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ESPIRITU SANTO, EL AMOR EN PERSONA (Antonio Orozco)

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EL AMOR EN PERSONA

"Todos nosotros, una vez recibido, el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos fundimos entre nosotros y con Dios." (San Cirilo de Alejandría).


Por Antonio Orozco-Delclós
En Escritos ARVO

Hace ya algún tiempo que descubrí en un voluminoso estudio de Poesía Española, que nuestros místicos más altos plagiaban sin rubor a los poetas profanos para construir sus más celebrados poemas de amor cristiano. Cambiaban un verso, quizá tan sólo una palabra, se embellecía el texto y el sentido humano se trocaba en divino.

Sucede que los nobles amores nuestros no son ni más ni menos que una chispa desprendida del gran incendio que eterno arde en el seno de la Trinidad, en el Corazón único del Padre y del Hijo, de quienes procede el Espíritu Santo.

«Si el Amor, aun el amor humano, da tantos consuelos aquí, ¿qué será el Amor en el Cielo?» [1]. ¿Qué será ese fornax ardens caritatis -horno ardiente de Amor- que es el Corazón de Dios? ¿Qué será el Espíritu Santo, Amor infinito, subsistente, origen y aliento de todo verdadero amor? No es de maravillar que la chispa creada encienda a menudo hogueras divinas en el corazón de los hombres.

Cuando quiere, el Espíritu Santo sopla; y se produce el incendio. Tengo para mí que hay canciones populares de amor «inspiradas» -en amplio pero real sentido- por la tercera Persona de la Trinidad. Era de noche y alguien se disponía a entregarse al sueño, cuando una melodía se introdujo como de puntillas en su mente. Aquella canción -¿cómo no fue advertido antes?- no sólo había sido «inspirada» por el Espíritu Santo, sino «para» el Espíritu Santo...

«Como una promesa eres Tú», comienza, ¿No es el Espíritu Santo la gran promesa de Cristo? Lo prometió como el mejor fruto de su Cruz redentora. «Antes de que Cristo fuera crucificado -escribe San Juan Crisóstomo- no había ninguna reconciliación, no fue enviado el Espíritu Santo (...)» [2]. Pero al poco de la Cruz, después de la Ascensión, acontece Pentecostés: la Tercera Persona divina aparece como una mañana de verano, fresquita, luminosa, inmensa. Sopla un viento impetuoso. «¡Cómo fuerte brisa, eres Tú!»


¿Quién es el Espíritu Santo?

¿De dónde viene, a dónde va? Nadie lo sabe. Sólo El lo sabe. Es ruaj, viento, soplo, aliento de Vida que surge de las honduras de la Divina Esencia, allá donde el Padre y el Hijo se encuentran amándose eterna, infinitamente; y se dan sin reserva, en un Amor del que brota el sabrosísimo fruto que justamente llamamos Amor en Persona y Persona-Don

El Espíritu Santo es el beso del Padre y del Hijo: osculum Patris et Filii -escribe San Bernardo-, osculum suavissimum, sed secretissimun [3], beso secretísimo y suavísimo que se dan, transfundiéndose, el Padre y el Hijo. «Espíritu» es «Soplo», «Hálito», «Aliento», «Aroma», «Fragancia», «Fruto», «Don» que procede del Beso, del Éxtasis Santo. Don que se dará también prodigiosamente a la Iglesia en la mañana fresca, luminosa e inmensa de Pentecostés.

Es el mismo Beso que posan el Padre y el Hijo en la frente del cristiano cuando con el agua del Bautismo se derrama el Espíritu. Un beso que alcanza la intimidad del corazón, tan ardiente que por ensalmo no se siente el inc[1]endio. Padre e Hijo tornan a besarnos con su Espíritu cuantas veces recibimos dignamente un sacramento. Y se hace en cierto modo audible cuando descubrimos la llamada -vocación- que nos marca inequívoca el rumbo concreto por el que ha de discurrir nuestro andar por el mundo hacia el secreto hogar que nos aguarda más allá del tiempo, en el seno de Dios Uno y Trino.

