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Por
Iván Jiménez-Aybar *
arvo Net, 25.XI.2005
En su «Ética a Nicómaco»,
Aristóteles dice algo que ‑aunque
obvio‑ conviene recordar de vez en
cuando: “De las cosas que tienen
uso, es posible usarlas bien o mal”.
Y, desde luego, tan evidente
afirmación es aplicable a las
palabras. Su correcta utilización
favorece las relaciones
interpersonales. Su abuso –su mal
uso‑ enturbia y dificulta toda
posibilidad de debate y de acuerdo
de voluntades mediante el consenso.
No conviene abusar del término «islamofobia».
Así comencé mi intervención
conclusiva en la reunión
internacional de expertos (15 en
total, de todos los continentes)
convocados por la ONU para tratar
tan delicada cuestión, que tuvo
lugar en Sevilla del 18 al 19 de
noviembre de 2005 en la sede de la
Fundación Tres Culturas, que tan
magnífica acogida nos brindó a todos
nosotros. Para apoyar tal
afirmación, recurrí a un ejemplo que
resultó bastante ilustrativo a todos
mis colegas: con ocasión de la
aprobación de la reforma del Código
Civil español en materia de
matrimonio y adopción de menores por
personas del mismo sexo, se adjudicó
tan alegre como injustamente el
calificativo de «homófobo» a muchos
de los que osaron manifestarse en
contra de aquélla, sin ni siquiera
preguntar por qué se discrepaba.
Del mismo modo, corremos el riesgo
de utilizar de modo indiscriminado
la palabra «islamofobia» –“una
palabra nueva para un fenómeno
viejo”, tomando una expresión de
Kofi Annan‑ cual arma arrojadiza
contra todo aquel que manifieste
cierto recelo hacia la presencia de
los musulmanes en Europa,
institucionalizando así una postura
victimista que estigmatice todo
aquello que se salga de lo
considerado políticamente correcto.
Por consiguiente, conviene actuar
con prudencia. Y, teniendo en cuenta
que, como diría también Aristóteles,
“en términos generales, es prudente
el hombre reflexivo”, nos
corresponde por tanto reflexionar en
profundidad sobre el concepto y
alcance de esta palabra, poniendo
asimismo sobre la mesa todas sus
posibles manifestaciones.
El término «islamofobia» fue acuñado
al final de la pasada década para
referirse a aquellas actitudes o
hechos que denotan una hostilidad o
aversión infundadas e irracionales
hacia el Islam y los musulmanes.
Como vemos, la ambigüedad de los
términos empleados permite –incluso
exige‑ aclarar o matizar su
significado, caso por caso. Porque
no cabe duda que las agresiones
físicas y verbales a los musulmanes
o la quema de mezquitas son actos «islamófobos».
Y, de igual modo, los ataques hacia
el Islam que cierta periodista y
escritora italiana y que cierto
locutor español (de cuyos nombres,
parafraseando a Cervantes, prefiero
no acordarme) vierten,
respectivamente, en sus libros y en
los oídos de sus oyentes, denotan un
odio irracional hacia los musulmanes
que no tiene más objetivo que
sembrar el miedo, engordando así sus
cifras de ventas y de audiencia.
Sin embargo, existe otro tipo de
actitudes o manifestaciones que no
podemos en justicia calificarlas,
sin más, de «islamófobas». Esto se
ha hecho, por ejemplo, con los
apoyos recibidos dentro y fuera de
Francia a la conocida como «Ley del
velo». Sin lugar a dudas, entre los
ingredientes de esa norma que se
vende a modo de panacea encontramos
un alto componente de pretensión de
control del desarrollo y la práctica
del Islam en Francia (comenzando por
la escuela pública), originado en
parte por cierto miedo a lo extraño,
a lo desconocido (a lo musulmán);
pero, ante todo, su ingrediente
principal es una enorme dosis de
laicidad mal entendida –o, mejor
aún, laicismo‑ que relaciona la
neutralidad estatal en lo que al
culto se refiere con la desaparición
de la religión del espacio público.
Craso error que está cada vez más
extendido tanto en la izquierda más
beligerante como en algún sector de
la derecha liberal, que consideran
incompatible la razón con las
creencias por considerar que éstas
limitan o condicionan la libertad de
la persona. Desde la atalaya de la
razón (que algunos escriben incluso
con la «erre» mayúscula, como en los
tiempos de la Ilustración que tanto
añoran), mantienen un diálogo con
los creyentes que me recuerda al que
sostuvo Zaratustra tras concluir su
retiro en la montaña con un viejo
sabio que encontró en el bosque, que
Nietzsche relata detalladamente en
su «Así hablaba Zaratustra».
