El diálogo
comienza por María
Por
Vittorio Messori
La Razón, 21/06/2006
La cultura «oficial» actual parece incapaz
-a pesar del empeño y la buena voluntad- de
instaurar, si no un diálogo, sí una
convivencia menos conflictiva con el mundo
musulmán. Un mundo para el que la religión
no es, como en Occidente, una elección
personal (y por añadidura, cada vez menos
practicada) pero es la base que sostiene y
da forma no sólo a la vida del individuo,
sino a la de toda la comunidad. La
proximidad «laica» de europeos y americanos,
acostumbrados a categorías políticas,
económicas o meramente «culturales», no
provocan más que rechazo en un mundo para el
que todo debe hacerse según una perspectiva
teológica. Para la «Umma», la comunidad de
creyentes, Dios «se ha hecho papel», el
papel de Al’Quran, que recoge el código
inmutable dictado a Muhammad y al cual cada
pueblo y cada siglo deben obediencia.
Por eso me parecen verdaderamente preciosas
la palabras de Magdi Allam, periodista
egipicio del «Corriere della Sera», musulmán
y especialista en islam, dirigidas a los
60.000 participantes en la peregrinación
nocturna de Macerata a Loreto. Son palabras
fuera del coro de los impotentes auspicios
de agnósticos, ateos, «laicos» de todo tipo,
convencidos de que la religión es un hobby
privado, cuando no una superestructura en
decadencia. El egipcio que, para adecuarse
al título de su libro, «ama a Italia» quizá
más que muchos italianos, ha lanzado un
llamamiento escandaloso o, al menos,
incomprensible para cierta «intelligentzia»:
«Musulmanes italianos hermanos míos, hagamos
del culto a María un motivo unificador con
los cristianos en peregrinación a Loreto y
en cada santuario dedicado a Ella en un
momento de fraternidad entre las personas de
buena voluntad». Allam ha recordado lo que
muchos cristianos, quizá, habían olvidado y
que, en cualquier caso, corrobora su ceguera
ante lo que verdaderamente mueve a las
masas: el Corán dedica una Sura entera a la
Madre de Jesús, y su nombre es cuarenta
veces venerado; la enaltece hasta situarla
junto a Fátima, la hija predilecta del
Profeta, le confía un papel de maternidad
misericordiosa, defiendo su honor contra los
judíos que la difaman (la «calumnia
monstruosa» sobre la virginidad que
provocará «el castigo de Dios» y «la ira de
los creyentes» contra Israel, dice el texto
sagrado). Toda la Tradición islámica
sucesiva no ha hecho más que exaltar a la
«Señora María», como ellos la llaman. Quien,
en un ambiente cristiano, blasfema contra
Ella, es considerado, a lo sumo, un
maleducado. Quien ose hacerlo entre los
musulmanes, quien ponga en duda su pureza
perpetua, corre el riesgo de ser linchado en
el momento por la multitud enfurecida. Magdi
Allam ha recordado lo que muchos de nuestros
«expertos» ignoran o no saben valorar: que
los santuarios marianos son, en tierras del
islam, los lugares de encuentro entre
cristianos y musulmanes.
Jesús es venerado no sólo como el penúltimo
de los profetas, sino como anunciador del
definitivo: Muhammad. Al respeto por el
Nazareno se le añade no sólo la veneración
sino el amor apasionado por su Madre. En la
Pascua de 1968, una mujer vestida de blanco
apareció sobre la cúpula de la iglesia copta
de Zeitoun, un suburbio de El Cairo. Unos
obreros musulmanes fueron los que la
descubrieron primero. Alertaron enseguida a
la gente y pidieron que recitaran,
postrados, los versículos coránicos que
exaltan a María y aclaman a la siempre
Virgen que, según la tradición, descansó
precisamente en Zeitoun cuando huía de
Egipto con su Hijo y con San José. Durante
muchas noches la Señora se mostró, luminosa
y rodeada de palomas blancas, a las gentes
que llegaban de todo el país, guiadas por
sus imanes. Si el Patriarca copto -de mutuo
acuerdo con el católico- declaró
oficialmente que era la Virgen la que se
aparecía, fue en gran parte por la presión
entusiasta de los musulmanes que desde hacía
mucho tiempo frecuentaban santuarios como el
del monte Al-Tir, otro lugar de descanso
para la Sagrada Familia.
Magdi Allam ha recordado un aspecto
importante, y para muchos insospechado: una
de las maneras de buscar el diálogo evitar
el desastroso «choque de civilizaciones» es
el redescubrimiento de ese «lugar de
encuentro» que es la persona de la Virgen.
Es también ésta, quizá, una de las ironías
de la historia: ciertos laicísimos
politólogos, ciertos autorizados
comentaristas y omniscientes analistas
deberían hacer hueco en sus bibliotecas para
textos de, hasta ahora, mera devoción
mariana y deberían peregrinar a los
santuarios donde la cruz y la media luna se
entrecruzan pacíficamente.