El Espíritu Santo es «aliento infinitamente vigoroso y vivo, que sopla del uno al otro [Padre e Hijo] y sale de ambos, la potente pulsación de un corazón infinito que hierve en el ardor supremo del afecto, la llama flameante de una infinita hoguera de amor. Por designar tan acertadamente la flor pura del amor divino, expresa precisamente lo que hay de más dulce y amable en la divinidad»[4].

El Espíritu Santo es el soplo que como viento impetuoso hace estremecer la casa de los Apóstoles. Ya no es una promesa, sino realidad magnífica, esperada e insospechada. Y es también fuego en lenguas, como fuego de mi hoguera, como fuego de mi hogar. El Espíritu Santo es la gran «síntesis», orginal y originaria, de los aparentes contrastes: fuego y lluvia; calor y frescor. Calienta lo que es frío y es dulce refrigerio [5].


El agua viva

La Persona-Don llega como lluvia fresca en mis manos, «lava lo que está manchado, riega lo que es árido» [6]. Es el agua viva vivificante que salta hasta la vida eterna. «¿Por qué motivo se sirvió del término agua, para denominar la gracia del Espíritu Santo? Pues, porque el agua lo sostiene todo; porque es imprescindible para la hierba y los animales; porque el agua de la lluvia desciende del cielo, y además, porque desciende siempre de la misma forma y, sin embargo, produce efectos diferentes: unos en las palmeras, otros en las vides, todo en todas las cosas» [7].

Ningún fruto sabroso daría la tierra nuestra sin la lluvia de gracias del Espíritu; porque «así como la tierra seca no puede fructificar si carece de humedad, tampoco nosotros, que éramos leño seco, hubiéramos podido dar frutos de vida sin la lluvia de la voluntad divina (...) necesitamos el rocío de Dios para no quemarnos ni volvernos estériles» [8]). «Ni siquiera podríamos decir que Jesús es Señor si no es en el Espíritu Santo» [9].

Es pues bien notorio que no cesa de operar en el alma enamorada. Es realidad actual, pero sigue siendo también promesa porque «el don de Cristo está a disposición de todos en su integridad; y, como no está ausente de ninguna parte, se ofrece a cualquiera que quiera alcanzarlo; está presente en la medida en que cada cual desea merecerlo» [10]).


Tratar al Espíritu Santo

Todo ese Amor, Hermosura, Bondad y Suavidad, ese Aroma embriagante, todo el Fuego de Pentecostés, puedo poseerlo, con tal de desearlo y en la medida de mis deseos. Si mi querer es tibio y desmayado, tendré poco Espíritu Santo. Si mi querer no tiene límites, tendré sin medida el Amor-Don. Si amo mucho, lo deseo mucho, lo tengo mucho. Si amo poco, lo deseo poco, lo tengo poco. Si amo poco ¿qué debo hacer? ¡Tratar al Espíritu Santo!: «Frecuenta el trato del Espíritu Santo -el Gran Desconocido- que es quien te ha de santificar. / No olvides que eres templo de Dios. -El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones» [11].

Lo ha dicho Jesús: «¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez le da una culebra; o si pide un huevo, le da un escorpión?. Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» [12].

Luego la única dificultad se halla en mis disposiciones, en mi voluntad. Si yo quiero de veras, pido, y El me invade, y entonces, ¡todo mi horizonte eres Tú!. Todo cuanto veo eres Tú. Todo lo veo con tu luz. Sol sin nieblas y sin nubes, eres Tú. Todo lo iluminas. Todo te me recuerda. Si subo a los cielos, allí estás Tú; si desciendo al abismo, allí estás Tú. Si miro una flor, una estrella, un niño, un hombre, una mujer, un anciano, allí estás Tú, embelleciéndolo todo con tu luz.

