de Benedicto XVI. Sólo el sectarismo
o la ignorancia pueden explicar el
bajo rasero conceptual de algunos
artículos de prensa y la virulencia
de ciertos ataques a un documento de
gran aliento espiritual y de un
nivel intelectual que, al parecer,
no están al alcance de comentaristas
que atacan a la Iglesia Católica,
siempre con los mismos tópicos, sea
cual fuere la ocasión o disculpa.
Deben suponer que sus lectores son
débiles mentales.
Con ocasión del escándalo provocado
por la denuncia de abortos ilegales
y crueles en clínicas de Barcelona y
de Madrid, se han invocado unos
presuntos derechos a la supresión de
vidas próximas a nacer, que se
presentan como exigencias de la
libertad de las mujeres en una
democracia madura. Y se acusa a
grupos católicos integristas de
provocar la denuncia de unos hechos
que, por lo demás, nadie niega que
estén fuera de la ley.
Parece como si, dada la posibilidad
científica y técnica de interrumpir
el embarazo con relativa asepsia y
bajo un manto de discreción, la
liquidación de niños ya viables
fuera coser y cantar. Viene al
recuerdo lo que decía el científico
Oppenheimer a propósito de la bomba
atómica: cuando se presenta la
posibilidad de un experimento dulce,
algo inédito que ya se sabe hacer,
eso se acaba haciendo, aunque sus
consecuencias sean desastrosas. Es
un aviso de navegantes para
fanáticos de la biotecnología.
La proximidad de las elecciones
motiva que los políticos bajen la
guardia y permitan que se hagan,
también con ellos, experimentos que
no son peligrosos, sino simplemente
ridículos. Tal es el caso del libro
titulado Madera de Zapatero, en el
cual el escritor de cámara Suso de
Toro canta las glorias del
presidente. Se trata, por lo demás,
de un volumen caótico y muy flojo.
No faltan en él, sin embargo,
algunas perlas. En el apartado sobre
religión y laicidad —y como una
muestra más de la confusión
intelectual de Rodríguez Zapatero—
se puede leer esta sorprendente
afirmación: “El único orden que
debemos establecer es el orden que
da libertad a todos, no el que da la
libertad de cada uno”. Áteme usted
esa mosca por el rabo, que diría el
Juan de Mairena machadiano. En
cualquier caso, nuestro presidente
tiene una simplista visión de la
historia de España, en la cual se
atribuye al catolicismo un papel
decididamente negativo: “El
catolicismo en España ha
condicionado y ha generado enormes
vacíos”.
Es el vacío de conocimientos el que
conduce a ignorar la indudable
realidad de que el cristianismo se
encuentra en la raíz de la
concepción moderna de la libertad y
del progreso, de la ciencia positiva
y de la democracia. No es un azar
histórico que la modernidad sólo
haya medrado en culturas fecundadas
por el cristianismo, al que se debe
la desacralización de lo terreno. Lo
cual se sitúa en los antípodas de la
curiosa tesis de Zapatero, según la
cual “es el ser humano el que merece
adoración”.
Mientras en nuestro país se siguen
publicando libros de muy poco calado
con mensajes contrarios a toda
suerte de trascendencia, nos llega
la declaración de Anthony Flew,
considerado por muchos como el más
conocido filósofo ateo del mundo.
Flew ha cambiado su modo de pensar y
ahora publica un libro con este
contundente título: