta importancia, los sabios la han tomado por materia de sus más profundas meditaciones; los monumentos, los códigos, los escritos de las épocas que nos han precedido nos muestran de bulto este hecho que la experiencia cuida de confirmar; se ha discurrido y disputado inmensamente sobre la religión; las bibliotecas están atestadas de obras relativas a ella, y hasta en nuestros días la prensa va dando otras a luz en número muy crecido. Cuando, pues, viene el indiferente y dice: “Todo esto no merece la pena de ser examinado; yo juzgo sin oír, estos sabios son todos unos mentecatos, estos legisladores unos necios, la humanidad entera es una miserable ilusa, todos pierden lastimosamente el tiempo en cuestiones que nada importan”, ¿no es digno de que esa humanidad, y esos sabios, y esos legisladores se levanten contra él, arrojen sobre su frente el borrón que él les ha echado y le digan a su vez: “¿Quién eres tú, que así nos insultas, que así desprecias los sentimientos más íntimos del corazón y todas las tradiciones de la humanidad, que así declaras frívolo lo que en toda la redondez de la tierra se reputa grave e importante? ¿Quién eres tú? ¿Has descubierto por ventura el secreto de no morir? Miserable montón de polvo, ¿olvidas que bien pronto te dispersará el viento? Débil criatura, ¿cuentas acaso con medios para cambiar tu destino en esa región que desconoces? La dicha o la desdicha, ¿son para ti indiferentes? Si existe ese juez, de quien no quieres ocuparte, ¿esperas que se dará por satisfecho si al llamarte a juicio le respondes: ‘¿Y a mí qué me importaban vuestros mandatos ni vuestra misma existencia?’. Antes de desatar tu lengua con tan insensatos discursos date, una mirada a ti mismo, piensa en esa débil organización que el más leve accidente es capaz de trastornar y que brevísimo tiempo ha de bastar a consumir, y entonces siéntate sobre una tumba, recógete y medita[5].

 

Una vez hechas estas consideraciones sobre la actitud frívola ante lo verdaderamente fundamental, quiero señalar la importancia de la verdad, y de modo especial la verdad sobre Dios, como fuente de fortaleza. El ignorante, el escéptico es profundamente débil, y esto es lógico pues no tiene valores que defender. La grandeza de cada hombre radica en «el empeño con que busca» la verdad, para, una vez encontrada, abrazarla y vivir en consecuencia. A esto último bien se le puede llamar coherencia, o personalidad. Es evidente que hay muchos hombres que se rigen en su conducta por otros móviles, pero en la medida en que se apartan del amor a la verdad dejan de llevar una vida verdaderamente humana. Quien noblemente busca la verdad, en la medida en que la alcanza —o, al menos, piensa haberla alcanzado— puede llevar una vida digna. Enraizado en la verdad puede hacer frente a otros criterios de conducta que, aunque puedan atraerle, no son dignos de él, como pueden ser: el honor, la riqueza, la utilidad, el placer.

 

Solamente el hombre anclado en la verdad es fuerte frente a la violencia, sea exterior o interior, y puede permanecer fiel a sus principios. Solamente puede calificarse de humana una vida cuando se rige por los dictados de la recta razón, y, solamente del hombre que es fiel a la verdad se puede decir que es realmente libre. Fuera de esta norma de conducta no hay mas que aparente y ficticia libertad. El error no engendra libertad. Hoy día, desgraciadamente, la verdad apenas es valorada y precisamente por ello aunque los hombres no dejen de hablar de libertad, están bien lejos de ella porque el principio de la libertad es el recto conocimiento. «La ignorancia os hará esclavos» podríamos decir alterando, pero manteniendo en su sentido las palabras de la Sagrada Escritura cuando Jesús dice: la verdad os hará libres.

 

En este sentido comenta Orozco:

 

Si hoy contemplamos una considerable masa de hombres que no tienen sed de verdad, que le vuelven las espaldas, desinteresándose de ella, hasta huyendo quizá de ella, entonces habremos de admitir que aqueja a una gran parte del mundo la más grave enfermedad que pueda pensarse. Una dolencia, por lo demás que tiende a convertir a los hombres en inhumanos porque tiende a anular el ejercicio de la más específica de sus facultades: el entendimiento, creado, precisamente, con vistas a la verdad. Se someten así a la peor de las esclavitudes: la ignorancia; buscando “liberaciones”, encadenan su libertad. Verdad y libertad son realidades y categorías distintas, pero íntimamente relacionadas...“La verdad  os hará libres” (Ioan. 8,32), dice positivamente el Evangelio. ¿Puede haber señorío sobre uno mismo y sobre las cosas —eso es la libertad— donde no se sabe qué son las cosas, o qué es uno mismo?

 

Para actuar en libertad, lo primero que se requiere es conocer el para qué de la libertad, es decir, su finalidad, su sentido. Porque la libertad ‑como facultad de escoger‑ no tiene su razón de ser en sí misma, no es un valor absoluto. Como absoluto, la libertad no interesa a nadie. La libertad interesa por lo que ella nos permite hacer o conseguir: por su sentido y nervio teleológico. La libertad interesa porque hay algo “más allá” de la libertad que la supera y marca su sentido. Y esto no es otra cosa que el bien. La libertad es un bien porque me permite conseguir ulteriores bienes enriquecedores, plenificantes[6]

 

Después de las observaciones que nos acaban de hacer parece indicado preguntarse por la verdad. ¿Qué es la verdad? La contestación es sencilla: «La verdad es conocer cómo son las cosas». Desconocer es ignorar, y errar es confundir su modo de ser. De manera que la verdad primero está en las cosas y luego en la mente. Pero ¿es posible la verdad? Ciertamente sí, en otro caso ni nos moveríamos. Todo hombre tiene clara conciencia de que la puede alcanzar; ¡qué sentido tendrían si no las discusiones? Su razón de ser es el convencimiento de poseer la verdad. Cuenta el autor citado la siguiente anécdota:

 

Estando J‑P Sartre ‑el filósofo del absurdo‑ en petit comité, defendiendo con particular vehemencia, argumentando con toda suerte de efectos dialécticos que la verdad no existía. En esto, una discípula enardecida por el entusiasmo exclamó: «¡qué gran verdad es ésta!»[7]

 

Aunque mucho se argumente en su contra el sentido de la verdad está impreso en todo hombre, incluso en los escépticos, que defienden con verdadero ardor como verdad un error, a saber, que «la verdad no es alcanzable». De este modo incurren en clara contradicción. En tal sentido dice Tomás de Aquino: Quien niega la existencia de la verdad afirma implícitamente que la verdad existe, pues si la verdad no existiese, sería verdad que ella no existiría; y si algo es verdadero es necesario que exista la verdad[8].

 

El escepticismo, actitud sistemática de desconfianza ante la verdad, es sin duda el mayor de los males que puede padecer el hombre, pues le priva de lo más específicamente humano y le convierte en juguete indefenso de las pasiones. De este modo el señor queda convertido en vasallo, rebajándose al nivel de los animales. Solamente la verdad tiene la fuerza de elevar al hombre al plano de la virtud:  la norma de conducta no puede ser otra que vivir según verdad. ¡Qué fecundo es amar la verdad y, en consecuencia, poseer ideas básicas que puedan servir de fundamento a un comportamiento verdaderamente humano!

 

Las ideas que acabo de citar son llamadas también «ideas madres» por ser raíz y fuente de una vida verdaderamente humana. Quien las posee puede vibrar con ideales que lejos de ser fruto de la ingenuidad son principios que dan sentido a su vida y le permiten vivir de una esperanza que le capacita para los mayores sacrificios, ya que sabe que obrar según verdad es obrar bien, mientras, por el contrario, prescindir de la verdad es introducirse alegre e irresponsablemente por el camino de los malvados. Jesucristo, Salvador del hombre, al hacer la apología de la verdad —que es Él mismo— la presenta como roca, fundamento de una vida coherente, al decir: Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca (Mt 7,24‑25).

 

La verdad es la roca sobre la que se puede construir una vida sensata, abandonarla para dejarse llevar por otros criterios, es construir sobre arenas movedizas. Por ello continúa diciendo el Salvador: Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, y cayó y fue tremenda su ruina (Mt. 7,26‑27). Tremenda es la ruina del hombre que se aparta de la senda de la verdad, y, sin embargo, ¡cuán pocos son los que la valoran y buscan!

 

Ciertamente la verdad, bien inestimable, lo es de modo especial cuando se trata de temas capitales, porque es evidente que entre las mismas verdades existe una jerarquía. No es difícil percatarse de que es más importante un descubrimiento científico que el resultado de un encuentro deportivo. En esa jerarquía de verdades la cúspide es Dios, Suma Verdad. Si la regla de conducta es actuar según verdad es fácil comprender la trascendental importancia que tienen aquellas verdades que a Dios se refieren como su existencia, naturaleza y operaciones, las que afectan al destino del hombre así como las leyes que están señaladas para alcanzarlo.

 

____________________

 

 

 

Índice del libro

 

Introducción: Una cuestión ineludible, la existencia de Dios 

 

Capítulo I: Acerca de la posibilidad de un conocimiento natural de Dios

 

 

 

1. La existencia de Dios no es evidente

2. El ontologismo

3. El agnosticismo

4. Refutación del agnosticismo

5. Conocimiento espontáneo de Dios

 

 

Capítulo II: La Causa última

 

A. Argumentos cosmológicos

 

1. Argumento fundado en la «sabiduría inmanente» en el Cosmos

2. Argumento fundado en el «devenir»

 

B. Argumento ontológico

 

1. Primera formulación

2. Segunda formulación

3. Observaciones de Tresmontant en relación con el argumento ontológico

4. Sobre la 3ª vía de Santo Tomás

 

C. Argumentos antropológicos

 

1. Argumento fundado en la esencia del hombre

2. Argumento fundado en la existencia de la ley moral

3. Argumento fundado en el fin del hombre

 

Capítulo III: La esencia divina
Enviado por Arvo Net - 09/03/2007 ir arriba
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