Entre cristianos y musulmanes
Por Jorge Balvey
Es indudable que en Europa preocupa la convivencia –cada día más frecuente- entre cristianos y musulmanes. El Islam —en España su presencia aumenta de día en día— ha plantado sus raíces en Europa. De un tiempo a esta parte no es infrecuente que aparezcan en los medios ciertos conflictos de mayor o menor entidad surgidos en países como Italia y España. Por ejemplo, se decide cerrar una escuela para permitir a un grupo de estudiantes musulmanes festejar el inicio del Ramadán; otra escuela quita el crucifijo de las aulas para no ofender a los pequeños musulmanes... Estos gestos de tolerancia no encuentran gestos simétricos; muchos países musulmanes no reconocen ciertos derechos fundamentales de los creyentes de otras religiones. El respeto y la tolerancia parecen ir en una sola dirección.
Francesco D"Agostino (1) reconoce que el fenómeno unidireccional es una realidad y resulta un tanto paradójico, pero se explica porque estamos viviendo una época de transición. Venimos de un tiempo en el que el multiculturalismo era desconocido y ahora nos hallamos en un periodo en el que se ha convertido en una realidad cotidiana. No ha de desconcertar el fenómeno unidireccional. La tolerancia es un deber específico de los cristianos porque creen en un Dios que es Padre de todos los hombres. Por eso habríamos de potenciar todos los elementos que subrayan la fraternidad con los musulmanes, aunque ellos no hubieran alcanzado la misma conciencia. El cristiano no puede limitarse a decir: si tú no me dejas abrir una iglesia en Arabia yo no te dejo rezar en una mezquita en Italia. Ahora bien, lo cortés no quita lo valiente: el cristiano puede -es más, debe- criticar falsas creencias según las cuales, por ejemplo, matar a otros seres humanos sería un acto de fe querido por Dios.
Si un padre musulmán pretende quitar la cruz de un aula cristiana a la que asiste su hijo, habrá que utilizar lo podríamos llamar estrategias de integración : «La cruz no te puede ofender, contiene todo el valor de la dignidad humana que también los laicos propugnan. Nosotros te respetamos si en la cartera llevas el Corán».
En este sentido, hace ya casi veinte años, la hebrea Natalia Ginzburg (2), escribía en el diario comunista L"Unitá: «A mí no me gusta que el crucifijo desaparezca de todas las aulas. Me parece una gran pérdida. El crucifijo es el signo del dolor humano. El crucifijo forma parte de la historia del mundo. Antes de Cristo nadie había dicho que los hombres somos todos iguales y hermanos, todos, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, hebreos y no hebreos, negros y blancos. Jesucristo ha llevado sobre sus hombros el peso de una gran desventura. La cruz es, para todos, el signo del dolor de cada hombre; para los creyentes, signo de la extraordinaria generosidad de Cristo… En un mundo en el que los signos no remiten más que a sí mismos, el signo de la cruz nos obliga a levantar los ojos, a reconocer que pertenecemos a una civilización que ha nacido del cristianismo»
Por otra parte, D"Agostino , ante el fenómeno unidireccional, afirma que los cristianos tenemos la obligación de usar una fuerte paciencia histórica. También Dios ha sido paciente con su pueblo... Lo importante es sembrar, dar señales intelectualmente honestas, no pretender que el diálogo lleve enseguida a resultados. A veces, no seremos comprendidos, pero este es el precio del testimonio cristiano. En lo que no debemos ceder es en materia de los derechos humanos fundamentales , en los valores de la coexistencia civil, pues son irrenunciables en su carácter laico, fundan toda sociedad humana. En esto no podemos transigir; por ejemplo, en la paridad hombre mujer. Podemos y debemos defenderla sin timidez en nombre de los valores constitucionales y con la Declaración universal de los derechos humanos, que en 1948 fue firmada por muchos países islámicos.
(1) Francesco D"Agostino, es desde 1990 profesor Ordinario de Filosofia del Derecho en la Facoltà di Giurisprudenza dell"Università di Roma “Tor Vergata”; profesor de Bioetica en LUISS de Roma. Es miembro del Consiglio Scientifico dell"Istituto dell"Enciclopedia Italiana y - a partir de su institución en 1990 -, miembro del Comitato Nazionale per la Bioetica, del cual es Presidente desde 1995 y pasa a ser Presidente Honorario en 1999. Es autor de casi trescientas publicaciones, entre las cuales se cuentan "Filosofia del diritto” (1997), “Bioetica” (1998), “Linee di una filosofia della famiglia” (1999), “La sanzione nell"esperienza giuridica” (1999).
(2) Natalia Ginzburg nace el 14 de julio de 1916 en Palermo. Novelista, ensayista y autora teatral está considerada como una de las voces más originales de la literatura contemporánea. En 1942 publica en la editorial Einaudi su primera novela, El camino que va a la ciudad, a la que le siguen entre otras, Nuestros ayeres (1952), la novela autobiográfica Léxico familiar (1962), Familia (1977) y la novela epistolar La ciudad y la casa (1984). Muere en su casa de Roma en la noche del 6 al 7 de octubre de 1991.
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