ALGUNOS TEXTOS DE JUAN PABLO II
SUMARIO
a) LA FE EN DIOS ENCUENTRA APOYO EN RAZONAMIENTOS DE NUESTRA
INTELIGENCIA
b) LAS PRUEBAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS NO PUEDEN SER
DE ORDEN CIENTÍFICO EXPERIMENTAL
c) UN ESPÍRITU ABIERTO SE PLANTEA NECESARIAMENTE EL PROBLEMA
DEL ORIGEN
d) LA ORGANIZACIÓN PERFECTA DE LA MATERIA REMITE A LA
CUESTIÓN DEL ORIGEN
e) OTRO MOTIVO: LA FINALIDAD INTERNA EN EL DESARROLLO
DE LA VIDA
f) EL HOMBRE NO ES DUEÑO DE SU PROPIO DESTINO, NO TIENE
PODER ABSOLUTO
g) LA BELLEZA IMPULSA A MIRAR HACIA LO ALTO
h) ADMITIR EFECTOS SIN CAUSA EQUIVALE A RENUNCIAR AL PENSAMIENTO
i) LOS HOMBRES DE CIENCIA Y DIOS
PRUEBAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS, Audiencia General,
10.VII.85
[LA FE EN DIOS ENCUENTRA APOYO EN RAZONAMIENTOS DE NUESTRA
INTELIGENCIA]
1. Cuando nos preguntamos: «¿Por qué creemos en Dios?», la
primera respuesta es la de nuestra fe: Dios se ha revelado
a la humanidad, ha entrado en contacto con los hombres. La
suprema revelación de Dios se nos ha dado en Jesucristo, Dios
encarnado. Creemos en Dios porque Dios se ha hecho descubrir
por nosotros como el Ser supremo, el gran «Existente». Sin
embargo esta fe en un Dios que se revela, encuentra también
un apoyo en los razonamientos de nuestra inteligencia. Cuando
reflexionamos, constatamos que no faltan las pruebas de la
existencia de Dios. Estas han sido elaboradas por los pensadores
bajo forma de demostraciones filosóficas, de acuerdo con la
concatenación de una lógica rigurosa. Pero pueden revestir
también una forma más sencilla y, como tales, son accesibles
a todo hombre que trata de comprender lo que significa el
mundo que lo rodea.
[LAS PRUEBAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS NO PUEDEN SER DE ORDEN
CIENTÍFICO EXPERIMENTAL]
2. Cuando se habla de pruebas de la existencia de Dios, debemos
subrayar que no se trata de pruebas de orden científico-experimental.
Las pruebas científicas, en el sentido moderno de la palabra,
valen sólo para las cosas perceptibles por los sentidos, puesto
que sólo sobre éstas pueden ejercitarse los instrumentos de
investigación y de verificación de que se sirve la ciencia.
Querer una prueba científica de Dios, significaría rebajar
a Dios al rango de los seres de nuestro mundo, y por tanto
equivocarse ya metodológicamente sobre aquello que Dios es.
La ciencia debe reconocer sus límites y su impotencia para
alcanzar la existencia de Dios: ella no puede ni afirmar ni
negar esta existencia. De ello, sin embargo, no debe sacarse
la conclusión que los científicos son incapaces de encontrar,
en sus estudios científicos, razones válidas para admitir
la existencia de Dios. Si la ciencia como tal no puede alcanzar
a Dios, el científico, que posee una inteligencia cuyo objeto
no está limitado a las cosas sensibles, puede descubrir en
el mundo las razones para afirmar la existencia de un Ser
que lo supera. Muchos científicos han hecho y hacen este descubrimiento.
[UN ESPÍRITU ABIERTO SE PLANTEA NECESARIAMENTE EL PROBLEMA
DEL ORIGEN]
Aquel que, con un espíritu abierto, reflexiona en lo que está
implicado en la existencia del universo, no puede por menos
de plantearse el problema del origen. Instintivamente cuando
somos testigos de ciertos acontecimientos, nos preguntamos
cuáles son las causas. ¿Cómo no hacer la misma pregunta para
el conjunto de los seres y de los fenómenos que descubrimos
en el mundo?