¿Recuerdan? Después de separarse del
anciano, camino de la ciudad donde
pretendía mostrar al «superhombre»,
dijo Zaratustra hablando para sus
adentros: “¡Será posible esto! ¡Este
viejo santo no se ha enterado
todavía en su bosque de que Dios ha
muerto!”. Y, claro, en una Europa
donde muchos pretenden que la
religión no traspase los umbrales de
los lugares de culto, y donde el
cristianismo es visto cada vez más
como un aspecto meramente cultural,
casi folclórico (de hecho, surgen
como setas intelectuales que se
definen como «ateos cristianos»),
aparece de repente una religión –la
musulmana‑ cuya práctica, aunque no
tan frecuente y masiva como muchos
creen, tiene un grado de visibilidad
tal (mezquitas y oratorios,
vestimentas de todo tipo, negocios
étnicos, etc.) que hace chirriar los
goznes de la tolerancia de la laica
sociedad occidental. Además, si a
eso le añadimos componentes, como ya
he dicho, de miedo a lo desconocido,
de discriminación racial y de temor
hacia unos flujos migratorios
descontrolados cuya integración es
compleja (más todavía después de los
recientes acontecimientos de
Francia), tenemos como resultado el
cocktail de la «islamofobia». Por
consiguiente, conviene aislar
adecuadamente todos estos
ingredientes antes de utilizar este
término, evitando así caer en un
abuso que produzca efectos
secundarios no deseados.
Aunque, sin lugar a dudas, el mejor
modo de evitar su uso –correcto o
incorrecto‑ es prevenir sus causas.
El abanico es muy amplio:
ignorancia, prejuicios, estereotipos
negativos, racismo, el miedo que
siembran gobernantes irresponsables,
periodistas, escritores e
intelectuales varios ávidos de
pescar en el río revuelto de la
presencia del Islam en nuestras
ciudades, etc. Y, en mi opinión, el
mejor modo de luchar contra todo
ello es a través de la formación.
Especialmente desde la escuela. Sólo
a través de una educación que
fomente el respeto hacia todas las
culturas y religiones y el
conocimiento de éstas conseguiremos
que las nuevas generaciones no vean
en «el otro» a un desconocido, sino
a un igual. En este sentido,
manifiesto mi más profundo rechazo
hacia la política de prohibición de
los símbolos religiosos en las
escuelas públicas, tanto los
«estáticos» (crucifijos en las
paredes) como los «dinámicos»
(pequeños crucifijos colgados en el
cuello, el hiyab musulmán, etc.).
¿Por qué no, en vez de retirar los
ya existentes, vamos incorporando
otros nuevos conforme los pupitres
se van llenando de alumnos de
diferentes culturas y religiones?
¿Por qué, si la religión forma parte
de la vida cotidiana de toda persona
desde que nace (sea o no creyente y
practicante), fingir que ésta no
existe en la escuela en aras de la
neutralidad del espacio público?
¿Por qué crear una laguna en la
formación de los más pequeños? A
este respecto, debemos recibir la
reciente puesta en marcha de la
enseñanza de la religión islámica en
algunas Comunidades Autónomas como
una oportunidad magnífica de
normalizar la presencia de lo
musulmán en la escuela española,
evitando así futuros brotes de una «islamofobia»
latente que, por desgracia, cada vez
se hace más presente.
Pero, la necesidad urgente de
formación sobre el Islam y el mundo
musulmán en general también se
extiende a otros sectores de la
sociedad. ¿Qué decir de los
periodistas, principales generadores
de opinión, que tanto bien y tanto
mal pueden causar desde su
privilegiada posición? No hay más
que leer el reciente libro de Thomas
Deltombe, «L’islam imaginaire. La
construction médiatique de
l’islamophobie en France, 1975-2005»
(Ediciones La Découverte, París
2005) para percatarnos de cómo los
medios de comunicación son capaces
de crear un Islam «imaginario»,
«mediático», trasladando a la
opinión pública aquella imagen de
los musulmanes que más interesa a la
hora de aumentar los índices de
audiencia. Por ello, sería
conveniente que las Universidades
europeas –centrando los esfuerzos de
manera especial en las Facultades de
comunicación‑ impulsaran cursos de
formación del más alto nivel
dirigidos a un amplio abanico de
destinatarios. Pueden, para ello,
tomar el ejemplo de la Universidad
Nacional de Educación a Distancia de
España (UNED), que ha puesto en
marcha –en colaboración con la
Fundación Pluralismo y Convivencia
(Ministerio de Justicia), la World
Islamic Call Society y Junta
Islámica (ente perteneciente a la
Comisión Islámica de España)‑ el
«Curso de Experto Profesional en
cultura, civilización y religión
islámicas», dirigido a toda persona
interesada en recibir una sólida
formación en este campo, ya sea o no
musulmana. Como miembro del claustro
de profesores de este Curso, puedo
dar fe de la calidad científica y
del interés que esta iniciativa
posee en aras a un mayor
conocimiento de la segunda religión
de nuestro país y a mejorar la
calidad de la convivencia entre las
diferentes culturas.
De la reunión de Sevilla surgirá un
importante Informe sobre la
situación de la «islamofobia» en el
mundo, que será presentado dentro de
unos meses ante la Asamblea General
de las Naciones Unidas. La ONU, por
tanto, afronta de modo decidido un
problema que supone un pesado lastre
para nuestra convivencia, tanto
internacional como intercultural e
interpersonal. Actuemos todos, por
tanto, con prudencia y desde la
reflexión, preocupándonos por
nuestra formación y por la de
nuestros hijos. De lo contrario,
siempre nos quedará París...
___________
* Iván Jiménez-Aybar es Doctor
europeo en Derecho. Investigador y
docente universitario. Autor de “El
Islam en España: aspectos
institucionales de su estatuto
jurídico” (2004)
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