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Conflicto egoísmo generosidad (Alfonso López Quintás)

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 El auténtico conflicto entre el egoísmo y la generosidad

 
La posición de la Encíclica “Deus caritas est” respecto a los dos aspectos del amor humano -el eros y el ágape- es muy positiva por ser integradora.
 
Por Alfonso LÓPEZ QUINTÁS 
catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid
(La Razón, 16.02.2006)
 
 El catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid explicó durante su intervención (*) que el Papa comienza la encíclica subrayando la necesidad de precisar lo que significa la palabra amor.
 
   «El hombre sale de sí para buscar lo que necesita. Ese movimiento de búsqueda fue denominado por los griegos “eros”. El eros implica una tendencia hacia lo valioso, hacia aquello que nos perfecciona porque colabora a completarnos. Se trata de una tendencia constitutiva del hombre, ser que tiende hacia los valores como el girasol se orienta hacia la luz solar. Ese tirón hacia lo alto lo promueve nuestra voz interior que nos orienta hacia lo divino, y puede hacerlo porque lo divino está viniendo siempre hacia nosotros. Se trata de un movimiento reversible, de doble dirección.
 
 
   El eros implica, pues, una salida de sí en busca de plenitud. El varón busca a la mujer, como a su complemento natural, y, en unión con ella, da vida a nuevos seres. Al procrear, hombre y mujer tienen la impresión de desbordar sus propios límites, llevados y casi arrebatados por una energía que parece superarlos y los enardece. Este enardecimiento lo interpretaron los griegos como una especie de “locura” -un salirse de sus casillas-, y, como se sale a instancias de una fuerza superior, consideraron esta locura como “divina”. Para los griegos, lo divino era la personificación de lo perfecto; perfecto en bondad, belleza, justicia, amor…
 
 
   Este salirse de sí enardecido fue considerado a veces como un ascenso hacia lo perfecto en sentido religioso, y dio lugar a confusiones lamentables, como la llamada “prostitución sagrada”. Se olvidó que el salir de sí presenta dos modalidades básicas: una ascendente y otra descendente. Es descendente cuando el impulso ardoroso hacia la unión no indica un ascenso a lo perfecto, sino que se reduce a esa efervescencia biológica y psicológica que llamamos pasión. La pasión es, literalmente, algo que padecemos, porque es provocada por una pulsión instintiva que busca saciedad. El varón que se deja llevar de esta pulsión busca a la mujer como un “medio para saciar una apetencia”. Y lo mismo la mujer respecto al varón. La pasión, a solas, toma al otro como un objeto, un útil, un “medio para un fin”. Esta apetencia es una actitud propia de un nivel elemental de conducta, que podemos llamar nivel 1. En este nivel nos movemos cuando actuamos egoístamente por afán de dominio, posesión, manejo y disfrute. Ese afán egoísta de dominio nos lleva a caer en niveles negativos -1, - 2, -3… La salida de sí es ascendente cuando el impulso ardoroso hacia la unión implica entrega personal, ofrecer lo que uno tiene, sobre todo afecto y capacidad de crear vínculos estables y fecundos. El amor personal entraña creatividad. No reduce al otro a medio para los propios fines; lo considera y respeta como una realidad abierta, capaz de ofrecer posibilidades y recibir otras en orden a crear una relación mutua fecunda. El amor personal se mueve en un nivel superior al del manejo interesado de objetos. Llamémosle nivel 2.
 
 
   Integrar la pasión -vista como apetencia- con el amor personal -entendido como voluntad de crear relaciones amistosas, fecundas- es seguir un proceso de maduración de la atracción primera. Toda realidad adquiere su pleno sentido en un nivel superior. Tiene plena razón el Papa, por tanto, al indicar que la purificación y la maduración del eros no implica “rechazar el eros ni envenenarlo, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza”.
 
 
   El conflicto no se da propiamente entre el cuerpo y el espíritu, sino entre el egoísmo y la generosidad, entre la entrega arrebatada a la embriaguez de la unión corpórea -nivel 1- y la entrega lúcida a la búsqueda de la felicidad del ser amado -nivel 2-. La primera forma de entrega está realizada con una mera “libertad de maniobra”, la capacidad de buscar la propia satisfacción. El segundo tipo de entrega supone una “libertad creativa”, que es la verdadera libertad del ser humano, la manifestación más clara de la armonía que reina entre cuerpo y alma. Integrar el eros con el amor personal no significa, pues, depreciarlo -dejarlo de lado, empequeñecerlo-, y menos despreciarlo o, todavía peor, envilecerlo. Todo lo contrario. Es hacerlo salir de sí para elevarlo y salvar, por elevación, el riesgo de que se convierta en un movimiento de vértigo.
   La posición de la Encíclica “Deus caritas est” respecto a los dos aspectos del amor humano -el eros y el ágape- es muy positiva por ser integradora. La posibilidad de integrar ambas energías humanas depende de que adoptemos una actitud de generosidad, no de egoísmo. El egoísmo escinde; la generosidad une sin fusionar, es decir, integra».
 
____
 
* El diario LA RAZÓN acogió, el pasado día 13, una mesa redonda para analizar el contenido y las repercusiones de la primera encíclica de Benedicto XVI, «Dios es amor», que en su día fue ofrecida de manera íntegra a nuestros lectores. El acto estuvo organizado conjuntamente con la Fundación Universitaria San Pablo-CEU, y fue presidido por el nuncio de Su Santidad en España, monseñor Manuel Monteiro de Castro, quien señaló que este evento se planteaba como respuesta a una petición que el Papa hacía en la encíclica: «Suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino».
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