Editorial de ABC,
24.II.2002
La situación de la mujer en el islam es un debate controvertido, porque no se trata sólo de velos o burkas, sino de la falta de libertad, el uso de baremos radicalmente diferentes para juzgar y homologar circunstancias sociales dispares y el sometimiento o acatamiento que exige una tradición de siglos. Lo cierto es que a ojos de Occidente la mujer islámica es una desconocida. Como el mundo musulmán no es uniforme, el papel de la mujer tampoco lo es, pero es innegable que el rol femenino en aquellas sociedades padece una castración que dificulta el desarrollo personal, laboral e intelectual de la mitad de la población.
El dominio de la tradición sexista imperante en el mundo mahometano ha hecho socialmente aceptables comportamientos que producen aberración en Occidente, tales como la ablación, la poligamia, el mercadeo matrimonial o el repudio del marido. Como también lo son las enormes dificultades para el acceso al mercado de trabajo, la ausencia de derechos políticos elementales o el recelo que despierta la formación cultural e intelectual de la mujer. En el debate se entremezclan sentimientos religiosos y tradiciones. El velo, por ejemplo, se ha convertido para muchas mujeres en el símbolo externo de la opresión que padecen, pero para otras muchas, incluso socialmente bien situadas, no es un impedimento para realizarse como mujeres, sino una seña de identidad y reafirmación frente a la supuesta colonización de otras culturas y credos.
En contra de muchas creencias equivocadas, la mujer aparece en el Corán como una criatura de Dios igual al hombre. Pero entre los musulmanes reina una gran disparidad de criterios doctrinarios e interpretaciones de su Libro Sagrado que pervierten en muchos casos su espíritu, amparando prácticas denigrantes y confinando a las mujeres a un papel lateral dentro de una organización que impide su involucración activa en la toma de decisiones. La emancipación de la mujer occidental está siendo imitada, lógicamente de forma tímida y prudente, en varios países de la órbita musulmana. Las mujeres empiezan a participar y a desarrollarse en algunos sectores, a pesar de que la cultura dominante no las acepta en labores ajenas a su propia casa, porque ello agrietaría la férrea jerarquía islámica. Un sector del islam de carácter progresista respalda las aspiraciones de libertad de sus mujeres, pero choca con una realidad terca con discursos como el de Hussein al-Mutairi, diputado kuwaití: «Quienes reclaman otro papel para la mujer son mujeres en edad de la menopausia». La emergente revuelta pacífica de sectores feministas islámicos es una buena noticia, porque da fe de un incipiente proceso evolutivo que, sin duda, contribuirá al desarrollo del conjunto de las sociedades musulmanas, que, equivocadamente, han prescindido de la mitad de su caudal humano para proyectar el progreso común.
El debate sobre la mujer y el islam adquiere otro relieve cuando se produce en países, como los occidentales, donde están reconocidos derechos universales e irrenunciables. La igualdad ante la ley no depende de las prácticas particulares de una determinada comunidad cultural o religiosa, sino de la defensa de los principios y valores democráticos. Por tanto, dentro del respeto a lo diferente, el Estado no debe permitir en nuestra sociedad la supeditación al hombre y la violación y destrucción de derechos, aunque sean prácticas aceptadas en los países de origen.
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