3. Una hipótesis científica como la de la expansión del universo
hace aparecer más claramente el problema: si el universo se
halla en continua expansión, ¿no se debería remontar en el
tiempo hasta lo que se podría llamar el «momento inicial»,
aquel en el que comenzó la expansión? Pero, sea cual fuere
la teoría adoptada sobre el origen del universo, la cuestión
más fundamental no puede eludirse. Este universo en constante
movimiento postula la existencia de una Causa que, dándole
el ser, le ha comunicado ese movimiento y sigue alimentándolo.
Sin tal Causa suprema, el mundo y todo movimiento existente
en él permanecerían «inexplicados» e «inexplicables», y nuestra
inteligencia no podría estar satisfecha. El espíritu humano
puede recibir una respuesta a sus interrogantes sólo admitiendo
un Ser que ha creado el mundo con todo su dinamismo, y que
sigue conservándolo en la existencia.
[LA ORGANIZACIÓN PERFECTA DE LA MATERIA REMITE A LA CUESTIÓN
DEL ORIGEN]
4. La necesidad de remontarse a una Causa suprema se impone
todavía más cuando se considera la organización perfecta que
la ciencia no deja de descubrir en la estructura de la materia.
Cuando la inteligencia humana se aplica con tanta fatiga a
determinar la constitución y las modalidades de acción de
las partículas materiales, ¿no es inducida, tal vez, a buscar
el origen en una Inteligencia superior, que ha concebido todo?
Frente a las maravillas de lo que se puede llamar el mundo
inmensamente pequeño del átomo, y el mundo inmensamente grande
del cosmos, el espíritu del hombre se siente totalmente superado
en sus posibilidades de creación e incluso de imaginación,
y comprende que una obra de tal calidad y de tales proporciones
requiere un Creador, cuya sabiduría trascienda toda medida,
cuya potencia sea infinita.
[OTRO MOTIVO: LA FINALIDAD INTERNA EN EL DESARROLLO DE LA
VIDA]
5. Todas las observaciones concernientes al desarrollo de
la vida llevan a una conclusión análoga. La evolución de los
seres vivientes, de los cuales la ciencia trata de determinar
las etapas, y discernir el mecanismo, presenta una finalidad
interna que suscita la admiración. Esta finalidad que orienta
a los seres en una dirección, de la que no son dueños ni responsables,
obliga a suponer un Espíritu que es su inventor, el creador.
La historia de la humanidad y la vida de toda persona humana
manifiestan una finalidad todavía más impresionante.
[EL HOMBRE NO ES DUEÑO DE SU PROPIO DESTINO, NO TIENE PODER
ABSOLUTO]
Ciertamente el hombre no puede explicarse a sí mismo el sentido
de todo lo que le sucede, y por tanto debe reconocer que no
es dueño de su propio destino. No sólo no se ha hecho él a
sí mismo, sino que no tiene ni siquiera el poder de dominar
el curso de los acontecimientos ni el desarrollo de su existencia.
Sin embargo, está convencido de tener un destino y trata de
descubrir cómo lo ha recibido, cómo está inscrito en su ser.
En ciertos momentos puede discernir más fácilmente una finalidad
secreta, que transparenta de un concurso de circunstancias
o de acontecimientos. Así, está llevado a afirmar la soberanía
de Aquel que le ha creado y que dirige su vida presente.
[EL HOMBRE NO ES DUEÑO DE SU PROPIO DESTINO, NO TIENE PODER
ABSOLUTO][LA BELLEZA IMPULSA A MIRAR HACIA LO ALTO]
6. Finalmente, entre las cualidades de este mundo que impulsan
a mirar hacia lo alto está la belleza. Ella se manifiesta
en las multiformes maravillas de la naturaleza; se traduce
en las innumerables obras de arte, literatura, música, pintura,
artes plásticas. Se hace apreciar también en la conducta moral:
hay tantos buenos sentimientos, tantos gestos estupendos.