Como mi poema eres Tú. Tú eres la rima, el ritmo, la armonía, el color, la melodía indecible que vibra en todas las fibras del alma. Como una guitarra en la noche eres Tú. Sí, también a veces cae la noche y entonces toda mi esperanza eres Tú. Contigo no hay melancolía, ni nostalgia. «Si de noche lloras por el sol, tampoco verás las estrellas» [13]. Siempre hay al menos una estrella fija en lo alto y una dulce canción en las noches oscuras del alma. No son espantosas, no es total la negrura. Nunca cesa el murmullo de la fuente ni el aleteo y el arrullo de la divina Paloma. Su Amor es siempre fiel; nunca abandona, y menos -si cupiera- en «esos tiempos de purgación pasiva, penosos, fuertes, de lágrimas dulces y amargas que procuramos esconder» [14]. Hacemos «como las palomas que, al decir de la Escritura, se cobijan en los agujeros de las rocas a la hora de la tempestad» [15], y dejan que la tormenta pase.

Y pasa. Amanece. Vuelven las luces al paisaje. Las sombras ocupan su preciso lugar; subrayan lo profundo y relevante. Los aparentes abandonos -«¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?¡»- son preludio de la gozosa invasión de Dios; anuncio certísimo de la resurrección, de la ascensión y de pentecostés de cada quién - que acontece siempre que precede un abrazo amoroso a la Cruz.


El fruto de la Cruz

«Como fruto de la Cruz, se derrama sobre la Humanidad el Espíritu Santo» [16]. De la acción del Espíritu brota una pluralidad maravillosa de frutos: llena de gozo, paz, mansedumbre, pureza, el alma; y la boca, de sonrisas. ¿No se advierte también en los labios de Cristo crucificado -en la plenitud amarga del dolor- el dibujo suave y cierto de una sonrisa? Es la sonrisa del Espíritu. ¡Cómo una sonrisa eres Tú! La misma que aflora en el rostro de los que te aman.

Tú eres «la dilección, la delectación, la felicidad de la Trinidad, como la dulzura del que engendra y es engendrado» [17]. Tú eres también fuente de toda dulcedumbre para nosotros. «¡Si conocieras el don de Dios!», dice Jesús a la samaritana. Si lo conocieras, no beberías en otra fuente. Lo tendrías entero. Advertirías el sentido de los versos de Pemán:

En este trueque de amor,
no es mi falta, es tu abundancia
lo que me asusta, Señor.

Ya no se quiere que falte nunca el Amor tuyo, el deseo ardiente, la correspondencia fiel. Nunca se antojará excesivo el sacrificio que sea menester para decir siempre a los toques, insinuaciones, reproches o alientos del Paráclito: ¡sí!, quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras [18].


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[1] BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Camino, n. 428.
[2] SAN JUAN CRISÓSTOMO, citado por J. ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, 131.
[3] SAN BERNARDO, Sermones in Cantica, 8, 2.
[4] M. J. SHEEBEN, Los misterios del cristianismo, t. I, Barcelona 1950, pp. 111 y 119.
[5] Veni Sancte Spiritus, Misa de Pentecostés, Secuencia
[6] Ibidem.
[7] SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Cat. 16, De Spiritu Sancto 1, 11-12.
[8] SAN IRENEO, Del tratado sobre las herejías, lib. 3, 17, 1-3.
[9] Cfr. 1 Cor 12, 3.
[10] LITURGIA DE LAS HORAS, 2ª lect. Del sábado VII del T.P.
[11] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino, 58.
[12] Lc 11, 11-13.
[13] R. TAGORE, Pájaros perdidos, 6.
[14] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios 302.
[15] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, l.c.
[16] Es Cristo que pasa, 96.
[17] SAN AGUSTÍN, De Trinitate, l. 6, c. 10
[18]Cfr. Orationes pro opportunitate Sacerdotis dicendae, Oratio universalis, sub nomine Clementis Papae XI vulgata.

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Foto: Cuadro al óleo sobre papel de Mª. Cecilia Martín (Salamanca)

© Publicado en ESCRITOS «ARVO» - Nº 182

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Contacto: webmaster@arvo.net
Director de Revistas: Javier Martínez Cortés
Editor-Coordinador:Antonio Orozco Delclós

 

12/05/2005 ir arriba
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