El hombre es consciente de «recibir» toda esta belleza, aunque
con su acción concurre a su manifestación. El la descubre
y la admira plenamente sólo cuando reconoce su fuente, la
belleza trascendente de Dios.
[ADMITIR EFECTOS SIN CAUSA EQUIVALE A RENUNCIAR AL PENSAMIENTO]
7. A todas estas «indicaciones» sobre la existencia de Dios
creador, algunos oponen la fuerza del acaso o de mecanismos
propios de la materia. Hablar de acaso para un universo que
presenta una organización tan compleja en los elementos y
una finalidad en la vida tan maravillosa, significa renunciar
a la búsqueda de una explicación del mundo como nos aparece.
En realidad, ello equivale a querer admitir efectos sin causa.
Se trata de una abdicación de la inteligencia humana que renunciaría
así a pensar, a buscar una solución a sus problemas. En conclusión,
una infinidad de indicios empuja al hombre, que se esfuerza
por comprender el universo en que vive, a orientar su mirada
hacia el Creador. Las pruebas de la existencia de Dios son
múltiples y convergentes. Ellas contribuyen a mostrar que
la fe no mortifica la inteligencia humana, sino que la estimula
a reflexionar y le permite comprender mejor todos los «porqués»
que plantea la observación de lo real.
LOS HOMBRES DE CIENCIA Y DIOS,
Alocución 17.VII.85
1. Es opinión bastante difundida que los hombres de ciencia
son generalmente agnósticos y que la ciencia aleja de Dios.
¿Qué hay de verdad en esta opinión? Los extraordinarios progresos
realizados por la ciencia, particularmente en los últimos
dos siglos, han inducido a veces a creer que la ciencia sea
capaz de dar respuesta por sí sola a todos los interrogantes
del hombre y de resolver todos los problemas. Algunos han
deducido de ello que ya no habría ninguna necesidad de Dios.
La confianza en la ciencia habría suplantado a la fe. Entre
ciencia y fe—se ha dicho—es necesario hacer una elección:
o se cree en una o se abraza la otra. Quien persigue el esfuerzo
de la investigación científica, no tiene ya necesidad de Dios;
y viceversa, quien quiere creer en Dios, no puede ser un científico
serio, porque entre ciencia y fe hay un contraste irreducible.
2. El Concilio Vaticano ll ha expresado una condición bien
diversa. En la Constitución Gaudium et spes se afirma:«La
investigación metódica en todos los campos del saber, si está
realizada de una forma auténticamente científica y conforme
a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la
fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su
origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia
y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la
realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano
de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas
el ser» (Gaudium et spes, 36).
De hecho se puede observar que siempre han existido y existen
todavía eminentes hombres de ciencia, que en el contexto de
su humana experiencia han creído positiva y benéficamente
en Dios. Una encuesta de hace cincuenta años, realizada con
398 científicos entre los más ilustres, puso de relieve que
sólo 16 se declararon no creyentes, 15 agnósticos y 367 creyentes
(cfr. A. Eymieu, La part des croyants dans les progres de
la science, 6e. éd., Perrin,1935, pág. 274).
3. Todavía más interesante y proficuo es darse cuenta de por
qué muchos científicos de ayer y de hoy ven no sólo conciliable,
sino felizmente integrante la investigación científica rigurosamente
realizada con el sincero y gozoso reconocimiento de la existencia
de Dios. De las consideraciones que acompañan a menudo como
un diario espiritual su empeño científico, sería fácil ver
el entrecruzamiento de dos elementos: el primero es cómo la
misma investigación, en lo grande y en lo pequeño, realizada
con extremo rigor, deja siempre espacio a ulteriores preguntas
en un proceso sin fin, que descubre en la realidad una inmensidad,
una armonía, una finalidad inexplicable en términos de casualidad
o mediante los solos recursos científicos. A ello se añade
la insuprimible petición de sentido, de más alta racionalidad,
más aún, de algo o de Alguien capaz de satisfacer necesidades
interiores, que el mismo refinado progreso científico, lejos
de suprimir, acrecienta.
4. Mirándolo bien, el paso a la afirmación religiosa no viene
por sí en fuerza del método científico experimental, sino
en fuerza de principios filosóficos elementales, cuales el
de causalidad, finalidad, razón suficiente, que un científico,
como hombre, ejercita en el contacto diario con la vida y
con la realidad que estudia. Más aún, la condición de centinela
del mundo moderno, que entrevé el primero la enorme complejidad
y al mismo tiempo la maravillosa armonía de la realidad, hace
del científico un testigo privilegiado de la plausibilidad
del dato religioso, un hombre capaz de mostrar cómo la admisión
de la trascendencia, lejos de dañar la autonomía y los fines
de la investigación, la estimula por el contrario a superarse
continuamente, en una experiencia de autotrascendencia relativa
del misterio humano. Si luego se considera que hoy los dilatados
horizontes de la investigación, sobre todo en lo que se refiere
a las fuentes mismas de la vida, plantean interrogantes inquietantes
acerca del uso recto de las conquistas científicas, no nos
sorprende que cada vez con mayor frecuencia se manifieste
en los científicos la petición de criterios morales seguros,
capaces de sustraer al hombre de todo arbitrio. ¿Y quien,
sino Dios, podrá fundar un orden moral en el que la dignidad
del hombre, de todo hombre, sea tutelada y promovida de manera
estable?.
Ciertamente la religión cristiana, si no puede considerar
razonables ciertas confesiones de ateísmo o de agnosticismo
en nombre de la ciencia, sin embargo, es igualmente firme
al no acoger afirmaciones sobre Dios que provengan de formas
no rigurosamente atentas a los procesos racionales.
5. A este punto sería muy hermoso hacer escuchar de algún
modo las razones por las que no pocos científicos afirman
positivamente la existencia de Dios y ver qué relación personal
con Dios, con el hombre y con los grandes problemas y valores
supremos de la vida los sostienen. Cómo a menudo el silencio,
la meditación, la imaginación creadora, el sereno despego
de las cosas el sentido social del descubrimiento, la pureza
de corazón son poderosos factores que les abren un mundo de
significados que no pueden ser desatendidos por quienquiera
que proceda con igual lealtad y amor hacia la verdad.
Baste aquí la referencia a un científico italiano, Enrico
Medi, desaparecido hace pocos años. En su intervención en
el Congreso Catequístico Internacional de Roma en 1971, afirmaba:
«Cuando digo a un joven: mira, allí hay una estrella nueva,
una galaxia, una estrella de neutrones, a cien millones de
años luz de lejanía. Y, sin embargo, los protones, los electrones,
los neutrones, los mesones que hay allí son idénticos a los
que están en este micrófono (...). La identidad excluye la
probabilidad. Lo que es idéntico no es probable ( . . . ).
Por tanto, hay una causa, fuera del espacio, fuera del tiempo,
dueña del ser, que ha dado al ser, ser así. Y esto es Dios
( . . . ) .«El ser, hablo científicamente, que ha dado a las
cosas la causa de ser idénticas a mil millones de años-luz
de distancia, existe. Y partículas idénticas en el universo
tenemos 10 elevadas a la 85ª potencia... ¿Queremos entonces
acoger el canto de las galaxias? Si yo fuera Francisco de
Asís proclamaría: ¡Oh galaxias de los cielos inmensos, alabad
a mi Dios porque es omnipotente y bueno! ¡Oh átomos, protones
electrones! ¡Oh canto de los pájaros, rumor de las hojas,
silbar del viento, cantad, a través de las manos del hombre
y como plegaria, el himno que llega hasta Dios!» (Atti del
11 Congreso Catechistico Internazionale, Roma, 20-25 septiembre
de 1971, Roma, Studium, 1972, págs. 449-450).
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